lunes, 26 de septiembre de 2011

Diego Fernando Clavijo Gutiérrez




El chico que corría tras el mirlo


“Miráis una estrella por dos motivos: porque es luminosa y por que es impenetrable;
Pues a vuestro lado tenéis una radiación más suave y un misterio más grande: La mujer. ”
Víctor Hugo (Los miserables)











Los fracasos amorosos son más comunes y reedificantes que los triunfos de la amistad. El chico que refiere esta historia, estaba falto de ideas. Agotó todas las posibilidades en su cabeza, la conquista se convertía en un asunto de imposibilidad demostrada. No bastaron flores, ni bombones, ni poesías ni declaraciones mundanas. Su amada quería amistad, todo intento por cambiar su opinión resultaba vano, cualquier iniciativa tomada se transformó en cenizas y las cenizas en frustración. Aquellas extrañas vivencias, demostraban es que los deseos más superficiales pueden cambiarnos la vida, empañándola cuando son imaginación y ennegreciéndola cuando son realidad.
El par de amigos concluía un breve paseo de campo, en el cual él, padeció todo el camino ante el arduo deseo que le martirizaba, era la sencilla elocuencia de llevarla tomada de la mano. Pero ella, veía tal actitud como una representación dramática, de la obra que concluiría con aquella amistad. Se negaba rotundamente sin dar razones. Sólo se dedicaba a cruzarse de brazos y tratar de hacer amena una conversación que para él era un calvario.
Sobre el cielo, una bandada de mirlos revoleteaba nerviosamente, opacando de algún modo, la claridad de la tarde bordeada de nubes de colores. El par de chicos, se recostó cansads en la base de un árbol de dimensiones colosales a observar curioso el espectáculo, ella le veía radiante y emocionada, el chico en cambio, aún cubierto de impacientes emociones sólo vivía extraviado en una utópica escena romántica con su adorada. Un quejido asustó al muchacho cuando quiso ponerse más cómodo recostando un brazo sobre el césped lleno de hojas secas.
- ¿Qué fue eso? – preguntó ella.
El no contestó. Curioseó con su mirada alrededor de la base del árbol. Allí, en medio del suave colchón de hojas secas, un mirlo pichón agonizaba de muerte sin duda por el abandono de su madre. Sus patitas temblaban, sus alas eran insignificantes, su plumaje pardo rojizo y su pico poseía una delicadeza cartilaginosa. Ella sorprendió al muchacho por la espalda y al ver la pobre ave desfalleciendo le tomó en sus manos y le cubrió con un pañuelito de flores que llevaba en el bolsillo.
Era un alma naturista, le acariciaba y le decía dulces palabras mientras prometía cuidarlo. Tal era la ternura derrapante de aquella muchacha que su gran amigo al ver aquellas atenciones, deseó estar en lugar del mirlo. Hasta pudo ver como por la frágil mejilla izquierda de la chica, se paseaba una lágrima dolorosa y compasiva, la cual recorrería toda la porcelanosa extensión de su rostro hasta caer en las hojas secas. El mirlo fue llevado a casa de la chica con todo el cuidado posible por parte de ella. Al muchacho en cambio, le pareció un acto obsoleto, una obra que solo retardaría una muerte inminente, una tentación a la señora parca que no faltaría a la cita con su víctima en un corto lapso de tiempo.
Aquella noche el mirlo agonizó, estuvo tentado de irse a un poco más acá del más allá, padeció ante un dolor maternal y miraba su nueva ama exhausto. Ella le dio agua con una jeringa, y granos de arroz con una espátula de roble. Le cuidó, le consintió como si hablásemos de un niño y no durmió por miedo a que el descanso, le privara de saciar las necesidades de su avecilla. Una noche en que su gran amigo la olvidÓ. Él esperaba verla al día siguiente, día en que el avecilla estaría muerta según su pensar y donde a lo mejor, su enamorada necesitaría consuelo. Resulta a veces complicado comprender la inmensa ternura que resguarda la figura femenina, la cual muestra una sensibilidad tan marcada, que los hombres, diabólicos muchas veces en su actuar, se aprovechan de esto, haciéndolas sentir, necesitadas de abrazos y refugio, buscando ellos, algo más.
El sol iluminó la alborada, la avecilla seguía en delicado estado pero aún con vida. Su nana con esmerada ternura se encargaba de cuidarle cada segundo de agonía. Hubo una indiferencia total ante la matutina visita que su amigo solía hacerle, era un punto en que solo le importaba la vida de su paciente, ya tendría tiempo para seguir cultivando una falsa amistad.
-Y si me entrego al cuidado del pequeño mirlo – pensó el chico –, a lo mejor ella ve con gracia mi corazón y puedo llegar a cautivarla.
Así lo hizo. Se mantuvo todo el día al lado de la chica, aparentemente interesado en el moribundo pajarito.
-¿Me acompañarías esta noche? – preguntó ella.
Melodía armoniosa para sus oídos. Sólo existía una respuesta para la tremenda petición que le llegaba al centro de su gozo. Salió dichoso rumbo a su casa, cenaría un poco, empacaría su pijama y volvería sin pérdida alguna de tiempo a la casa de lo para él era una conquista resuelta.
Las calles desiertas, el cielo estrellado y la luna… bueno, totalmente esplendorosa, exhibiendo su palidez en el perigeo de su magia. Estos detalles parecieron cegar al chico, que se quedó un rato deleitándose con la exquisitez de aquel cielo.
-Daría lo que fuera por ella – dijo susurrando.
-¿Lo que sea? – pregunto una voz en su cabeza.
-Lo que sea – respondió él indiferente. Como si oír voces desconocidas en el aire fuese algo rutinario, como si se tratase de una serie de sonidos hipnotizadores y agradables.
-¿Darías tu vida? – preguntó la voz con tono sombrío.
-¡Oh de ninguna forma! – respondió él exaltándose – si no tengo vida para amarla entonces no habría razón para amarla.
-¿Darías tu cuerpo?
-¡Oh no! Un cuerpo sin alma es menos aterrador que un alma sin cuerpo, pero igual no me valdría mucho. Para que quiero que me ame si no tengo un cuerpo en el cual ella pueda pintar caricias.
-¿Darías tu alma?
-Creo que tampoco sería posible. Por que con ella se irían todos esos nobles sentimientos que siento por ella.
-¿Crees ella daría su cuerpo o su alma por salvar al mirlo?
-Bueno es difícil saberlo –respondió el chico-, es una cuestión que sólo podría responder ella.
-Pregúntale – propuso la voz - si su respuesta es positiva el mirlo se salvará y aquella chica será tuya.
Y dicho esto, quedó el chico en el más pérfido silencio. Quedó anonadado por esa extraña alucinación. Partió rumbo a casa de su amada y mientras llegaba ojeó de nuevo la luna. Ya no le pareció tan hermosa, sino al contrario, desleal y siniestra.
La velada fue común pero armoniosa, con rayos amorosos. Sería un verdadero espectáculo poder ver algún día escena parecida. Un par de muchachos jóvenes y bien parecidos, rodeando con su presencia el cuerpo casi inerte de un insignificante pajarillo. Este último, rodeado de una toallita de flores, de ternura y de amor puro.
-¿Qué darías por ver bien esta avecilla?
-Daría lo que fuera.
-¿Darías tu vida?
-La daría – respondió ella inmóvil ante las curiosas preguntas de su compañero -, me valdría la felicidad de dar vida a otro ser para sacrificar la mía.
-¿Darías tu cuerpo?
-Lo daría. Mi cuerpo de hecho no alcanzaría para comprar la plenitud que significaría ver el pequeño mirlo volar libre
-¿Darías tu alma?
-La daría – respondió ella sin vacilar – quizás eso bastase para que el mirlo pudiera desplegar sus lastimadas alas y mezclarlas con el viento.
En ese momento no pasó nada. Ella igual de dedicada al cuidado del ave y él con las mismas intenciones de conquista. Pero a pesar de lo impasible del momento, el chico sintió centellas devorando su mente, serpientes venenosas carcomiendo su corazón, y su alma… su alma bien, intacta. El muchacho comprendió muchas cosas, entendió por primera vez la nobleza agigantada de su querida, descubrió ese matiz desinteresado que resalta en la mujer cuando tiene el cuidado ajeno de por medio; porque el cariño encerrado en sus senos, las convierte en seres incapaces de pensar en su bien, antes que en el bienestar ajeno.
«Oh grandiosa compañía he ganado sin merecerlo» - pensó él. Esos hechos que le mostraban una perspectiva diferente le enloquecieron terriblemente, sintió como su amor se duplicaba y las ansias de tenerla se alborotaban dentro de su ser. ¿Y como juzgarlo? No hay manera. No hay reproche válido. Nadie puede contenerse al encanto natural de una ser lleno de virtudes y sapiencia. Es esa asombrosa evolución del hombre que combate con besos en vez de con golpes, que se alimenta de esmero en vez de simpleza, que engaña con miradas en vez de con farsas; es la encarnación de lo divino en ser humano, es ese inevitable hecho de generar amor.
Era la segunda noche que la chica pasaba en vela, el chico no logró tal cosa y durmió durante varias horas. Al despertar se encontró sólo en el cuarto de su amada, salió de éste y siguió las dulces sonrisas que adornaban la mañana. Era ella. Subió unas gradas de cemento y faltas de baldosa y llegó a una especie de terraza; que alegría inmensa ver su adorada dar danzando dichosa mientras el tierno pichón daba brinquitos de excitación. Era una realidad, el mirlo estaba sanado. Volvía a vivir. No acababa de calmar emoción cuando sintió un deseado abrazo que rodeaba su cuello y un beso fugaz que le hizo tiritar los huesos.
-Gracias – dijo ella – tu compañía anoche me alentó mucho el espíritu.
No respondió nada. Solo supo que el siguiente año de su vida fue el más placentero de los vividos hasta allí.
Ella le dio una oportunidad como algo más que amigos, la relación fue perfecta, sin contratiempos, peleas ni decepciones. El mirlo seguía con ellos, crecía y cada vez se veía más esbelto; y sin importar los múltiples esfuerzos de los chicos por regalarle la libertad, el noble pajarito se negaba a volar.
Como ya se dijo, pasó un año completo. Aquellos primeros doce meses inolvidables en la vida de cualquier enamorado. La decisión estaba tomada, forzarían al mirlo a emprender vuelo y tocar la libertad con sus uñas. Sería difícil para el ave, más aún para la pareja, aquel mirlo era el símbolo perfecto de su dulce y placentera relación. Era la bandera de aquella guerra ganada. Pero dar libertad es lo mejor, a la naturaleza lo que es de la naturaleza.
El chico tardó un poco en llegar a la cita aquella tarde de un jueves. La muchacha le esperó paciente, en el lugar de encuentro, una vasta llanura de verdes variados y pastos simétricos. Mientras lo esperaba, ella trató de incentivar su adorado mirlo, le tomaba y lo tiraba al aire, pero el ave, que volaba ya muy bien, se volvía neciamente al lado de su acogedora ama.
-Vuela - le decía ella – eres libre.
Y el mirlo apenas movía la cabeza a los costados como si entendiera la situación mejor que la chica, y permanecía inmóvil. Ella se sentó, le miró a los ojos, le acarició y le susurró dulces expresiones de cariño. De nuevo lo lanzó el aire, pero el mirlo regresaba de nuevo a su lado.
-¿No quieres volar?
Y el mirlo movió su cabeza de un costado a otro como dando a entender una negativa.
-¿Por qué? – preguntó ella.
Y entonces, lo extraordinario pareció adueñarse de la situación. El mirlo empezó a revoletear de un lado a otro, parecía feliz, libre, agradecido. Recogía ramitas y pedacitos de hojas, les tomaba en su pico, las llevaba al frente de su ama y las ordenaba en estricto orden mientras la chica le contemplaba sorprendida. Nunca se vio volar ningún otro pajarito con tanta algarabía. Finalmente el mirlo, cumplida su labor, se postró calmadamente de nuevo frente a la chica. Esta divisó estupefacta la obra de su avecilla, con ramas pequeñas y pedacitos de hojas se veía en el prado, escrita la palabra: “alma”.
La chica se pasmó por unos segundos, recordó aquella noche fría que entre sus cuidados, el nombrado mirlo salió de la agonía. Recordó las preguntas de su entonces amigo, aquellas que le interrogaban si daría el alma por la vida del mirlo. Recordó su respuesta afirmativa. Los recuerdos le causaron temores, pero luego se avergonzó de pensar en tales ridiculeces. Sonrió, miró al mirlo y le dijo:
-¿Tú tienes mi alma?
En esta ocasión el mirlo movió su cabecita de arriba hacía abajo y viceversa. La respuesta era un “si” irrefutable. Ella le sonrió de nuevo y agregó:
-Llévatela. Me has dado alegrías y brindado compañía. Te quiero demasiado, es lo menos que puedo darte.
El ave parecía no entender sus palabras, para éste, el quedarse al lado de quién le dio generosamente el alma y la vida era más comprensible. La miraba fijamente, a sus espaldas pudo divisar como su enamorado se acercaba alegremente con un par de rosas en la mano.
-Vete. Vuela. Eres libre – insistía ella, pero el mirlo no se movía.
-Bueno - agregó ella - , si me quieres agradecer el salvarte la vida debes volar libre de cadenas por los vientos del mundo. Quiero que mi alma conozca el infinito. ¡Vuela!
Ante estas últimas palabras el mirlo dudó. Sintió como una lágrima le rebozaba el ojo y se disolvía en sus plumas. Miró de nuevo al chico, estaba ya lo bastante cerca, pero no había hecho ruido alguno, seguro quería sorprender a su amada. El mirlo cerró los ojos, alzó sus alas y extendió su vuelo sobre el horizonte. Cuando el chico vio ese espectáculo se emocionó sobremanera, se apresuró a abrazar a su amada emocionada pero esta pronto se desmayó en sus brazos. La palabra “alma” palpitaba escrita en el prado, el chico lo comprendió todo. Soltando a su amada y arrojando las rosas a cualquier parte, echó a correr enloquecidamente en la dirección en que el mirlo emprendiera su vuelo.
¿Acaso no es la visión del hecho una descripción clara de la mujer? Si lo es. El alma de la mujer hecha para desparramar afecto, y todo su ser, que enaltece excepcionalmente el significado de un sacrificio. Y si un mirlo enfermo basta para que una damisela entregue su alma, ahora, ¿Acaso no haría una mujer lo imposible por la sonrisa de un niño, por el abrazo de un anciano, por la mirada esperanzadora de sus hijos o el bienestar permanente de sus padres? ¿No es acaso el ser más dignificable, más amable, más esplendoroso y más tierno que pueda existir? Que tontos interrogantes. Tontos, porque requieren de una respuesta indiscutiblemente obvia, además de positiva.
La chica murió. Y del chico nunca se volvió a saber nada. Pero cuentan los viejos sabios, que en las noches estrelladas de luna llena, en las grandes llanuras despejadas, se ve a un mirlo volar muy bajo con incansable actitud. Detrás de este, un chico corre desesperado sin detenerse un solo segundo, como si no tuviesen necesidad de beber, comer ni descansar. Vuelan y corren como almas pasajeras. El chico se ve nervioso y temeroso. Desesperado, en los ojos de aquel eterno corredor se ve la única y clara intención de atrapar el mirlo, como si de ello dependiera su futuro, como si de ese sencillo detalle dependiera su felicidad, como si del mirlo dependiera… la vida de su amada.
(c) Diego Fernando Clavijo Gutiérrez
Santander

Colombia





El chico que corría tras el mirlo resultó finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer.






Diego Fernando Clavijo Gutiérrez (Pamplona, Colombia, 1988) se considera un amante desquiciado de los libros.

imagen: Surucuá, dibujo de Irma Dariozzi - de la muestra en el Jardín Japonés de la ciudad de B uenos Aires -

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