sábado, 16 de abril de 2011

Araceli Otamendi





La Tortuga

Cuando la luz se apagó,
Ella me dio su calor,
Y oró a los ángeles
Para cubrirme del mal
A la reina de los ángeles
Para cubrirme de todo mal

                              Edgar Allan Poe

Hope is the thing with feathers –
That perches in the soul
And sings the tune whitout the words
And never stops – at all

And sweetest – in the Gale – is heard
And sore must be the storm
That could abash the little Bird
That kept so many warm

I´ve heard it in the chillest land
And on the stangest Sea
Yet, never, in Extremity
It asked a crumb – of Me.
                     
                                 Emily Dickinson

Por lo general, de noche, después de comer, Nicolle ordena los libros que leerá mientras Rafael se entretiene con sus juegos matemáticos. A veces Nicolle se pregunta cómo es que Rafael no resolvió la cuadratura del círculo. Pero eso solo pasa algunos segundos por su mente también ocupada en otras cosas.
Esta noche no tiene por qué ser una noche distinta, todo parece estar en orden: las cortinas corridas, el programa favorite de Rafael se ve bien, la comida a punto, ni demasiado cocida ni demasiado cruda, no hace ni demasiado frío ni demasiado calor. Rafael ha sido amable esta noche, casi no ha discutido con Marco. Marco es distinto, de Nicolle y de Rafael. Le gusta el raro mundo de los sonidos del que ni Nicolle ni Rafael participan. Marco escribe poemas y les pone música, o escribe música y le pone letra. Nicolle es callada, como su abuela. Como lo fue también su bisabuela que siempre vestía de negro y pasaba horas sin pronunciar palabra. Tal vez a Nicolle le quedó eso, de estar callada, leyendo, sin comunicar a nadie nada de sus pensamientos o sentimientos.
A veces Nicolle se pregunta cosas, por ejemplo respecto a las galaxias desconocidas o a las supernovas que no existen más y sin embargo llega su luz a la Tierra, como tampoco existen más su abuela ni su bisabuela ni su padre salvo en su memoria en las fotos y Nicolle se pregunta dónde estarán, qué ha pasado con ellos. Muchas veces le gustaría no tener interrogantes.
Esta noche los retratos colgados de la pared están serios, parecen no tener nada que decir. Hay uno de ellos que mira de frente: el de la bisabuela. Mujer menuda, de carácter firme, labios apretados, mirada profunda. Un rayo de sol se filtra desde los árboles y da en su pelo. Es una foto curiosa que intriga a Nicolle. ¿Debería haberlo descolgado? Y sin embargo sigue ahí.
El perro duerme sobre la alfombra del living. Es un perro pastor belga de piel sedosa color café claro y ojos color champagne. A veces Nicolle se pasa más de media hora acariciándolo, otras veces lo hace Rafael, casi sin ganas. A Rafael no le gustan mucho los animales, prefiere sus teorías, tan abstractas.
Cuando Marco, el hijo de Nicolle y de Rafael está en casa, lleva de noche el perro a su habitación y lo deja dormir a los pies de la cama. Cerca del perro, sobre un sillón duerme ahora un libro de cuentos de misterio que Nicolle leerá más tarde. Le gusta leer esos cuentos, sentir el miedo, la adrenalina corriendo por sus venas, le gusta sentir el corazón galopando en el pecho como un caballo salvaje. Y también le gusta desafiar la inteligencia, el ingenio, jugar a que descubre el crimen de cada cuento antes de que lo haga el detective.
Había heredado esa afición de su madre, y de su padre, pero más de éste, a quien le gustaban los cuentos de Edgard Allan Poe, Carter Dickson, John Dickson Carr y Georges Simenon. Su padre también leía a Kafka y a Cervantes, le apasionaba este último. Después de comer tomaba uno de los tomos del Quijote y leía, leía. Nicolle se preguntaba a veces por qué leía tanto. Y él a veces le contaba historias de Don Quijote y de Sancho Panza. Pero Nicolle prefería a Kafka, “La metamorfosis”, era el libro que más le intrigaba.
Sólo falta el gato adentro de la casa para que la armonía sea completa. El gato amarillo con manchas semejantes a las de un leopardo, ha salido por la ventana. Le gusta subir al techo y de ahí pasar a la casa de al lado. Muchas veces Nicolle lo escucha caminar por las tejas, le parece entonces que los pasos del felino son los de un ser humano. Nicolle prefiere no despertar a Rafael para decirle acerca de los pasos. Seguramente si lo despertara no obtendría más que un bostezo. El asunto termina cuando el animal se anuncia con insistentes maullidos en la puerta que da al patio y entonces Nicolle respira aliviada y la casa recobra la tranquilidad. Esto no es agradable cuando Nicolle se queda sola en la casa y es de noche tarde. Entonces los pasos felinos se confunden con los de otros gatos con quienes se trenzan en luchas cortas, en maullidos agudos, tal vez en mordiscos que a Nicolle le parecen interminables y sólo ruega entonces que el teléfono no suene y ningún desconocido pregunte por alguien que no vive ahí. También a veces el viento empieza su cíclico deambular nocturno, arrastra hojas secas, mueve la ropa colgada, se embolsa en ella, adopta formas humanas, desinfla los pulmones sobre el techo.
El padre del gato es de raza oriental y la madre una gata silvestre. Tao apareció un día en el patio, seguramente desde alguna casa cercana y Nicolle lo adoptó. Jamás nadie del vecindario ha hecho reclamo alguno.
Ahora con la jarra negra de la leche en la mano, Nicolle abre la puerta y lo llama:- Tao, Tao, la voz suena casi afónica. Es un barrio tranquilo, residencial donde los vecinos a veces ni se ven la casa. Donde se pueden cultivar rosas e intercambiar mermeladas caseras por arriba de los cercos de ligustrina que separan un jardín de otro. Pero a Nicolle no le gusta fabricar mermeladas ni siquiera tejer. Prefiere leer en los ratos libres o tal vez, no hacer nada. Tal vez ir al río, algunas veces, cuando el mar avanza y las aguas se mezclan y ya no se sabe cuál es el río y cuál es el mar. El mejor paisaje se ve a la tarde, cuando el cielo parece bajar hasta el horizonte y las nubes se arrastran y adoptan formas diversas, de animales, centauros y ovejas. Lo mejor de todo es ir hasta Punta Ballena, es algo lejos, el agua ahí es azul, bien azul.
Vertió la leche de la jarra negra en un plato, ahí en el piso del patio con la esperanza de ver llegar a Tao, sin embargo Nicolle vio algo que antes no estaba. Al lado del plato había un balde de plástico de color rojo oscuro. Se acercó, en el balde flotaba algo oscuro en el agua también oscura como la noche que parecía ocuparlo todo. El patio estaba apenas iluminado por las estrellas que a Nicolle le hubieran parecido la constelación de Orión, si hubiera mirado hacia arriba. Antes de ver lo que vio, Nicolle se preguntó qué era lo que hacía de cada noche una noche distinta. Pensó entonces en las constelaciones. Demasiado tarde para estudiar astronomía, pensó. No quería ser como Bouvar et Pecuchet vindicados por Borges. Nicolle se acercó al balde con cuidado: en la superficie del agua, flotando, vio una sombra semejante a la de un animal. Miró la puerta de la cocina: a través del alambre tejido veía la luz, la organización perfecta de los muebles, la mesa y las sillas, la heladera con freezer, la jarra amarilla con lilas ferescas, las baldosas negras y blancas donde, a no ser por la superficie demasiado grande, se podría haber jugado a las damas. Por la pared trepan las rosas del rosal que Nicolle plantó embarazada antes de nacer Marco y en la medianera una enamorada del muro extiende sus ramas tapizando húmedamente de verde la pared cubierta varios años antes de cal. Decidida, aunque no sabe cómo, se anima a tocar lo que flota en el balde: le parece una tortuga. La toma con una mano y la saca del agua. El agua se escurre enseguida y Nicolle siente un escalofrío. Parece un corazón, es carnosa, casi un músculo sin caparazón. Tiene un latido extraño, pausado y violento como una arritmia. ¿Quién la habrá despojado de la caparazón? ¿La habría perdido? Surgen más preguntas por ahora sin respuestas.
La tortuga parece muerta pero el corazón late. No estaba segura y lo más espantoso era la ausencia de caparazón. Podía ser una pesadilla, pensaba. Cualquier respuesta parecía válida.
¡Rafael! ¡Rafael! Llamó. Pero en lugar de Rafael apareció en el techo la silueta de Tao quien de un salto cayó casi sobre el plato. El gato olio el líquido espeso y blanco y lo bebió a sorbos. Algunas gotas de leche quedaban pegadas a los bigotes largos como cañas de pescar. Nicolle no se mostró sorprendida al ver a Tao: a no ser por la reciente aparición de la tortuga la armonía hubiera sido perfecta, casi como una jugada de ajedrez: cada jugador en su casillero sabiendo cómo moverse, esperando la jugada del adversario para moverse a su vez. Pero algo había roto esa armonía y ese algo podría llamarse tortuga, no estaba tan segura.
Nicolle, sostenía a la tortuga en la mano y la miraba, quería descubrir si el desgraciado animal aún vivía y el monstruo seguía latiendo. Se preguntaba quién podría haberle quitado la caparazón.
-¿Qué pasa? – preguntó Rafael. -¿Qué pasa, mama? ¿Por qué gritaste así? – dijo Marco asomándose por la ventana de la planta alta.
- Miren – dijo Nicolle sosteniendo a la tortuga como si fuera un conejo.
Rafael desde abajo y Marco desde arriba hicieron un gesto de repugnancia. ¿Quién pudo haberlo hecho? – dijo Nicolle.
-Sacála de acá ahora, dijo Marco. Dejála en el balde, mamá, donde estaba. Mañana voy al río y la dejo ahí.
¿Por qué? – dijo Nicolle. A lo mejor está viva, descerebrada, descaparazonada, pero viva. A lo mejor podemos encontrarle la caparazón, o ponerle una artificial. Rafael tomó la tortuga con la mano. Parece de barro, dijo, de barro petrificado.
-          A mí me parece de goma, dijo Marco, de neumático.
Ahora Marco estaba abajo, junto a ellos. Por favor, tenemos que encontrar una solución, dijo Nicolle. Es un monstruo en un balde de agua ¿por qué te preocupás tanto? Es que anoche, anoche soñé con tortugas – dijo Nicolle.
Marco largo una carcajada. Mamá, vos no tenés remedio. Porque soñaste con tortugas esta noche se te apareció una en un balde. No sé, Marco, no sé. ¿Y si esto también fuera un sueño? Mamá, estoy harto, me voy a dar una vuelta.
Andate si querés – dijo Nicolle.
¿Por qué no vamos a ver televisión? – dijo Rafael. Yo no me voy de aquí hasta resolver esto. Quiero encontrar la caparazón de la tortuga, saber quién dejó este balde en el patio. Si nadie puede entrar aquí a menos que pase por la cocina. A no ser, ¿a no ser qué otra cosa? Quiero recorder el sueño, dijo Nicolle. Hacé lo que quieras, yo me voy a dormir, dijo Rafael.
Nicolle dejó la tortuga en el balde, entró a la casa y trató de no pensar más en el animal. ¿Y si todo fuera un sueño? Ahora se había acostado en su sillón favorite cerca del perro y sostenía el libro. Empezó a leer. Había soñado la noche anterior con Tortugas. Estaba en una calle, de un pueblo, de un balneario. La calle se inundaba por el mar crecido y ella quedaba sumergida en el mar. Y ahí las veía venire: eran miles de Tortugas acuáticas, enormes, limpias, junto a peces. Venían nadando rápido. Era extraño ver ese espectáculo debajo del agua.
Pensaba refugiarse en algún lugar. Entonces, encontró un pasadizo en la arena, era un túnel. Se internó en él. Era un túnel transitado ya por mucha gente, habían dejado su huella en la arena húmeda. Caminó por el pasillo estrecho hata que llegó a un lugar abierto. Seguramente otro lugar del pueblo, pensaba. Una estación de tren. Mucha gente esperaba ese tren, también mucha gente se había acostado a dormir en las vias. El espectáculo asustaba. Nicolle siguió camino. Cerca, un hilo de agua marina llegaba hasta la arena. Se detuvo, ahora venían delfines nadando por ese hilo de agua, como trenes precisos, por una vía líquida. Eran muchos. Inteligentes, jóvenes, sanos. Nadaban a una velocidad incredible. Nicolle estaba en un lugar extraño, casi fantasmal. Enseguida apareció un omnibus, seguramente traía o venía a buscar turistas. Nicolle pensó en qué pasaría con tantos delfines. Entonces apareció el chofer del omnibus y abrió la puerta. También abrió la puerta del baúl: en éste había agua de mar y los delfines subieron y se acomodaron. ¿Qué había pasado con las tortugas? Tal vez jamás lo sabría. Lo interesante eran los delfines, cómo llegaban rápidamente y se ubicaban en ese omnibus cargado de agua de mar.
Tao, el gato, había terminado de beber la leche y ahora maullaba para entrar en la casa. Nicolle recordó que la tortuga o el monstruo, como había dicho Rafael, estaría en el balde, donde la había encontrado. Podía ser un sueño, tal vez sí, o tal vez no. Pero por ahora, la tortuga estaría en su habitat si es que nadie la había sacado de allí. Mientras hubiera agua en el balde la tortuga resistiría, si es que estaba viva. Ya no tenía certezas. Nicolle abrió la puerta de la cocina y el gato entró rápidamente. Nicolle miró apenas la superficie del balde: el monstruo estaba ahí flotando, latía como un gran corazón oscuro. Nicolle cerró la puerta de la cocina con doble vuelta de llave. Verificó que todo estuviera en orden: las cortinas corridas, el reloj de pared funcionaba, el motor de la heladera hacía ruido como siempre. Solamente faltaba que volviera Marco de dar una vuelta.
Nicolle fue a buscar nuevamente el libro de cuentos de misterio. Lo abrió en la página donde había detenido la lectura. Pensó de nuevo en la tortuga, o en el monstruo.
También pensó en la caparazón que le faltaba y en que tal vez hubiera un monstruo más grande aún que esa tortuga y sería el que le había arrancado la caparazón y no se sabía dónde estaba. O tal vez el monstruo no existía y la caparazón se hubiera desprendido de la tortuga. Tal vez no sea todo nada más que una pesadilla, un nuevo animal que se suma al bestiario del espectáculo de los sueños. Tal vez, más tarde, vuelva a soñar con ella, encerrada en el balde de agua, oscura y espesa, latiendo arrítmicametne, en la oscuridad de la noche, seguiré interrogándome, tal vez sin respuesta.

© Araceli Otamendi 

imagen: Esteban Lisa

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