Fuga sin final -Sergio Gaut vel Hartman

 

 

ilustración creada por IA 

Sergio Gaut vel Hartman


 

Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido.

—¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro.

—Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras.

—¿Con quiénes va a pasar la Navidad?

—Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia.

—¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenazas. Olvidé consignar que Pedro es lo más parecido a un luchador de sumo que pueda imaginarse. Con ciento sesenta kilos y la prepotencia de un camión Belaz, podría aplastar un automóvil pequeño de un puñetazo—. Pasará la fiesta con compatriotas. ¿Peruanos? —Hizo un gesto de asco que me molestó enormemente; tengo varios buenos amigos peruanos. Pero no era fácil zafar del apretón de Pedro. Podría decir que me arrastró hasta su casa entre muestras de simpatía y la promesa de un festín pantagruélico. ¿Qué decir? ¿Qué argumentar? ¿Explicarle las razones de mi presencia en Almatý? ¿Manifestar que hacía una semana que perseguía a Irina Makarova, mi esposa durante los últimos siete años, en busca de una reconciliación imposible? Todo lo que había logrado era morirme de frío. El dinero no era problema: podía seguir indefinidamente en Kazajistán pero, ¿para qué?

Pedro me metió en un Lada Granta rojo y recorrimos la Gornaya hasta la avenida Dostyk y nos detuvimos ante un edificio enorme.


imagen creada por IA


—Aquí vivo —dijo Pedro señalando un edificio fastuoso. Ingresamos a la enorme recepción y tras ascender no menos de veinte plantas llegamos al piso donde vivía mi “amigo”. Casi de inmediato, una multitud de niños de tres a doce años se abalanzó sobre nosotros gritando en kazajo y ruso una serie de reclamos, demandas, exigencias y ruegos, que yo fui incapaz de comprender.

—Aunque no conozco ni una frase en el idioma de este país —argüí— presumo que estos niños claman por sus regalos navideños.

—Exacto —respondió Pedro, lacónico.

—¿Son todos suyos?

—¡No! Solo Vania, el varoncito ese, de cinco, y la de siete, Ludmila. —Observé a esos dos niños en particular y terminé aceptando que la propuesta de un tipo al que siempre odié, y al que solo me unía una forzada coexistencia en la misma empresa mientras vivíamos en Buenos Aires, no había sido tan descabellada.

Fui presentado a la multitud y no tardé en verme envuelto en una maraña de abrazos y apretones de manos. La familia de la esposa de mi anfitrión era numerosa y se componía de una docena de adultos y una prole acorde, invariablemente kazajos, que me hablaron con una desconcertante naturalidad, a la que yo replicaba con movimientos labiales que trataban de parecer sonrisas. Raisa, la esposa de Pedro, una mujer rubia, menuda, de enormes ojos azules, me abrazó con una dulzura que me desconcertó.

—Me prometió que pasaría la Navidad entre compatriotas —protesté cuando quedamos solos un momento.

—Lo somos —dijo Pedro—. Mis dos hijos nacieron en Buenos Aires, pero llegamos a Kazajistán cuando eran muy pequeños.

—¿Su esposa habla nuestro idioma?

—Tampoco. —Y tras esta tajante afirmación, Pedro me dio la espalda y se dedicó a los parientes y amigos presentes, dejándome solo y aislado.

Los niños eran todos muy simpáticos, y pude detectar que no se diferenciaban demasiado de los infantes de mi país. Pese a lo temprano de la hora ya habían sabido ingeniárselas para destrozar la mayor parte de los obsequios recibidos. Los observé sin el menor disimulo, aunque eso no pereció alterarlos. En particular despertó mi atención el comportamiento de Ludmila, la hija de Pedro. Era una niña de ojos y cabellos oscuros, como el padre, que no parecía interesada en jugar con los otros. Es probable que alguno de los mayores le hubiera pegado u ofendido, aunque más que agredida lucía molesta y angustiada. Cada tanto suspiraba de un modo que nunca vi en una pequeña de esa edad. Dejé de prestarle atención y me concentré en el aburrimiento que me producía permanecer en esa casa, rodeado de desconocidos. Volví a pensar en Irina y lamenté no haber resistido los embates de Pedro Rivero. Ahora estaría en el lobby del hotel Kazakhtan, conectado a Internet, chateando con mis amigos. Por hacer algo, me dediqué a recorrer las habitaciones, apreciando la decoración y el mobiliario. Rivero parecía haber pegado buena; tal vez seguía en el negocio de los cosméticos, en el que debía haber escalado posiciones gracias a zancadillas oportunamente aplicadas.

Lo cierto es que mi deambular me llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. Sin recato observé que en el interior la pequeña Ludmila, tapada con una manta, parecía querer aislarse del mundo. Me acerqué con sumo cuidado, tratando de no asustarla, y aunque convencido de que no me respondería, le pregunté en castellano si estaba enojada. Para mi sorpresa, y tras retirar la manta y contemplarme unos segundos como si yo fuera un ser de otro planeta, respondió en mi idioma.

—No estoy enojada; estoy harta de la estupidez humana, de la hipocresía, de los lugares comunes, de los convencionalismos, aquí y en cualquier otra parte. —El comentario me desconcertó. Parecía provenir de un adulto, no de una pequeña de apenas siete años. Y eso sin contar con la cuestión del idioma, una incógnita que me propuse esclarecer de inmediato.

—Te expresaste muy bien en mi lengua; aquí todos hablan kazajo o ruso.

—Viví muchos años en tu país —respondió sin vacilar. ¿Qué podía significar “muchos años” para alguien como ella? Pedro dijo que habían llegado a Kazajistán cuando los niños eran muy pequeños.

—¿Cuántos, exactamente? —pregunté con un dejo de burla.

—Más de treinta. —Lo mencionó como al pasar, sin tomar en cuenta la incongruencia de tal información. Pero antes de que yo pudiera agregar nada, continuó—. Esta es mi novena vida; durante la séptima fui Alfonsina Storni, la poeta. Me suicidé en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

El universo se dio vuelta como un guante. Jamás, en todo el tiempo que llevo en la Tierra aparentando ser un ser humano común y corriente, había conocido a otra criatura como yo, a otro condenado a un eterno renacer en otro cuerpo, conservando los recuerdos de la vida anterior con una perfección absoluta. Me estremecí ante la idea de que debería esperar por lo menos diez o doce años para entablar con ella una relación fructífera. Pero me tranquilicé de inmediato, ¿qué son diez o doce años para seres como nosotros?

© Sergio Gaut vel Hartman

Ciudad de Buenos Aires 

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina en 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro y del Premio UPC. Actualmente dirige el blog literario MICROFICCIONES Y CUENTOS, en el que publica trabajos de autores de todo el mundo.

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