martes, 13 de octubre de 2009

Oscar Raúl López





Buenos pensamientos*

         
     La pared me parece enorme, increíblemente grande, pero me resigno. Me acomodo el birrete, subo las escaleras y me dispongo a pintar. No van más de cinco pinceladas cuando un bocinazo me hace girar, me doy cuenta que es lejano y decido seguir, pero en ese momento me detengo y veo que soy dueño de un paisaje distinto.
     Las casas del pueblo se ven totalmente diferentes desde aquí arriba. Las chapas ahogadas en  óxido contrastan con las nuevas, luminosas. Las copas de los árboles aparecen redondas, corpulentas, llenas de vida, con el tráfico incesante de los pájaros que las sacuden, las modelan, las despiertan con su música.
     Sigo en mi observación minuciosa hasta que la presencia humana me detiene. El cartero ha llegado a la puerta de los Ruiz con su vieja bicicleta azul. No golpea, busca apresurado en la gran cartera de cuero depositada en el canasto sobre la rueda delantera, hasta que da con el sobre indicado. Sin bajarse, se inclina tratando de depositarlo en la ranura de la puerta, parece perder el equilibrio, pero se ve que domina muy bien la acción porque la ejecuta con la confianza de un trapecista al caminar por la cuerda, con un aire de inmunidad ante el peligro. En ese preciso momento, la puerta se abre y se endereza alterado. En el umbral aparece Luisa, la esposa de Pedro Ruiz, que le entrega una sonrisa generosa. Ricardo, el cartero, tiene unos 25 años jóvenes, es largo, de piernas y brazos vigorosos y parece un talle más grande que su rodado. Tímido, se aleja un poco y hasta me parece avergonzado por intentar violar ese hogar con la misiva. Ella no luce ofendida, por el contrario, sonriente, apoya una mano en el marco de la puerta y con la otra se marca la cintura. Si fuera soltera, pensaría que trata de seducirlo, pero…no. Luisa es una cuarentona atractiva sin prontuario en los archivos indiscretos de las chismosas del barrio…hasta ahora. Él está apresurado, lo noto en su mirada recurrente al reloj y en la gordura de la cartera que delata una larga jornada por seguir. Intenta irse, poniendo el pie sobre el pedal, acomodándose brioso en el asiento;  pero ella lo detiene. Le clava una mirada lastimera reclamando su atención, primero él resiste, alegando la tiranía del reloj al que señala con un repiqueteó del índice sobre el cristal, pero después  lo veo doblegarse, como una rama se somete al peso subyugante de sus frutos, sin más remedio. Se baja de la bicicleta, la que apoya en la pared, sensiblemente ofuscado, lo noto en sus brazos como asas en la cintura. Ella le paga el gesto con una sonrisa renovada que lo invita a entrar. ¡Entran! ¡No lo puedo creer! Camino hasta la punta del tablón como si al acercarme tres pasos pudiera ver el interior. Busco en la vereda desierta otro testigo con quien compartir esta primicia, pero la calle muda me devuelve su silencio. Me he olvidado del pincel que se seca cerca del balde, y del balde, que se aburre junto a la escalera. La pared reclama su blancura, pero resuelvo que puede esperar si quiere verse bien. Pasa un minuto, con sesenta largos segundos, pero el siguiente es  aún más lento  y el décimo interminable, y ya no aguanto más. Me monto a la escalera y empiezo a bajar lentamente sin perder de vista la puerta del número 752. En el tercer escalón, decido que lo que estoy haciendo está bien, y acelero. En el piso, descubro un panorama achatado por los primeros rayos de sol. Las cosas han cobrado otra dimensión e inexplicablemente me siento pequeño. Me dispongo a cruzar la calle rumbo a la casa de los Ruiz, la cual he perdido de vista ahora por la presencia de un camión. Camino rápido cuando la puerta se abre de repente y Ricardo sale apresurado. Me zambullo detrás del vehículo al que uso para esconderme sin caer en la cuenta que no hago nada malo. He perdido la inmunidad que sentía en la altura y espío nervioso. Él está desalineado y una gota de transpiración engorda en su sien hasta dejarse deslizar vertiginosamente.
     ¡No lo puedo creer! Me incorporo despacio pensando que ahora puedo ser yo el observado y miro mi andamio abandonado. Ricardo monta la bicicleta dispuesto a irse y siento que debo llevar esto hasta el final, pero tengo poco tiempo. En la casa lindante, donde funciona el kiosco de Don Otto no hay nadie y no dudo en dirigirme hacia allí. Aparezco por detrás del camión como si nada, con paso firme y seguro. Apunto a la ventana multicolor en publicidades de golosinas, aunque tengo mis sentidos puestos en la pareja que sigue su charla, a unos metros de mí. Cuando piso la acera, Ricardo se voltea, me saluda y me confunde, pues no veo en su rostro ni sorpresa ni vergüenza…nada. Casi me freno tropezando con mis dudas, pero me doy cuenta que no puedo hacerlo y continúo hasta detenerme en el kiosco. Demoro en  tocar el timbre que traerá a Don Otto y su renguera. El cartero monta el pedal, indicando su salida y ella arranca una risa esplendorosa, más grande y feliz que la anterior. En ese momento un pequeño gatito gris aparece en el umbral y le hace una caricia en las piernas con su cuello. El cartero se va sonriente lanzando una advertencia que me silencia, me frena, me congela:
    —¡Cuídelo! ¡Qué si se sube otra vez al árbol, yo no se lo bajo!
     Don Otto hace un ruido tremendo, como un trueno, al abrir la vieja ventana y me sobresalta. Su rostro viejo, de facciones grotescas me asusta y su voz ronca, gastada por el cigarrillo, me golpea:
    —¿Qué te hace falta muchacho?
     Frustrado, señalo un paquete de pastillas que me alcanza en un instante y mientras busco monedas en el bolsillo, le devuelvo una respuesta entre dientes que su sordera nunca escuchara:
    —¡Buenos pensamientos!
(c) Oscar Raúl López

Humboldt, Provincia de Santa Fe
Argentina


*Buenos pensamientos resultó finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

imagen: Eugenio Daneri, Magnolias, (muestra Eugenio Daneri, La mirada desde la sombra, Museo Benito Quinquela Martín)

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