domingo, 27 de febrero de 2011

José Pedro Casquero*


Nostalgias de barrios*


     Hablar del barrio es pintar nostalgias, colores, recuerdos, todo un telón de sueños. Es transitar avatares, caminos, asfaltos, sembrados de baches, cordones orillando ríos, embarcaderos de barquitos de papel. Pero mi barrio de hoy no responde a esa semblanza, se agachó ante la superioridad de rascacielos, se encandiló con el rojo de los semáforos. Hoy sueña con silencios y soledades que lo aíslen de los ruidos. Pero no todas son pálidas, no puedo ni debo, como decía mi tío Olimpio, pintar el diablo en la pared, porque hace cuarenta y seis años que el barrio es mío y es de buen cristiano ser agradecido. Me basta disfrutar de mi tilo que planté en la vereda, el ligustro, muchachito que llegó a la madurez bajo mi vigilancia, el jazminero y la flor pájaro, saludando a mi paso. Cada esquina de mi barrio me pertenece, es un mojón familiar, donde detenerme a descansar y charlar con los amigos. Es la parada obligada de un bus sin destino. Es el encuentro secreto de vecinita quinceañero que todavía gambetea la vigilancia del padre. Es el saludo de Don Carlos, el carnicero, es la sonrisa del diariero de Baranda. Es la seriedad de la directora de la Escuela 22. Es el colectivo 584 pasando a horario cuando no lo necesito. Así es mi barrio.
     En un análisis a ultranza, es como un hijo, de quien resaltamos sus virtudes para terminar disimulando sus defectos. Este es mi barrio de hoy, donde echo a dormir mis sueños.
     Sin embargo existió otro barrio que ya ni me acuerdo. El barrio con los colores de mi niñez. Sus calles de barro heridas por ruedas de carros. Un caminar descalzo en días de lluvia, recibir tortazos en la busca de ser hombre. La piba de enfrente, junto a los malvones, prometiendo besos que nunca llegaban. Los viejos timbeando en el club del barrio, los perros durmiendo sobre la vereda, soñando quién sabe en qué hueso, y llegar a hombre con las manos vacías y emigrar de pronto tras algunos sueños, pensando el retorno que nunca se dio. Estoy describiendo estos pasajes del barrio y supongo me quedé dormido. Esto me ocurre con frecuencia. Si bien era normal que los sueños invadieran mis noches, nunca había experimentado esa sensación, la cual no resulta fácil explicar. Es presentir que estoy dormido y que aún en ese estado, pienso, manejo el pasado, que se presenta como en una computadora, con la nitidez del momento en que se produjo. Siento que un torrente de ideas convergen en mi mente, incentivando lo creativo, y logro inventar frases geniales, las metáforas asoman solas, y mis versos alcanzan rimas impensables.
     Así mis vivencias me retrotraen al verano del ’44, fecha que marcó el alejamiento de mi patria chica, Carhué. Había nacido allí 16 años atrás y no imaginaba que el viaje que estaba a punto de emprender, tenía sólo boleto de ida. En ese momento: ausencia, desarraigo o extrañeza no eran variables que confundieran la ansiedad de sumergirme en lo nuevo, en un camino que marcara un destino de éxitos y saciara mi sed pueblerina de aprender para realizarme en la vida. Así siendo un estudiante de bolsillos flacos, como dice el tango, llegue a esta jungla de asfalto que me apabullaba; en principio me situé en La Plata, de la cual nunca me sentí parte, por una cuestión de piel, aunque la reconozco extraordinariamente bella. Fue a posteriori, Quilmes, quien me abrió sus brazos cálidos haciéndome sentir incorporado a esa familia que crecía sin prisa y sin pausa. En ese impulso que da la juventud me sentí libre, recorriendo sus calles, trabajando en sus fábricas, estudiando en sus aulas. Estaba realizando el sueño acariciado en las mansas tardes de las siestas pueblerinas. Nuevas y buenas amistades me llevaron de la mano por ese Quilmes que me resultaba atrapante. Así disfrute del deporte en clubes locales como Quilmes Oeste, Tucumán, Alsina y otros, de los paseos por el río, el parque Cervecería, los paseos domingueros por la calle Rivadavia; esta Rivadavia que hoy en los albores de un siglo que se extingue, se ha convertido, al nombrarla peatonal, en una bullanguera, hermosa y altanera pebeta Quilmeña. Basta recorrerla y adivinar su belleza desde su nacimiento en la vieja estación de trenes hasta su sorprendente plaza recién reciclada, que sirve de marco digno a la Catedral, que no es sólo un templo religioso; sus paredes respiran húmedas páginas de historia argentina.
     Abro los ojos, pretendo abandonar tantas evocaciones que por momentos lastiman y otros nos dan placer, para ubicarme en esta realidad, vidriera de lujo, que me muestra esta actualidad de hoy, regida por reglas que impone el consumismo, extraídas de un código llamado “globalización” y no puedo olvidar Bernal, pujante y bella, que no ha perdido esa reminiscencia de pueblo. Aún se puede escuchar, donde la calle Castro Barros se hace más angosta, el cantar de las calandrias. Este gorjeo junto al pintar del tren en la curva de Zapiola, el tronar de las bombas en fechas religiosas, constituyen los ruidos característicos con que la hermosa Bernal, dice "presente".
     Aquí detengo mis pensamientos, hago descansar la nostalgia. Me prometo viajar de tanto en tanto a mi pueblo natal con pasaje de ida y vuelta porque cuando estoy allí me alimento con los sueños que me transportan a contemplar el sol desde la ribera quilmeña; ese sol que termina por cegarme. Más cuando pego la vuelta me rondan los fantasmas de la infancia que me conducen por añosos bulevares hasta mi lago Epecuén para asistir al espectáculo multicolor de ese mismo sol en su postrer zambullida.

(c) José Pedro Casquero

*El cuento Nostalgias de barrios resultó finalista con mención especial en el concurso Leyendas de mi, lugar, mi pueblo, mi gente organizado por la revista Archivos del Sur en 2008.

Sobre el autor: José Pedro Casquero nació en Carhué, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en la ciudad de Quilmes, Provincia de Buenos Aires
 imagen: Eugenio Daneri, Paisaje suburbano, muestra La mirada desde la sombra, Museo de Bellas Artes de la Boca "Benito Quinquela Martín". 

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