martes, 21 de diciembre de 2010

Ricardo Raúl Biglieri

    Club Sportivo Barracas - Serie Los clubes (c) Alejandro Lypszyc 


El club del barrio*
          Para quienes peinan blancas canas o en algunos casos éstas ya se han marchado, cuantos recuerdos gratos nos trae este tema.
          Mi club era el todos los habitantes que en un radio de cinco kilómetros circundantes, concurríamos a él porque enclavado en la llanura bonaerense era un “club de campo”, donde sus habitué era esos agricultores, toscas sus manos, pero amplias para dar en un apretón sincero, todo su afecto y la seguridad de que lo que se pactaba no había necesidad  de firmar un documento.
          Producto de mi generación anterior que no escatimó esfuerzos para tener un lugar de reunión, luego de sus rudas tareas diarias, donde expresar sus recuerdos de una Europa que se debatía en guerras, de la cual habían huido a tiempo, o comentar las novedades de la zona, u  opinar sobre las próximas cosechas.
 Allí en ese pedazo de esta bendita tierra volcaron todos sus esfuerzos, ya sea levantando sus paredes, fabricando sus aberturas porque los recursos económicos eran pocos, pero la inventiva suplía con creces esa alternativa.
          Los ladrillos colocados fueron de propia fabricación y si bien el piso de tierra en sus principios necesitaba de una atención permanente, ella era superada por el calor humano que reinaba en esas cuatro paredes resguardadas por un techo de cinc, que en las noches de invierno dejaba  caer gotas de agua, producto de la condensación de nuestra respiración.
Allí, en bamboleantes mesas, por lo desparejo del piso, jugaban interminables partidos de naipes, mientras “la grapa” o el “amargo”, barría de sus gargantas el polvo que circulaba en el ambiente.
En ese contexto me fui desarrollando.
Recuerdo el espíritu de solidaridad que en aquellos pioneros existía.  Yo tendría algo más de once años cuando ocurrió el recordado terremoto de San Juan, si mi memoria no es infiel en año cuarenta y cuatro del siglo pasado.  A invitación del intendente formaron una comisión para recaudar fondos.
 Evoco aquella gente que se acercaba al club que hacia de nexo entre el donante y el poder público y aportaba la cifra que podía. ¡Que ejemplo de solidaridad y desprendimiento existió!
Pero el tiempo fue pasando y el recambio generacional llegó.
Un grupo de jóvenes toma la posta de nuestros mayores e insuflamos esa corriente de sangre nueva, que amalgamada con parte de la anterior acometió la empresa de modernizar el “club”. Personalmente pasé a ser el secretario del  mismo a meses de haber cumplido dieciocho años.
Nuestra premisa fue colocar el piso de mosaicos al pequeño salón y construir uno mayor para utilizarlo como pista de baile. Y...,¿los fondos? - ¡de donde los conseguiríamos!.
En ese tiempo aunque prohibidas, empezaban a circular las famosas “tiritas”, pero con lo recaudado no llegábamos, así que recurrimos a los pioneros del mismo, hombres de edad, consolidados económicamente, quienes no hicieron oídos sordos a nuestros pedidos y aportaron lo suyo a nuestras arcas. Pero no alcanzábamos a  las metas económicas prefijadas.
Cierto día el tesorero nos arrojó una idea. ¿Si lanzamos, la campaña de la donación del valor un quintal de maíz por parte de los colonos?, cuyo importe compartiríamos en partes iguales con la Cooperadora Escolar, con la cual trabajábamos en completa armonía, cada uno en su círculo. Dada la conformidad de ésta y bajo la supervisión de un miembro de cada parte lanzamos la idea.
¡Éxito total! Los agricultores daban orden en la cooperativa que retenía ese valor y lo acreditaba en una cuenta especial, así llegamos a obtener los fondos para aquello que después fuera un hito en el cruce de esos cuatro caminos de tierra.
 Al año inaugurábamos el salón y sus accesorios complementarios.
¡Al fin teníamos un espacio adecuado para realizar funciones cinematográficas, ya  que aunque cueste creerlo mucha gente no lo conocía, ya sea por falta de medios de traslado a las ciudades, carencia de recursos o desidia.
¡Como sería la novedad  que los días de función se anunciaban con disparos de bombas a la salida y entrada del sol!!!!! 
Contratábamos quincenalmente, diría, un viejo cinemovil, era un simple camión carrozado  que tenía adosado  un generador de energía de 220Vlt. que accionado  por el motor  del mismo daba el fluido eléctrico para alimentar al proyector y alumbrar la sala.
Recuerdo que en una película de guerra, un paisano que nunca había asistido a una función, tan consustanciado con ella estaba, que al ver un avión que parecía que en picada se venía sobre el público, al grito de ¡Guarda! se arrojó al suelo. Demás está en narrar que el pobre hombre, se retiró despaciosamente, montó su caballo y nunca más apareció en una función cinematográfica.
Pero los beneficios fueron menguando a medida que para esa época la novedad, dejo de serla.
Otra alternativa que nos quedaba era intentar por probar suerte con reuniones bailables ya que las realizadas habían tenido cierto éxito.
 La odisea era el traslado de la orquesta, generalmente una bien constituida utilizaba piano que teníamos que proveerlo ya que la cooperadora de la Escuela nos lo prestaba, pero era muy incómodo su traslado  porque esa masa inerte de madera y cuerdas pesaba más de trescientos kilogramos. Así que lo pospusimos para más adelante.
Tímidamente empezamos con grabaciones, luego con conjuntos de músicos aficionados de la zona, hasta que decidimos contratar un cuarteto que hacía furor en eso momentos, era la época que el ritmo cordobés estaba en su apogeo. El salón resultó chico, concurrió gente de todos lados, entre ellos una joven que ¡O casualidad! – ¡Con el tiempo sería mi esposa! La verdad que en ese momento mi cargo de presidente no me halagaba mucho, porque la veía bailar con otros, no  me agradaba, dado que mis obligaciones me mantenían ocupado pero a veces esas situaciones sirven para templar los nervios...
Así, animados por el éxito repetimos varios de ellos. Recompusimos nuestras finanzas, amén de un alquiler que nos daba el conserje y por lo general era un punto de reunión de la familia porque los niños jugaban con algunos juegos que habíamos conseguido, los hombres sus partidos de truco, mientras las damas concurrentes ¡vaya a saber de que conversaban!
Los sábados se hacían tertulias para matrimonios, me parece estar viendo a una pareja mayor iniciar el baile con un paso doble de un extremo a el otro del salón pero en sentido diagonal, se le notaba que la sangre hispánica le bullía en sus venas y detrás de ellos se generalizaba la danza.
Se nos ocurrió formar un equipo de futbol, había bastante juventud para ello, el terreno para la cancha nos lo prestaban, así que nos pusimos manos a la obra.
Mucho fue el entusiasmo, se formó un grupo humano maravilloso, el aporte de ellos estimulaba a la comisión directiva  en su tarea de establecer vínculos con entidades vecinas.
Se concurría a jugar a lugares distantes, en aquellos destartalados camiones que la mayoría de las veces había que empujarlos, pero la  algarabía  del grupo hacía que se obviara el esfuerzo.
 Allí en el juego aparecían las clásicas alpargatas blancas con cordones, porque el presupuesto de cada jugador no daba para más. Pero éramos felices.
 Los resultados no nos eran muy favorables, pero los momentos de camaradería se hallan grabados aún en mis retinas, aunque también algún susto ya que, aunque no asiduamente alguna pendencia  existía, pero nunca llegaron a mayores.
Como hacía siete años que estaba en esos menesteres, pensé que debía dar un paso al costado, disfrutar a pleno algo que si bien es cierto estaba encaminado, había gente con condiciones para llevarlo por la senda deseada.
Así que me dediqué en mis ratos de ocio a ser un habitué más a las flamantes mesas.
Sobre ellas arreglábamos el país, nos enfrascábamos en partidas interminables de cartas, o comentábamos alternativas para el próximo baile, por lo general se hacían uno por mes, rezar para que ese día no lloviera como nos ocurrió cuando contratamos a Argentino Ledesma y por ella concurrieron cincuenta personas quedando nuestra tesorería al borde del colapso.
¡Pero cumplimos lo prometido: “El baile no se suspende por lluvia”.
Quienes siguieron en la dirección del mismo construyeron una cancha de pelota a paleta y otra de bochas, que mayormente no utilicé, porque comprendí que era más agradable bailar con el Wincofón al compás de Los Panchos o Pugliese ya entonces semanalmente, total ¡mucha gente venia de otros lados, entre ellos alguna persona especial!
Y los años fueron corriendo, junto a ellos la vida. Hoy veo a mis nietos con flamantes botines, equipos reglamentarios provistos por la entidad, seña que aquello que tenían en mente anteriores dirigencias desde sus comienzos tan sacrificados se cumplieron con creces.
A mi entender la función que cumplió un club, sobre todo en los comienzos de una época dorada, mirándolo a la distancia, es que fueros aglutinadores de ese crisol de razas que fue formando nuestra nacionalidad, con nuestras coincidencias y divergencias, pero que nos encuentra en camino al bicentenario expectantes  de hacer realidad la meta que marcaron nuestros mayores.       

(c) Ricardo Raúl Biglieri
Ricardo Raúl Biglieri  (Pergamino -Provincia de Buenos Aires, 1933)
Actualmente vive en Pergamino. 
*El club del barrio resultó finalista en el Concurso Leyendas de mi lugar, mi pueblo, mi gente- Segunda edición - Jurados: Irene Meyer (Argentina-Francia), Gloria Dávila Espinoza (Perú) y Araceli Otamendi (Argentina)



                                                                                                   

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