jueves, 6 de enero de 2011

Eduardo Elías Rosenzvaig

             imagen: (c) Abbas Kiarostami 

Eduardo Elías Rosenzvaig

LAS HISTORIAS CONTADAS DEL LÍBANO CON ACEITUNAS*

Un día domingo por la tarde nos encontramos con Antoinette Ahualli, mujer revolviendo entre las bolsas sus pertenencias, por lo menos las que consiguió no perder en años de traslados por casas en que viviera y fue dejando.  Ya que hace por lo menos treinta agostos, nos dice, no siente la necesidad de un domicilio personal, permaneciendo de tiempo en tiempo en viviendas de algún familiar o amigo, considerándose una nómada del desierto de alguna manera a los ochenta años.  ¿En qué parte de la imaginación o su corazón o de la vida está el desierto?  Es otra idea de desierto el suyo, uno sin el cuál es imposible vivir, sea selvático o de pura arena blanca.
“¿Quieres que te cuente desde el Líbano?  Allí vivía mi padre, en la montaña, como aquí San Javier, así era donde vivía mi padre, Deir el-Qamar o Bagarán, son los dos pueblos que yo recuerdo.  Cuando éramos niñas, él nos sabía contar historias a la noche, reunidas las hermanitas, abrazado él a mamá y ambos sentados al lado nuestro contando las historias orientales mientras nos hacían unas aceitunas asadas en las brasas, sobre un braserito, poniéndolas en pan árabe para que comamos historias, porque también algunas las contaba mi tía y mi abuela.  Todos tenían palabras orientales guardadas y el que no, no era libanés, no existía.  La vida eran historias contadas sobre aceitunas asadas con pan árabe.
El abuelo con papá plantaban garbanzos, lentejas, tenían parra, higueras, muchos frutales, porque allá no eran fincas grandes como acá, sino pequeñas tierras, surcos, líneas por allá, otras más lejos, en fin contaban historias entre unos surcos y los otros.  Se terminaba el trabajo de la tierra con la urgencia de sentarse a contar y oírlas acompañados con aceitunas grandes, de carne indefensa.  Nunca se traicionaba a la imaginación mientras hubiera aceitunas.  Caravanas de camellos perdidos, piñones de relojes en las ferias incendiadas por bandidos, crestas del pavo adivinatorias, magos con semillas negras y diminutas en las órbitas de los ojos.  En la casa, abajo, tenían un salón largo con unas mesas grandes donde traían al gusano desde los árboles, con el capullo de donde sacaban hilos para la seda.  Mis tías se divertían mirando la descendencia, contando sucesos de los abuelos, bisabuelos, tartarabuelos, y las desgranaban como de una mazorca de maíz.  Para la cosecha venían las mujeres y, por cada recipiente que juntaban de lentejas, les tocaba a cada una llevarse uno, así lo pagaban.  Papá me contó que en uno de los lotes había una piedra, dice que tenía como una entrada, un túnel, pero que nunca jamás nadie logró ver lo que existía dentro.  Los que se animaban se volvían espantados.  Llegaban en el viaje hasta unas decenas de metros adentro y decían haber visto unos bichos, como avispas gigantes, no sé qué serían, espantosos que empezaban a gritar como niños hambrientos.  Papá hablaba de los tesoros que se contaban dentro, de tinajas con monedas de oro de diferentes valores, huesos calcinados alrededor, grasas petrificadas, lapislázuli, verdes sombríos de cobre, y pelos encerados de animales antiguos.  Miles de monedas.  Mi tía contaba que cuando ella era chica sabía jugar con las libras desterlinas.  Porque el abuelo de ella, o sea el abuelo de papá, era como una especie de ministro y traía, cuando llegaba la época del pago, tinajas con libras desterlinas, para ponerlas ahí, en un depósito, en la casa donde la gente formaba hileras para cobrar.  Entonces ella jugaba con las libras desterlinas.  ¿Te imaginas unas tinajas enormes con las libras desterlinas?  Todo el mundo contaba de esas tinajas orientales.  Cuando el abuelo se retiró, dicen que del gobierno le regalaron una bandejita de oro con tazas de porcelana de manijitas de oro y filetes de oro, que deben haber sido bellas, me hubiera encantado conocerlas y le digo, tía, ¿por qué no trajeron eso?  No, porque nos decían que estaría prohibido pasarla en la aduana, además otro problema, que no dejaban venir a toda la familia.  Eso me contó mamá, porqué terminó la guerra y el mundo se venía para la Argentina, es que allá siempre había una guerra peor que la anterior, una a la cual asomarse perseguido por otra a nombre de más guerras, hasta que se agotaban los latidos y se conjeturaba que el tiempo y el espacio eran incalculables y calculando los números indescifrables más guerras.  Entonces tenían que salir algunos familiares, pero siempre quedar alguien, porque sino se iba a despoblar para una futura guerra.  Las tacitas con la bandeja de oro servían como los ahorros del banco, pero vino otra guerra, una, y…
(En este momento ella hace señas para que detengamos la grabación.  Al hacerlo, dice haberse acordado de una información anterior y pide que volvamos la cinta.  Decimos que no es posible, que si es importante lo cuente ahora).
Ah! ¿Sabes qué?  No he contado de las aceitunas, tan ricas, porque ellos tenían olivos y cosechaban mientras alguno contaba historias desde un árbol al otro árbol y, en las moreras, cuando se sacaban los capullos del gusano, se contaban otras historias distintas también, tantas como para necesitar muchos árboles, porque el recreo de contar capturaba todos los cansancios y los descansaba.
Cuando quieras saber alguna cosa que te diga y te interesa, avísame para que lo grabes.  En el año 22 ¿te voy a contar la historia esa?, mi abuelo estaba viviendo acá, porque se vino antes de la guerra, con mi tío de catorce años y era un contador increíble de historias y aceitunas, con un negocio en el que contaba historias divertidas a los clientes, y la gente venía a comprar porque no salía indiferente, salía llena de entusiasmo y de deudas.  Claro que mi abuelo debía traer a la familia, y partió a buscarla en el año 22, antes escribiendo a papá, que ya estaba haciendo las diligencias del viaje, a que se ponga de novio allá, se case allá, porque en Argentina no iba a encontrar la novia, acá todas eran argentinas y no iba a entenderse por supuesto, ni saben contar historias, ni entendían de aceitunas y menos de la seda, ninguna de ellas lo dormiría contando cuentos con la mano, porque para dormirse se necesitan dos piernas desnudas al lado y una historia vestida con ropajes de seda.  Entonces papá fue a casa de la tía, y aunque no se quería casar porque estaba muy soltero, se fue un día y como siempre las tías son medio metidas con los sobrinos (riendo), que los quieren casar, que les quieren enseñar que la vida es esto y aquello, -cada uno tiene que hacer lo que quiere la verdad ¿no?-, bueno la tía le dijo, y menos mal que había esa tía sino no estaría yo aquí (riendo), le dice, que están esas muchachas muy buenas, porque eran tres hermanas y mejor la mayor.  No, contesta papá, la del medio quiero.  Nooooooo, le responde la tía, no la mires a la del medio porque esa no te la dará el padre, es la niña de sus ojos, dice.  ¿Qué crees?  No te hagas ilusiones, le dice la tía.  La medio o ninguna, contesta papá (risas).  Así.  Después resultó que la del medio fue mi mamá, de 15 años.  La más grande sería más responsable para el viaje quería decir la tía, más madura, porque mamá era una criatura.  Bueno el asunto es que pasaron seis meses y llegó el abuelo, el padre de papá, y un domingo en la misa, porque todos ahí son muy católicos, la abuela siempre en la iglesia, ayudando en la iglesia católica árabe, porque nosotros los árabes libaneses somos de la católica apostólica romana, estaba el monseñor Huais, el obispo mayor del país, tío de mamá, hermano de mi abuela, porque mi abuelo, que era constructor, bueno ya me estoy yendo de la otra historia, ¿quieres que te cuente?, esto y después vuelvo a lo otro; era constructor y, una vez no sé si en una construcción, tuvo un accidente donde le cortaron la pierna, entonces él compró un borrico y desde el borrico me contaba mamá, él dirigía las obras, andaba en el animalito de obra en obra cuando mamá era pequeña, en ese tiempo en que vivía el abuelo también y era muy recto, no quería que se pinten ellas, esas cosas, pero mamá, muy moderna, trajo pinturas con las que yo me pinté después, y también le dio pinturas a una muchacha que se casó con un primo mío, hija del administrador del ingenio Florida que venía a la casa porque noviaba de un primo mío, él ya murió, ella también, bueno resulta que mamá se sabía pintar toda, bien coqueta, bien arregladita, desafiando el asunto que después te voy a volver a contar, la otra historia del tío, hermano de papá, que recorrió la región de la Berbería o de los bereberes que los magrebíes llaman Magreb, nada más que para venir a contar historias decía él, ha estado en la Tripolitania gobernada por un bajá y en poder de Italia, decía que del grandor dos veces de España pero con desiertos infinitos donde una negra vendía cosas para él, enamorado de lo que él le contaba, en Trípoli donde el calor de los días y el frío de las noches es insoportable y en el otoño ataca el terrible siroco, así que hay que encerrarse en las casas para que el viento no lo mate a uno llenando los pulmones del polvo que queda de la arena partida; pero donde hay agua y la vegetación es bella y las palmeras datileras crecen junto a los limoneros hasta de noche, dan dátiles comestibles recién a los noventa y nueve años de plantadas, y hay higueras y almendros que no se resignan a no tocar el cielo, coles y nabos que abrazan curvas luminosas del sol, hay cebollas abundantes en invierno como melones, pepinos del largor de eso que hay en la mesa, y los melones del verano dulces como los nombres de Alí Babá y, a dos días al mediodía de Trípoli, él estuvo con su negra trabajando –trabajando ella mientras él le contaba historias- donde las montañas de Gharian en las maravillosas plantaciones de azafrán azuladas de flores como un universo, porque allí atacan los leones y panteras, pobre negra, que la perdió él atacada por una leona, por eso cuesta tanto el azafrán, contaba mientras conocía el palacio del bajá por fuera, un fuerte español allá y, por suerte, en el mercado ha conseguido otra vendedora que lo condujo por las calles que son rectas y él no estaba acostumbrado a eso y se perdía porque para contar historias las calles tienen que estar cruzadas y enmarañadas y había muchas ruinas además, pero la mezquita grande es magnífica, con tantas cúpulas sostenidas por columnas de mármol gris que la gente siempre se equivocaba al contarlas, me acuerdo hasta del color gris contado y dos antiguos bazares que antes se usaban uno para tiendas y el otro para venta de esclavos, pero las casas es lo que más le asombró y abría los brazos, porque están revestidas con una especie de estuco de la tersura de la piel y el brillo del mármol, pero no frío, agradable la temperatura y los techos son terrazas donde se sube a respirar las brisas que trae el mar de otros lugares más lejanos todavía y enamorarse.  Con la nueva mujer entonces se fue a vender caramelos italianos a Lebduh, la antigua Leptis Magna recordaba, con un arco de triunfo romano, un anfiteatro romano, un acueducto romano y lleno de pobres bereberes salvo el barrio Zlitud habitado por judíos y morabitos donde ya le ha sido imposible competir, porque éstos viven de las limosnas de los devotos mahometanos que visitan la bella mezquita y la tumba del personaje llamado Sidi-Abd-es-Salem, donde mi tío iba dejando los caramelos para comprar tapices y collares de vidrio y tejidos ligeros para mujeres del sur, trabajando con caravanas que pasaban a Egipto por los desiertos y pueblos hechos de piedras y argamasa de barro tejido, bajos, ocres de soledad, aldeas perdidas por un color igual de porfiado que el desierto, en camello peregrinaba pero para eso tuvo que vender perfumes y después por hambre a la propia mujer, y se hizo socio insospechado de un camellero que, una mañana, había viajado de Mogador a Marruecos, cien millas inglesas o 160 kilómetros y volvió por la noche con las naranjas que le había pedido una de sus mujeres, porque son así de galantes, contaba mi tío cómo vuelan con los camellos como vientos, decía que cuando encuentres un camello y le has dicho al jinete que lo monta Selam álik, antes de que él te pueda contestar Álik es-salam ya desapareció de tu vista.  En las caravanas de camellos no se habla con nadie.  Se viaja.  Se mira la arena desgranada hasta el infinito.  Se piensa en la verdad solamente.  Uno se va arenando de silencios y de tejidos volátiles alrededor de la cabeza con granos de arena roja y pulverizados los ojos con rincones sin respuesta, por días, por meses en la boca hasta que el tiempo desaparece y uno se resigna a indiferenciarse de la arena.  Él se cansó y volvió al Líbano.
Entonces mamá, por supuesto, fueron a misa, y la tía le dijo a mi abuela y abuelo, yo le voy a pedir el rosario a esa chica que le gustó a él, a papá, y le contó la historia de que papá decía que ella salió de una tinaja para él como aceite y como uvas, así que va la tía y le dice a ella que le preste el rosario y ella se lo presta, hermosa la cruz de nácar, una belleza, porque el asunto es que mamá le prestó el rosario y papá estaba parado en la puerta mirándola todavía como quien no quiere, haciéndose el interesante, de costado así la miraba, y dicen que ella le confiesa al hermano, mira, ese se está yendo a la Argentina y mira cómo mira, parece que tiene ojos torcidos, así de costado, y era que papá la miraba de reojo.  Buenmozo pero con los ojos torcidos (risas).  Y resulta que saliendo se saludaron y los padres de mamá estaban ahí en misa diciendo que los invitaban a la casa, porque eran amigos de mi tía, esa noche los invitaba a tomar un cafecito, y los han invitado también a almorzar, luego a cenar, porqué las familias allá son hospitalarias.  Fueron a la casa todos, después el abuelo habló con el padre de mamá diciendo que la quería, que si se querría casar con su hijo, pero para venirse a la Argentina de luna de miel y volver, un año porque la intención de papá era conocer y volverse, no quedarse en lugares sin historias, donde no se cuenta nada o no hay tiempo o no saben o chupan por un palito un agua sucia, porque los negocios se hacen historiando, el amor más, las arañas cuentan de náufragos, entonces lo único que deja de contarse es la guerra, justo lo que aquel país de silencio no tenía.  Al año de llegados, vinieron a asaltar el negocio y lo mataron al abuelo, le dieron un tiro en los pulmones, dejándolo sin aire, como perdiendo los cuentos por el agujero, porque los ladrones parece que voltearon algo y la bisabuela oyó, entonces mi abuelo sacó la escopeta colgada en la pared, y el error es que prendieron una linterna y, al mostrar la escopeta, le dieron el tiro en la espalda y él cayó vaciándose de historias.  Papá por eso no pudo volver, se quedó acá donde lo trataron como si fuera mejor que allá.  Es importante, pero volvamos a lo del casamiento.  Yo me escapo por la tangente, sabes, con los años y tantas historias, así que antes que me olvide te cuento detalles de lo otro romántico, porque mamá estaba contenta, es que ella con nueve años ya venía al Brasil a veranear y los paseos eran porque tenía dos hermanos en Río de Janeiro, ya muertos, y yo los conocí a los hijos, uno se llama…
¡Ah! bueno, te contaba lo que me han contado, mi abuelo tenía ese negocio completo, antes no era como ahora, eran negocios de campo y fíjate que esa casa en que vivían parece que estaba destinada a los misterios y a la sangre a pesar de ser gente tan pacífica.  Yo, cuando era chica me acuerdo vivía entre frazadas y un montón de telas, de botones, cosas de mercería y de tienda, pantalones de trabajo, bombachas gauchas porque antes, cuando cortaban la caña, los hombres usaban bombachas tipo lonilla, que se ponían resignados arriba de la ropa, para no romperse la vida ese día atravesados de janas; sardinas, había también picadillo, fideos y muchísimas bolsas de yerba mate, pero los que mataron al abuelo huyeron entre los cañaverales, contaban que entre latas caídas y al escaparse como sombras parece que se llevaron otras latas y las lluvias, porque durante mucho tiempo no volvió a llover, hubo seca, ha habido, durante mucho tiempo después que lo mataron a mi abuelo, y papá levantó la escopeta del abuelo y pegó un tiro a uno, dos, a dos sombras, hirió a una en la cara y a la otra en el hombro porque después lo trajeron al herido.  Él se hizo para atrás y desde atrás de una caja fuerte apuntó para donde había venido el tiro y disparó, resulta que dándole a uno acá en el hombro, pero la misma bala dio al otro en la cara, así que estaban heridos los dos de un solo disparo, con un máuser que papá había comprado porque a cada rato robaban.
En el negocio había de todo, hasta papas, verdulería, lo único que no había era animosidad con los nativos, tenían también abasto de carne, traían hacienda y carneaban vacas, era un espectáculo, no sabes, una lámpara grande llamada Petromac a nafta, le daban presión para iluminar la venta, y una vez ardió una quemando el brazo de papá.  Y los carros también sabían andar con faroles colgados, la gente compraba velas para alumbrarse, tenían plata algunos para comprarse un farol, y otros gente tan pobre que no tenían luz, vivían ensombrecidos, ni para el sol tenían.  Llegaban al almacén ya para comprar nada sino escuchar historias.  Ellos no tenían historias, solamente pobreza tenían.  Eran tierras de la Compañía Azucarera, con tantas colonias como si fueran dueños del planeta, del sol incluso, no sólo de varios ingenios, uno de ellos el Florida, ése que me quiere comprar la finca ahora, otro ingenio más por allá, por cerca de Famaillá, pero tengo que contar lo que se contaba del Líbano cuando la gente sentada alrededor de un brasero hablaba de los que habían viajado a la América sin aceitunas en el viaje, y lo  que contaban de cómo extrañaban las aceitunas en esas noches alrededor de braseros con nativos comiendo tiras enormes de carne asada sin pan y sin oliva, riquísimo para nuestros paisanos, una carne que ni el mejor y más árido de los desiertos había conocido, entonces contaban en su medio castellano como de habitantes de la Alhambra al medio castellano de esos indios como los que viera Colón antes de conocer la Alhambra, que…”.

(c) Eduardo Elías Rosenzvaig

San Miguel de Tucumán, Argentina

*Cuento ganador del Concurso Historias de inmigrantes organizado por la Revista Archivos del Sur. 


Acerca del autor:


Eduardo Elías Rosenzvaig es escritor, profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina, director del Instituto de Investigaciones sobre Cultura Popular de dicha Universidad, autor de más de 40 libros, (novelas, cuentos, ensayos), más de 300 artículos en distintos medios nacionales e internacionales, obtuvo, entre otros premios, el Internacional de Novela Luis Berenguer (San Fernando, España), el premio Casa de las Américas en 1996 y 2009 (La Habana), el premio Internacional de Novela Felipe Trigo 2009, accésit premio Internacional Miguel de Unamuno (Salamanca), el premio “Jorge Sábato” a la historia de la técnica (Conicet), primer premio literario Fundación Crisálida (2010) y otros premios.  Obras suyas han sido traducidas al francés, inglés y griego.  Ha sido incluido por la Universidad de Cambridge en la biografía internacional “2000 intelectuales sobresalientes del siglo XXI”.  Sobre su obra novelística han escrito críticos literarios como David Viñas, Nicolás Rosa, y escritores tales como Osvaldo Bayer, Roberto Fernández Retamar, Horacio González, etc.  Entre los jurados que premiaron sus obras figuran Paco Ignacio Taibo II, José Luis Abellán, Joel Rufino Dos Santos, Juan Eslava Galán, Ana María Shua, Luis Gregorich, Gregorio Weinberg.  Doctorado en la Universidad de Salamanca, vivió en España durante varias oportunidades.


imagen: fotografía (c) Abbas Kiarostami - film "A través de los olivos", (de la muestra Abbas Kiarostami, Una poética de lo real en el Malba)

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