martes, 9 de febrero de 2010

Ángel Balzarino



LA FAMA DE CLODOMIRO
                                                                           
               
Por suerte conseguimos ubicarnos en la tercera fila.  Bastante cerca de la pista.  No es para disfrutar mejor del espectáculo.  Quiero asegurarme de que me veas.  Sacudirte con mi presencia.  Vengarme.  Alcanzar por fin esa vieja aspiración.  Y ahora, señoras y señores, llegó el momento de presentarles la mayor atracción del circo Ideal.  La figura que despierta el fervor y la admiración de todos los públicos.  El hombre del estómago más grande del mundo.  Ya, aquí, con nosotros, el gran Clodomiro. Después de las palabras del anunciador siempre espero algunos minutos para salir.  Me agrada sentir el marcial redoble de la música. También las voces cada vez más alteradas.  Y los aplausos.  Impetuosos, casi histéricos.  Signos de impaciencia por gozar de la función.  Y el atractivo central soy yo.  Sí.  Hace bastante que lo sé.  Cuando mi número empezó a ser el preferido para la gente.  Así que procuré disfrutar de ese privilegio.  Pedir más dinero, exigir que mi nombre se destacara en los carteles, hacerlos esperar en cada presentación. Como hago ahora.  Triunfal. Orgulloso de mi poder.  Hasta que decido salir.  Fabrico la mejor sonrisa ante el espejo y me encamino hacia la pista.  Realmente no puedo evitar cierta conmoción al verte.  Es increíble el cambio de una persona en dos años.  Sólo me resulta familiar alguna huella de apatía en tu rostro, apenas disimulada por la sonrisa.  Amplia, deslumbrante.  Claro. Te complacen el griterío y los aplausos.  Al fin recibís una recompensa por lo único que supiste hacer bien en toda tu vida: comer. ¿Cuánto aumentaste?  Tal vez setenta, ochenta kilos.  Imagino qué pasaría si llegara a romperse la ropa.  El cuerpo descomunal surgiendo de una tensa caparazón. La gordura convertida en río desbordado. Libre. Incontenible. Un espectáculo nuevo. Cómico o trágico, sin duda llamativo o más exitoso que el realizado todas las noches.  Mientras pasás la mirada por todos los rincones de la carpa aguardo ansiosa que me descubras.  Y ya tenemos al fabuloso Clodomiro ubicado ante esta mesa de apetitosa visión.  Una mesa ornamentada con abundantes y deliciosos platos: tres pollos asados, una fuente de canelones a la italiana, huevos rellenos, mayonesa de aves, budín de arroz, duraznos en almíbar, dos litros de vino blanco, galletitas de chocolate, merengues. Como ustedes podrán apreciar, aquí hay alimentos para saciar a seis o más personas.  Pero apenas servirán para ocupar un mínimo lugar en el estómago de Clodomiro.  Ya lo verán.  Y en el escaso tiempo de una hora.  Nada más.  Controlen sus relojes.  Todos serán testigos de esta hazaña ofrecida exclusivamente por el circo Ideal.  Ahora.  Vamos, Clodomiro.  Una verdadera sorpresa.  No sé si me produce agrado, tristeza, desolación.  Es la última persona que esperaba ver entre el público.  Después de dos años o más. ¿Por que vino? ¿Simplemente por la función o porque todavía se interesa por mí?  Se colocó muy cerca de la pista.  Para estar segura de que la vea o más bien para vigilarme.  Esa fue una de sus manías. La menos  soportable mientras vivimos juntos.  Hacé esto o aquello, deberías preocuparte más por nuestro futuro, estoy harta de esta vida miserable.  Gritos y órdenes y reproches.  Y yo el único culpable de todo.  Siempre.  Vos no tenés capacidad para nada.  Una de sus frases favoritas.  La utilizaba como un arma mortífera. Pero se equivocaba. Yo podía realizar cualquier trabajo.  Atender el almacén del viejo Zamora, repartir las cartas por el pueblo, cargar y descargar los pesados troncos en el aserradero.  El cambio de trabajo no era por ignorancia o falta de voluntad.  Se trataba de otra cosa.  Una fuerza superior.  Voraz.  Imbatible.  La misma que me acosaba desde chico: no poder estar media hora sin probar bocado.  Como si tuviera en el fondo del estómago una campanita que daba la alarma o efectuaba un pedido impostergable.  No valían demoras ni obstáculos Y bastaba que me sorprendieran comiendo masitas o un pedazo de pan y queso para ser despedido.  Aquí no queremos vagos.  Te pago para trabajar y no para ocupar el tiempo en comer.  Buscaba otra actividad.  Si no conseguía nada, me quedaba en casa.  Recibiendo el ataque de ella.  Feroz.  Por estar desocupado, por coser todo el día camisas y pantalones en el taller de Lina Monteri, por prepararme la comida. Mortificándome.  Sólo pensás en comer y comer.  No me entendía, como los demás.  Una noche creí que todo resultaría diferente.  Durante horas estuvo encerrada en la cocina.  Esperá, quiero darte una sorpresa, me atajaba al pretender abrir la puerta.  Bastante asombrado la oí tararear una canción entre el ruido de platos y cacerolas.  Por fin el aroma intenso, enloquecedor.  El más delicioso que había percibido nunca. Miles de campanitas resonaron en mi estómago.  Parecían multiplicarse por cada segundo de espera.  Estaba a punto de desfallecer cuando ella me llamó. Y entonces contemplé sobre la mesa casi siempre desolada un cuadro alucinante: tallarines, carne y papas cubiertas de salsa, compota de manzanas, alfajores, torta de nueces. ¿Un cumpleaños, algún aniversario?  Descubrí una sonrisa extraña, maliciosa, mientras negaba con la cabeza.  Un regalo de despedida.  Comé tranquilo, disfrutá de todo esto, porque ya no te prepararé ninguna comida más.  Nunca. Sí. La sorpresa.  Contundente.  Y quedé aplastado, sin saber qué hacer al verla tomar una valija y salir rápidamente.  Después me dijeron que se había marchado en el tren de la medianoche.  No intenté buscarla.  Muchas veces presentí que todo acabaría así.  Derrumbados los restos de amor.  Creciendo el desprecio de ella.  Pero yo necesitaba tenerla a mi lado.  A pesar de los reproches y las discusiones. Una ayuda para evitar la soledad, para aliviar la incomprensión de los otros.  Sólo pude ofrecerle promesas y algo de amor.  No fue suficiente.  Se cansó.  Me sentí perdido. Sin argumentos para retenerla.  Y caí en un pozo.  De tanto en tanto me reunía con los muchachos que por las noches andaban por el club social o el bar de Pautasso.  Pero el mejor refugio lo encontré en la comida. La angustia te hace comer así, considerás a los alimentos como una liberación, opinaba Galeano cuando me observaba juntar hasta las migajas.  Tal vez era cierto.  Aunque no lograba compensar la ausencia de ella.  Permanecer en la casa era torturante.  Sos un inútil, no sabés hacer nada.  Sin cesar me golpeaban sus repetidas palabras.  Hasta aquella tarde en que entró en el club el Quito Vivas. La gran oportunidad para vos, Clodo.  Te convertirás en un artista famoso.  Casi no podía hablar por la agitación y no entendí qué proyectaba para mí. Ya hablé con el dueño del circo Ideal. Te está esperando. Vamos. Y de un empujón me levantó.  Seguidos por varios curiosos, fuimos hacia el baldío donde se encontraba el circo que había llegado dos días atrás a La Florida.  Este es el hombre.  Ahora descubrirá a un fenómeno.  El otro me echó una mirada desconfiada. Después de una prueba le diré mi parecer.  El éxito del número dependerá del tiempo que le lleve consumir la mayor cantidad de alimentos.  Cuanto más breve, mejor.  Ordenó traer algunos platos de comida.  No podés fallar, Clodo.  Tu futuro está en juego ahora.  Por primera vez debía demostrar mi única capacidad: comer.  Sin percibir las agrias palabras de ella.  El grupo que estaba alrededor comena gritar mi nombre y decir palabras de aliento y aplaudir cada vez que terminaba un plato.  Me sentí fuerte.  Poderoso. La cocinera se apresurada en depositar la comida sobre la mesa. Nunca parecía suficiente. La campanita no paraba de sonar.  Sólo tenía el imperioso afán de acallarla.  Hasta que el dueño del circo me detuvo.  Está bien.  Basta. Lo contrato.  Sí.  Estoy segura.  Ya me viste, aunque pretendas disimularlo. Llegué a conocerte demasiado bien como para equivocarme.  Cualquier gesto resulta revelador. La sonrisa que ahora comienza a ser más débil, apenas una mueca.  Y la forma de comer. Lentamente.  Con desgano.  Algo increíble en vos.  Acostumbrada a verte llevar a la boca cualquier clase de comida, siempre apurado, masticando vorazmente. No puedo admitirlo.  Tampoco la gente que ya expresa sus quejas y malhumor. La función tiene el carácter de un engaño o una burla.  Y es por mí. La única razón.  El golpe inesperado.  Por la vigilancia de la que te viste libre durante dos años.  No sólo para vos fue un alivio.  Yo también quise acabar con ese martirio.  Verte comer.  Un lobo siempre hambriento.  Me sentí desolada.  Rabiosa. Luchando contra un plato de ravioles o un budín de pan.  Vencida.  Un día no pude más.  Exploté.  Calma, señoras y señores, por favor.  Apenas se ha cumplido la hora establecida.  Dentro de escasos minutos el gran Clodomiro dejará esta mesa tan limpia como si recién hubiera sido fabricada. ¿Qué te pasa, Clodomiro?  Comé más rápido.  No puedo. ¿Acaso estás enfermo?  No. Entonces apurate.  Esta gente vino a ver tu espectáculo.  Tenés que complacerla.  No. No puedo.  Sí, señoras y señores, todos tendrán oportunidad de observar el acto más extraordinario efectuado por un hombre.  Y sólo Clodomiro es capaz de hacerlo.  Nadie quedará defraudado.  Es inútil. Jamás lograré terminar esta comida. La campanita no suena más.  Muerta.  Por segunda vez.  Y de nuevo por culpa de ella.  Como aquella noche en que me abandonó, No pude tocar su última comida. La separación le hizo perder todo atractivo.  Y empecé a trabajar en este circo para tratar de olvidarla.  Lo conseguí durante algunos meses.  Al recibir los aplausos, la admiración, los gritos entusiastas.  Mareado por el triunfo.  Queriendo desalojar el hecho de ser un simple entretenimiento.  El gordo que todos quieren ver. La mayor diversión del circo.  Nadie se acercó por otra cosa.  Una expresión de amistad, alguna caricia.  Ninguna mujer, después que ella me dejó.  Y por eso sentí tanto su ausencia.  Un invencible fracaso.  Por fin hoy creí superarlo.  Al verla allí.  El regreso esperado con ansia.  Ahora comprendo que nada será como deseo.  Sólo pretende herirme, demostrarme que ya no tiene ningún interés por mí.  Y por segunda vez me impide comer.  Más que la gente que grita y quiere romper todo, ella me golpea sin piedad.  Con su leve sonrisa. Los ojos quemantes.  Pero sobre todo por el modo apasionado de abrazar a ese hombre.  Es suficiente.  Tengo la prueba que necesitaba. Todavía sigo importándote, Clodomiro. Malograste tu número por mí.  Es mi venganza.  Quiero que me recuerdes siempre.  El furor general va creciendo.  No deseo participar en la batalla.  Vamos, Juan.

(c)Ángel Balzarino
Rafaela 
Provincia de Santa Fe
Argentina


imagen: Pierri, Belisario (muestra 60/´80 en el Malba)

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