domingo, 7 de noviembre de 2010

Araceli Otamendi

Graciela Sacco, Tierra Prometida



Mi odiado Magritte

                                                                             
                                                                           "...Un niño me preguntó: ¿Qué es la hierba?, 
trayéndola a manos llenas,
¿Cómo podría contestarle? Yo tampoco lo sé..."

                                                                                                        Walt Whitman


     Tal vez haya muchas maneras de contarlo. No es tan difícil entrar en el mundo de un artista. Porque se puede construir un universo tal vez un poco o mucho, depende de la forma, hay tantas explicaciones innecesarias y aburridas. Si recordara los versos de Walt Whitman: Caramba, a quién sorprenden los milagros? Por mi parte no conozco otra cosa que milagros/ya camine por las calles de Manhattan o alce la vista por sobre los tejados del cielo o nade descalzo por la playa sobre el borde del agua o me yerga bajo ramas en los bosques o converse en el día con cualquiera que ame, o me acueste en la noche con cualquiera que ame..."

     Porque para Charles... Tendré que hablar por él. Tal vez alguien pueda contestarme aquello del alma perdida en las cosas. Porque no sé si soy un árbol o un pájaro posado en una rama y mira el suceder del tiempo en el interior de una casa. No lo sabré hasta terminar el relato.

    O tal vez sea un pedazo de tela que tocó Charles. Se lo cuento al oído al que se ha sentado bajo mi sombra a beber un refresco con su enamorada, así lo parece, porque se miran con dulzura y pasión al mismo tiempo y ella lo acaricia y a él le brillan los ojos y le tiemblan los labios. Me mira como si escuchara y se recuesta en el hombro de ella agradeciendo la sombra, pasándose una mano por el cuello y la cara. Y Charles  también estaba sentado muy cerca aquella tarde de octubre en París, porque me había olvidado de decirlo: estábamos en París, ciudad deseada como un objeto de lujo. Y no sé si decirle que era yo, Charles, o quién...

Pero cómo le digo para que me entienda, que no se duerma y me entienda. Un pájaro me hace cosquillas en una rama. Tengo que decírselo, que lo sepa, me mira otra vez y una hoja, qué dolor, se le cae en la cara, escúchame... Lucien. O cómo te llames, quién sabe, a lo mejor no le interesa esta historia y se muera de amor por Susanne. La historia de Charles  no es ni corta ni larga. Según por dónde empiece. Si partimos de Buenos Aires, de París o de algún otro lugar. Charles, un pintor a veces afortunado en el amor y desafortunado en la pintura o en el juego, ¿cómo era? Esto no es un juego. No, es una historia. Tal vez sería más fácil si yo fuera un pintor, ¡ay!, otra hoja cayó sobre la cabeza de Susanne que bebe su refresco y se pasa la lengua por los labios para tomar el último vestigio de él. Recordemos que puedo ser también un pájaro o un pedazo de tela o un hombre que anda por ahí escribiendo ficciones, entonces así es más fácil. Y como no lo sabré hasta que termine el relato porque puedo cambiar de estado, tal vez pueda ser un pintor. Porque Charles se aleja. A las tres de la tarde de París de octubre, ¿o al revés? Charles  caminaba apurado sintiendo en sus plantas los arañazos de la calle adoquinada. El gris del cielo había cedido a los rojizos tonos del sol que jugaba a esconderse entre las ramas. Han caminado conmigo tanto tiempo, pensaba. Testigos de tanto ir y venir por todas partes. Desde la tarde aquella que decidí salir de Buenos Aires del degradé hacia el negro, creyéndolo tan fácil. Cuando se es joven se tiene omnipotencia y se creen tantas cosas... El Centro Pompidou aparecía lejano tan sólo a unos metros de distancia. Cruzó la plazoleta, ¿era una plazoleta?, donde algunos se ganaban la vida escupiendo fuego después de tragar el líquido ardiente de una botella verde que alguna vez había aliviado las penas de algún infeliz que vivía ahora una vida miserable. Zapatos con agujeros testigos, no, eso ya lo dije antes. Ése que toca la flauta. un carozo roto de durazno seco y seca su garganta y ella, sí, es muy bonita, esos ojos negros invitando a un convite al amor brutal, a la animalidad. La llama en el aire explota y se apaga. Sólo queda el fuego en su garganta y una risa cascada que se hunde en el viento. Ha comenzado a soplar y Charles  se aparta un mechón de pelo absurdo que no hace juego con su cara de ser frágil, de sus ojos azules y su piel blanca y por qué ese pelo tan oscuro, no sé. Miró el reloj. Faltaba poco tiempo para el cierre de la muestra. La estructura transparente de laberintos que trepan se detuvo en sus ojos siempre dispuestos a mirar con encuadre. Se introdujo en una especie de hormiguero humano, tanta gente, me dan ganas de escapar, de irme, no quiero ir, pensaba. Nunca me gustó estar en el medio de una multitud, me siento un objeto, no sé, pierdo la noción de mi mismo. Lucien, te aburro. Se besan pero ella tiene frío y lo abraza y él también. La escalera mecánica y un zumbido y una que me mira con ojos de almendras dulces y destila una luz amarilla. Ni sé a qué piso voy. Amarillo no, violeta es lo que siento hoy. Nada de luz. Porque estoy oscuro y vacío. Yo no, Charles. Porque desde que salí de Buenos Aires no me detuve nunca. Nunca a pensar por qué he pintado tanto y por qué crear si ya se ha creado todo. No es cierto. La savia corriendo por ahí, golpeando en mi corazón sin que Lucien escuche y Susanne, Susanne, vos tampoco escuchás las palabras que salen de mí. Lo mirás a él pero cómo es posible que alguien esté tan enamorado porque los árboles, claro, no con otro árbol, sí con un pájaro o una gota de lluvia o un hombre o una mujer. Si supieras lo loco que estoy, no me mirarías así, no, te irías a cualquier parte, Lucien. La muchacha lo miraba inquieta, así como miramos involuntariamente la gota de rocío en el pétalo de una flor. Se pasó la mano por el pelo revuelto y subió el cuello del saco gris, desprolijo como él. Pulcro no era. Sus manos de dedos como espátulas de madera y acero puro se crisparon y endurecieron mientras buscaba algo en el bolsillo. Esta noche me voy, me alejo de París, del cuarto del barrio latino. Algunas cucarachas corretean un poco de noche. No me molestan. Un hombre vestido con impermeable de gabardina gris lo miraba con la cara torcida, como si sintiera un mal olor. Es que no es tan fácil bañarse en esa casa. Hay que pedir permiso a madame Francois, una vieja maldita y avara que te cobra por usar un poco de agua. Pensar que la vieja nos hacía bañar todos los días a René y a mí. Lávense la cabeza y las orejas también. Será posible que vengan así del colegio y cuánto trabajo y haber tenido dos hijos para esto... Las paredes tenían un tono marrón. Tierra, me gusta más llamarlo así. Ocres y tierras, la calidez que emana de ellos y el pasar la espátula por la tela impregnándola de materia, dejando la huella como un pedazo de alma, el pedazo desgarrado que andará por ahí muerto de frío, intentando aferrarse a una gota de sol para calentar la cara de un niño o un ángel, o al sonido de una palabra de amor como la que le dice Susanne a Lucien, no te vayas, dejame contarte, voy a tener que volar, arrancarme de la tierra a la que estoy aferrado y ser más liviano. Se miran, advierto en ellos algo que antes no existía. La ha convencido, naturalmente convencida mucho antes. Había empezado con los ojos de ella, con ese pestañear a veinticinco mil kilómetros por minuto y ese mover los dedos entre el pelo que sabe hacer tan bien y Lucien la mira y cómo la convenzo, cómo le digo, y Susanne que no, que no quiero, que vos no entendés, que no puedo aceptar, y bueno, a lo mejor, y sí, está bien... y les di sombra, qué otra cosa podía hacer sino eso, cómo participar en su historia de amor, yo elegí ésa. Porque nos acostumbramos a ver imágenes de manera distinta si las miramos como si fuéramos a pintar un cuadro. No es lo mismo pintar un mar y sólo un mar que un pedazo de mar en una roca o dentro de una casa.

¿Me oís Lucien? O un barco en una flor navegando en el néctar o el barco se aleja según si el horizonte esté más lejos o más cerca, pero ¿de dónde?

Y sí, habia muchos cuadros. Una escenografía montada alrededor de cada grupo de cuadros con objetos, libros y un considerable número de detalles pertenecientes a la época más relevante de cada pintor. Como una atracción magnética, como un saciar el hambre que tenía adentro, me acerqué a un cuadro de Magritte. Una cuerda de cuentas transparentes, casi invisibles salió del interior del cuadro como tendiendo un salvavidas a un náufrago. La tomé en mis manos y ella me transportó mágicamente al interior de una casa que había visto pintada en el lienzo, justamente la casa del medio. Supuse que sería la casa de Magritte. Mi odiado René Magritte. Cómo había detestado sus pinturas hacía ya algunos años. Una sensación de extrañeza se apoderó de mi y no hubo otra realidad que esa casa tan iluminada por dentro aunque sí se veía un cielo claro y despejado. Lucien, no te vayas así, qué poco respeto, qué poca consideración y ahora que se estaba poniendo más interesante la abrazás y te vas. Así como si nada, abrazados los dos. Y ahora es de noche, el sol se fue y yo también me tengo que ir con ellos adonde sea. Porque estas cosas no se pueden dejar así nomás y ahora qué me pasa que vuelo tan alto. Sentí dolor al desenraizarme de la tierra. Dolor y espanto y un poco de vértigo también. Pero qué felicidad poder volar así. Rápido, un nido que hace frío. No ven que los pájaros se han refugiado ya en los nidos y en los árboles. ¿Y ahora qué hago? Ahí están. Los pasos apresurados. Susanne se da vuelta y me mira y le acaricia la mejilla a Lucien y él la besa mientras caminan.  Quisiera que fueran cerca, que no tomen el metro ni un taxi. Alguien me escucha porque siguen caminando. De pronto, una cornisa, un pequeño descanso. Abajo hay pan. Alguien lo ha tirado junto a un sillón viejo y desvencijado, claro que hoy es domingo. ¡Qué manjar! Han entrado en un edificio muy antiguo. Como la casa donde vive Charles. Pensar que yo a Magritte lo odiaba y el maestro Renard no dejaba de hablarme de él, mostrándome su pintura. Hasta estar harto de verlo y de odiarlo. ¿Cómo entender que la explosión de color era para mÍ más valiosa que la perfección de la forma? ¿Que un cielo con naranjas y violetas me dice más que un cielo azul? Porque a Magritte lo he amado siempre a pesar del principio de mi odio, como amo a Van Gogh, a Picasso y a Cezzane. Qué  adorables manzanas las de Cezanne, casi iguales a las de la mesa donde comen Susanne y Lucien. Uvas, qué ricas y jugosas son. Déjenme entrar, esta rama se hamaca demasiado con el viento. Lucien come manzanas y se  ríen, se besan. La luz se apaga. Pero no puede ser, está sentado en la cocina pintando. Si es Magritte. Tengo frío y ha comenzado a llover. Susanne y Lucien hacen el amor a oscuras. La llovizna moja mis plumas y cuánto frío, no voy a pasar aquí la noche, me acuerdo del nido en que nací, el calor de mi madre y mis hermanos, la comida en el piso... Me faltaba el aliento y si me ve, si me descubre, sabe que el amor y el odio están tan cerca uno del otro como amantes. Porque el odio ya no era odio. La habitación era cocina y taller a la vez. Me acerqué a él con la seguridad de ser invisible pero no, me miraba y yo sin poder articular una sola palabra. Cuando un trazo no lo conformaba, pasaba un trapo y luego una nueva pincelada. Así nuevas imágenes reemplazan a las de antes hasta que con una sonrisa y un particular brillo en los ojos se daba cuenta de que cobraban vida. Y en una imagen estaban Susanne y Lucien, dos igual a uno si se suman y luego aparecían piernas y brazos independientes del cuerpo, pero me di cuenta que eran los de Lucien y Susanne y ya qué iba a hacer ahí afuera si el frío acechaba tanto y no había ningún nido donde cobijarse. Y el corazón palpitaba más de la cuenta. ¿Y ahora quién soy? Porque no siento frío debajo de las plumas que yacen muertas al pie de un árbol. Porque he muerto de frío por mirar el amor desde afuera. Si hubiera sentido un poco del amor de ellos, habría sido distinto. Porque nadie muere del todo si ha podido cobijarse en el amor. Y ahora la máquina escribe pero si está escribiendo sola yo no hago nada, sólo leo. 

Susanne y Lucien se han dormido. Charles está ahí con Magritte. El mar se mueve en la tela y salpica y sobre él vuelan los pájaros en busca de comida y el mar desaparece y revolotean pájaros en busca de comida y el mar desaparece y vuelven a revolotear pájaros con cielos interiores, las únicas que yo había amado desde siempre, ¿comprende, Monsier Magritte? No, no me mire así, que no soy un fracasado por no haber pintado durante diez años, casi muerto, mutilada el alma. Que el color se apagó y la forma se perdió y todo lo que hice estuvo mal. Porque un artista también tiene que comer y se enferma y llora y ríe y a veces hay fieras que destruyen como si vinieran del infierno, que cubren de negro los amarillos más audaces. No me mire así, dígame algo.

Yo también tuve un amor y fui amado pero ahora estoy atado a la tierra y por eso como, por eso lloro, por eso me enfermo, y me duele si me golpean, ¿me entiende? Fueron diez años sin pintar. No le diré cómo fueron esos diez años. Pero imagine el infierno, imagine, usted también lo sabe, del amor, de la vida y de la muerte. Un pincel, óleo y nada, los dedos acalambrados como el alma. ¿Y dónde está el artista? ¿Comprende ahora?

Y no hay plata, no se vende nada. Si usted me dejara dar unas pinceladas a la paloma, sí, por favor, lo he conmovido, ¿no es cierto? Al cielo no, no se lo toco. Ya está. Pero no me mire así. Magritte retocaba una tela a la que parecía mirar con especial atención. Un ataúd blanco con la palabra cielo en la tapa. Como detesté siempre ese cuadro. El cielo y el infierno, Creí ver una sonrisa de burla en su cara. Lo odiaba nuevamente, quise decírselo, que detestaba sus contradicciones, sus ilógicas pinturas pero tuve miedo, No me despedí, salí apresuradamente del cuadro y caí sobre una alfombra. Supe que lo encontraría en cada cuadro, en cada gota de lluvia, en una flor o en una palabra que hiciera galopar mis sentidos. ¿Y si ese cuadro hubiera sido el infierno? Qué despertar más violento, habían pasado siglos desde que llegué al Centro Pompidou. Charles se tocó la frente. Las yemas de los dedos pintadas de blanco, el blanco de la paloma de Magritte. Buscó en el bolsillo nuevamente. Un pasaje de avión a Buenos Aires. Esa noche salía el avión. Susanne y Lucien han despertado.  Ya no me necesitan. Charles ha vivido siglos en un día. Sabe que puede volver a pintar, que pronto sale el avión. Ya falta poco pero aquí puedo pisar las flores del campo de Van Gogh, morder las manzanas de Cezanne y acariciar el flaco rostro de la mujer de Modigliani. La máquina se ha detenido. Ya no escribo más.

© Araceli Otamendi

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