viernes, 9 de septiembre de 2011

Andrés Bonvin



















A la par







Cada mañana se dirige Ana a la elegida rutina, desde la mortecina soledad de su monoambiente hacia la luminosidad de su trabajo, excesivamente iluminado por los innúmeros “cascos” voltaicos que cuelgan como inmensas gotas de agua petrificada, conducida por el vibrante minibús que exhala su viciada combustión, tiñendo el aire con grisáceo polvo que se expande caprichoso. A su lado, legañoso y en silencio, va su marido.
El tráfico, como para no perder la costumbre, se atora estúpidamente y se detiene, avanza unos metros y se detiene, como retando a los aún apacibles conductores a perder el sosiego y ganar la locura. Cubre una inmensa esponja de nubes aliadas el cielo que, acústico, devuelve cada insulto, cada grito y cada bocinazo que brota desde la tierra.
Ana vio siempre esta imagen, que cíclicamente se repetía sin importar la estación, como cualquier atractivo paisaje que, aunque no conocía más que el de la ciudad, podría humano contemplar. Y cada día sonreía a la mañana, divertida por el trajín del proletariado al que pertenecía con orgullo.
- Carlitos, te quedas aquí –decía a su compañero de vida tirándole maternalmente del brazo, instándolo a bajar del rectángulo de chapa vibrante. Y lo miraba alejarse con paso lento hasta que doblaba la esquina, y el minibús retomaba su nerviosa marcha en dirección al Cementerio.
Carlitos trabajaba, al igual que ella, seis días a la semana durante ocho rigurosas horas bajo la estricta mirada de su jefe. Trabajaba en la construcción tras los comandos de una grúa –donde se sentía verdaderamente a gusto por llevar el control de aquel mastodonte de hierro que nunca, jamás desobedecía sus órdenes- y ella, a la par, en la confección tras una máquina de coser.
Y con cada punto que su máquina da, respaldado por el seco ruido de sus engranajes, Ana expulsa los demonios y las tristezas del trabajo, desecha los pensamientos de una vida cómoda de hogar, de ama de casa.
Así, los días. Hasta que sus temores, los más secretos e inevitables, gestan la forma de un hombrecito frágil.
Siete meses de encierro y no más resistió Viscami, huella de su destino, en un vientre que, hasta semanas antes, se resistía a demostrar el redondeado influjo de su actualidad, respaldado por las ropas zurcidas a escondidas en las horas de trabajo.
Ana no quería que su jefe la enviara a reposar en casa, por no despertar sospechas en su marido que, despreocupado de todo, aún ignoraba la realidad de la situación.
Y, cuando el parto prematuro se dio sobre un colchón de coloridos retazos de tela, forzado tras el intento de levantar un pesado rollo de tela, su jefe la envió a casa, cristianamente dichoso por el nuevo nacimiento, y la madre primeriza obedeció no sin interna pena, contrariada por la belleza de su nueva adquisición.
Y, mientras esperaba la llegada de Carlitos, temerosa de su reacción, no como padre sino como desinformado marido, contemplaba la redondeada rojez de su hijito. Y no podía creer, o no se hacía la idea, de que tan frágil y diminuto hombrecito tuviera el poder de contradecir sus deseos, de conminarla a la vida que tanto empeño puso en esquivar. Y lo odiaba por momentos y lo adoraba en otros, especialmente cuando, aún ciego, extendía una de sus manitos para aferrarse a uno de sus dedos.
Así pasó las horas hasta que, ensombrecido, el ocaso condujo a Carlitos ante la puerta de calle.
- Mira lo que he encontrado en mi vientre –dijo inocente y atenta a la reacción del nuevo padre, quien, extasiado por la repentina dádiva, aunque no inesperada –pues algo intuía hacía ya algunas semanas que podrían reunirse entre uno y dos meses-, omitió todo reproche y se hincó de rodillas ante el regazo de su querida que rodeaba con el calor de sus brazos el amor transformado en materia.
- Ahora tendremos que trabajar el doble.
- ¡Mira! ¡Tiene tus ojos grandes de miel! –dijo ella sin pensar en el futuro por parecerle injusto con el niño.
- ¡Sí, y tu nariz redonda y chiquitita! –dijo él, olvidado de todo.


(c)Andrés Bonvin



Buenos Aires









cuento finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer

acerca del autor






Andrés Bonvin (Esperanza, Santa Fé, Argentina,1982)
vive en Buenos Aires, Argentina

Antecedentes literarios: Fundador del Movimiento Artístico Latinoamericano. Ha publicado relatos y artículos en diversos diarios, revistas y portales, tanto físicos como virtuales. Ganador del certamen 2010 de “Relatos para Todos”. En 2009 publica su novela ejemplar “La Noche del Día” y, actualmente, trabaja en una novela costumbrista en la Isla de la Luna (Bolivia) y en el “Proyecto Aymara” que trata de una recopilación de mitos y leyendas de aquella cultura en la región boliviana del Lago Titikaka.

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