domingo, 19 de junio de 2011

Elena Ortiz Muñiz


Mi amigo el mimo






Al llegar a casa me recibe con el rostro pintado de blanco; la sonrisa roja dibujada en su cara -una sonrisa que en ocasiones se me antoja tan forzada como mi existencia- pero sonrisa al fin; debajo de los ojos negras manchas; las cejas oscuras delineadas en perfecta curvatura, y sobre su cabeza, ese gorro deforme de color inexistente decorado con una despeinada y vieja pluma de ave en color bermellón. Es Étienne Decroux, gran actor y mimo francés…y mi único compañero en la vida. No es imprudente, es muy discreto y me escucha sin reproches.
No tiene nada que ver conmigo…aparentemente. Yo soy un tipo rígido, tímido en lo personal, pero duro en lo profesional, incapaz de tener una relación estable, sin familia ni perro que me ladre. A pesar de todo vivo tranquilo conviviendo con el buen Decroux, converso con él, le cuento mis planes y a veces, solo a veces, salgo a la calle, y como él, personifico mi propia pantomima dramática. En esas ocasiones, me hago acompañar de alguna dama, tomamos una copa, bailamos y finjo ser feliz, luego, la noche termina siempre igual: ella, entregándose con la ilusión de un romance infinito. Yo, en cambio, satisfaciendo mis deseos reprimidos para escapar en la primera oportunidad prometiendo llamar de nuevo después, aunque no tenga la más mínima intención de hacerlo jamás. A pesar del placer experimentado, en casa termino llorando invariablemente ante mi amigo sintiéndome un canalla, lamentando mi subsistencia vacía.
Al mirar su sonrisa me reconforto, me sé acompañado en este valle de lágrimas, comprendo que muchos sufren como yo pero no lo demuestran, se embadurnan la faz de betún blanco y se dibujan una gran sonrisa como armadura para salir a combatir al mundo, pero por dentro están llorando, su corazón está sufriendo. Mi amigo además de mimo es un profeta cuya imagen termina siendo reflejo de uno mismo ¡Cuánta complicación!
A veces intento aferrarme a los sueños, regreso a aquellos días de gloria infinita al lado de mi siempre adorada Estela a la que nunca logré decirle cuánto la amaba y por lo tanto terminó en brazos de otro que jamás la querrá como yo, pero que no permaneció mudo y supo hablar a tiempo. Y me hago a la idea de que a pesar de la economía mundial y la capa de ozono, del mundo flaco a consecuencia de nuestros excesos y los gobernantes gordos de tanto exprimir a los contribuyentes crédulos, se puede llegar a ser aunque sea un poquito feliz. Aunque uno se sepa solo, sin familia aparente, a pesar de que esos amigos con sus infinitas lealtades no aparezcan por ninguna parte, y ninguna otra mujer logre ocupar el lugar de Estela en mi mente o en mi corazón –alguna habrá por ahí- me digo animosamente en esas ocasiones, pero lo cierto es que si existe, no vivirá en este país porque no logro encontrarla.
Al único que encuentro es a mi buen Decroux. No sé si estaré volviéndome un poco más loco que de costumbre pero admiro su mudez debajo de la careta tan nívea como falsa y esa manera de hacer real lo irreal tan sólo con el énfasis de sus ademanes y movimientos. Mi corazón acalla a mi razón para que no me deje pensar, mas, no siempre gana. Hay momentos, pequeños y casi imperceptibles, segundos de lucidez, en que una voz en mi interior me dice que el amigo es una falacia pues Decroux murió hace 19 años y por lo tanto no puede sostener mi vida.
Intento no escucharla, no debo, no puedo hacerlo. El mimo de ese gran afiche que corona la sala en casa vive porque yo lo mantengo vivo, es mi amigo aunque él nunca me haya conocido en vida, mi única compañía y si pudiera, si tan solo dejara de ser tan cobarde, asesinaría a mi razón sin piedad para que no me torture más con su trágica realidad.



(c) Elena Ortiz Muñiz


México DF
 
México
 
imagen: Alexander Calder, Circo, (fragmento)

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