martes, 12 de abril de 2011

Ricardo Iribarren



El accidente

Al cumplir dieciocho años, mis padres me permitieron ir al café de la esquina. Ansiaba amanecer bebiendo ginebra, sentado a una mesa de madera llena de arañazos y leyendas de otras épocas. La mesa por la que habrían pasado tantos solitarios. Aquel primer día leí con devoción las letras de tango escritas en las paredes y miré en detalle las fotos de los cafés más famosos de Buenos Aires.

Así empezaron los años anteriores al accidente. El café me atraía, pero despreciaba a los viejos alcohólicos, blancos, gordos, como enormes peces muertos que jugaban al billar, bebiendo copa tras copa y ocultando sus vientres enormes debajo de camisas descoloridas. Yo me asomaba desafiante a la vida. A través del ventanal, esperaba el vuelo del gorrión en la vereda; escuchaba los pregones de los vendedores de periódicos; anticipaba los camiones de la basura y los policías que cambiaban de ronda. Solía deleitarme con imágenes de mi futuro. Aunque había abandonado tres carreras, tenía claro que iba a ser alguien, como repetía diariamente mi familia.

No sé cuándo la vi por primera vez. En esos años hubo temporadas lluviosas y frías, pero también primaveras con los días más largos y estallidos de sol en los veranos. Sin embargo, la asocio a la lluvia, a la niebla, a la humedad; al sentimiento de opresión que acompaña los días grises. Tengo la inexplicable certeza que en ese paisaje cobraba sentido su ropa: vestido hindú de una pieza, propio de los sesenta; una chaqueta rojo pastel que ajustaba su torso y cubría el talle; falda larga cubriendo las rodillas y zapatos negros con una hebilla que cruzaba los empeines. Caminaba de costado, apuntando con la cabeza hacia el este de la ciudad, emergiendo de un universo donde la llovizna lustraba fatalmente las aceras, las alcantarillas y los cantos rodados del asfalto



Durante algún tiempo la miré indiferente, hasta que sus ropas me llamaron la atención; con el camarero del café hice una broma sobre una chica que vestía raro. Él rió y dijo que no la había visto. Entonces su cruzar apurado se convirtió en una de las tantas rutinas, como las picadas, el café, la ginebra y el rumor de los viejos obesos que no dejaban el billar.
La esperé día tras día, mirando atento el reloj, temeroso de su retraso. Apenas las agujas marcaban las siete y cuarto, aparecía sorteando las mismas piedras, los mismos charcos, y cuando estaba en la mitad de la calle, sin la sombra espesa de los edificios, podía ver parte de su rostro; perfil alargado, nariz curva y tan sólo uno de sus ojos que parecía mirar desde el fondo de un lago.




Aquello no alcanzaba para decidir si era hermosa. La chaqueta sobre el vestido cubría los pechos y las nalgas. La falda amplia y larga ocultaba la forma de sus piernas. Sólo en el caminar podía apreciar el balanceo gracioso de sus caderas.
Pasaron los meses y cada día estaba más atento a su llegada. Cuando atravesaba la esquina y la dejaba de ver, mi corazón se aceleraba y no podía controlar el temblor de mis manos. Quedaba cansado, como luego de un gran esfuerzo y tardaba un rato en reponerme.



En la zona había algunas empresas de costura; quizá trabajara en una de ellas. El vestido de la India y la chaqueta masculina no correspondían a una tarea administrativa, pero era posible que llegara a un sitio y se cambiara de ropa... Llenaba servilletas de tratando de establecer el destino de la desconocida. Durante mucho tiempo guardé los apuntes con mis especulaciones.



Mujer casada que acude a visitar a su amante.



Mujer que lleva la comida a un familiar en la cárcel de Caseros (Uno de los buses que recorría la avenida, llegaba hasta allí)



Prostituta que baila desnuda para un viejo que no hace otra cosa que tomarle fotos

Un compañero del café se dedicaba a entrenar niños para competencias de atletismo. Pedí prestado su cronómetro y durante dos días calculé en segundos y en décimas el tiempo que tardaba en cruzar la calle. Era exactamente el mismo Pensé que había un error, que no podía repetir la marca. El tercer día también lo hizo. Entonces advertí que los coches se repetían: una rastrojera despintada, un Polo blanco, un Regata azul, y un par más que no pude identificar.





Decidí no ser un espectador y esperarla en la cabecera de la diagonal donde debía aparecer. Era el primer día del otoño y lloviznaba. Llevé el cronómetro y medí los segundos. Según mis cálculos, cuando el semáforo cambiara a rojo cruzaría yo, y en el rojo siguiente lo haría ella. Me detuve cerca de la esquina y miré atentamente los transeúntes. Dos ancianos, una mujer de mediana edad y un par de adolescentes. La desconocida debía aparecer completando el minuto cuarenta y seis segundos más dos décimas, ese record inamovible que jamás llegaría a las oficinas del Guiness, a los periódicos o a la televisión.

Al superar el tiempo establecido, pensé en algún desajuste en el semáforo, o un exceso de transeúntes. Cuando pasaron diez minutos sin novedad, me asomé. Un grupo de personas cruzaban y se dirigían hacia mí, pero ella no estaba.

Algo había salido mal y caí en una profunda e inexplicable depresión. Sentí que todo había acabado, que el universo se detendría en cualquier momento. Después de dos días sin comer, bañarme ni levantarme de la cama, acepté el caldo que diariamente me traía mi madre y me sentí mejor. Fui al baño y me miré al espejo: demacrado, con señales de sufrimiento en el rostro. No debía regresar al café. Esa desconocida me obsesionaba. En el cuarto día almorcé con mi familia y anuncié sonoramente que volvería a estudiar, pero sólo recibí miradas de escepticismo.



A la noche soñé con ella, desperté a la madrugada y partí hacia el bar. Llegué antes de las siete, pedí una ginebra y me senté junto a la ventana. De pronto apareció, caminando apurada como siempre, mientras cruzaban la calle el Regata y la rastrojera. Me levanté y salí del café dispuesto a hablar con ella. En ese momento la falda hindú dobló la esquina y no la seguí. Su presencia me había devuelto el ánimo y pensé en una estrategia para abordarla. Volví al café y me acerqué a los viejos reunidos alrededor del billar.



Braulio, tú tienes una camioneta

Tengo una chatita



No seas anticuado. Chatas eran las de antes, las que se arrastraban con caballos. Tú tienes una camioneta vieja, hecha mierda, pero camioneta. Necesito que me hagas un favor



¿Algún flete?



− No. Debes estar a las siete de la mañana en el semáforo de esta calle. Una mujer va a cruzar y la vas a reconocer porque viste ropas muy raras, una falda hindú y un saco...



¿Falda hindú? ¿Qué es eso?



Un vestido largo y una chaqueta de hombre



¿Qué? ¿Te buscaste una mina medio rara?

No, Braulio, lo que tienes que hacer es detenerte junto a ella, como si no la hubieras visto. Tu camioneta tiene buenos frenos. Esperamos que se asuste, que te diga algo, quizá te insulte, y es ahí donde intervengo yo. Soy un desconocido que la ayuda, ¿me entiendes?



Ya veo, te la querés levantar...



Braulio no estaba convencido. La camioneta tenía buenos frenos, pero era un riesgo. Lo persuadí con un billete de veinte pesos.





Yo voy a estar en la vereda, y cuando ella cruce tú avanzas y frenas casi rozándola ¿Me entiendes? ¿Te animas?



Repetí la pregunta muchas veces y en todas Braulio abría sus ojos y movía las orejas al responder que sí.

Esa noche no dormí y antes que amaneciera ya me había vestido, temblando de excitación. Estuve en el café a las seis y para entonarme tomé dos aperitivos y comí ansiosamente un salamín acompañado por queso en trocitos. A un cuarto para las siete estuve en la acera, a una distancia discreta de la senda peatonal, el lugar exacto por el que cruzaría. Mi corazón latió con fuerza cuando vi a lo lejos la camioneta de Braulio y escuché el ruido traqueteante del motor.



Ella se detuvo a unos diez metros de donde la esperaba. Llovía. El cielo estaba cargado de nubes y los relámpagos y los truenos estallaban cada cinco minutos. Curiosamente recuerdo el calor del sol corriendo por mis manos y mi cara. La miré con atención, sin disimulo. El vestido era el mismo, sólo que había cambiado de calzado. Sandalias de cuero marrón en vez de los zapatos cerrados con hebilla. Era delgada. Su nariz formaba un ángulo extraño y el carmín apenas delineaba sus labios. Esperó el cambio del semáforo junto a los otros transeúntes. Lo único que alteraba la escena era la trompa de la camioneta de Braulio junto a la rastrojera



Al sentir que la miraba, levantó la cabeza y me observó asombrada. Sonrió. Sus dientes eran perfectos y su sonrisa pareció llenar mi sangre. Levanté la mano y ella contestó el saludo. De pronto se volvió; el semáforo estaba en verde. Se dispuso a cruzar y unos metros más allá, Braulio avanzó con su camioneta.

¡No! — grité, pero siguió caminando apurada, inclinada hacia un costado, repitiendo el movimiento de siempre



¡No...!



Braulio marchaba hacia ella; debía detenerse, pero no lo hizo. La embistió y la arrojó hacia adelante y hacia arriba. Voló como un globo de gas hasta convertirse en un punto entre las nubes grises. Bajó planeando al compás del viento y golpeó con violencia contra los adoquines. Rebotó tres veces y quedó inmóvil.



¡No!



Otro automóvil pasó por encima de su cuerpo y los huesos crujieron. La gente iba y venía sin advertir nada. La camioneta de Braulio siguió y se detuvo en la esquina, como esperando. Los demás coches continuaron, hasta que el semáforo volvió a cortar. Corrí hacia el cuerpo que se agitaba torpemente en el asfalto. Me arrodillé junto a ella. Tenía los ojos abiertos y un hilo de sangre caía por su comisura. Había perdido una sandalia y su falda hindú estaba sucia. La tomé de la espalda y me miró fijamente

      No tengo tareas que cumplir... — la interrumpió un estertor — Tú tienes de sobra, aún para guardar. Soy una niña que no sonríe todavía. Siempre desamparada, como quien no tiene un hogar...



No digas eso murmuré. Escuché el chillido de unos frenos a pocos centímetros. La gente se agitaba a mi alrededor Quédate tranquila — agregué con una voz que me pareció hueca Están llamando a la ambulancia.



Aquello no tenía sentido. Se estaba muriendo y nadie hacía nada.



Yo soy pobre siguió ella — Tengo la mente de una loca. Tú eres claro y brillante. Yo soy como una sombra. Tú estás seguro de ti . Yo caigo como la tarde y me muevo como se mueve el océano…



Perdió consistencia y mis dedos atravesaron su cuerpo que vibró y se deshizo dejando en mis manos el vestido y la chaqueta. Unos segundos después se convirtieron en líquido y fluyeron por el declive de la calle hacia la abertura de las cloacas. Levanté la vista. Un policía me miraba.



¿Se siente bien muchacho? Está hablando solo. Interrumpe el tránsito

Me tomó de un brazo e hizo que me incorporara. En el lugar del cuerpo, una mancha verde desaparecía con la llovizna que no terminaba de caer.





No había nadie aseguró Braulio después Vos dijiste que era una mina, que debía frenar al lado, pero no había nadie en la calle.



La hiciste mierda, Braulio, la golpeaste con la camioneta, subió hasta el cielo y cuando cayó, otro coche le pasó por encima



...después te arrodillaste y hablabas y hablabas a un montón de ropa que no sé de dónde salió. Casi te matan los otros autos hasta que vino el cana...



La discusión siguió durante días. En el café, aunque lo pensaran, nadie iba a decir que yo estaba loco. Locos eran los de afuera, los yuppies vestidos con traje y corbata, los que trabajaban más de doce horas para ganar una miseria, los que se casaban y se iban del café.

Me senté en una mesa alejada del ventanal Ella no volvería y de hacerlo me acusaría de cosas terribles.



Ante la insistencia de mi madre, me inscribí en la facultad, pero nunca inicié las clases. En el café aprendí a jugar al billar y tomé ginebra con los más viejos. El primer día que lo hice tuve una inesperada sensación de alivio, y al mes de juego y alcohol, mi vientre había crecido como el de los demás.



Cuando se cumplió un año, estuve a las siete y cuarto junto al ventanal. Ella no apareció y el paisaje tampoco fue el mismo. Coches diferentes se sucedían unos a otros. A partir de su muerte, el mundo siguió un curso ajeno a mí.

A veces pensaba que el accidente fue necesario para terminar con el cruzar diario de la mujer, inocente en apariencia, pero que bloqueaba el fluir del universo. Desde ese momento, el río de las cosas y la gente corre con más fuerza. Poco a poco tuve la convicción de que aquello había sido el objetivo de mi vida. Ahora sólo me queda vegetar en el café, esperando el momento de mi muerte.
De tanto en tanto, dormido o despierto, la sueño en la vereda un momento antes de cruzar. Su enorme sonrisa, sus ojos brillantes. Ese instante fue el punto culminante de mi vida. Mi mayor emoción.

(c) Ricardo Iribarren 

Ricardo Iribarren es escritor. Nació en Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires


imagen: Rosemarie Trockel

1 comentario:

Elizabeth Quezada dijo...

Ricardo siempre nos sorprende con sus magníficos relatos que tienen fantasía, erotismo y ese elemento inesperado tan necesario para que toda narración sea interesante. UN placer leerlo aqui en este blog.