domingo, 23 de agosto de 2009

María Angélica Scotti




Señales del cielo

(fragmento)

Al filo del mediodía, varios indios acuden de prisa a la casa del cabildo y, una vez allí, entran en callada hilera. El mayor de todos ellos abre la marcha y la plática.
- Venimos a emprender una carta para el señor procurador.
El mozo escribiente apresta un pliego y la pluma.
- “Señor procurador –las palabras brotan con lentitud pero con firmeza-. Nosotros los indios del obraje Santa Cruz, de Quito, hacemos saber: Que nos aplicamos a las labores de paños sin holganzas mientras dura la luz del día. Que hay castigo para aquel que no cumple. Que nuestro amo no nos paga el salario como manda la ordenanza del Rey. Que los alimentos que nos da de paga poco nos alcanzan. Que los paños que nos llevamos de paga son flacos para el invierno. Y que no nos sana las enfermedades como manda la ley. Nuestro amo dice que no nos paga en moneda porque los indios no sabemos guardar ni gastar. Y tal vez así sea. Y dice que trabajamos muy mezquinamente y que por eso él no es largo en pagarnos. Él dice también lo que todos: que el trabajo es una obligación sin remedio. Que de estar ociosos y holgazanes se siguen muchos males y daños. Y que Dios mira con agrado al que trabaja. Y tal vez así sea. No es nuestro atrevimiento no trabajar. – El indio calla por un rato y agacha la cabeza; el escriba lo mira inquisitivo, la pluma en alto, hasta que la palabra del indio vibra de nuevo.- Lo que a nuestro corazón le duele más que todo es no poder ver ni un tantico el sol. Llegamos al obraje cuando apenas se abre la primera lumbrecita, antes muy antes de aparecerse la rueda del sol, y no salimos hasta que se cierra la lumbrecita última. Adentro estamos todo el bendito día tejiendo tejiendo, hilando hilando, y no nos dejan asomar los ojos al aire abierto. Tenemos olvidada la cara del sol de tanto no verlo. Y eso no es bueno. Sin sol y sin cielo, la vida nuestra no tiene sabor ni motivo. Recelamos que el infierno ha de ser así: un encierro con puras paredes y techo, como una cueva de donde nunca nadie puede salir. En los primeros tiempos nos decíamos: es un mal sueño, pronto hemos de despertarnos. Pero después nos fatigamos de esperar que nos despertaran. Nuestro amo dice que mirar el sol es cosa de idolatría, y que por eso él nos quita la tentación. Pero nosotros sabemos que al sol y al cielo el Señor Dios los edificó para cobijar y consolar a grandes y pequeños, y que sindudamente él ha de enojarse si alguno, descomedido, los desatiende. Nuestro amo dice también que el atardecer siempre es igual, que mirando uno se conocen todos, y que basta con el recordarlo. Pero nosotros sabemos que no es así, que ésas son palabras chungueras, y que, mientras nosotros estamos adentro tejiendo tejiendo, hilando hilando, nuestro amo se sienta a la puerta de su casa, cara al cielo y al sol, y no se cansa de mirar. Sí, él se sienta y mira, y a nosotros nos apremia y nos apremia. – El indio hace una pausa y muda otra vez la voz.- Por estas razones, señor procurador, pedimos y solicitamos pacientemente que nos permitan entrar al obraje después de cumplido el amanecer, y que la nuestra salida sea antes muy antes de la puesta del sol. Esperamos nos conceda la petición y saludamos a Su Señoría con alto respeto.”
El escriba tiende la pluma al indio, y vanamente trata de atajar una sonrisa. El indio traza, al pie de la carta, un garabato, tal como aprendiera en un tiempo ya muy lejano, cuando era muchachuelo. El escriba vuelve a tomar la pluma y sólo ahora nota que el indio tiene la cara y la boca cuajada de cicatrices, y, en el medio de los ojos, un destello de fuego como un sol agazapado.

(c) María Angélica Scotti
Rosario
Provincia de Santa Fe
Argentina

publicación autorizada por la autora, el fragmento pertenece a la novela "Señales del cielo" publicada por la editorial Atlántida en 1994.

imagen: Alejandro Puente, Chumpi, de la muestra en el MUNTREF, 2009

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