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Duendes mágicos - Erasmo Sondereguer

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                                                                                                                                                                    foto:(c) Revista Archivos del Sur - victrola, fotografía tomada en Museo Casa de Carlos Gardel (Buenos Aires) Duendes mágicos, sin silencios tristes. Surgieron sin ser vistos, en ese infierno descomunal y bárbaro. Invisibles, se introdujeron veloces en la máquina incendiada y rescataron ese cuerpo, que las llamas incontenibles estaban devorando. Lo lograron sacar, haciéndolo invisible como ellos. Lo llevaron a su guari...

Trenzas - (fragmento) - Susana Szwarc

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Susana Szwarc (Buenos Aires) La escritora Susana Swarc ha publicado recientemente la reedición de su novela "Trenzas". A continuación se publica un fragmento:   Trenzas (fragmento) Se acercó a la ventana. ¿Llegaría hasta ella el aroma de la tierra mojada? Esperó. Esperó hasta el momento en que las gotas empeza ron a desparramarse lentas, suaves. Entonces, cerró los ojos para escuchar el ruido que aumentaba. Y cuando se largó el chaparrón, ella entró en la lluvia. Hasta que la lluvia se calmó. * Demasiado calor. Ni una sola nube en el cielo. La mu jer cruza el pueblo en la hora de la siesta. Los finos tacos de sus zapatos marcan la tierra.   Va absolutamente vestida: zapatos, medias, vestido de flores y hasta un pañuelo cubriendo del polvo sus lar guísimos cabellos. * Había descendido del tren porque creyó reconocer ese pueblo, como si alguna vez, antes, hace mucho, lo hu biese mirado. Por ejemplo, sería un lugar llano, seco. Después del largo r...

Estoy aquí - José Respaldiza Rojas

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     A un cuarto para las ocho, Elvira bajó del segundo piso y se dirigió, como todas las mañanas, al cuarto de la tía Georgina, le extrañó no oír los gritos de levántenme que a diario se pronunciaba. Grande fue su sorpresa al ver el cuarto vacío, parpadeó varias veces, efectivamente no había ninguna persona, entonces corrió a la sala-comedor y su sillón también estaba vacío, fue al baño, en la creencia que hubiera ido para hacer sus necesidades, pero también permanecía desocupado. Llamó a gritos a sus hijas Alionca y Cinia, quienes acudieron con presteza y preguntaron: -Mamá ¿qué pasa? -La tía no está – les respondió. -Eso es imposible mamá, seguro no has mirado bien. -Vayan, vayan a ver. Fueron y se quedaron impresionadas, la tía se había esfumado, desapareció como por arte de bilibirloque. ¿A dónde se fue? La emoción fue tan grande que no hablaban entre ellas, más bien gritaban por efecto de los nervios, en eso una voz habló y no fue escuchada...

Espejo del alma - Dolores González Opazo

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Toda la noche había llovido a cántaros, el viento soplaba con fuerza , ululando por entre los recovecos y el barro del callejón. Los truenos y los relámpagos no me habían dejado dormir en toda la noche, lloré con la cara metida bajo mi almohada de lana de cordero, para no escucharlos, sin embargo con cada tronar, mis lágrimas volvían a brotar. Mi abuela al parecer estaba en las mismas, porque cada vez que asomaba la nariz por debajo de las sábanas, la veía sentada en la cama con su rosario en la mano y en algún momento seguro, silenciosamente se había levantado, porque de entre las cenizas del brasero del comedor salía un delgado hilito de humo, que se disolvía entre las murallas del caserón; eran ramas secas de olivo, de esas ramas benditas de semana santa, que según ella nos protegerían de esas inclemencias del tiempo. Ya en la mañana tipo siete, los truenos silenciaron en su tronadura y con voz asustada aun le pregunté a la abuela: -¿Mamita ya se fueron ? - - Siii niñ...

Campos de lluvia - Araceli Otamendi

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Íbamos a mucha velocidad, él conducía. Primero por calles asfaltadas hasta salir de la ciudad, luego, el auto se desplazaba por la autopista, corría. Edificios, carteles llamativos, luminosos, luces encendidas en la neblina. Un día de semana lleno de ocupaciones, de trabajos, obligaciones, llamadas telefónicas, mensajes, sms, timbres, personas, autos, colectivos, trenes, aviones, barcos, lanchas, ¡cuántas cosas! ocupaban nuestros días. Éramos jóvenes, muy jóvenes cuando salimos a la ruta, ¿a cuánta distancia estamos? pregunté. Pero él, apurado por llegar a destino, aferrado al volante, no me escuchaba, entonces yo miraba a través de los vidrios del auto los terraplenes, el tren en las vías casi paralelas a la autopista, después cruzándose, con las caras de las personas, pasajeros asomados también contra los vidrios de las ventanillas. Eran caras ajenas, con la pereza despejada de los rostros que se disponían a llegar al trabajo. Ya era la media mañana. El cielo gris se h...

Parafraseando Réquiem por un mundo desfallecido - Javier Claure Covarrubias

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Javier Claure C. Tío de la mina ilustración de Sandra Berg Mozard Todo era transparente a mi alrededor. Yo estuve en el vientre de mi madre nadando en el líquido amniótico durante varios meses. Yo era rebelde desde mi gestación. A veces me daba vueltas como un astronauta. Otras veces, me desplazaba hacia la izquierda provocando una leve punzada. De pronto llegaron las contracciones, mi madre pujaba con fuerza y lágrimas caían por sus mejillas. Finalmente rodó la envoltura, y llegué a este mundo de alegrías y de dolor. Yo nací en un lugar en donde las palliris, a la intemperie, martillan y martillan las piedras como Penélopes del altiplano; para encontrar el dorado de sus sueños. Pero en el dobladillo de sus polleras encuentran las cruces de su existir. En ese mismo lugar misterioso, plateado por el estaño, sale el Tío de la mina, todas las noches, con su farolito rojo amarillo verde. Corre por la calle Junín, y cuando llega a la altura donde se encontraba la cruz verde grit...

El hombrecito de la fortuna amorosa adversa -Facundo Yedro

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Facundo Yedro   En la ciudad de Agranama, en los tugurios de mala reputación suele recordarse, con cierto aire melancólico la historia del matemático Gentile, el hombrecito de la fortuna amorosa adversa. Según cuentan, la tragedia del amor solo incurría, irónicamente, luego de un beso. Como un desatino cruel, cada ósculo acompañaba el dramatismo del olvido permanente. En ciertas ocasiones, la madrugada lo encontraba retirando su boca de alguien que no recordaba quien era. Y las muchachas entre sollozos y lamentos creían que aquel padecimiento no era más que una indecorosa puesta en escena para no incurrir en los miserables actos de encuentros persistentes. En el barrio, el deseo de mantenerle oculto aquella afección había sido siempre la principal tarea de su familia. Concluían que la ignorancia siempre atrae la dicha y, como contraposición, lo que se nos revela solo ocurre para acercarnos un poco más al infortunio y la desgracia. Por ello, solo se remitían a ofrecerles re...