martes, 9 de noviembre de 2010

Magda Lago Russo

Jesús Rafael Soto, Ambivalencia 37, Colección F.P. Allegro
(de la muestra en la Fundación Proa)




La primera noche
                                                                     
La primera noche sin Franco.
Me siento en la mecedora que hasta hace unos días fue ocupada por él, puedo sentir el aroma a colonia, que aun desprenden las ropas que asoman por la puerta entreabierta del placard.
Miro  la cama y siento miedo de acostarme entre la frialdad de sus sábanas, no sentir el calor de su cuerpo a mi lado, extender mi brazo y no encontrar nada del otro lado.
Cierro los ojos y me parece verlo caminar por la habitación recorrerla de un extremo al otro, cuando un problema lo preocupaba o sentarnos uno al lado del otro sobre la cama para contarnos lo sucedido en el día.
En la semipenumbra de la habitación, iluminada sólo por una lámpara de pie, todo parece diferente, como si las mismas cosas  de siempre se hayan transformado en objetos desconocidos para mí.
Es un truco de mi mente sin control, que hace que las cosas pierdan sus perfiles como en una bruma donde los colores tampoco  existen.
Mis manos sobre la falda, se han quedado sin tarea, ya no pueden  entrelazarse entre las tuyas,  recorrerlo, aliviar su frente afiebrada y acariciar sus primeras arrugas, han quedado inertes, sin fuerzas.
Me duele tanto el alma y es tan profundo el que dolor que enjuga las lágrimas que pugnan por salir de mis ojos cansados.
Un torbellino de pensamientos acude a mi mente, se mezclan, se enredan, quiero separarlos, no puedo.
En ese momento siento unos suaves golpes en la puerta, Isabella y Melisa,  mis dos hijas, se acercan y se abrazan a mí, sin decir nada.
Es tanto el cansancio  de nuestros cuerpos, que la mañana nos encuentra a las tres juntas dormidas.
Me separo de ellas, trato de no despertarlas, se acurrucan aún más acomodándose..
Nada ha cambiado alrededor, ahora la luz despiadada del sol, muestra las cosas tal cual son, sólo una pregunta estalla en mi mente:
¿Cómo continuar?
Miro a mis hijas, en ese momento tan indefensas, por ellas debo hacer el esfuerzo de resistir a esta embestida que nos da la vida.
Es su primer gran dolor, el almanaque se irá deshojando y el tiempo con su sabiduría, hará su trabajo  de resignación y consuelo, apoyándolas  para que su pena no sea tan honda.
Ambas madurarán en el dolor, el destino manejará sus vidas y emergerán, ya mujeres, prontas, para enfrentar lo que él les ha reservado.
En cuanto a mí, nadie ya podrá decirme  qué hacer, me guiaré sola por mis intuiciones, viviré  para el mundo, aunque esté sin vida por dentro.
                                                                                        
(c) Magda Lago Russo

Montevideo, Uruguay






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