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Araceli Otamendi - Cuentos chinos apócrifos -El dragón de los sueños

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Cuentos chinos apócrifos El dragon de los sueños El detective Ronald Briten movió suavemente las páginas del Libro de los sueños del reino de Chu, publicado en el siglo IV a.c. y leyó lo siguiente: En el siglo IV a.c. los habitantes del reino de Chu tenían por costumbre escribir los sueños y armar con esos escritos unidos   grandes cometas de papel que cosían con hilos de seda. Algunos de los habitantes preferían colorear los cometas con azul, otros con amarillo, otros con naranja o rojo. Después los hacían volar y los exhibían en fiestas en honor del emperador. Así creían los habitantes de ese reino que los sueños se cumplirían. Era una creencia antigua. En pueblos distantes de ese reino, algunos estudiosos se ocupaban de leer y descifrar los sueños de los habitantes del reino de Chu. Ya los conocían bastante bien y así iban pasando los años. Durante una época de gran sequía en el reino de Chu los pastos se secaron y muchos   animales murieron. Fue entonces que el empera...

Analía Pascaner

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Coutaret Analía Pascaner Se me vino en contra ¿No te digo? nooo, si es así la cosa, una se empeña en aprender, en hacer algo nuevo y se te viene en contra, encima lo que una dice te lo tiran como idea después, es así creeme lo que te digo porque es así. Vos cómo andás? mientras te voy contando ¿querés? ¿tenés un ratito? ¿si? bueno te cuento entonces. Ja… cuando lo sepas me vas a dar la razón. El otro día sentaditas las dos, charlando de bueyes arados, no… bueyes arados no, bueyes cansados bueyes sueltos… ¿o bueyes que no se dan cornadas? ¿cómo es? bueno no tiene importancia no viene al caso, sigo, el otro día hablando de bueyes (así, bueyes a secas) le pregunté si es difícil escribir un cuento porque ella es profesora de lenguaje baaah de lengua como le llaman ahora, “v-v-vos querés e-escribir?” (me miró de raaaro creeme) “sí ¡yo! te animás a enseñarme porque un poco que me aburro viste?”, “b-bueno podríamos intentarlo, mirá que tenés mucho trabajo por hacer, no es escribir ...

Araceli Otamendi

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Silke, La suma sacerdotisa (Muestra Arcanos en seda) Lucía y la adivina* A compaño a Lucía a la casa de una adivina. Lucía  es una mujer relativamente joven, estará cerca de los cuarenta, no los aparenta salvo por el gesto demasiado serio que permanece invariablemente en su cara, casi nunca se ríe. En realidad la adivina es una mujer que tira las cartas. Proliferan en Buenos Aires. Nunca había ido a un lugar así. No sé por qué Lucía me eligió a mí para que la acompañe, no creo en ese tipo de cosas, tal vez se sienta más segura si va con alguien. El problema de Lucía es que el marido, más joven que ella, buen mozo y simpático es un hombre con suerte. Le va bien en su profesión y Lucía está siempre expectante. Teme que se lo roben. Teme que le hagan algún maleficio, que alguien con poderes mágicos y no tan mágicos lo aleje de ella. La casa de la adivina queda en un barrio de Buenos Aires, algo alejado,  es un departamento antiguo, modesto. Cuando entramos...

Araceli Otamendi

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                            Alfredo Volpi, Hombre con paraguas en el paisaje (de la muestra en el Malba) La lluvia Llueve a cántaros y es de noche. Marisa ha entrado a su cuarto y ha cerrado la puerta con llave. Recién se ha despedido de Tomás con un portazo. Ella le ha cerrado la puerta del auto, un pequeñísimo auto y le ha dicho: - Andáte, no te quiero ver más. Y él se ha ido. Enojado, confundido. El auto se ha alejado en la noche oscura, muy oscura. Oscura como  los pensamientos de Marisa… Y ahora ella  llora, llora y llora. Lloraba desconsoladamente. Marisa llora y las lágrimas caen negras de rimmel sobre los papeles de la mesa donde estudia. La cortina de lluvia le impide ver la calle. Intenta reconstruir las últimas palabras de la discusión con Tomás. ¿Por qué habían peleado? ¿quién había iniciado la discusión? Sólo sabía que Tomás se había puesto inflexible: no iba a ceder. ¿Por qué tendr...

Tomás Juárez Beltrán

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LA ALCANCÍA DEL AMOR Luego de cruzar las Altas Cumbres comencé a descender hacia Mina Clavero. El tráfico vehicular era lento, el calor insoportable. Después de un control policial de rutina doblé hacia a Nono y al llegar al pueblo detuve la marcha en una estación de servicio. Como la fila de automóviles que esperaban para cargar combustible era interminable, bajé de la rural con la intención de estirar un poco las piernas y caminé hacia un quincho de paja. Allí, sobre improvisados escaparates, ofrecían todo tipo de baratijas: jarrones de dudoso diseño indígena, gauchos de madera, llaveros con escudos municipales, ocarinas sin sonido y otras naderías. Cuando estaba a punto de regresar a la estación, sobre una tabla de algarrobo a pleno sol de la siesta, observé cuatro chanchitos de cerámica que enfilaban sus perfiles porcinos hacia el cerro Champaquí. Era curioso, parecían pertenecer a una misma familia. El más grande encabezaba la fila y tras él, de mayor a menor, se ubicaban los d...

Araceli Otamendi

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Película Mientras desde el televisor sale la frase contundente: - si te hubieras casado con Gustavo Rodríguez (la pronuncia una suegra bigotuda dirigiéndose a la hija todavía joven y casada con un poco querido yerno), es una película blanco y negro, cine nacional, no sabe la fecha.  Laura mira la calle a través del vidrio de la ventana. ¿Qué puedo decirle? El discurso es interminable. Dijo Gustavo Rodríguez pero podría haber sido Pedro Pérez, Raúl López, Eduardo Martínez, Ignacio García, cualquiera. Porque nadie le venía bien. -          ¿No es cierto? – pregunta la vieja mientras Laura asiente ¿asiente? Mientras camina por el living, va hacia la cocina a poner el agua para el mate. -          ¡Nenaaaa! -          Síiiii, mamá – asiente pero sin ganas porque las palabras la hacen pensar y piensa en Gustavo, en Pedro, en Raúl, en Eduardo, en Ignacio…en cualqui...

Paulina Juszko

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Ueno, S/T LOS  DERECHOS  DE  UN  HOMBRE    Como todos los domingos, Eugenio va a pedir que me apure con los ravioles porque a las 3 tiene el partido con los muchachos del club. Porque yo todavía le hago los ravioles amasados, como mi mamá y mi abuela. Y como mi suegra (que Dios la tenga en el infierno), y que él no se priva de recordarlos poniéndolos por las nubes… Las tradiciones hay que conservarlas, me parece, si no se pudre todo. Que es lo que está pasando ahora, se ve cada cosa en la tele, los hombres se casan entre ellos ¡qué horror!, se besan en la boca en pleno horario de protección al menor… Esto de apurar la comida siempre trae problemas porque Javi y Tere recién se levantan a la hora que el padre sale para el club – claro, como se acostaron a las 7, 8 de la mañana… -- y hay que recalentarles los ravioles. Pero, bueno, un hombre que trabaja toda la semana tiene derecho a divertirse sanamente los domingos. La locura de Eugenio es el fútbol,...