lunes, 19 de septiembre de 2011

Juan Carlos Pérez López









Un destello verde sobre la mar

Su existencia ha llegado a tal punto que la mayor cota de igualdad a la que puede aspirar (o la que puede esperar) no es sino el silencio atronador.
Ella está convencida de que al atardecer, cuando el sol sanguinolento se sumerge en la última línea del mar para aliviar sus heridas, el astro rey deja sobre el piélago marino, sereno y borroso, un destello remolón impregnado de esperanza, y con el que nos proclama que siempre habrá un nuevo amanecer, un lapso de tiempo renovado para canjear los malos augurios por expectativas resplandecientes. No duda de que si logra descubrir ese rayo solar - cree que es de color verde- su suerte se vestirá con un gabán de buena ventura.
Ella está en la playa. Se saca los zapatos. Acaricia con los pies desnudos la arena mojada. Se estremece, pero se descubre reconfortada. Remoja su mirada en la espuma del oleaje, que se acerca remolona hasta ella para robarle, en su retirada mar adentro, los trazos del corazón que ha dibujado con la punta de los dedos. Se deja caer sobre la arena. Su vista se zambulle en el caleidoscopio de matices ruborizados con que se tiñe el cielo en su tránsito hacia la penumbra. Remueve la arena con sus brazos y piernas, esbozando un aspa en movimiento. Sonríe, y ríe, y se carcajea, su alegría como un oleaje batiendo sobre un malecón solitario.
Se incorpora. El sol acaricia el horizonte. Una brisa suave remueve su cabello, lisonjeando su piel, sus vellos erizados. Recuerda…

Sobre si se casó enamorada o no, ese es asunto que a estas alturas ella ni se cuestiona. Se casó, y punto. Y eso es lo que realmente cuenta a la hora de la verdad, de su realidad: un bramido de desventura. Y si se casó, desde luego, fue un acto nada deliberado con la almohada que se convirtió en un impulso de liberación que dejó de lado razones aireadas por aleteos de mariposas en el estómago. Supone, tal vez, que sí lo quiso. Pero de eso hace tanto tiempo que la desmemoria se acercó a ella para abrigarla de los estremecimientos que le causaba en su alma el desamor.
Estaba, más que harta, cansada; abatida ante la encrucijada en la que había quedado atrancada su existencia. No sabía para dónde tirar o mirar, sus decisiones amordazadas, sus ojos infectados de tristeza. Pero lo que tenía claro era que no podía quedarse de brazos cruzados, que ya estaba fatigada de abrazar su pecho para acunar su congoja. Había llegado la hora de tomar una decisión, de someter su vida a cirugía mayor.
Poco a poco, sin darme cuenta, mi piel ha adquirido el color de la cera que aguarda pacientemente para fundirse sin remedio ante el influjo de una llama. Pero tu presencia ya no me transmite la calidez con la que hace años se derretía mi corazón y que me hacía sentir impaciente hasta que escuchaba la llave girando en el bombín de la cerradura: cuando llegabas me inundaba la felicidad, licuándose mis angustias. Ahora siento temor, y tiemblo de pies a cabeza.
¡Qué verdad más inmensa es que las cosas buenas duran poco! ¡Que lo bueno si breve dos veces bueno…! Nadie duda de esas certezas, aunque yo hubiera dado todo porque nuestra larga historia de amor no se hubiera convertido en un fantasma, en un espectro que hoy en día chorrea sus suspiros por todos los rincones de nuestro hogar, un páramo donde el musgo helado del menosprecio ha colonizado nuestros sentimientos, dejándolos hechos partículas sin pulso ni aliento. Mis ilusiones se han roto como las cuerdas de una guitarra.
Ella nació en el seno de un hogar humilde donde el lugar predominante lo ocupaban los varones, todos ellos dedicados a la minería. A la mesa, de día o de noche, el bocado más glorioso estaba reservado para el padre; luego se servía a los hermanos, y lo que sobraba, sí, sí, lo que sobraba, (que no es exagerar) para su madre y para ella, que eran las que trabajaban en casa, que ese casi no era trabajo, según ellos. Eso sí: se levantaban las primeras y se acostaban las últimas, en una labor nada reconocida de sol a sol o mejor aún: de madrugada a madrugada, pues salían de la cama cuando el puñetero gallo no tenía otra cosa que hacer más que ponerse a cantar sin venir a cuento; y se iban a descansar cuando dejaban la vivienda totalmente dispuesta para el día siguiente, y nunca antes de las doce de la noche.
Cuando al alba la casa se ponía en planta, ella ya había ordeñado las vacas y había preparado el fuego y el café para su padre y sus hermanos, quienes remoloneaban en la cama, apurando los últimos minutos de la calidez de las sábanas. Mientras estos desayunaban, ella preparaba los canastos con la comida. Luego salía a la puerta a despedirlos; nunca un beso de despedida ni unas palabras de agradecimiento; eso sí: más de un grito se llevó del padre y de los hermanos cuando estos no tenían a mano a ninguna otra para desahogarse de sus problemas o frustraciones. Y nunca una disculpa para remediar el dolor de las muchas broncas injustas que tuvo que tragarse en silencio. ¿Para qué excusas o pretextos, si ella era mujer y sabía cuál era su labor y su sitio? No necesitaba buenas palabras; menos aun cariñosas, que ya vendría un mozo a cortejarla y a endulzarle las orejas. Y ella, en silencio, rezaba para que así pronto sucediera.
No había día en que no tuviera que atender a los animales: limpiaba las cuadras que estaban justo debajo del piso que habitábamos; las sacaba a pastar, o si hacía malo les daba de comer en el abrigadero, acarreando enormes fardos de paja que eran más voluminosos que mi figura de moza fragilucha, casi invisible a los ojos de los que estaban a mi alrededor, siempre dándome órdenes continuas e insultos permanentes, pero luego ignorándome.
Mientras realizaba las labores de la huerta, recolectando las verduras y hortalizas, o arrancaba las malas hierbas, veía cómo mi hermano pequeño salía de casa camino de la escuela, ese viejo edificio con el que yo soñaba. Siempre iba lustroso y bien peinado, que de que estuviera resplandeciente se ocupaba mi madre sin falta. Yo salía corriendo, antes de que se perdiera por el camino, y lo achuchaba entre mis brazos, y lo besaba y le susurraba al oído: <>
Me quedaba con las ganas de acompañarlo, no hasta la puerta de la escuela sino hasta adentro de la clase, para sentarme a su lado en el pupitre, que sólo las cuatro reglas, leer y un trazo tembloroso de escritura me dejaron aprender. Y menos mal, que la lectura de muchos libros me salvó de mi realidad.
Con dieciocho años se casó. Lo conoció en un baile del pueblo. Era forastero. Le enmeló los oídos con su encantadora voz de tenor, con un rosario de promesas azules que, al fin, como cuentas desperdigadas por el suelo, la abocaron a una existencia en blanco y negro. En su matrimonio no hubo color alguno, salvo el del luto del trato que le dispensaba el esposo.
El mayor calvario que pasó fue tener que aguantar sus enfados continuos, sin un motivo sin un porqué; sus constantes salidas de tono, sus subidas de voz injustificadas e inesperadas; sus humillaciones, sin importarle un bledo que hubiera gente delante, o mejor: importándole mucho, que así causaba más daño y él más se engrandecía ante la afrenta causada de manera gratuita, sintiéndose poderoso y superior, pero sin darse cuenta de que arrastraba su matrimonio por un lodazal en el que ella se ahogaba, dando brazadas frenéticas, pero cada vez más debilitadas; se estaba dejando apagar en sus miserias.
Siempre culpándome de todos sus malos momentos, de su malhumor, de sus cansancios; incluso de que no le diera un hijo, y eso que nunca consintió en acudir a hacerse un reconocimiento médico. Porque para él estaba más que claro que yo era la que no servía, porque no tenía más que mirarme a un espejo: siempre tan delgada, tan desarreglada, con la cabeza agachada, con los brazos caídos. Pero él sin reconocer que quizá era porque me sentía cansada, ultrajada. No paraba ni un solo momento para que la casa estuviera como un jaspe, que era así como él lo exigía, con la comida a su punto y hora; con la ropa limpia, planchada y ordenada en el armario, que a lo mejor él pensaba que las faenas del hogar se hacían solas. Sin preguntarse una sola vez si quizá él no era en buena parte el responsable de mi aspecto descuidado. Y no crean que trato de echar balones fuera; sé cuál es mi parte de culpa: tener una autoestima baja; la que me obligaron a tener; con la que he aprendido a convivir.
Así ha sido casi desde el principio: rumiando todas mis congojas en soledad, en el aislamiento, en la rabia que me ahogaba cuando él salía solo, sin hora de vuelta, sin preguntarme si quería acompañarlo o me quedaba… Sin yo decirle que yo sí que podía tener hijos, que así lo atestiguaban los médicos a los que acudí para que me curaran de una falta que nunca tuve, salvo en su imaginación retorcida y machista.
Una mañana descubrió que ya nada importaba; que lo mejor para ella era callar; que ese era el lugar donde todos estaban a la misma altura; que dentro del silencio se sentía redimida de la opresión tan asfixiante que reinaba entre las cuatro paredes de aquella casa desolada. Y se fue sin dejar una nota.
Las olas cosquillean las plantas de sus pies. Se incorpora. Las partículas de fina arena están adheridas como lapas a su ropa. Se adentra en el mar. El agua está fría, pero no detiene su avance, el oleaje estallando en su cuerpo. Miles de gotas saladas caracolean sobre su rostro. Rebusca con sus manos, juntas a modo de batea, sobre la superficie marina. Se gira sobre sus pasos. En el recipiente formado por sus manos lleva un retazo del mar, teñido por el sol que sangra cada vez más a lo lejos. Escudriña con los ojos, llenos de escozor por el salitre. El agua se escurre entre sus dedos. No encuentra lo que busca.
Se llena los bolsillos de su ropa con gran cantidad de arena mojada, conchas y caracolas y algunas piedras. Apenas puede arrastrar el abrigo, empapado hasta la última fibra y con un lastre adicional. Vuelve a sumergirse en el mar. Esta vez se adentrará más aun. No sabe nadar, pero no importa.
Sólo anhelo acariciar aquello con lo que tantas veces soñé: un destello verde sobre la mar.

(c) Juan Carlos Pérez López
Sevilla

España

Un destello sobre la mar resultó finalista en el Concurso de cuentos Contra toda violencia hacia la mujer organizado por la revista Archivos del Sur.

Acerca del autor:

Juan Carlos Pérez López ha recibido los siguientes premios:


PREMIOS 2010:
Finalista del IV Certamen de Novela Corta “Encina de Plata” 2010.
Primer Premio del XXIV Certamen Internacional Álvarez Tendero, de Arjona (Jaén) con la obra titulada “El silbato del tren”.
Primer Premio II Certamen “Totana en Igualdad, 2010” convocado por el ayuntamiento de Totana (Murcia), con la obra “A través del cristal”.
Segundo Premio del XIII Certamen de Cartas de Amor y Desamor de Onda Marina, Fernán Núñez (Córdoba) 2010 con la carta titulada “Tras las rejas”.
Tercer Premio del Certamen de Cartas de Amor de Carrión de los Céspedes (Sevilla) 2010 con la obra titulada “Dicen que no tenemos tiempo”.
Segundo Accésit del Certamen “En igualdad” de Coria del Rio (Sevilla) 2010 con la obra titulada “El traje”.
Segundo Premio del certamen de Cartas de Amor “Fundación Concha de Navalmoral de la Mata (Cáceres) 2010 con la obra titulada “Amor descuidado”.
Primer finalista en el certamen de Relatos de Mujer de Navalmoral de la Mata 2010 con la obra “Presidios de desigualdad”.
Segundo Finalista en el Certamen de Cartas de Amor Pablo Neruda de Coria (Cáceres) con la obra “Boceto de Miradas”.
Tercer Premio del Certamen Relatos de Mujer 2010 de la Asociación de Mujeres “El Despertar”, de Porcuna (Jaén), con la obra “La bolsa con la basura”.

imagen: Alfredo Volpi - fachada con sirena

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