miércoles, 31 de julio de 2013

La segunda caminata por el Polonio* - Tamara Smerling

Tamara Smerling


La segunda caminata por el Polonio, de Tamara Smerling es el cuento ganador del concurso Todos los juegos en la categoría mayores de 30 años.

La segunda caminata por el Polonio
 
Un grupo de familias deambulaba con sus hijos por las costas uruguayas durante el verano de 1989. Yo tenía once años. Habíamos llegado a La Paloma junto a mis tíos, mis primos y unos amigos. Se trataba de un balneario donde se erigía desde una casa con forma de máquina de escribir hasta un faro que irradiaba luz durante todas las noches para señalizar la travesía a los barcos: Un marco con características grandilocuentes para una niña que recién comenzaba a descubrir el mundo. Sin embargo, la experiencia de la ciudad con nombre de pájaro, no quedaba allí: Solo unos pocos kilómetros más al norte, les habían comentado a nuestros padres que existía otro paraje, un pueblo de pescadores perdido en las costas del mar Atlántico que era las delicias de los buenos gourmets porque allí podía degustarse unas riquísimas milanesas de aletas de tiburón. El único escollo que había que sortear para llegar a ese paraíso era el arribo: Más de treinta kilómetros de médanos y dunas que debían atravesarse por carros tirados a caballo. También unos modernos y carísimos jeeps que, para un grupo de familias de clase media de Córdoba y Rosario, les estaba impedido por no faltar a las tradiciones. No había otro modo de llegar al Polonio, esa punta que se hundía en el mar y que los pescadores buscaban conservar de los malos turistas. Entonces alquilamos los carros y los caballos.

Mis primos y yo, mis tíos y nuestros padres íbamos desencajados en la tarea de sostenernos en aquel medio de transporte, tan similar a cirujas que cuecen las calles buscando basura. Difícil sortilegio el de esos parias de estas urbes que deben anclarse en esos medios de locomoción para ganarse la vida. Desde entonces los respeto porque si bien yo languidecía en el asomo de la adolescencia por unas piernas flacas y altas no lograba anclarme en el carro de los tres caballos e imaginaba en esas horas de travesía que podía caer al vacío en cualquier momento y, sin más, romperme la cabeza. En otros momentos del viaje, mi mente, en cambio, divagaba por esa imaginación que siempre se mostró tan profusa: yo era una dama antigua que con su velo tapaba el sol para no acrecentar las pecas ni manchar la piel con el astro y mi vestido de tul italiano se confundía con aquella carreta tirada por los caballos para llegar a algún castillo del siglo XVIII y convertirme en princesa o algo semejante ¡Tantas películas de la infancia acrecentaban mi inocencia! Mientras tanto, mi padre –que siempre fue lo más parecido a un oso–, con un metro noventa de estatura y más de 150 kilos debajo de sus hombros, se devaneaba en sostener su humanidad en la travesía. Mi madre, por su parte, delgada y risueña, se deleitaba con la experiencia moviéndose sobre su ¿asiento? pillándose de la risa. Mis tíos y primos se debatían en situaciones similares. Sus risas desconcentraban mi sueño de princesa.

Al llegar al Polonio, cumpliendo obligadamente con los rituales y su travesía, me dolieron los ojos ¡hasta que vi el mar! Se abría en toda su plenitud, sobre dos brazos que iban surcando los médanos en distintas bahías. El viaje a carreta bamboleante nos había dejado exhaustos. Sin embargo, nada podía ser tan blanco, ni tanta arena, ni tanto mar azul ni tantos lobos marinos, ni tan escasos pescadores ni tan ricas las milanesas de aletas de tiburones. Allí no había agua ni electricidad ni televisores ni nada parecido. Las dunas no podían ser tan altas ni el sol que picaba tan fuerte y el Polonio se presentaba como una marca a fuego de lo que sería una gran aventura imborrable para los años siguientes, repetida a destajo en tantos asados y mesas familiares. Las playas completamente mente desoladas se abrían inconmensurables y la eterna mirada hacia arriba para preguntar si podíamos perdernos en ese desierto se hizo una necesidad suprema: mis primos y yo les preguntamos a nuestros padres si podíamos desandar el camino que nos llevaba hasta esas dunas, en una arriesgada aventura que podía –tal vez– costarnos la infancia.

Se trataba, claro, de una prueba fundamental de convertirnos en adultos: que nos dejaran inspeccionar sin la mirada de un mayor ese trecho luminoso y perdido donde no había más que mar y arena. Nos resultaba realmente increíble. Aprobaron el pedido y allí partimos por el extenso recorrido de la bahía: los médanos parecían cercanos y la idea era atravesarlos por la propia experiencia y dejarlos documentados en nuestros recuerdos subiéndonos a ellos y tirándonos desde la punta y colmarnos de la arena. Pero nunca llegamos a ninguna parte: la caminata se hacía insostenible y la soledad del paraje comenzó a darnos temor. Yo estoy segura –ahora— que pasaron horas y horas. En el camino, los lobos muertos aparecían por doquier, languidecían en la playa y era lo único parecido a un ser vivo que podíamos encontrar en metros a la redonda. Tanto susto ayudó a que diéramos media vuelta y retornáramos al regazo de nuestros padres.

Cuando crecí y pude decidir mis propios destinos, viajé intrigada una vez más al paraje. El recuerdo de diez años después no podía ser tan distinto. No sé si fue la erosión y el cambio climático o que los carros tirados por la tríada de caballos habían sido reemplazados por unos camiones gigantes repletos de turistas atiborrados –y que, claro está, se mostraban apropiados para cruzar el desierto–, que ya nada me pareció lo mismo. Las dunas se habían achicado cuantiosamente. Sí, los médanos ya no eran tan altos ni el mar me parecía tan azul. De las loberías ya no quedaba nada y sí me crucé con intelectuales y escritores porteños que elegían ese paraje para pasar sus eneros y febreros lejos del mundanal bullicio de Punta del Este. Pero esta vez había pasado los veinte años y quería completar el trecho que a los once me había encandilado. Por eso, decidida, emprendí el regreso al camino que no había desandado en 1989 para demostrar mi valentía y cruzar las dunas que, aunque ya no eran tan altas, seguían siendo igual de misteriosas y oscuras. Y, sabiendo lo que andaba buscando, comencé a caminar. 

(c) Tamara Smerling
San Isidro
Provincia de Buenos Aires

*cuento ganador del concurso Todos los juegos (mayores de 30 años)

Acerca de la autora:
Tamara Smerling (Rosario, 1977). Se graduó en Comunicación por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), realizó un posgrado en Planificación y Gestión de Medios, una maestría en Periodismo en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y un doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Fue docente del Taller de Redacción II de la carrera de Comunicación Social de la UNR y del Taller de Comunicación Periodística de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA. Después de realizar algunos trabajos en radio (Radio Dos, FM TL 105, Radio Río), en 1998 ingresó al diario El Ciudadano, donde se desempeñó como cronista de espectáculos en Rosario. En 2003 ganó la beca Nuevos Periodistas Diario Clarín, otorgada por la Fundación Noble en Buenos Aires. En 2005 ingresó al diario Perfil y en 2008 a Crítica donde trabajó como redactora de las secciones Sociedad y Educación. También fue productora de programas culturales en Canal (á), History Channel y Canal 7 y colaboró en la investigación de libros de Luis Majul y Martín Caparrós. Ahora prepara su primer libro de no ficción junto a Ariel Zak y trabaja como docente y coordinadora académica de la Maestría en Periodismo de la UBA.



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