miércoles, 29 de diciembre de 2010

Magda Lago Russo

Eugenio Daneri


Nostalgia del pasado
                                                                                       
Esa mañana se levantó muy animada y pensó en  ir a su pueblo, su madre había muerto y en San Michael, no quedaba un solo pariente. 
Sintió un impulso de volver a sus raíces, a su identidad.
Cuando bajó en la estación, cada pasajero tomó su rumbo, todos pasaban a su  lado  indiferentes,  algunos solos, otros animados al encontrarse con algún familiar o amigo.
Trató de orientarse y comenzó a caminar, en busca de un coche que la llevase cerca de la que fue su casa, lo encontró enseguida ya que los remiseros estaban atentos a los pasajeros que arribaban.
San Michael  había cambiado muy poco, las mismas casas de madera todas iguales, en las cuales el paso del  tiempo había dejado su marca, ocultas bajo varias pátinas.
   
San Michael era un lugar de gente humilde que fue tomando las tierras para afincarse  donde poder formar una familia y darles a sus hijos la instrucción necesaria para continuar con los proyectos naturales.
A los hijos varones, el oficio de su padre o la conducción del comercio establecido, mientras que las mujeres desarrollaban  labores propias de su género: costura, bordados, tejidos, además de ayudar a sus madres a cuidar a los hermanos menores.
Las mismas calles bordeadas de jacarandás, única nota de color en esa gama de  grises, porque para ella San Michael era un pueblo deslucido y el paso de los años no lo había cambiado.
Todo estaba igual, era la postal descolorida que se encuentra a veces revolviendo  la caja de los recuerdos
No tuvo necesidad de preguntar, allí frente a ella estaba la que fuera su casa, le pidió al chofer que la dejase y en una hora la pasase a buscar.
Quedó absorta mirando la casa, deseaba entrar, ir al estanque del molino que estaba más arriba.
El gran molino estaba reposando, mientras un obrero realizaba tareas de reparación, el hombre ignoraba su presencia, pues estaba muy atareado.
No deseaba irse, el molino había ejercido siempre un encanto sobre ella.
El hombre notó su presencia y quedó sorprendido al verla, era  de mediana edad, corpulento, cabellos agrisados, con el cutis tostado por el sol de un pasado verano.
Perdone usted, le dijo: ¿Es el dueño de casa?
 - No. Yo vine sólo a reparar el molino
 -¿Está habitada la casa?
 -Sí, vive un matrimonio mayor, cuyos hijos se fueron a Boston.
 -¿Boston? ¡Qué casualidad!
El hombre no dejaba de trabajar, se sorprendió con  la  exclamación   de la mujer.
-Hace muchos años una joven  de este pueblo, de diez y ocho años se fue también a Boston.
El individuo ahora dejó las herramientas a un lado y se puso a observarla, era una mujer mayor, sus cabellos canosos contrastaban con la tersura de su cutis, debió ser muy bella en su juventud, elegante y fina en sus modales, sencilla en su vestir, que miraba con gran avidez todo los alrededores, como si quisiera llevar en su mirada todo lo que veía.
-¿Me equivoco o usted no es de aquí? Preguntó.
-Soy de aquí, pero me fui a Boston muy joven.
-¡Ah! A los diez y ocho.
- Sí, esta era mi casa, vine a ver si existía todavía.
-Ya ve, acá está a pesar de los años.
 No tenía deseos de contarle quien era en  verdad, el hombre capaz que   nunca supo de ella,  miró nerviosa a ver si veía el remise, ya había visto lo que quería, ahora deseaba más que nunca volver a su casa.
En ese momento, divisó el coche que se acercaba  saludó, mientras él, la quedó mirando pensativo y con atención, cuando se introducía en el  auto sintió una voz que le gritaba:
-¡Grace O`Hara! ¡La actriz!
Miró hacia el molino, vio como el hombre se había quitado el sombrero y lo agitaba en el aire saludándola, una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

(c) Magda Lago Russo


Montevideo

Uruguay

                                                                        




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