miércoles, 16 de febrero de 2011

Magda Lago Russo

Eugenio Daneri



El mal incurable
                                                                        
Cuando salgo de la compañía, tengo que apoyarme en la pared, todo da vueltas a mi alrededor, no sé como me mantuve  sin derramar una lágrima. Mi mente no procesa, lo de la salud de Hernán no puede o no quiere entender, que su mal es irreversible. Así lo diagnosticó Enrique, el médico de la familia y amigo de la infancia de Hernán, que hoy se presentó en la empresa para decirme crudamente la verdad, dura y real. Tengo que serenarme, para reflexionar sobre el futuro que me espera, trato  de llegar hasta donde dejé estacionado el coche, en un momento me encuentro, sentada en el banco de una plaza, hasta que decido irme de allí. Tomo por una de las calles con menos tránsito a esa hora,  manejo sin destino, de pronto me encuentro en la rambla.  El aire fresco del atardecer me estremece a esa hora, el sol se pierde tras el horizonte como todos los días lo cual se transforma en un hecho que despierta siempre interés.  En apariencia es un día como todos, no para mí que en horas ha cambiado mi vida radicalmente, la gente sigue la rutina de todos los días, haciendo deporte, paseando al perro, los jóvenes  enamorados transitando en su propio mundo, parejas mayores  tomadas de la mano que se alejan en silencio. Las quedo mirando hasta que se pierden entre otras, pienso que con Hernán ya no podremos pasear juntos cuando nuestros cabellos ya sin tintes hayan tomado el último color  gris del ocaso. Quisiera gritar que no todo está igual, que su vida, se va extinguiendo con cada hora, con cada minuto  y que yo me estoy yendo con él. Nunca  hasta ahora, me detuve a pensar cómo iban a terminar nuestras vidas, ni quien se alejaría primero. Me parecía todo muy lejano, como que todavía la vida nos iba a ofrecer momentos gratos, para compartirlos, parece  que nuestros caminos se bifurcan, él tomará por el que no se regresa mientras yo quedaré al borde del otro, esperando el final. Una gran angustia oprime mi pecho, no me lo imagino a Hernán todo vitalidad, vencido por la enfermedad, sin su vida social y sus paseos de fin de semana. Desde este momento, estaré pendiente de sus reclamos, más de lo que he  estado hasta ahora,  mantendré el corazón íntegro aunque mi mente se vaya destrozando, seré fuerte, no me verá claudicar. Mamá me guiará con sus manos invisibles desde la estrella más brillante y yo me tomaré de ellas, para sentirme segura en mi accionar. Ya es de noche, se esfuma el contorno de las cosas alrededor va quedando desierto, el olor salobre del mar atraviesa la vereda y me pega en la cara, el rumor de las olas llega a mí, como un cántico  que parece despedir una etapa  de casi treinta años de mi vida con Hernán, desde hoy comienzo otra, muy severa, aunque pienso que con amor, podré mitigar las horas más amargas.

(c) Magda Lago Russo

Montevideo

Uruguay
                                                                 
                                                                                                                                

 imagen:

Eugenio Daneri, Magnolias


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