sábado, 17 de octubre de 2009

Noemí Orella Fernández


ADAGIO*


La peluca bien puesta, las pieles recién lustradas, los zapatos a estrenar. Nada diferenciaba a Doña Rosita del resto de ricachonas que colaboraban anualmente en el Rastrillo de Nuevo Futuro.
Planeó  hasta el perfume que se pondría aquel día. Las joyas también: las justas. Si bien el evento estaba destinado a recaudar dinero para los pobres, cuando perteneces a cierta clase social no puedes prescindir del oro ni del qué dirán antes de salir de casa. Volvió a su mansión de Conde Rodezno -aún a sabiendas de que llegaría tarde- porque se le había olvidado cepillarse los dientes. Todo en ella debía deslumbrar, y su nueva dentadura, implantada con titanio a sus débiles encías -herencia de una familia pobre-, no debía revelar lo podrida que se sentía por dentro.
Mauricio hubo de esmerarse en la conducción para robar unos segundos a chronos y que su señora no llegase tarde al día más especial del año. Una impecable azafata la recogió a pie de calle y la acompañó al pabellón 9A en el que se ubicaba su stand.
Cierto mareo la turbó al incorporarse a su puesto. En un rápido gesto, comprobó ante su espejito de mano que todo, hasta su estudiada sonrisa, estaba perfecto.
Comenzó  la inauguración. Reverencia ante Su Majestad la Reina, presidenta de honor del Comité Organizador. Repitió, como hacía año tras año, los rituales obligados de las damas de la alta sociedad. Besó a una y a otra, sin posar sus labios en sus carnes. Repitió hasta la saciedad lo guapas que estaban todas; presentó a la nueva al resto; preguntó a Doña Margarita qué tal le iba en su nueva mansión, y comentó hasta la ridiculez lo difícil que es encontrar una buena sirvienta en estos tiempos que corren.
Doña Rosita palideció cuando supo que el mejor pianista del país -un gitano-, iba a interpretar a Chopin. Hacía cuarenta y tres años que el piano de su casa había enmudecido, asesinado por ella misma sin causa aparente, sus cuerdas cortadas con un cortaúñas, una a una, sin compasión.
-Aquí  huele a pobre, dijo.
Y se retiró  al baño a aliviarse las arcadas. Pero no era su estómago, sino su corazón, quien se revelaba. Notaba cómo subían a la boca sus pecados más íntimos; aquellos que no conocía ni su sacerdote. Casi podía masticarlos. Intentó vomitar, como hacía antaño, pero una vez perdido el hábito le resultó imposible. Volvió a mirarse en el espejo, pero esta vez le traicionó. Lo que vio era una caricatura de sí misma. Pintarrajeada y envuelta en celofán, sólo ella podía ver que ocultaba un alma en descomposición.
Adherida a su carne, justo debajo de la ilustre insignia de la Cruz Roja, traslucía la putrefacción de sus actos pasados. Sintió pánico de delatarse. Se descalzó y salió corriendo del pabellón, no sin antes haber robado las partituras del pianista.
Descalza, en un banco de la calle, escondió entre los cinco renglones del pentagrama los pecados que la asediaban. Schubert, Chopin y Schumann fueron testamentarios de sus idilios con un joven pianista anarquista, al que rompió el corazón para casarse con un viejo ricachón fascista que le proporcionó todo lo que ahora tiene: celofán.
En un adagio ma non troppo describió cómo llevó a la locura al pianista, que acabó su sufrimiento ahorcándose con las cuerdas de su piano al saber que ella había asesinado al hijo que ambos, ilusionados, esperaban. Debussy supo, sin haberlo querido nunca, cómo ella hubiese delatado sin pudor su escondrijo si él mismo no hubiera puesto fin a su sinfonía.
El abrigo y el broche le quemaban. Se quitó la peluca como los hombres se quitan el sombrero en misa, para mostrarse ante el mundo tal y como es. Semidesnuda, habiendo encarado su pasado, ya no sentía náuseas. Pero no era suficiente para deshacerse del lastre que la acompañaba desde su juventud.
En una mesa improvisada con cartones, con unas viandas que ella misma compró, preparó  amorosamente unos bocadillos que, envueltos en las partituras manuscritas, regaló a todos los necesitados que encontró.
Allí, semidesnuda, disfrutando de la compañía de los que bien pudieran haber sido sus vecinos o sus familiares, permaneció doce horas. Las mejores horas que había pasado hacía mucho tiempo. Sólo le quedaban tres bocadillos por regalar cuando apareció su hijo mayor -alertado por el personal de seguridad del evento- y la sacó de allí en representación de todos sus hijos; los hijos del puro humeante, el dinero, y el celofán.
Sin saberlo, había caído en su propia trampa. Había proporcionado a sus vástagos la excusa perfecta. Encerrarían a mamá y, alegando demencia senil, cobrarían la herencia quince años antes de lo esperado.

(c) Noemí Orella Fernández

Pamplona - Navarra -España

*cuento finalista en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Jesús Rafael Soto, Sphere Concorde, de la  Muestra en la Fundación Proa, Buenos Aires)

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