Apropiación de identidad - Eneté - Nora Tamagno
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| Nora Tamagno |
Muchas fueron las veces que, en mi edad adulta,
sentí que inexplicablemente volvía a
habitar el cuerpo de la niña que fui, colegiala insegura, tímida,
diminuta, casi inconsistente. “Madre
¿puedo?” arriesgaba desde lo más remoto de la memoria la vocecita menuda,
discreta como el aleteo de una mosca.
“¿Cuántos pasos doy?” “Dos de hormiga, uno de picaflor, tres de mosquito” respondía la voz. Y yo avanzaba con
pasos cortitos, vacilantes, temerosos, la pupila fija en las baldosas, las manos trémulas,
negros los zapatos con presilla, blancas las medias de algodón. “Madre ¿puedo?” insistía cuando
terminaba el recorrido... “cuatro de enano, tres de caracol” volvía a repetirse la orden precisa;
nunca fueron pasos de gigante, ni de león, tampoco de hipopótamo ni de orangután. Así fui por la
vida, sin hacer ruido, sin levantar la mirada, sin alzar jamás la voz, ni para enojarme, ni para
rebelarme. Todo estaba bien en el orden establecido por mamá, la hora para despertarse y la hora
para ir a dormir, primero los deberes, después el mate cocido con pan y manteca.
“Madre ¿puedo?” volví a arriesgar cuando muchos años
más adelante, conocí al hombre de mi
vida, al hombre más hombre que jamás había imaginado en mis largos insomnios,
la síntesis del hombre, el seductor e
irresistible. Irresistible para todos y también para mi madre, que por primera vez en la historia de nuestras vidas
no se atrevió a contrariarme –no se atrevió a
contrariarlo- y dio su aprobación meneando su cabeza llena de rulos de
permanente e ideas confusas sobre el
bien y sobre el mal, sobre lo que corresponde y no corresponde, con su
sonrisa de medio lado y el índice
enhiesto de maestra frustrada.
Entonces, también por primera vez, tuvimos un
interés en común, empezamos juntas a
imaginar la novia que ansiábamos y compramos en la sedería más
importante del centro, metros y metros
de raso rumoroso y metros y metros de tul de ilusión. Yo me paraba en un
banquito frente a un espejo tan grande
que parecía la entrada en otro país y contemplaba mi imagen como si no fuera yo la que se reflejaba en la
luna, mientras la modista con la boca llena de alfileres me iba envolviendo con lazos y frunces como a un
caramelo en celofán. Mamá se sentaba en una
butaca tapizada en pana bordó con la cartera sobre las rodillas y el
gesto adusto, controlando al detalle lo
que hacía la pobre mujer y dando indicaciones. Yo seguía absorta la escena del
espejo, sin reconocerme en esa figura
debilucha con la sonrisa inamovible, tan irreal que parecía pintada y los ojos acuosos, mientras la modista me
tomaba el ruedo, arrodillada como ante a la imagen de una madona del renacimiento.
Cuando despedía al hombre de mi vida todos los
jueves y domingos en el zaguán –único momento
en que mamá fingía no vigilarme- él, me preguntaba cómo era el traje de
novia, supongo que para demostrarme
interés en algo que a mí me quitaba el sueño. Entonces, yo le describía
con entusiasmo y ademanes exagerados, la
larga cola, las pinzas en la espalda, las alforzas de la cintura. “Vas a ser mi mujer” me susurraba al
oído, indiferente a los pormenores del vestido,
seguro de que mamá estaba con la oreja pegada a la puerta cancel, y yo
sentía que me derretíaentre sus brazos, aunque no estaba convencida de ser una
mujer. Más bien, me sentía una paloma,
una silueta, un hálito apenas, sin pechos, sin caderas, sin pasión.
El día del casamiento, llegué a la iglesia inmóvil
como una estatua, apresada dentro de
todos esos metros y metros de raso y tul, las dos manos sujetando con
tanta fuerza el ramo de pimpollos color
té que casi se deshojan. Crucé la plaza bajo el sol del mediodía –aclaro que
nos casamos al mediodía porque mamá
pensaba que la noche era signo de mal augurio- y el velo se me enredó, primero en el tronco de una
palmera, después en las hamacas y también se mojó en el agua del bebedero, pero yo no me detuve. Con
el velo desgarrado y húmedo, estoica y decidida, seguí adelante, clavada la mirada en las
puertas de la iglesia abiertas de par en par para recibirme y en él, tan apuesto y seguro, plantado en el
altar, sonriéndole al público. Antes de pisar el último escalón, una bandada de palomas voló por el
aire en un desparramo de plumas y chillidos, pero no me inmuté. Sin mirar a nadie, seguí la
marcha, como un muñequito a cuerda.
Después de todo lo que dijo el cura y de lo que no
entendí más que “en la salud y en la
enfermedad, hasta que la muerte los separe”, después de los anillos y el
beso, compartimos un almuerzo en el
salón del club social con los más íntimos. La luna de miel, fue cortita, en las
sierras y en un hotel de mala muerte,
con media pensión incluida. Pese a las paredes manchadas por la humedad y el olor a tuco que subía de la
cocina, yo estaba contenta.
De regreso, nos instalamos en casa, un departamento
en un segundo piso que daba al Sur. Allí
empezó nuestra verdadera vida de casados. Yo lo quería con un amor a mi medida,
“dos de mosquito, uno de picaflor,
cuatro de enano”. Él me amaba teatralmente, como un galán de telenovela, “cinco de elefante, tres de oso,
uno de rinoceronte”, con una sonrisa amplia de la que no se desprendía nunca, (daba la impresión de
que tenía un collar de perlas amarrado a cada
encía), regalándole su actuación a un público inexistente, me escribía
poemas exaltados y me besaba con unos
besos húmedos que me quitaban la respiración. Me apabullaba con tanto
alarde, con tanto despliegue en el arte
de amar y yo no encontraba la forma de demostrarle mis sentimientos, aunque me sabía de memoria
todas las novelas de la tarde. De habitual, no me salía más que un esbozo de sonrisa insulsa. En
aquellas situaciones me ponía muy nerviosa, me
transpiraban las manos que no dejaba de fregar y se me juntaban las
rodillas de tanto tembleque. Me parece que
él estaba frustrado por mi aparente indiferencia, mi escasa habilidad para
expresar amor, la incapacidad de liberar
mis impulsos, en síntesis, por mi invalidante timidez.
Quizá se cansó de que lo adorara en silencio...
esperaba otra respuesta a sus demandas,
tal vez se aburrió de la vida en común y fue cuando empezó a faltar de
casa. Sin embargo, yo lo seguí esperando
sin reproches, sin preguntas, prolija, bañada y perfumada como siempre, con
los labios pintados y extracto francés
vertido por gotas en el cuello. Primero fue una tardanza apenas, después otra, hasta que tomó confianza y se
animó a inventar las excusas más insólitas para no volver por las noches. En esas oportunidades,
su imaginación era desbordante. Yo fingía creerle para no perderlo, aunque tan tonta no soy.
Comía sola, mi comida y la de él, porque seguía cocinándole las cosas que le
gustaban con la ilusión de reconquistarlo. Me aburría de tanta soledad. Horas enteras me pasaba frente al
televisor viendo novelas, cualquier programa de
entretenimientos, chismes y hasta me aguantaba el ciclo del cura que
daba consejos bordeando la madrugada.
Cualquier ruidito en el silencio de la noche, me parecía que delataba su arribo
y entonces, me apresuraba a pasarme el
peine para acomodar los cabellos, me ponía perfume por centésima vez y me hacía la dormida. Muchas
fueron las veces en que no vino, pero si aparecía, pasaba caminando en puntas de pie, sin
reparar en mí, con la excusa de no interrumpirme el sueño y se acostaba a dormir ocupando él solo toda
la superficie de la cama. Ya no me tenía en cuenta y tampoco le preocupaba demostrarlo. Su
indiferencia me había convertido en un mueble más de la casa, al que de cuando en cuando le pasaba
la mano al descuido, como quien pasa el plumero
para quitar el polvo acumulado. Sin duda, me encontraba frente a un
extraño que ni siquiera me sonreía. No
por ser muy despierta me di cuenta de que tenía otra. Me costó aceptarlo, pero
hubiera sido muy necia al obstinarme en
creer que no era así.
Fue entonces, cuando me pareció escuchar otra vez la
voz de la infancia “madre ¿puedo?
¿cuántos pasos doy? Dos de búfalo, cuatro de dragón, uno de
rinoceronte”, estuve segura de que fue
la consigna. Entonces, con el corazón apretado en un puño, tracé la estrategia
para comprobar la infidelidad con mis
propios ojos: lo seguí. No era necesario ser muy astuta para lograrlo,
estoy más que segura de que él jamás
imaginó que yo sospechaba de su traición y mucho, muchísimo menos, que me atrevería a ir tras sus pasos
indagando en su mal guardada intimidad. Pero así fue. Tomé la decisión más importante de mi vida,
me resolví a enfrentarlo, a luchar por la fidelidad que me debía y no le perdí pisada. Lo seguí
todos los días, a sol y a sombra, a prudente distancia y con el ojo atento.
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Una noche del más frío invierno salió de casa sin
apelar ya a ninguna excusa. Se puso el
abrigo, se levantó el cuello y se largó cerrando la puerta con un golpe
discreto. Aún no había doblado la esquina
cuando me puse tras él, apenas a unos metros. Iba tan ensimismado en sus pensamientos, con las manos en los bolsillos
y la cabeza gacha, que de seguro ni reparó en mi presencia. Me parece que por entonces no
reparaba en nada, como si el mundo no existiera. El cielo tan oscuro, vacío de estrellas y la
bruma densa tornando en siluetas tenebrosas lo que hallaba en su camino, se aliaban conmigo. Apuró el
paso porque, después me di cuenta, faltaba poco para llegar a destino. Se detuvo en la ochava y
abrió la puerta de un bar de triste aspecto. Mal iluminaba el frente, una farola bamboleante suspendida
de un cable, diseñando figuras absurdas sobre la pared descascarada y sobre un cartel que
decía “Café y Bar El Arrimo”. Después de que entró y antes de hacer lo mismo, escudriñé por el
vidrio empañado de una de las ventanas. Al ver dentro tanta gente inmersa en el humo pesado de los
cigarrillos, difusos los contornos en la bruma, intuí la soledad de muchas almas ancladas por azar
en ese sitio y de pronto, tuve la fugaz percepción de que mi alma se hermanaba con aquellas. Me
deslicé furtiva y ya en el interior, empecé a
buscarlo indagando con la mirada mesa por mesa, temerosa de que me
descubriera. Pero no. Fue dificultoso encontrarlo, el lugar estaba muy
concurrido y la iluminación era escasa. Despojado del sobretodo, se había sentado en un rincón
sombrío. De pronto, podía verlo con nitidez de
espaldas a mí. Frente a él, se sentaba otra persona, borrosa en la penumbra,
pero sin duda alguna, una mujer. Me
obsesioné por develar su rostro. Me la imaginaba bella, como a él le gustan,
y segura. Sólo se miraban, creo, porque
me pareció que estaban en silencio. No sé que sentí. ¿Celos? ¿Angustia? Aún hoy lo ignoro, pero mi cuerpo
entero se agitó. Largo rato me mantuve en mi
lugar, entumecida por un frío intenso que se me generaba en el pecho y
recorría hasta la última fibra de mi
ser. Así, permanecí absorta en la visión de la pareja, como si yo fuera una
miserable fisgona, hasta que alguien me
tocó el codo y me ofreció su mesa, entonces, aproveché la ocasión para marcharme.
A partir de aquella noche, me convertí en una
espectadora infaltable, aunque ya no era
necesario seguirlo. Le ganaba de mano, yo llegaba primero al bar y me
sentaba en otra mesa, en un rincón
oscuro, alejada, pero no tanto como para poder observarlos sin perder detalle.
Confieso que a ella jamás pude verle el
rostro como hubiera querido, mirarla de frente, para saber con quién competía. ¿Competir he dicho? No, yo ya no
competía... ni siquiera figuraba en los registros de aquel hombre que me había jurado su
amor.
La verdad, no tenía muy en claro que objetivos me
llevaban a ese sitio. ¿Regodearme en el
dolor? ¿Mortificarme ante la evidencia del engaño? No podría negarlo, aunque
creo que no era eso. Mejor dicho, ahora
estoy segura que lo que yo esperaba era una oportunidad, un a revancha. Y la oportunidad llegó.
Ella nunca abandonaba su lugar. De tanto en tanto,
se pasaba los dedos por el largo cabello
y sacudía suavemente la cabeza hacia atrás en un gesto sensual. Horas
enteras pasaban frente a un pocillo de
café, mirándose, susurrándose, no sé... haciéndose confidencias,
encontrando similitudes, seduciéndose.
Al final, se iban juntos. La mujer adelante, altiva, con andar de diosa, él por detrás, subyugado, a distancia, sin
tocarse, abriéndose paso entre las mesas y la masa compacta de humo, para salir a la calle.
Pero ese día, cuando la vi tomar la cartera que
colgaba del respaldar de la silla y ponerse
de pie, me di cuenta de que se paraba para ir al baño. Entonces, sin
perder un solo minuto de tiempo,
reaccioné con rapidez y me adelanté. Corrí por el pasillo en tinieblas, empujé
la puerta vaivén que decía “señoras” y
nerviosa, simulé empolvarme las mejillas frente al espejo manchado. Entró distraída y ni siquiera me miró, como
si yo fuera una repisa o un lavatorio más. Tuve la certeza de que no debería dejar pasar el
momento, sabía que ésa era la oportunidad que tanto había esperado. No le di tiempo a nada. Junté
coraje y como una pantera que acorrala a su presa, me abalancé sobre ella con una energía que nada
tenía que ver con mi contextura exigua. Caímos al suelo mugriento, mojado y cubierto de
aserrín. Tampoco allí pude descubrir el rostro, porque la luz mortecina de la única lamparita,
titilaba. Lo único que me impactó, fue ver, cuando giró la cabeza, el espanto instalado en sus ojos
claros. No sé de dónde saqué tanta fuerza. Se debatió entre mis brazos, se
resistió sin convicción, y al final, se declaró vencida. Debía actuar con premura para no despertar sospechas... por si
entraba alguien, por si él se alarmaba por la demora. En pocos segundos, me adueñé de cada espacio
de su cuerpo, tomé para mí uno a uno todos los
segmentos de su silueta, me apoderé de su aliento y de la textura de su
piel, del verde de su mirada, le
confisqué la voz, le arrebaté la identidad, me calcé su figura como un guante
hecho a mi medida. Me sentí como esos cangrejos
que se meten a vivir dentro de los caracoles vacíos, aunque en el cuerpo de ella, me sentí una mujer de verdad.
Tomé su cartera, la abrí; con la barra del lápiz de labios rojo, me pinté la boca frente al
espejo, me pasé los dedos por el cabello y sacudí suavemente la cabeza, guiñé un ojo, sonreí y salí en la
búsqueda de aquel hombre para descubrir cómo amaba de verdad.
© Nora Tamagno
Rosario
Nora Tamagno nació en Rosario, Provincia de Santa
Fe. Es abogada y escribana. Ganó durante tres años consecutivos el concurso de
cuentos organizado por la Editorial de la Universidad Nacional de Rosario
(1999, 2000 y 2001). En 2000 ganó el primer premio en el Concurso celebrado por
las XXV Jornadas notariales argentinas en la ciudad de Mendoza. Uno de sus
cuentos fue seleccionado en el Concurso “A quien corresponda” organizado por
Cactus Ediciones, Tamaulipas, México, en 2000. En 2002 uno de sus cuentos
obtuvo la Primera mención en el Certamen Literario Internacional “20 de junio”
organizado por la Sociedad Argentina de escritores. En 2003 obtuvo el primer
premio en el IV concurso de cuento “Encuentro de dos mundos” Ferney – Voltaire (Francia)y una mención en el concurso
organizado por la Dirección de Cultura de la Municipalidad de General Cabrera,
Córdoba (2024). También uno de sus cuentos fue premiado en el concurso de
cuentos Nueva Acrópolis , Madrid.



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