lunes, 29 de noviembre de 2010

Ana María Manceda

                 
Un concierto en la bahía

                       Estaba la Bahía, el mar  viajaba calmo arribando a la playa en suaves olas, llegando quién sabe desde que puntos lejanos del océano. Las montañas coronaban el paisaje, los barcos pesqueros iban en sentido contrario a las olas en busca de los frutos del mar. En la playa, una mujer con un niño en brazos saludaba a uno de los pescadores  que partía a su trabajo.  Juan sacó la luna  del paisaje, tomó un medio sol color herrumbre y lo colocó hacia el este, de tal manera que asomara entre la cima de las montañas. Ahora sí tenía sentido la escenografía, era un perfeccionista. Para él tocar el violín era un acto religioso, tenía que existir un equilibrio entre su estado espiritual y la armonía  en los colores y disposición de los objetos que estaban en el  ambiente que lo rodeaba. Todo estaba en orden en el escenario, podía comenzar a ensayar la obra con la que próximamente debutaría.
                     La bella música del maestro llegaba a muchos rincones del teatro. Esa tarde, Iris lo escuchaba mientras reparaba con sus hábiles manos, las ropas de los artistas. Eran momentos mágicos para la costurera, la transportaba a otros mundos. Esa música la poseía. Lejos, muy lejos, quedaban las imágenes brumosas de su burda vida, un marido vago, alcohólico, violento. Sus hijos, niños aún, siempre exigiendo, y la angustia de no poder responderles como ella hubiera querido. Iris adoraba esos momentos, la paz entraba por sus oídos e iluminaban su alma.
                   Faltaba un mes para el concierto y todas las tardes se repetía por horas la misma escena, Juan en el escenario ejecutando sus ensayos con  su violín e Iris en su cuarto de costurera, cosiendo el vestuario. Con el tiempo se apoderó de Iris una obsesión por el músico. Una tarde, la mujer, como poseída por la melodía se dirigió  por atrás del escenario y entre bambalinas espió al maestro. Su mirada recorría toda la escena, el músico absorto acariciaba el instrumento, ejecutando con virtuosismo la partitura. El amor de ella parecía salir de su cuerpo y envolver amorosamente la música que se expandía por el aire, para luego besar el rostro, los brazos, las manos del concertista.  Comenzó a repetir todos los días la ceremonia secreta, a la vez que estudiaba la escenografía con el paisaje de la Bahía, proponiéndose buscar un mirador más cercano al músico. Decidió llevar sus tijeras para recortar algún lugar de la tela desde donde pudiera observarlo mejor, le pareció ideal  la parte en que estaba el sol, lo recortó hábilmente, de manera que no se notara. Desde entonces los ojos de Iris ardían al este de los barcos pesqueros.
                     Faltaban pocos días para el debut, Juan sentía una rara inquietud, a sus ejecuciones le faltaba un toque emocional que le quitaba la perfección que él se exigía. Esta  falta de armonía musical comenzó a ser captada por oídos más profanos. Desesperado, buscó motivos en su vida personal, sin embargo todo seguía en  la rutina normal. Se dedicó entonces a estudiar los elementos del escenario, aparentemente todo estaba en su correspondiente lugar, pero al mirar el paisaje de la Bahía sintió una extraña sensación; la gente, los barcos,  el sol..¡El sol! Al mirarlo es como si hubiera algo en él que le electrizó y como si el tiempo se hubiera quebrado. Tomó el violín y de él arrancó la más exquisita música, ésta logró superar todos los ensayos anteriores y así sucedió todos los días subsiguientes.
                     En el hogar de Iris el drama se precipitó por la violencia de su marido. La mujer y sus hijos debían partir a otro pueblo, buscando refugio en casa de los abuelos maternos. Antes de partir quiso despedirse de ese amor sublime, se parapetó como siempre detrás del sol, pero el dolor de mirar lo imposible pudo más y huyó en busca de sus hijos. Con ella partieron maravillosas notas impregnadas de amor.
                    El día del debut llegó. El teatro resplandecía con sus luces. El maestro sintió, mientras ejecutaba su música, que el resultado no respondía a la armonía tan buscada y por algunos días lograda. Miró instintivamente el paisaje de la Bahía, todo parecía en equilibrio; los barcos partían, el sol color herrumbre nacía en el este y la mujer en la playa con su niño en brazos...¡ La mujer! Ésta estaba de espaldas a los barcos pesqueros, mirándolo, con la mano derecha en alto, como despidiéndose del músico. En su cara había una expresión de desolación. Fue la última vez que Juan tocó el violín.
(c) Ana María Manceda
San Martín de los Andes
Provincia del Neuquén

 imagen:
Alfredo Volpi, Barco y velas (de la muestra en el Malba)


2 comentarios:

ANA MARÍA MANCEDA dijo...

GRACIAS ARACELI; Un honor compartir este cuento con la obra de Alfredo Volpi"Barcos y velas".Mi afecto. Ana María

Araceli Otamendi dijo...

Gracias a vos, Ana María, por tu colaboración!

un abrazo.