viernes, 23 de septiembre de 2011

Pandora Coelho












Albañil




Marta estaba casada con un fontanero desde hacía quince años.

Habían pasado muchas dificultades, pero siempre las han superado por el compañerismo que tenían el uno con el otro.

Su hijo mayor, de trece años, ya era casi un hombre.

Estaba muy orgullosa del adolescente que se había transformado, tan bello, trabajador y responsable.

Ya su hija pequeña, de diez años, era la princesa de la casa, siempre dispuesta a ayudar a quien fuera.

Marta trabajaba como administrativo en un grande hipermercado desde hacía diez años. Pero entonces llegaron las crisis y su despido fue inminente.

Desesperada por conseguir otro trabajo, Marta se presentó a todo tipo de puesto ligado a su carrera de administrativa, pero con la situación actual del país, siempre ponían impedimentos. Hora era por la edad, hora por la experiencia, hora por su condición de madre y responsable de dos menores.

Desesperada, se apuntó a un curso de albañilería, ya que, como administrativa le estaba siendo casi imposible la recolocación.

Su marido, que siempre le ha apoyado en todo, también le animó en hacer el curso.

Cuando era adolescente, su padre construyó una casa, la cual, aun vivían hoy en día y Marta le ayudó en la tarea de construcción, haciendo pasta, recogiendo ladrillos, entre otras cosas.

Cuando se casó, y después de nacer el primero hijo, compraron una casa en un pueblo, donde pasaron años de reforma. Ella nunca dejó de ayudar a su marido en el trabajo de la casa, pues decía que era algo de los dos.

Le llamaron para una entrevista.

Animada, fue a la entrevista que nada más lejos estaba de lo que ella pensaba ser.

La habían escogido como alumna trabajadora en el curso de albañilería.

El grupo era pequeño, diez alumnos divididos en cuatro hombres y seis mujeres.

Todas las mujeres eran casadas, madres y mayores.

Esto le animó. Pues vio que no solamente ella se encontraba en la desafortunada posición de descalificada.

El profesor, un hombre de mediana edad, bajito y regordete, resultó ser el mejor monitor de esta profesión. Era muy paciente, comprensivo y amable.

Lo mismo no pasaba con sus compañeros masculinos, hombres de mediana edad, que tenían la idea fija de que este tipo de trabajo no era para mujeres.

Para ella, cada día era una nueva aventura de aprendizaje. Le encantaba poder trabajar con las manos y construir algo.

A lo largo del curso, que duró doce meses, ella les demostró ser más que capacitada de ejercer la profesión.

Tenían como proyecto, restaurar una vieja escuela y hacer de ella un centro cultural para el pueblo.

Restauraron el tejado, quitaron la carga de las paredes y la volvieron a cargar y enlucir.

En la fachada, colocaron piedras.

En el suelo, colocaron parquet.

En fin, la vieja escuela estaba tomando forma de un bellísimo centro cultural.

Hicieron una cocina, dos baños y los alicataron y baldosaron.

Cierto día después del trabajo, llegó a casa y no tardó en llamaren a la puerta.

Abrió y un agente de policía preguntó por ella.

- Si, soy yo. – contestó.

Su hijo mayor, que ya había llegado del instituto, se acercó por detrás y pudo escuchar lo que le informaba el agente.

- Su marido. – comenzó el agente, pero paró un instante – Su marido ha tenido un accidente y está en el hospital general.

Ella casi se desploma. ¿Qué habría pasado?

El agente le informó de que su marido estaba trabajando en un tejado y se resbaló. Y aun que usaba el equipamiento apropiado, éste no suportó su peso y la caída de ocho o nueve metros, fue inevitable.

Más que deprisa, cogió su bolso, dejó su hija pequeña a los cuidados del mayor y se fue al hospital.

Llegó allí y no tardó a que un médico, un joven de unos treinta años, muy simpático la recibiera.

- Hola, me llamo David. – se presentó el médico, extendiéndole la mano – Su marido llegó al hospital con tres costillas rotas, las cuales le perforaron el pulmón derecho.

Ella apenas escuchaba lo que el médico le explicaba, pero algo prendió su atención.

- Hace veinte minutos que perdimos su marido. – concluyó el médico.

Ella que se preguntaba, constantemente como iría encontrar al hombre que amaba, que siempre la había apoyado, que le había dado dos hijos lindos.

De repente todo desapareció y quedó todo negro, oscuro, sin color.

Ella no sintió nada más que el suelo frío.

Cuando despertó estaba acostada en una camilla y la cabeza le daba vueltas y dolía mucho.

Fue el propio Dr. David quien vino a verla.

- ¿Cómo te encuentras? – preguntó al verla despierta.

- ¿Qué ha pasado? - quiso saber ella.

El médico le informó de que se había desmayado al recibir la noticia de su marido.

Entonces recordó todo y lloró.

Lloró por perder la única persona que le había ayudado. Lloró por sus hijos que ahora quedaban huérfanos de padre. Lloró por su suegra que acababa de perder un hijo.

Con mucha tristeza en el corazón, pero siendo fuerte para sus hijos, ella preparó el velatorio.

Dos días después del entierro, estaba sentada en su cama matrimonial, con el cuaderno de firmas en una mano y la fotografía de su marido en la otra.

No sabía que podría hacer o mejor que iba hacer. Ahora estaba sola, con dos hijos para criar. Se sentía vacía, como si le faltara la mitad de su ser.

La semana siguiente, reincorporó al curso, pues le quedaban sólo dos meses para terminarlo.

En la graduación, ella recibió un premio, junto con otros dos compañeros como los mejores alumnos.

Otra vez lloró por no poder compartirlo con nadie. Le faltaba una pieza importante en su vida. Su marido, la persona que le había apoyado tanto en la realización de este curso.

No más terminar el curso, le llamaron de una empresa en el área de la construcción. Debería trabajar como albañil.

Necesitando el sueldo, ella aceptó.

El trabajo estaba constituido básicamente, de reparaciones fáciles. Cargado, enlucido, alicatado y baldosado.

Ella comenzó a trabajar con otros dos oficiales. Hombres de mediana edad, con muchos años en la profesión.

Al principio le costó un poco adaptarse, pues el trabajo era duro, pero poco a poco, ella fue adquiriendo experiencia.

Después de dos años trabajando como tercero oficial de albañilería, su jefe le subió de categoría.

Estaba feliz, pues esto significaría que subirían también su sueldo.

Su hijo mayor, ahora con quince años, consiguió trabajo, también en la construcción y alguna que otra vez coincidían en las obras que trabajaban.

En su casa, todo funcionaba bien. Todos colaboraban.

Ella vivía para su trabajo y sus hijos.

La vida comenzó a serles más llevadera. Pues ahora tenían dos sueldos, más la pensión.

Juntos, terminaron con la reparación de la casa en el pueblo y decidieron ir a vivir allí. Sería más fácil para ellos, pues con el trozo de terreno que tenían podían hacer una huerta y ahorrar algo más.

Ella comenzó a hacer cursos relacionados con su profesión actual. Encargado de obra, Interpretación de planos, Métodos de presupuestos, entre otros.

Su hijo ya no era peón de albañilería, había subido de cargaría para oficial de tercera en albañilería.

Entonces ella tuvo una idea muy atrevida.

- Podíamos abrir una pequeña empresa de reformas. – sugirió a su hijo.

- Mamá, no soy un profesional aun, no como tú.

Ella le explicó que se dedicarían a reformas pequeñas, ella sería el oficial y él le ayudaría, así podría ir adquiriendo experiencia.

- ¿Crees que podrá dar cierto? – preguntó su hijo.

Ella no podía saber nada del futuro, pero estaba dispuesta a luchar por algo mejor.

En cuestión de meses, abrió la empresa y poco a poco fue haciendo propagandas.

Tenía todo a su favor.

Tenía estudios de administrativo y experiencia en esta área. Pero también tenía estudios y experiencia en la construcción.

Y lo más importante era que su hijo la apoyaba, tal como solía hacer su padre. Esto a ella le daba fuerzas, mucha fuerza para seguir caminando hacía adelante.

Comenzaron como una pequeña empresa de reformas. El trabajo no les abundaba, pero tampoco les faltaba. Podían llegar bien a fin de mes y pagar todas las cuentas.

Cuando la crisis apretó aun más, tuvieron momentos difíciles, muy difíciles, pero siguieron adelante. Apretaron el cinturón como pudieron y salieron adelante.

Más una vez la suerte les sonrió.

Superada las dificultades, la hipoteca pagada, ahora era el momento de concentrar en su hijo que había dado su juventud a ella, cuando quedó sola.

Mandó a su hijo mayor a la universidad, a cursar algo que al joven le hacía ilusión, la arquitectura. Sí, salió arquitecto.

Su hija ahora con diesesiete años, estaba lista para entrar en la universidad, pero, su hermano aun estaba estudiando.

Su madre no podría pagar las dos universidades, así que optó por hacer cursos aquí y allá para ayudar su madre, hasta que su hermano terminada la carrera.

Una vez terminada la carrera, el hijo asumió el control de la empresa, ampliando las posibilidades y envió a su hermana pequeña a estudiar lo que a ella le agradaba, los números.

Ésta optó por gestión y administración de empresas, así podría llevar las cuentas de la empresa, mientras que su hermano llevaría la parte práctica.

Marta agradecía a Dios todos los días, por haber tenido dos hijos tan comprensivos y colaboradores.

El joven no era de salir, ni de meterse en problemas, desde que su padre había muerto, el niño se había hecho hombre. Procuraba ayudar a su madre y hermana en todo que podía.

De la misma forma, la joven era responsable y colaboradora.

Después que su hija terminara los estudios y se ocupara de la parte burocrática de la empresa. Marta comenzó a pensar en la posibilidad de retirarse. Ya tenía la edad avanzada.

Entonces su hijo decidió casarse. La joven era de muy buena familia y además ingeniera. Hasta parecía que su hijo había pensado en todo.

En dos años, compró la casa de al lado y la reformó. Cuando se casó, su joven esposa ya estaba embarazada de tres meses.

Era toda una alegría para Marta, ver a su hijo, tan bien encaminado en la vida y ahora iba a ser padre. Era todo un orgullo para ella decir que iría ser abuela.

Ya pasada la tormenta de la boda, Marta decidió definitivamente retirarse.

A sus cincuenta y dos años, ella se retiró, quería cuidar de su nieto.

Su puesto fue ocupado por su hija y su nuera.

La empresa estaba creciendo cada año, a pesar de la crisis.

Tenían ocho empleados y mucho trabajo.

Cuando su nieto cumplió cinco años, se casó si hija con el propietario de una cadena de tiendas de materiales de construcciones.

Fue el salto que necesitaban.

Sus hijos habían pensado en sus vidas como un todo.

Unieron las empresas y crearon una de las mayores empresas de construcción del norte de España.

Hoy en día, Marta es una anciana de sesenta y cinco, aun que marchosa, vive para cuidar de sus tres nietos. El mayor tiene hoy la misma edad que tenía su hijo cuando su marido falleció.

- As veces la vida nos enseña el camino, pero no conseguimos entender las señales y dejamos pasar las buenas oportunidades. Atender bien las señales es imprescindible para una vida llena de amor y suceso. – decía ella a su hijo cuando le veía triste o preocupado por algo.

Siempre fue una mujer muy fuerte, positiva y luchadora.

Así describo la mujer de hoy en día.




(c) Pandora Coelho (seudónimo)




Asturias




España




Albañil resultó finalista en el concurso Contra toda violencia hacia la mujer, la autora, con el seudónimo de Pandora Coelho autorizó su publicación.


La imagen es gentileza de la autora.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho aunque hay una parte muy triste en la que muere el marido de la autora gracias