miércoles, 2 de marzo de 2011

Araceli Otamendi





A ella le encanta que traiga amigos a casa*




"Estamos sujetos a una eterna incertidumbre que nos presenta sucesivamente bienes y males que siempre se nos escapan"

La Rochefoucauld





La mano temblorosa de la mujer colgó el auricular y luego, descolgándolo, casi con alivio escuchó el sonido normal del tono que reestablecía la armonía anterior al llamado. Era la tercera vez que lo hacían y nadie hablaba. Anagrama. Aldana es la nada.Hombre. Pablo.Sebastián. Casa. Pared. Hielo. Parque. Peine. Hamaca.General. Espejo. Caña. Día. Noche. Susurro. Descanso. Placer. Playa.

Se detenía ahí. Todavía falta. Oía los pasos casi como en secreto. Sabía que la oscuridad ya había entrado en la casa. Porque había escuchado el timbre de abajo y como siempre había oído entrar al hombre del departamento vecino. Serían las seis de la tarde. Niño. Juego. Salvavidas. Rojo. Peligro. Amanecer. Sol. Reloj. Arena. Agua. Tierra. Sol. Las manos de la mujer desarmaban los nudos de un tejido de macramé mientras recontaba las palabras, siempre las mismas, enhebradas en esa especie de rosario y recomenzaba.
Charo conocía todos los ruidos de la casa y de las demás casas del edificio. Y por los ruidos sabía si era de día o de noche. Había que conjurar los ruidos extraños, mejor era saber de dónde provenían ¿Pero y los desconocidos? No llegaría nadie hasta las once. Entonces el ascensor se detendría y con toda la piel sentiría vibrar el piso con sus pasos. Oscar jugaba al billar con los amigos, era jueves. Después de cerrar el negocio, un nuevo negocio. ¿Funcionaría o tendría que cerrarlo como el anterior? Ahora se dedicaba al negocio de alquiler de video. Estaba de moda en Buenos Aires, todo el mundo que podía alquilaba un film. Antes había sido un bar que los fines de semana se convertía en boliche bailable. Oscar no cambiaría nunca ¿o sí? Si no hubiera sido por la indemnización que cobró cuando lo despidieron del banco, no hubiera hecho tantas locuras. Cuando lo conoció era tan distinto... Yo había ido a cambiar unos dólares al banco. Me atendió él, tan fino, me conquistó el timbre de su voz, lo imaginaba alto, lindo de cara, de piel suave como el terciopelo y ojos claros. Salimos ese mismo día.
Lo había esperado en un bar, a la salida del banco. Tenía veinte años y él veintiocho. Venía de una separación, dijo y vos sos tan completa, dijo. ¿Cómo sabés?
Se nota, dijo, sin agregar nada. Pero soy ciega de nacimiento, dije, nunca vi. Ciega y necesitada de afecto, tal vez eso era lo peor. Me enganché con Oscar pero podría haber sido con cualquiera que hubiera prometido atención y amor. Con promesas así, cuando hay hambre de afecto el riesgo no se mide. Puede ser un salto al vacío y me arriesgué. A los dos meses nos casamos. Prometió llevarme de viaje de bodas a Barbados. Fuimos a Montevideo. De ahí trajimos un perro que recogimos abandonado en una playa, Carrasco. El perro se murió de viejo. Volvimos varias veces a Montevideo pero no volvimos a recoger otro perro. En uno de esos viajes conocimos a Daniel. Se metió en nuestras vidas como una garrapata, un parásito difícil de sacar.
Rosa tenía el día libre. Hacía varios días que venían repitiéndose los extraños llamados. Casi siempre a la misma hora. Cuando todos los que podían llamar sabían que estaba sola. Conjuraba los ruidos. El golpe seco del ascensor que se detenía en algún piso. El tic-tac del reloj a cuerda sobre la heladera. El llanto del niño del tercero c al que no complacían con rapidez. El sonido del depósito de agua del baño que corría como un chorro seco y bestial. El canto extraño y triste de una paloma despierta. El escape de algún auto, parecía quejarse. Ruidos de loza entrechocándose en alguna pileta. Había levantado la tapa del reloj pulsera y había comprobado la hora con la yema de los dedos.
Sentada en el living, la mano sostenía la frente, apartaba el pelo que caía como una madeja brillosa de lana y seda negra. La campanilla del teléfono volvió a sonar. Tenía la esperanza secreta de que se cortaría antes de atender. Iba dispuesta a decirle al que llamaba que no molestara más. Pero no, del otro lado, alguien le hablaba con una voz que parecía salida de una caverna:



- ¿Estás solita ahora nena? Te veo. Sé que estás sola. Tu marido y la sirvienta salieron. ¿Qué tal si hablamos un poquitito los dos?

Los ojos de Charo, fijos en un punto inexistente, en una niebla gris, quieta y dura vagaban en el vacío. Se confundían con las sombras. Creía estar segura de reconocer esa voz. No podía ser de otro. No podía haber otra voz que se correspondiera con la de Daniel.

- ¿Quién es? ¿Quién es? dígame- dijo Charo.- Por favor, conteste. Contenía la respiración durante unos segundos que le parecían una noche entera.

- De aquí a las once, en cuanto vuelva tu marido, vamos a tener mucho tiempo para charlar - dijo la voz. Tenía un tono burlón, parecía gozar con la inquietud de la mujer.

-Dígame quién es o corto.



- Me gustás más cuando estás enojada - dijo la voz.- Yo sé dónde estás, sentada en el living, tenés puesto un vestido blanco y alrededor de tu cuello tan largo y tan fino tenés un collar de perlas, ése que te regaló tu marido. ¿Querés que siga?


Charo se estremeció. Nadie que no estuviera mirándola en ese momento podría describirla así. Sentía el corazón galopando, casi una taquicardia.


- No me moleste más, por favor, déjeme tranquila.


- Las minas así, como vos, son las que me interesan. Justamente, te voy a seguir llamando...

- Si sigue molestándome voy a avisar a la policía.



Las carcajadas del hombre se amplificaron en sonidos metálicos, como si engranajes monstruosos se movieran y produjeran esas terribles risotadas que parecían salir del vientre de un monstruo. Si alguien la estaba viendo en ese momento sabría lo que ella sentía. Lo peor que podía hacer entonces era demostrar miedo. Y sin embargo... ¿Qué podría hacer? Salir a la calle tal vez sería peor que quedarse ahí. Oscar no tardaría. Vendría enseguida, sí. Como siempre. No podía salir a la calle ahora, sería conjurar al estúpido que se escondía detrás del teléfono. Tal vez lo encontraría. Y si llamara a la policía ¿sería demasiado apresurado? Se negaba a creer que pudiera existir gente así. Gente que se ocupara de hacer esas llamadas y perder el tiempo en tonterías. ¿Por qué tendría que irrumpir así en nuestra vida? Seguramente era él, Daniel. Ese individuo, se había instalado en la vida de Oscar y la mía como salido del aire. ¿Las puertas están bien cerradas? Se deslizaba suavemente por la casa. Mientras caminaba repetía las palabras. Anagrama. Aldana es la nada.Hombre. Pablo.Sebastián. Casa. Pared. Hielo. Parque. Peine. Hamaca.General. Espejo. Caña. Día. Noche. Susurro. Descanso. Algunos segundos le hacían alejar los pensamientos.
El sonido del teléfono otra vez la obligó a detenerse. Podría gritar, podría pedir auxilio. Podría asomarse a la ventana y gritar. Tal vez fuera eso lo que él estaría esperando. Gozar con el miedo que despertaba en mí. Sus manos delante del cuerpo recorrían la pared, ubicaban cada relieve, cada hendidura. Al pasar cada cuarto comprobaba con alivio que nadie estaba ahí. Y sin embargo tenía el temor secreto, casi certero de que Daniel estaba en la casa. Y que como todo lo que él hacía esto era un juego infernal. Antes de entrar en la habitación se detuvo. Escuchó el sonido rítmico de la silla hamaca, estaba en el segundo dormitorio, el cuarto vacío, el de los hijos que no habían tenido y que a veces llamaban vestidor. Sólo había placares llenos de ropa y la silla hamaca. Enseguida sintió el viento circulando por la casa, las ventanas golpeándose. El golpetear monótono contra el piso de madera. Sentía deseos de correr, de gritar y sin embargo sabía que era él el que provocaba todo esto. No debería demostrarle miedo. Fue hasta el sillón. Buscaba con las manos la muñeca pierangeli rubia que guardaba desde niña. La había encontrado. No tenía ojos. Alguien se los había arrancado. Sentía en los dedos los bordes rasgados del vestidito de seda azul. Alguien lo había roto. El teléfono volvía a sonar. Sabía que debía mantenerse calma hasta que Oscar llegara. Hasta que viniera alguien. Tal vez Rosa, a buscar algo. Hasta que pudiera salir de esa casa. Contaba los llamados. Uno, dos, tres. El sonido común se había vuelto perturbador. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo salir de ahí sin encontrarlo? Al décimo timbre atendí.



- Hola

- Hola- dijo la misma voz del hombre. - ¿Ya la encontraste?

-¿Qué? ¿De qué hablás? Daniel, no llames más, ya nos hiciste demasiado daño. No queremos que hables más aquí, te pagamos el pasaje para que te fueras. No deberías estar molestando.

-¿Yo? ¿Molestando? Esa no era mi intención. Yo sólo quería un lugar, un lugar como tu casa, sólo quería la amistad de Oscar y vos lo echaste todo a perder. Tal vez ahora que no estás con él, tal vez podamos hablar.



La mujer no escuchaba las palabras en sí, trataba de captar el tono de voz, qué era lo que le decía esa voz con el estómago, con la sangre; a veces consideraba que era mejor no escuchar la envoltura de las palabras sino cómo sonaban. Porque parecía haber en las palabras algo así como un río que corría bajo nivel, un río oculto y entubado en algún canal secreto. Tal vez sólo pudiera oírse si se prestaba atención a ese murmullo. La voz parecía la de condenado por la vida, por el destino o vaya a saber por qué fuerzas extrañas.



La mujer había comenzado a tener frío. Un frío intenso como la noche que lo circundaba todo. Una noche que había caído de golpe como un pájaro herido en una tormenta. La voz del hombre se había convertido de nuevo en una risa de caverna, como si hubiera sido arrancada de las entrañas de un animal. Cortó. Su mirada hueca se había vuelto más sombría. Quería concentrarse, quería tener pensamientos que le brindaran tranquilidad. Sólo quería en ese momento una playa con cielo azul intenso y el horizonte una línea divisoria entre el verde del mar y el azul. Quería aclarar los pensamientos, los ordenaba. ¿Por qué a ellos que vivían tan tranquilos les ocurría algo así? Y Oscar ¿dónde estaba que no venía? Fue hasta la mesa de luz y desconectó la ficha del teléfono. Si llamaba Oscar nadie lo atendería y eso le parecería raro. En sentido inverso del que me había llevado hasta ahí caminaba hacia la cocina. Recorría con las manos la pared. Tenía la sospecha de que Daniel estaba ahí, muy cerca. Tal vez observándome. Tal vez querría hacer de mí un conejito de indias para el laboratorio de su maldad. Recordaba a Oscar el día que trajo a Daniel por primera vez. No me había gustado su olor, era desagradable, a encierro, a viejo. Desde el principio no me cayó bien. Un chico servicial y simpático había dicho Oscar. Siempre había tenido la misma costumbre. Confiar desde el principio. Todo el mundo le caía bien. Creía que todos tenían la misma franqueza y generosidad. Si yo no le hice mal a nadie ¿por qué no me van a querer? era el argumento de Oscar. Y aunque había querido borrar esa imagen desagradable de Daniel con mil razones que podrían ser valederas, la primera impresión había permanecido en mi memoria como una huella indeleble. El tono de su voz era el de un cínico disfrazado de chico bueno. ¿Cómo había podido engatusar a Oscar? No se lo había confesado a él desde el principio. Quería darse tiempo, no quería equivocarse. Y sin embargo la famosa frase de Pascal "El corazón tiene razones que la razón no comprende" se cumplía siempre. Sentía un rechazo odioso por Daniel, no podía explicárselo. Tampoco podía explicarme por qué desde la llegada de ese hombre habíamos constituido un matrimonio de tres. Daniel con nosotros mirando televisión. Yo no veía pero me gustaba escuchar las voces, la música. Daniel con un vaso de whisky en la mano junto a Oscar, revisando los objetos de la casa, los armarios, la ropa. Creía que no me daría cuenta. Daniel comiendo en la mesa con nosotros. Convencía a Oscar con cualquier ocurrencia. Le imponía sus ideas. El poder de Daniel sobre Oscar se acrecentaba cada día. Daniel en el negocio de Oscar, ordenando la videoteca. Mientras Oscar trabajaba, Daniel vagaba horas enteras en casa. Daniel sin un lugar donde dormir. ¿No podríamos prestarle nuestra casa hasta que esté terminada la remodelación? También la pequeña casa que nos estábamos haciendo afuera fue ocupada por Daniel. Hasta que consiga un lugar donde dormir, pobre chico, no tiene donde vivir ¿sabés? Recordaba aquella pelea. O se va Daniel o me voy yo. Y sin embargo hacía tres meses que Daniel estaba casi a toda hora con ellos. Después había sido Rosa. Rosa y su inocencia de Catamarca. La había contratado para que más que nada me hiciera compañía. Cuando había confesado que hacía dos meses que no le venía y que se sentía mal. Sabía que Daniel le había jurado amor. Rosa quería tener ese hijo. ¿Por qué le hiciste eso, grandísimo hijo de puta? le habíamos dicho. Te dimos un lugar, un trabajo ¿por qué justamente con Rosa? Sólo había atinado a responder: me gustaba, le tenía ganas. Y entonces habían sido los reproches de Oscar. Sos un animal. Te voy a sacar a patadas de aquí. Y el muy cínico ¿y por qué no me sacás? y se había reído. Y no había vuelto a dormir en esta casa.



El sonido del timbre interrumpió los pensamientos. Oscar tenía llave. Con pasos sigilosos, sin hacer ruido, la madera crujía, igual iba hacia la puerta. Escuchaba el aliento de alguien. Podía imaginarme la mano nerviosa detrás de la puerta. Apoyaba el oído en la madera. Era él. El timbre volvió a sonar.



-¿Quién es?

- Abríme

-Te dije que te fueras, que no me molestaras más.

-Abrime o lo espero a Oscar abajo y lo mato.



Pensaba que tal vez fuera verdad. Parecía una fiera. Hizo girar la llave y abrió. Sintió el aliento de Daniel muy cerca y se retrajo hacia el borde de la mesa. Sabía que lo que hiciera durante esos momentos sería determinante de lo que vendría luego.



- Sentáte Daniel, vamos a hablar.

-Muy bien, me siento



Había que elegir muy bien las palabras.



-¿Viniste a buscar algo? Vos querés algo muy concreto ¿no es así?

-Cuando a uno lo echan como me echaron ustedes, uno no puede hacer más que esto.



Enseguida sintió un ruido metálico. Algo así como un click de un gatillo y no pudo disimular su angustia.



- No te preocupés, no está cargado. Lo llevo para asustar a los giles.

La mujer sabía que podía ser cierto.

-¿Sabés una cosa?

-¿Qué? trataba de aparecer natural, de disimular la inquietud que le producía.

- Tengo hambre. Quiero dos huevos fritos. Quiero que me los hagas vos.

- Nunca cocino, vos sabés. Cocina Rosa.

- Esta noche, vas a cocinar vos. Vas a hacer todo lo que yo te diga.

- No Daniel, estás equivocado. Te voy a dar plata, todo lo que tengo aquí y te vas a ir ahora mismo.

- No, yo no quiero tu plata, a mí no me vas a tratar así. Vos me vas a dar de comer ¿entendés? ¿O te creías que me ibas a arreglar con esos billetes roñosos?

-Podría quemarte con el aceite, Daniel. Podríamos quemarnos los dos.

-Ni lo intentes. Tengo esto - dijo. Y otra vez se escuchó el click del gatillo.

-Si llamo a la policía te meten en cana, Daniel.

- Ni se te ocurra, ¿oíste? Ni se te ocurra.



Escuchó nuevamente el clic del gatillo.



- Puedo hacer lo que quiera con vos ¿sabés? Estás sola, nena, conmigo. Y ahora yo, soy tu dueño.



¿Cómo había sido tan tonta para caer en esa trampa? ¿Cómo salir de ahí? Era tan indignante cocinar para ese degenerado, para ese intruso, tenía ganas de tirarle el aceite hirviendo en la cara y despellejarlo vivo. Lo escuchaba toser. Ahora silbaba.

¿Era real todo esto? Ese personaje siniestro que creía desterrado para siempre de sus vidas había vuelto.

Sería mejor hacerle creer que le haría caso. Buscaba entre las cacerolas la sartén. El hombre se frotaba los ojos. Como si tuviera sueño. Empezaba a pensar en una solución rápida. El acero frío de las cacerolas, buscaba la sartén. Necesitaba encontrar esa solución. Quería terminar con esa situación tan molesta. Algo filoso estaba cerca. Tal vez él no la vería. Algo muy filoso. Algo que parecía el cuchillo de cocina. Se había hecho un tajo pequeño en el dedo. Todo sería muy rápido.



El cuchillo entre el pullover y el cuerpo. Vertió el aceite en la sartén. Cascó dos huevos. El aceite caliente crepitaba y el sonido de las burbujas en la sartén crecía. Los huevos estarían listados enseguida. El estaría relamiéndose.

Los retiró con la espumadera y los sirvió en un plato.



- Comételos, Daniel, te van a gustar. Tengo que ir al baño.

-Andá tranquila, pero vení enseguida, mirá que te estoy vigilando.



Caminaba lentamente, en cualquier momento lo haría. El estaría comiendo. Lo sorprendería. No tendría tiempo de hacer nada. Sabía que sus ojitos estarían fijos en el plato. Se imaginaba yendo hacia él. Lo sentía relamerse. Agachado, ordinario, vulgar, sobre el plato. Luego el acero en la espalda.



Escuchó el quejido profundo del hombre. Cómo sus pulmones agonizantes se llenaban de sangre y precipitaban la muerte. Sentía el líquido tibio, pegajoso corriendo por las manos. Se liberaría de él para siempre. Algo le dio coraje. Sentía que tenía más fuerzas para seguir adelante y volvió a hundir la hoja otra vez pero esta vez era más profundamente hasta sentir que la cabeza de Daniel golpeaba en el plato. ¿Y si alguien que no fuera Oscar llegara y lo viera ahí? ¿Y la sangre? ¿Cómo haría para limpiarla? Tenía que esconderlo. Era pesado. Lo llevaría a algún lugar adonde nadie lo viera. Luego se lo explicaría todo a Oscar, a la policía. Sacaría fuerzas no sabía de dónde. Tal vez porque jamás había cometido un crimen. Me había obligado a cocinarle, le diría al juez. No era excusa. Entonces le diría: intentó violarme, a mí, una pobre mujer ciega. Esa sí era una buena excusa. El abogado y el juez encontrarían atenuantes, buscarían en mi infancia. ¿Era un buen motivo para matar a alguien? Fue en defensa propia, diría. El estaba armado, era mejor irse, dejar todo como estaba y salir. Dejaría el cadáver en el piso del baño y cerraría la puerta. En cualquier momento llegaría Oscar. Sí, sería en cualquier momento. Todo tenía explicación.

Fue hasta el baño y se lavó las manos. A pesar de haber matado a un hombre no se sentía una homicida. Fue en defensa propia, diría. Ahora escuchaba los pasos de Oscar en la planta baja, no tenía tiempo para salir de ahí. Iba a explicarle a Oscar antes de que viera el cadáver. Se escuchaban también otros pasos. Seguramente algún vecino. La puerta del ascensor. Alguien venía con él. Las llaves. El tintineo de las llaves. ¿Cómo explicarle lo ocurrido? La llave girando en la puerta. Era Oscar, finalmente. Hablaba con alguien. No saldría ahora. Escuchaba la conversación, la voz de Oscar y de alguien más. Ahora desde el hall de entrada.



- ¿Charo? ¿Charo? ¿Estás ahi? Vení, voy a presentarte a mi amigo Mauro, un chico nuevo, empezó a trabajar en el negocio, no tiene adónde ir.

- ¿No le molestará que haya venido yo a esta hora?

- No digas pavadas, a Charo le encanta que traiga amigos a casa.



(c) Araceli Otamendi - Todos los derechos reservados

*cuento publicado en la revista Observaciones filosóficas (Chile) y Literatura del mañana (Barcelona)



 imagen:

Arthur Amora
Sin Título
Oleo s/tela. 43 x 53 cm.
 (de la muestra Imágenes del inconsciente en la Fundación Proa)










     
 
  

  
 

2 comentarios:

Ada Inés Lerner dijo...

Muy buen cuento, imágenes a través de ojos ciegos nos introducen en los sentidos y sentimientos de Charo.

Araceli Otamendi dijo...

¡gracias por este comentario! Ada, un abrazo