lunes, 20 de julio de 2009

Juan Sebastián Ferrón


La carta

Cada mañana me levanto pensando que quizás encuentre una carta en el buzón. Pero no una carta cualquiera, sino "la carta". La misma que esperé toda mi vida, por la cuál soñé cada noche, imaginándola tibia, recién elaborada, con el roce de esas manos de la seda. Puede que tal vez, llegara con algún resto de colonia, de esas que hacen lagrimear, o con alguna que otra huella implantada a raíz de una lágrima en fuga.

Lo cierto es que aún espero, y pienso en el mañana, porque cada día me levantaré pensando que ayer pensé, que quizás encontraría la carta.
Ni el cartero, ni el olvido, ni la cantidad de sobres que desbordan el buzón para dejar sitio alguno para la carta, absolutamente nada, pero nada, me hará perder de vista el deseo que rompe en mí, esperando ese fino papel, amarillento tal vez por el pasar del tiempo; pues si a mi puerta llegara el mar, una botella con la carta sería más factible de encontrarse con mis manos y satisfacer mi deseo, pero pienso en la inmensa avenida y en el pasaje de los relojeros, que seguramente, o sólo quizás, fuesen obstáculos para su llegada. Mientras espero, me tomo el trabajo de prepararme una vez más para recibirla, pues debo estar impecable para el maravilloso encuentro… y siento el olor del café que se va tostando en una tentativa por desviarme el pensamiento y acudir en su ayuda, pero no, ni siquiera el café que se quema, o el ladrido del pichicho de la vecina, que apenas escucha mis pasos cansados por detrás de la puerta, chumba incansablemente aturdiendo a los vecinos de la planta, logra desconcentrarme.
Y pienso, luego siento y más tarde me propongo fantasear con la idea de que tal vez esté por París, o por Milán. No lo sé, solo sé que la espero, y a medida que pasa el tiempo, la desesperación se va asomando y colgado de la cuerda como un pantalón viejo, agujereado, quemándose al sol y soportando los avatares del viento, así me siento yo, porque espero pero también me vuelo, como vuelan los años de mi vida esperándola a ella. Pero miro por la ventana y el portero me saluda, me oculto entre la cortina porque sospecho que intenta distraerme de mi insoportable deseo, y pobre Jacinto, tan suspicaz con su idea, creyendo que puede lograrlo, ¿cómo si eso fuese posible?
Increíblemente tocan el timbre, pero no me animo, voy al baño y cierro la puerta, cuando nuevamente suena el timbre y cada vez, es más largo el sonido, prolongándose en el espacio, como yo me prolongaría si fuese sonido, y por cierto creo prolongarme pues sólo pienso en la carta que a través del tiempo seguramente debe haber recorrido un extenso viaje, tan sólo para llegar a mi destino. Y el maldito ruido que no deja de sonar y debo levantarme, pasar llave a la puerta, asomar mi nariz por la rendija y encontrarme con doña Maruca y sus ruleros; con esa verruga intimidatoria saltando de la punta de su nariz, como el campeón olímpico en Atenas. Ladrando, me corrijo, platicando sobre la pérdida de agua que proviene del piso tercero "A", y que deberíamos reunirnos para una maldita asamblea, que jamás llega a buen puerto. Cierro la puerta en su cara en una tentativa por querer extirpar esa verruga obscena y me tiro en el sillón, sintiendo como los nervios me taladran el estómago, sospechando que quizás en la Aduana, la carta fue abierta, o quien dice que la estupidez humana llegue a limites impensados y puede que ella se haya zafado de las manos de algún empleado idiota ,que sólo pensaba en la cantidad de películas pornográficas que esperaban por él en su casa, y así truncar mi deseo, mi pequeño y tenaz deseo de tener ese dulce papel, esas palabras tan tiernas, tan abrasadoras. Miro la hora y una vez más se pierde el día, se escapa, es domingo y no encuentro el sentido a toda esta locura que me mantiene atado a mi deseo, y sin embargo no puedo parar, porque compulsivamente necesito recibir la carta. Pero realmente cada vez me resulta más insoportable y nuevamente me acerco a la ventana, pero antes voy corriendo una vez más hacia el buzón de entrada, y encuentro la boleta del gas que está vencida anunciándome que próximamente me cortarán el servicio, si no pago como Dios manda. Y ahí lo veo a Jacinto, que seguramente está terminando su jornada, levanta su mirada y me ve, yo lo miro, nos quedamos unos segundos, que parecen horas, tal vez días y por qué no, años perdidos, entonces viene hacia mí, y veo que trae algo consigo, pero lo oculta, esconde sus manos detrás de su espalda, y lentamente se acerca y yo me voy sintiendo el pichicho de la vecina a punto de recibir un premio, una galletita con gusto a pollo. Entonces me arrodillo ante Jacinto y me dice que si, que respire, que sienta la frescura de la libertad, que ya todo pasó, y que no hay de que preocuparse. Y sinceramente me parece absurdo demorar tanto la entrega, pues esa es la carta, estoy seguro que es, no puede ser otra cosa.; y resulta que veo un cañito, algo diminuto, sin sentido para mi, pero tan lleno de sentido para él, y no puedo creer que me muestre el silbato para caninos, el silbato que logrará que el pichicho de la vecina pare de ladrar cuando yo pase por la puerta. Lo miro nuevamente sin poder ocultar mi odio, y le expreso, mirándolo a los ojos y con la vos entrecortada por los nervios, que me parece un maldito idiota, que seguramente él fue el causante de la desaparición de la carta, la que tanto esperé y espero aún, ésa que me hará feliz, que me liberará para siempre. Razón por la cual no me queda más remedio que acostarme temprano, porque estoy seguro que mañana, tal vez, con un golpe de suerte, la carta me encuentre desprevenido. Pero cuando abrí mis ojos ,al día siguiente, me di cuenta que llovía, fuerte, furiosamente diría, y así como la calle y el afuera se veían completamente mojados, yo también me vi nadando en un charco; porque el piso de mi casa se había inundado pero, más allá de esa desgracia, ahora el estupor me dominaba y no podía creer como el agua sucia, que venia del pasillo se filtraba por debajo de mi puerta y con ella, una cantidad infinita de cartas, todas ellas mojadas, estropeadas, borrosas, con estampillas desfiguradas y no solo la cólera me vino en un santiamén, sino que la desesperación y la agonía y los gritos de Maruca, y el pichicho olfateando debajo de la puerta, con Jacinto aguantando la marea de inquilinos y toda la desesperación junta, que me vino de golpe, porque quizás, sólo quizás, la carta estaría allí como una isla desbordada, como un oasis en medio del desierto, como un pedazo de madera flotando en el océano, como un verdadero naufragio, hundiendo mi sentir, gobernando mi infinita angustia, mi maldita desesperación, o por el contrario... por ese milagro bendito, posiblemente aún, estaría en camino, sana y salva, despojada de todo peligro, de toda tentativa de amenaza, intacta, llena de ti, pura e inmaculadamente, llena de ti….


(c)Juan Sebastián Ferrón

Wilde
Provincia de Buenos Aires
Argentina

imagen: Mario Pucciarelli, pintura, muestra Antonio Berni y sus contemporáneos, Malba, ver galería de imágenes de la revista Archivos del Sur

1 comentario:

Silvia Loustau dijo...

Excelente relato, que mantiene la tensión del lector hasta el final. Un saludo desde Mar del Plata,

Silvia Loustau

www.silvialoustau.blogspot.com