viernes, 10 de diciembre de 2010

Magda Lago Russo


Daneri. Mi madre, 1907
Eugenio Daneri, Mi madre
Buscando una estrella
                                                                         
Llega a la casa, guiado por el aviso, que al descender del tren se hamacaba en un tronco y ofrece cobijo.
Se queda un rato en la puerta, mirando a su alrededor como cae la tarde de junio y un viento gélido juega con las pocas hojas, única señal de movimiento. La casa está al final de la calle que  continúa con un camino de tierra y se pierde en un bosque de pinos.
Es antigua y ostenta la vejez que el tiempo estampa en sus paredes agrietadas y en una puerta de hierro a medio pintar.
Eleva los hombros, respira hondo,  entra al  zaguán, moviendo la puerta con esfuerzo, cohibido no se anima a  seguir adelante.
Golpea las manos.  Del fondo del patio aparece una mujer de edad indefinida, cabello casi rubio, ropas ajadas. Con una mueca que quiere ser sonrisa pregunta:
-¿Qué desea?
-Vengo por el aviso ¿tiene alguna pieza vacía?
-Sí, pase.
Arrastrando su pesada figura, le indica una de ellas, que se abre al patio descubierto.
Un olor húmedo le golpea el rostro, la mujer enciende la lámpara, que ilumina un conjunto de cama, mesa y sillas avejentadas,  hasta  en la manta tejida de la cama se confunden los colores, por el paso de los años.
Al quedarse solo se sienta en la silla equilibrando su cuerpo al vaivén de ella.
Trae el cansancio de los días que fue de pueblo en pueblo, para encontrar el lugar, donde en el amplio cielo brillen todas las estrellas con sus constelaciones, para encontrar aquella en donde mora su madre.
Recuerda cuando su madre al morir le dijo: “Búscame en la estrella más brillante.” Desde entonces la soledad de su orfandad lo lanza  en busca de ella, como un viajero que busca su destino  y un lugar donde situar su cansancio. El cielo acotado del patio no lo conforma y  después de varios días de vigilia, se va de nuevo a vagar.
En su andar sin rumbo el campo lo recibe  con toda su inmensidad. Se tumba sobre el pasto helado, la noche le ofrece la serenidad del cielo despejado.
Sus ojos ya febriles buscan entre la multitud de estrellas que guiñan sus luces,  de una a otra indaga para hallar la tan ansiada, hasta que parece ver  una,  la más grande y rutilante que se  destaca entre las otras. Se queda largo rato mirándola, hasta que una sonrisa distiende sus labios, la angustia y la soledad se  van disipando, mientras lo invade una gran paz, sus ojos se van cerrando despacio,  ha encontrado lo que tanto ansiaba.

(c)Magda Lago Russo

Montevideo

Uruguay


        


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