sábado, 5 de febrero de 2011

Héctor Cediel Guzmán

Lino Enea Spilimbergo


Estoy cansado de escribirle al Amor 


Cuánto deseo esta noche que desvaríen nuestros destinos y sentir al arrojo de tu piel, cobijando la hipotermia de la mía. No sé por qué el destino nos cita, apareciendo y desapareciendo como los espantos en los mitos, las mariposas en el fantasmal viento o las imágenes que se borran, después de algunos sueños cuando despertamos. La rutina me apresa dentro de una inmensa jaula, delimitada por el frío de los barrotes. A veces basta un beso, para renacer en la vida; más cuando nos asfixia la presión de la subsistencia. No recuerdo cuándo me olvidé de vivir, ni el momento en que deje de amarte. Siempre le dí tantas vueltas a mi vidorria, que consideré especial todo lo que vivía. Así me fui enamorando una y otra vez. Me sentía vivo y especial para esa ilusión peregrina. ¿Será que cuando nos casamos, nuestra piel se torna cancerosa o transpira una repugnante fetidez, por culpa de los cadáveres de los amores insepultos?. Siempre vivimos con engaños y temores nuestras ilusiones; hasta nos sentimos redescubriendo la vida, cuando nos enamoramos de nuevo; o cuando revivimos los besos, como si nos besáramos por primera vez; o como si hubiésemos encontrado al sueño que buscábamos desde siempre. Solo el amor nos permite vivir con magia, los secretos de ese mar de sensaciones, que poro a poro nos permite descubrir un mundo, que nos embriaga con placer en cada beso. Siempre estamos huyendo y escondiéndonos, como si fuésemos unos malditos engendros que viven con vergüenza sus sueños. Tenemos que romper todas las cadenas que nos atan a temores y perjuicios, para poder volar más livianos, ¡hasta encontrar la luz que anhelamos, sin los lastres del remordimiento!. Es hora que el viento se detenga, para que la espuma ígnea enmiende el daño de mis mentiras piadosas, y los deslices con pecaditos veniales y mortales.

Estoy cansado de escribirle cartas al amor. Pasan los días, los meses, navidades tras navidades, y no recibo respuesta alguna. En vano aguardo a que la felicidad o al menos una brizna de esperanza, llame a mi puerta. No sé por qué no te decides a dar el primer paso. A veces la alegría esta detrás de la nube, de una portón o del silencio. Cuantas cosas podemos aprender recorriendo las calles o las carreteras. No podemos cubrirnos los ojos, ni taparnos los oídos como necios chiquillos. Sé que algún día se congelará el infierno. He recorrido los suburbios como una maldita rata. He aprendido viviendo con pasión, el hoy y el ahora. He arañado la tierra para abrir camino. La soledad me entristece cuando observo la agonía de la llama. Sé que te aguardo y que en las noches de insomnio, grito en silencio tú nombre para que regreses. Si se pierde hasta la última semilla de la esperanza, la sevicia de la derrota encontrará un nido. Luchemos contra el olvido, como las almas humilladas de los miserables.

A veces me siento tan abandonado, tan desmantelado, que azoto las calles para descubrir la vida; como uno de tantos vagabundos que renunciaron a seguir haciendo camino, cuando descubrí que no tenía sentido, sobrevivir en el infierno sin una filosofía, o al menos con una razón en el bolsillo. A veces pienso que es más fácil aprender a morir. Siempre anhelé los cuentos de un abuelo, pero llegué tarde para conocerlos; por eso, tuve que inventar fantasmas y hasta mis propias aventuras, para vivir con magia la demencia de la vida. Sé que algunos se burlan de mis versos, pero me importa poco que sean imperfectos. Mi vida tampoco fué diamantina, ni pura como el agua del manantial. A veces un accidente transforma nuestro destino y nunca más volvemos a ser los mismos. Paseándonos dentro de desilusiones transcurre ocasionalmente nuestra vida. Es hermoso ver florecer la existencia en las calles; frecuentemente siento que algo bello late dentro de la basura; en algunas oportunidades suena como una melodía de paz y esperanza; o la serenata de un saxofón que ha visto tanto dolor y sueños arruinados para siempre, que canta desde las entrañas del alma. Me siento como si me hubiesen asaltado los murtes para robarme hasta el último sueño; como los que perdieron sus ilusiones en el infierno o canjearon una parte de sus cuerpos por una maldita condecoración. ¡Pienso que no existen héroes, solo hombres que recorren la vida con el alma herida!. No sé que es una cena o una noche de navidad. Siempre solo, lejos del amor. Amanecí en el lado equivocado, hasta que comprendí el gran absurdo de la existencia. A cuantos el desencanto nos arrancó todo el deseo por vivir, nos condenó a suicidarnos con el veneno de las desilusiones. Las despedidas son dolorosas pero nos enseñan a vivir; aún escucho la voz de ese amigo ex-monseñor, que he esperado en vano por tantos años, diciendo:”Ni un paso atrás, compa, ¡siempre hacia delante!”, mientras le gritaba a la vida, desde el umbral de su muerte.

Apareció un: Te amo, escrito con tanto amor, que parecía rojo; tenía aroma a ti, aroma de amor, aroma a frutas maduras. Tomé con cuidado nuestros recuerdos y los puse a volar en el viento; revolotearon como pañuelos blancos, hasta que se fueron perdiendo como imágenes desencantadas o los capullos cuando bostezan en el invierno. Sentado en la cama te ensoñé. Te aguardé como en los cuentos de hadas, pero no adiviné las palabras mágicas para hacerte real y rescatarte del ensueño. La mirada asesina nos acechaba; la que no soporta ver felices a otros, porque la hiel que destila su dolor, no logra borrarle el amargo de sus labios. No importa quién empuñe el arma entre las sombras. ¡Que importa si estoy muerto o mal herido!, coseré las heridas como si fuesen harapos; me desnudaré para sentir al invierno y gritar con alegría: ¡Llegó la Primavera!. Voy a recoger flores silvestres; aprenderé a comprender a los animales; escribiré versos para que germinen cual espigas de esperanza o como soles que brotan desde la tierra. Te amo; así recorra las calles como un costal de ilusiones, con los bolsillos llenos de estrellas y sueños. Siento tú mano, asida a la mía en esta larga agonía.

Me comí hasta la última uva de la amargura. Disfruté la sensualidad de la pulpa, arrancándole la piel a su ira. “Así es el amor –pensé- Todo lo disfrutamos hasta saciar la sed”. Vivimos arrancándole los pétalos a las flores o con impudicia atropellamos al cuerpo que amamos. Somos necios, destructores, irreverentes. Jamás le permitimos fermentar al vino. Vivimos arrollados por sombras y empujando hasta derribar a otros. Tenemos que parar y pensar un día cualquiera, al borde del abismo. No es saltar o no hacerlo, o decidir si vale la pena que otros lo hagan. Tenemos que aprender a tendernos sobre el barro, para que pasen y se pongan a salvo, los que más puedan. Jamás una uva calmará nuestra sed y menos alcanzará para embriagarnos; pero una buena copa de vino, posee el sabor, el aroma del cuerpo de una mujer maravillosa. La mujer y la vida son como el vino. ¡La felicidad siempre será una paráfrasis del delirio del fuego!. No encuentro palabras para los epitafios de los ascetas, porque jamás hicieron el más mínimo esfuerzo, para desafiar a otros cuerpos con las tentaciones de sus deseos. Es difícil caminar en solitario, sin una rosa de los vientos en el corazón. La locura vertiginosa de nuestros pensamientos, a veces nos condena a pasar temporadas en el infierno. Cuando el terror a la soledad  demencia al amor, se extermina sin piedad todo lo bello. No dejemos que la miseria se devore como un cáncer nuestra alegría.

Ha sido una noche maravillosa ¡hermosa!, como aquellas en las que las almas de los amantes, se desnudan para zambullirse dentro del delirio de los espejismos de los orgasmos. Sobraron las palabras cuando el silencio de los cariñosos besos, lo expresan todo. No hablamos del pasado, ni del futuro. Vivimos el ahora con tanta intensidad, como si se nos fuera a escapar de las manos. Encendimos la noche leyendo versos; le sembramos una esperanza a nuestra soledad y le abrimos una ventana a la vida; busquemos a las estrellas para saquearles el canto, con los milagros nocturnos de las ofrendas amorosas. El esperma despilfarrado o no, solo es un peregrino más en la memoria.

Nuestro corazón se embriagó con sueños e ilusiones. Siento en mi rostro el universo de una sonrisa. La alegría y el canto de las flores de la primavera. Llamé para decirte: Te amo. Quiero cerrar los ojos, para enamorarme con la demencia y desvergüenza juvenil. Quisé leerte estos textos, para cerrar este día como un solo canto, y que hasta el sol sienta envidia de tú brillo. Apareciste en mi vida como la ilusión de un duende, que creía mito o leyenda. Tú cuerpo cargado de sueños y fantásticas sensaciones, refrescó la sed de mis labios, la ansiedad de mis deseos; una cascada de caricias, una borrasca, una creciente, una tempestad, las campanas al vuelo, el delirio, la desbandada de las aves; el canto de la vida, el escape del cansancio y la libertad de los cuerpos. Tu inmortalidad reposa en el desvarío de los párpados, que respiran la derrota que los estremece. Mis manos se recuestan sobre la alameda de magnolias y rebuscan espigas entre las piedras, mientras tu austera belleza le arranca el carmín a mi corazón. Descifro con nostalgia, miles de humedades en la caverna, que fué el rudo destino de mi miseria.

Los eslabones de las cadenas quedaron esparcidos por las arenas como cadáveres de la memoria; mudos, estupefactos, o con la mueca de la irónica sonrisa de un ajusticiado. Le abrimos de par en par las puertas, a la recordación de nuestros temores. Poro a poro, reconocimos nuestros cuerpos una vez más; hasta fundirnos en un solo abrazo; con la pasión ígnea de las brasas crepusculares de nuestros recuerdos. Desafiamos a la miseria con el ardor de nuestra pasión. Siempre fueron hermosos los amaneceres con la nostalgia reflejada en tus ojos. Ahora, solo las alas negras de las sombras retozan sobre las paredes de mi alma. ¿Cuándo despertará hambreada la grieta de tus deseos?.  Añoro el silencio gélido de los eucaliptos de la montaña. Regresa, amor regresa, antes que el silencio borre las huellas, o en la penumbra se tome el camino equivocado y se pierda el verdor lozano de la esperanza para siempre. No te vayas. No te vayas. Hay demasiado dolor oculto en la osamenta de los lascivos silencios; cree en las oportunidades que hay que regalarle al escepticismo, sin preguntarle razones a las cenizas. ¿Qué pensará tu carne del esplendor de los silencios, de las profundas canciones que inventaron nuestras entregas paganas?

Para el silencio del humo de mi Gran Amor

(c) Héctor Cediel Guzmán 

Bogotá
Colombia

imagen:

El escultor, ca. 1934
Óleo sobre tela
120 x 80 cm
Colección particular, Argentina

(de la muestra Territorios de diálogo, Centro Cultural Recoleta)


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