La última espectadora - Araceli Otamendi

 

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Los encontré un día en el umbral, estaban solos, parecían tristes.

Supuse que los había olvidado la titiritera que vivía en 

el departamento de al lado. Era una mujer con una vida nómade, siempre de gira 

haciendo espectáculos. Alguna vez conversamos, poco. Apenas entendía sus palabras, 

era extranjera y lo que me contó supuse que era cierto. Nunca había entrado en su casa ni 

ella en la mía, como es común en Buenos Aires. Vecinos extraños, gente que apenas 

saluda, de algunos de ellos ni los nombres conocemos. A partir de ese día, en que la 

mujer se fue y el departamento que ocupaba quedó vacío, los títeres quedaron en mi 

casa. 

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Eran cinco. Dos estaban vestidos como varones y tres de mujeres. Tenían el nombre 

bordado en la ropa: Brian y Lucas, Celia, Delia y Laura. Los acomodé en un sillón, 

supuse que se llevarían bien con los otros objetos que tenía en mi casa. Entre viejos 

juguetes de madera, otros de peluche, algunas muñecas que guardaba desde mi infancia. 

Había libros de cuentos también y algunas plantas. Brian y Lucas parecían el día y la 

noche. Brian era largo y flaco, vestía de negro como alguien de jerarquía, serio, con pelo 

rubio casi amarillo y dedos muy largos.

Lucas era todo lo contrario: bajo y regordete, tenía mejillas infladas y pintadas de rojo, 

un pelo rojizo abundante y vestía de blanco, como si interpretara algo más luminoso, 

aunque la cara contradecía la vestimenta. Celia y Delia parecían hermanas, eran 

delgadas, vestían de rojo brillante como si tuvieran que actuar en una función de varieté. 

Aunque una de ellas, Celia, tenía una boca que sonreía y Delia parecía más apática.

Laura era la más chica del grupo, de ojos redondos y claros y pelo oscuro,  la más 

redonda del grupo, la que parecía tener menos edad. Sentados en el living de mi casa, de 

a ratos los observaba. No se había producido ningún altercado entre ellos y los demás 

objetos. Salía a hacer compras, tomaba un colectivo, a veces me quedaba un largo 

tiempo  afuera, leyendo en algún bar o en alguna biblioteca. De noche me acostaba 

temprano, leía en la cama. Por momentos me levantaba y miraba si todo estaba en orden. 

Las plantas necesitaban agua a veces y las regaba. Daba vueltas, tomaba un té, miraba 

por la ventana. Había decidido no mirar las redes sociales de noche, se habían tornado 

agobiantes. Para eso inventé otros rituales: leer cuentos, mirar películas, escuchar 

música. 

Mientras, me preguntaba a diario qué sería de la dueña de los títeres, si es que alguna 

vez  fue la dueña. La misteriosa titiritera no había dejado señas ni rastro. 

Ninguno de los vecinos habituales parecía saber nada. Intenté justificar el olvido o el 

abandono de los títeres, traté de reconstruir sus historias. Lo merecían, eran objetos 

sobrevivientes de una vida entera. Pasó el invierno, y empecé a salir más asiduamente. 

El teatro y el cine, los bares, las calles arboladas, las flores de los árboles llenaban el 

aire. 

Una noche, en Palermo, mientras asistía a una función de teatro, parecía que algo 

había cambiado. 

El barrio ardía en luces de neón y las calles parecían pobladas por figuras de una 

comparsa sin fin. 

¿Era Carnaval o un sueño colectivo? De pronto, todo se volvió escenografía: los 

edificios, las luces, los rostros. Un vasto simulacro. Desconcertada, huí de esa noche 

falsa y busqué refugio en mi casa. Cuando abrí la puerta, ya entrada la madrugada, los vi 

escapar. Brian, Lucas, Celia, Delia y Laura bajaban las escaleras con una urgencia 

imposible, como si hubieran despertado de golpe. Grité sus nombres, pero el viento se 

llevó mi voz. Brian, el más alto, se estiró como una sombra y abrió la puerta de calle. 

Salí tras ellos. Corrí detrás de mis títeres por cuadras que parecían infinitas. El viento, 

antes suave, se transformó en ráfagas frías que cortaban el rostro. Brian iba al frente, 

seguido de cerca por Lucas y la pequeña Laura; más atrás avanzaban Delia y Celia. 

Nadie nos veía. Ya íbamos por Rivadavia.  La ciudad era un enorme decorado, un teatro 

silencioso donde solo ellos y yo parecíamos tener vida. Los perdí de vista al llegar a 

Flores, cerca de Luis Viale. La luz clara del amanecer ya asomaba cuando me derrumbé 

en un banco de plaza, exhausta y extrañamente viva. Me habían hecho correr como 

nunca. Aunque por un instante los sentí ingratos —después de haberlos abrigado del 

olvido—, comprendí su deseo: ya no querían ser objetos. Anhelaban vivir, recorrer el 

mundo, pisar escenarios y escapar del simulacro quieto en el que yo también 

permanecía. 

Al llegar la mañana, emprendí el regreso. Caminaba despacio, deseando en silencio que 

la titiritera errante los encontrara y les regalara una nueva función, una nueva gira. Una 

brisa leve, casi tierna, comenzó a vibrar en el aire.

© Araceli Otamendi

Ciudad de Buenos Aires, junio de 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

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