jueves, 22 de julio de 2010

Magda Lago Russo




Lluvia de estrellas ...




                            
Todos los días al caer la tarde, se sienta en el zaguán de la casa abandonada con el mismo cachorro, dos o tres bolsas nauseabundas que va dejando a un lado y acomoda unos trapos para recostar la espalda, cansada de andar todo el día, recorriendo sin rumbo las calles.
El rostro curtido y sucio, el pelo enmarañado, que no sabe de peines ni lavados, sostenido por un moño desgreñado.
Apartados a un lado, apenas una frazada, un paraguas, una botella de vino medio vacía y una cajilla donde guarda los pedazos de cigarros recogidos por las veredas, bajo los cordones o  en las plazas...
Vestida para todas las estaciones, igual en invierno que en verano,  aclimatada de tal manera que no siente ni frío ni calor.
Cubre sus manos en invierno con guantes de medios dedos por donde aparecen uñas negras escamadas. A ratos bebe de la botella, enciende  un medio cigarro que acomoda al costado de los labios.
Con la mirada brumosa y lejana, no sabe de días diferentes, todos tienen el mismo color gris de la tristeza y la marginación.
Va perdiendo  los afectos, la relación con el mundo, cae un poco todos los días, pierde las cosas materiales en un trueque impuesto por la necesidad.
No  piensa  en prostituirse,  no quiere caer más bajo, es  libre hace de su vida lo que quiere,  traza su  propio destino.  Un día cualquiera se encuentra sentada en la puerta de una iglesia  con la mano extendida.
 Ya no es tan libre, depende de la caridad de los otros, de los que aceleran el paso  o con mirada indiferente le colocan una moneda en la mano con vergüenza, los que  pasan a su lado sin verla, de los que  con lástima la miran sin comprender o se ríen, cuando por  efecto del vino dice incoherencias. Acostumbrada a la bohemia sin futuro, el hoy marca su vida. Revuelve una bolsa y comparte con el perro, que no gruñe ni ladra,  echado a su lado. Se cubre con la frazada raída y acomoda su  cuerpo para  pasar otra larga noche. Una tenaz llovizna pone un telón de fondo a su soledad.                 
Soledad que se repite en muchos zaguanes y rincones de la ciudad.
Incómoda por la lluvia trata de achicarse, pasa a ser un bulto informe en el zaguán. Los vapores del vino y el humo del cigarro, la hunden en un sopor. En medio del letargo, le parece ver al paraguas extendido y de raso brillante iniciar una danza elevado por el viento que silba su canción invernal .Por momentos, sus fuerzas menguan, tiende a caer, para volver con más fuerza  a su danza circular. Lo sigue  en sus vueltas y un mareo la envuelve. Cierra los ojos por un instante, al abrirlos, el paraguas, convertido en un  montón de varillas  desplegado  sobre su cabeza,  deja ver las estrellas. Sueña  con miles de ellas y  se duerme con una mueca casi feliz.   

(c) Magda Lago Russo

Montevideo
Uruguay



imagen:

Hans Hartug
Colección Museo Rufino Tamayo (de la muestra en la Fundación Proa)









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