jueves, 12 de noviembre de 2009

Leonor Pla Manzanares






EL REGALO*

     Érase una vez existía un palacio en el lejano Oriente el cual se encontraba en medio del desierto. Nadie sabía su ubicación exacta y para llegar a él había que seguir a una estrella que sólo se mostraba a los puros de corazón.

     En el palacio vivían tres sabios llamados Melchor, Gaspar y Baltasar, que permanecían la mayor parte del año recibiendo peticiones de todos los habitantes del mundo, pues se decía que eran unos poderosos magos. Ellos se dedicaban a recogerlas y entre los tres decidían si esos deseos se concedían o no. Al comienzo del año siguiente partían de su palacio con un pequeño séquito y sus camellos llenos de regalos correspondientes a las peticiones atendidas.

     Cierta tarde todos los habitantes del palacio se hallaban muy atareados preparando la marcha de sus señores ya que había llegado la hora del reparto de regalos. Los presentes se amontonaban nerviosos en una gran sala a la espera de ser colocados en los camellos de los magos. Se respiraba una envolvente emoción pues todos se encontraban muy impacientes por llegar a sus destinatarios. Sin embargo, en un rincón había un regalo que sollozaba sin cesar.

     De repente, en medio del revuelo apareció el sabio Melchor, dando un enérgico silbido toda una montaña de obsequios se puso en marcha camino de las alforjas de su camello. Dos pajes ayudaban a los regalos a introducirse en las alforjas mágicas que metían y metían regalos sin aumentar de tamaño.

     Cuando el primer montículo de presentes estuvo totalmente empaquetado Melchor se dirigió a su camello, montó en él y comenzó la ruta.

     Los regalos que quedaron empezaron a gritar de alegría despidiendo a sus compañeros y dando saltitos una segunda montaña emergió apilando a otro montón de paquetes. Mientras tanto, el sollozo del regalo que se encontraba en un rincón se había transformado en lloro y el envoltorio que lo rodeaba se había puesto un poco mustio.

     Acto seguido, el mago Gaspar entró en la sala y dando un par de palmadas indicó que la segunda montaña de regalos se metiera en las alforjas mágicas de su camello. Así lo hizo una alegre procesión de cajas que emocionadas deseaban llegar cuanto antes a sus destinatarios. Una vez la segunda montaña de regalos estuvo embutida en las alforjas mágicas, Gaspar se montó en su camello y partió siguiendo la estela que había dejado Melchor.

     La actividad en la sala del palacio se volvió frenética de nuevo, pues sólo quedaba un sabio y todos los presentes debían apilarse en una nueva montaña. Los lloros del regalo se habían transformado en un llanto y el lazo que lo cubría había tornado de vivo rojo a triste gris. No paraba de sollozar y hacer pucheros pero como todos los demás se afanaban en colocarse en su sitio para ser recogidos por el último mago no tenían tiempo de fijarse en él.

     Al final, el sabio Baltasar apareció en la sala y con un leve movimiento de cabeza indicó la dirección de la puerta. Todos los regalos que quedaban empezaron a desfilar ante él introduciéndose en las alforjas mágicas de su camello. Todos a excepción del regalo que continuaba sin parar de llorar en un rincón de la sala del palacio.

     Ya estaban todos dentro cuando el mago Baltasar reparó en él y se encaminó hacia donde se encontraba sonriendo amigablemente. Se plantó delante del regalo y agachándole le dijo con voz dulce:

    -¿Qué  ocurre pequeño? ¿Por qué no te has metido en las alforjas?

      El regalo apenas podía hablar pues hipaba con fuerza debido al llanto.

    - Señor, yo no sé donde tengo que ir. La pequeña niña que me encargó se olvidó de decirme donde vivía así que no tengo ni idea de donde debo bajarme ¿Cómo la encontraré?

     El sabio sonrió en silencio, cogió el regalo tiernamente y se levantó. Elevó su mirada al techo y le dijo:

    - Mira. ¿Ves?

     El regalo no daba crédito a lo que sus ojos percibían. En el techo de la Gran Sala del palacio de los tres sabios había dibujado un mapa del mundo todo lleno de luces.

     Baltasar continuó:
    - Cada vez que alguien nos escribe una carta o nos formula un deseo y se les concede, una luz se enciende en este mapa. No tienes por qué preocuparte. Tanto Melchor, como Gaspar, como yo mismo sabemos exactamente dónde hemos de dejarte.

     El regalo empezó poco a poco a iluminarse, su cinta gris volvió  a colorearse de un rojo intenso y su envoltorio se estiró quedando liso y brillante. Baltasar emitió una sonora carcajada y señalando el techo le indicó que volviera a mirar a lo alto.

     El regalo quedó maravillado. Todas las luces del mapa mundial se habían apagado menos una. La visión de esa oscuridad a excepción de la chispa de luz le provocó una tremenda paz.

    - Ahí es donde has de apearte. Ella te espera y te diré que le vas a hacer muy muy pero que muy feliz.

     Y tomando en sus brazos al regalo se dirigió a la puerta. Montó en su camello y siguió la estela dejada por Melchor y Gaspar. Pero no colocó el regalo en las alforjas sino que lo reposó en sus brazos durante todo el viaje. Hasta su destino.

(c) Leonor Pla Manzanares

*El regalo resultó finalista en el concurso de cuento Revista Archivos del Sur

sobre la autora:

Leonor Pla Manzanares nació en Castellón de la Plana (España) en 1977. Reside en esa ciudad.


imagen: Ricardo Castro, El nacimiento del cartonerito, pesebre en cerámica

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