sábado, 10 de octubre de 2009

María José Navarro


PERROS SALVAJES *
    


        El parque oscurece a esas horas de la tarde. La mujer de la gabardina roja que lo  atraviesa, piensa que tiene ganas de que pase la Navidad para que los días sean más largos. No ve a nadie paseando con sus hijos o con sus perros, este dato, aunque no está comprobado empíricamente, constituye para ella una garantía de que los desconocidos no son peligrosos. Se extraña porque tampoco ve a nadie sin niños o sin perros, como si todo el mundo tuviese algo que hacer a la misma hora en cualquier otra parte.
      Tanta soledad también la asusta. En el tramo final del parque hay una zona en dónde la vegetación se hace más densa. Cualquiera podría permanecer allí escondido y esperar a que alguien como ella pase para atacarla.
      Aparta esos pensamientos de su cabeza, ya casi ha llegado al final así que no piensa volverse atrás. Empieza a concentrarse en cosas bonitas: la nueva decoración de su piso, el libro que le han regalado para su cumpleaños.
      El ruido de unos pasos interrumpe sus pensamientos. Alguien camina muy cerca. Puede oír el crujido de las hojas secas. Se gira asustada. El individuo que anda detrás de ella es de los que no llevan niño, ni perro, ni tan siquiera novia, dato que en este momento también la tranquilizaría, sin embargo, el desconocido de vez en cuando silba.
      “Está avisando a alguien para que me corte el paso”, piensa ella, mientras el corazón le late desbocado, “tranquilízate, igual son todo imaginaciones tuyas” se dice mientras acelera el paso aferrada a su bolso.
      A cuatro metros por delante de ella aparecen dos tipos más, se hablan entre ellos en un idioma extraño. Está acorralada. Caminan despacio. No tienen prisa. Saben que su presa está indefensa y que no tiene escapatoria. La mujer de la gabardina roja también lo sabe. El pánico le altera la respiración. Cada uno de sus músculos se tensa.
Su flujo sanguíneo irrumpe frenético en sus venas preparando la huida. De manera instintiva, se adentra a través de los espesos arbustos que hay a su derecha. Las ramas cortan su cara y la arañan por todo el cuerpo, pero no nota el dolor, solo puede sentir el apremiante deseo de escapar. Las fuertes palpitaciones de su  corazón, ahogan las pisadas de sus rastreadores. Corre como si su cuerpo no pesara, como si las ramas de los arbustos no la frenaran. Sabe que le queda la esperanza de alcanzar la calle antes que ellos.
      Consigue salir del parque. La maldita calle también está desierta. Se arrastra bajo un coche antes de que los tres hombres hayan podido alcanzar a verla. La mujer de la gabardina roja puede verles las botas desde su posición. De pronto, desaparecen de su vista. Dos se dirigen hacia la derecha corriendo. El tercero hacia la izquierda andando deprisa.
      “Debo tranquilizarme” se repite mientras intenta tomar aire. Le duelen las heridas de la cara. Tiene sangre en las mejillas y en la frente. Siente el frío húmedo de la tarde que se espesa. Empieza a buscar su móvil. Oye el motor de un coche que se acerca por su derecha. Es un taxi y esperanzada le hace el alto. Sube precipitada y el taxista arranca. Piensa que ha estado muy cerca de perder el control de la situación. No ve a los tres hombres desde la ventanilla del coche. La mujer se abandona a la cálida protección del asiento trasero. Reanuda la búsqueda de su móvil para hacer una llamada. Se detiene aterrada. El taxista acaba de cerrar todas las puertas del coche. Ella mira al conductor a través del retrovisor. Es uno de ellos. La mujer de la gabardina roja forcejea con la puerta que no cede. Dos hombres se acercan corriendo por la acera. Son los otros. Sonríen satisfechos de haber recuperado a su presa. La mujer de la gabardina roja siente como el sudor le empapa el vestido. Nota como su corazón se descontrola de nuevo…no puede hacer nada. Se desdibuja su aspecto humano.
      A la mañana siguiente una mujer lee en el periódico: “Tres cuerpos parcialmente desgarrados y devorados han aparecido esta madrugada en el interior de un taxi en las inmediaciones del parque Mérida. Todo apunta a que el atroz suceso lo haya llevado  a cabo algún animal, que en opinión de la policía científica, bien podría tratarse de una manada de perros salvajes, aunque todavía no se explican cómo pudieron acceder al interior del coche”
      La mujer de la gabardina roja se fija en sus uñas cuando va a tomarse el té,  “tengo que volver a pintármelas” piensa mientras ve que aún le quedan restos de sangre.

(c) María José Navarro

Castellón de la Plana, España
*cuento finalista, mención especial en el Concurso de cuento Revista Archivos del Sur


imagen: Francisco Toledo, Mujer atacada por peces, Museo Rufino Tamayo (de la muestra en la Fundación Proa, Buenos Aires)

2 comentarios:

Secretaria dijo...

Cuento narrado en un crescendo de emoción que te va acelerando el pulso,te identificas con la mujer en siu huída, corres con ella, escapas con ella.
El final apoteósico, origina.Enhorabuena

Araceli Otamendi dijo...

¡Gracias por el comentario, es cierto, el cuento va in crescendo con el suspenso y la emoción!