miércoles, 14 de octubre de 2009

María Jesús López Martín


El pájaro, Afrodita y un pastel de chocolate *


     Un pájaro ha pasado por mi ventana. Me ha mirado de frente. Ha piado a voz en grito. Se ha girado así sin más, me ha dado la espalda y se ha ido. Me ha graznado con el pico abierto y la mirada de reírse.
      ¿Será posible, digo yo mientras escribo, que un pájaro abra el pico y me grazne a la cara mientras ríe? Que yo sé seguro que reía. Si se le veía en los ojos de pilluelo sabio grajo que grazna y rebuzna frente a mi ventana.
      Y luego yo, ¿qué hago? Me quedo sola y pensativa, nada más. Me quedo sola contando los pelos que se sueltan de mi cola y cuando caen, me los como despacito después de haberlos utilizado como hilo dental. Luego me agarro el brazo y me lo mezo porque estoy sola y un pájaro cuervo me ha rebuznado desde su pico desmesurado abierto de par en par. Y que sus ojos sigan riéndose en mi recuerdo… Qué lamentable. Qué extraño. Qué encerrona de mí misma a mí misma desde mí misma. Y nada más, ya digo.
      El pájaro se ha marchado y desde mi pelo recién arrancado que me monda el diente me levanto y me miro en el espejo mientras me pregunto: quién soy.
Ya me di miedo.
Cuánto tiempo sin decírmelo.
Y que haya tenido que venir el pajarraco y abrir su pico para que me lo haya preguntado…
      El espejo se quiebra y aparece Afrodita que me guiña un ojo y me sonríe con picardía. Ay Afrodita, le digo, que me estoy sola. Y Afrodita venga que venga a guiñarme el ojo hasta que al final me doy cuenta de que es un tic y que su sonrisa picarona es marca de cicatriz de cuando se cayó de la bici a los cinco años. 
Me cae una lágrima de soledad.
Resbala.
      Me doy la vuelta y me dirijo a la cocina. Allí me como un pastel de chocolate que desde sus inicios me decía cómeme por favor cómeme. Y me lo como porque me llena de negro dulce. Pero el negro dulce en el estómago se convierte en agujero en el corazón y me apuñala en la costilla el graznido del pájaro con su pico abierto que no cabe en ningún sitio.
Me siento sola.
      Luego me levanto y tomo una decisión. Agarro la escopeta del armario y me asomo a la ventana. Llamo al pájaro a graznidos, lo invoco alareando, lo grito ya con ojos ya con dientes y, cuando lo veo, lo apuñalo. Le saco los ojos y los como fritos. Chafo su picazo con una piedra. Despedazo sus plumas. Le arranco patas. Lo degüello. Lo mastico. Lo como. Crudo. Bebo sus líquidos. Cuando he terminado, eructo. 
Entonces quedo tranquila. 
      Por la noche me desvelo y me asomo a la ventana. No veo nada y me miro en el espejo. No veo nada y me dirijo a la cocina. No veo nada y me quedo sentada en una silla de madera. Me tiembla el cuerpo. Me llega el frío. Recuerdo al pájaro y me duelen las entrañas. ¿Por qué me ha entrado el miedo?
Lo llamo alareando, lo invoco con graznidos.
El pájaro no viene y yo sudo y me bebo mi líquido empapándolo en esponjas. El pájaro no viene y yo me caigo al suelo, y el pájaro que sigue sin venir y yo me corto uno a uno mis cabellos y el pájaro que nada y yo que ya al final me he arrancado los ojos y me miro desde ellos y descubro que mi boca no es ya más que un pico enorme que devora y ríe y grazna y que, en un momento de descuido, acaba por engullir los ojos que se encuentran en  mi mano. Desde ellos puedo observar mi intestino.
En un último momento de lucidez, me digo: ¿todo esto por un pájaro que grazna? Y por dentro de mi cuerpo noto cómo resbala una lágrima mientras alguien –no sé quién- cierra las cortinas de la ventana.

(c) María Jesús López Martín
*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur
Terrassa, Barcelona
España

imagen: Francesco Clemente (de la muestra La Transvanguardia italiana, Fundación Proa)

3 comentarios:

Cristina dijo...

Este relato me ha encantado! De una terrible fuerza que te embriaga con una desazón sin escapatoria... necesito leer más o acabaré comiendome los ojos... Una admiradora

Araceli Otamendi dijo...

¡Gracias por el comentario, Cristina!

Saludos cordiales.

Araceli Otamendi

Unknown dijo...

Tiene fuerza y belleza, no podía apartar los ojos de la pantalla. Enhorabuena.