miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cristina Rivera Garza
































































































Cristina Rivera Garza





Simple placer, puro placer


Lo recordaría todo de improviso y en detalle. Vería el anillo de jade alrededor del dedo anular y, de inmediato, vería el otro anillo de jade. Abriría los ojos desmesuradamente y, sin saber por qué, callaría. No preguntaría nada más. Diría: sí, muy hermoso. Lo es. Y pasaría las yemas de sus dedos sobre la delicada figura de las serpientes.
Una caricia. El asomo de una caricia. Una mano inmóvil, abajo. Una mano de alabastro.
Cruzaba la ciudad al amanecer, en el asiento posterior de un taxi. Iba entre adormilada y tensa, su bolsa de mano apretada contra el pecho. En el aeropuerto la aguardaba el inicio de un largo viaje. Lo sabía y saberlo sólo le producía desasosiego. No tenía idea de cuando había aparecido su disgusto por los viajes, esa renuencia a emprenderlos, su forma de resignarse, no sin amargura, ante ellos. Con frecuencia tenía pesadillas antes de partir y, ya en las escalinatas del avión, presentía cosas terribles. Una muerte súbita. El descubrimiento de una enfermedad crónica. La soledad.
Este será el último -se prometía en voz baja y, luego, movía la cabeza de derecha a izquierda, incapaz de creerse.
-¿Decía algo? -le preguntó el taxista, mirándola por el espejo retrovisor.
-Nada –susurró-. Decía que será el último viaje.
-Ah, eso -repitió él. Luego sólo guardó silencio.
Cuando el auto bajó gradualmente la velocidad, los dos se asomaron por las ventanillas.
-Un accidente -murmuró él, desganado.
-Sí -asintió ella. Pero a medida de que se aproximaban al lugar de la colisión, no vieron autos destruidos o señas de conflicto. Avanzaron a vuelta de rueda sin saber qué pasaba, preguntándoselo con insistencia. Abrieron los ojos. Observaron el cielo gris, las caras de los chóferes desvelados, los pedazos de vidrio sobre el asfalto. No fue sino hasta que estuvieron a punto de dejar la escena atrás que los dos se percataron de lo acontecido.
-Pero si es un cuerpo -exclamó él. La voz en súbito estado de alarma.
-Un cuerpo desnudo -susurró ella-. Un cuerpo sin cabeza.
Ella le pidió que se detuviera y que la esperara. Ya abajo, mostró su identificación para que los policías que vigilaban la escena la dejaran cruzar la valla amarilla. Caminó alrededor del cuerpo decapitado y, antes de pedir algo con qué cubrirlo, se detuvo a mirar la mano izquierda del muerto. Ahí, alrededor del dedo anular, justo antes de que iniciara el gran charco de sangre, estaba el anillo de jade. Dos serpientes entrelazadas, verdes. Un objeto de una delicadeza extrema. La Detective lanzó su mano hacia la sortija pero al final, justo cuando concluía su gesto, se detuvo en seco. Había algo en el anillo, algo entre el anillo y el mundo, que le impedía el contacto. Fue entonces que observó su propia mano, inmóvil y larga, suspendida en el aire de la madrugada.
Se le hace tarde alcanzó a oír. Y se puso en marcha.


Hay una ciudad dentro de una cabeza.


A su regreso preguntó por él, por el hombre decapitado, pero nadie supo darle datos al respecto. Buscó entre los documentos archivados en el Departamento de Investigación de Homicidios y tampoco encontró información ahí. Hasta su asistente se mostró incrédulo cuando le refirió el suceso.
-¿Estás segura?- la miró de lado. Habríamos sabido de algo así.
-¿Tampoco en los diarios?- preguntó.- ¿Tampoco ahí?
El muchacho movió la cabeza en gesto negativo y bajó la vista. Ella no pudo soportar su sospecha o su lástima y salió a toda prisa de la oficina.


El taxista le aseguró que lo recordaba todo. A petición suya vació su memoria frente a sus ojos, sobre sus manos, en todo detalle. Recordaba que el cuerpo cercenado se encontraba en el segundo carril de la autopista que iba al aeropuerto. Recordaba que no llevaba ninguna prenda de vestir y que la piel mostraba magulladuras varias. Pintura abstracta. Tortura. Recordaba el charco de sangre y los extraños ángulos que formaban los distintos miembros del cuerpo. Recordaba que había ya tres o cuatro policías, en eso su memoria dudaba un poco, alrededor del cadáver cuando ella se bajó del auto y merodeó los hechos. Recordaba que había sido él quien reaccionó: tenían que alejarse de ahí si no quería perder el vuelo. Ella tenía que dejar la posición en que se encontraba, de cuclillas junto al muerto, si es que quería llegar a tiempo. Eso hizo: se incorporó. El ruido de las rodillas. Eso lo recordaba también. Al final: el ruido de las rodillas. Eso.


Siempre quise un anillo así le dijo a la mujer que lo portaba con cierta indiferencia y cierto donaire.
La mujer elevó la mano, el dorso apuntando hacia sus ojos. Parecía que lo mirara por primera vez.
-¿Te gusta de verdad?
-Sí -afirmó la Detective. -Todavía me gustaría tener uno así.
La mujer se volvió a ver las aguas alumbradas de la alberca y, con melancolía o indiferencia, la Detective no pudo decidir cuál, se llevó un vaso alargado hacia los labios.
-Es un anillo de oriente -dijo-. De las islas -pronunciaba las palabras como si no estuviera ahí, alrededor de la alberca, entre los sosegados murmullos de gente que deja pasar el tiempo en una fiesta-. Un regalo -concluyó volviendo a colocar el dorso de la mano izquierda justo frente a sus ojos. La mirada, incrédula. O desasida. Las uñas apuntando hacia el cielo—. El regalo de una fecha excesivamente sentimental.
-Un regalo amoroso -intercedió la Detective en voz muy baja.
La mujer, por toda respuesta, le sonrió incrédula, desganada.
-Podría decirse que sí -murmuró al final-. Algo así.


No podía evitarlo, cada vez que conocía a alguien se hacía las mismas preguntas. ¿Se trata de una persona capaz de matar? ¿Estoy frente a la víctima o el victimario? ¿Opondría resistencia en el momento crucial? Gajes del oficio. Cuando la mujer se dio la vuelta, alejándose por la orilla de la alberca con una languidez de otro tiempo, un tiempo menos veloz aunque no menos intenso, la Detective estaba indecisa. No sabía si la mujer era capaz de matar a sangre fría, cercenando la cabeza y arrojando el cuerpo después sobre una carretera que va al aeropuerto. No sabía si la mujer era la víctima de una conspiración hecha de joyas y estupefacientes y mentiras. No sabía si la indiferencia era una máscara o la cabeza ya sin máscara. La mujer, en todo caso, la intrigó precisamente por eso, porque su actitud no le dejaba saber nada de ella. Porque su actitud era un velo.


-¿Qué es un anillo en realidad? -le había preguntado al Asistente sin despegar las manos del volante ni dejar de ver hacia la carretera-. ¿Un grillete? ¿El eslabón de una cadena? ¿Una marca de pertenencia?
-Un anillo puede ser también una promesa -interrumpió el muchacho-. No todo regalo amoroso, no todo objeto marcado por San Valentín, tiene que ser tan terrible como lo imaginas.
La Detective se volvió a verlo. Estiró la comisura derecha de la boca y le pidió un cigarro.
-Pero si tú no fumas —le recordó.
-Nada más para sostenerlo entre los dedos —dijo—. Anda —lo conminó.
-¿Estás segura de que se trata del mismo anillo? ¿Del mismo diseño?
-Mismo diseño, sí. Pero puede ser una casualidad. Una casualidad tremenda. Además, tenemos otras cosas por resolver. No tenemos tiempo para investigar asesinatos que nadie registró en ningún lado. No nos pagan para hacer eso.
semáforo, bajaron las ventanillas del auto y se dedicaron a ver el cielo.
-¿Cómo empezamos?


Hay una película dentro de una cabeza.


La volvió a encontrar en los pasillos de un gran almacén. Mercancías. Precios. Etiquetas. La Detective buscaba filtros para café mientras que la Mujer del Anillo de Jade analizaba, con sumo cuidado, con un cuidado que más bien parecía una escenografía, unas cuantas botellas de vino. La observó de lejos mientras decidía cómo acercarse: los hombros estrechos, el pelo largo y lacio, los zapatos de tacón. No era una mujer hermosa, pero sí elegante. Se trataba de alguien que siempre llamaba la atención.
-La casualidad es una cosa tremenda —le dijo por todo saludo cuando se colocó frente a ella y le extendió la mano
-¿Vienes aquí muy seguido? -le contestó la mujer sin sorpresa alguna, colocando el rostro cerca del de la Detective para brindarle, y recibir, los besos de un saludo más familiar.
-En realidad no -dijo y sonrió en el acto—. Vengo aquí nada más cuando sé que me encontraré en el pasillo 8, a las tres de la tarde, a la Mujer con el Anillo de Jade.
-¿Todavía quieres uno así? -volvió a elevar la mano izquierda, las uñas al techo, para ver el anillo de nueva cuenta.
-¿Lo vendes? -la Mujer del Anillo soltó una carcajada entre estridente y dulce, luego la tomó del codo y la guió, sin preguntarle, hasta la salida del almacén.
-Ven -dijo-. Sígueme.
Se subieron a la parte trasera de un coche negro que arrancó a toda velocidad. La Mujer del Anillo marcó un número en su teléfono celular y, volviéndose hacia la ventanilla, dijo algo en voz muy baja y en un idioma que la Detective no entendió. Pronto transitaban por callejuelas bordeadas de tendajos y puestos de comida. El olor a grasa frita. El olor a incienso. El olor a muchos cuerpos juntos. Cuando el auto finalmente llegó a su destino tuvo la sensación de que se habían trasladado a otra zona de tiempo, en otro país. Puro bullicio alrededor.
-Te voy a pedir un favor muy grande -le avisó la mujer-. Voy a pedirte que me aclares algo -imposible saber qué había en sus ojos detrás de las gafas negras, imposible saber qué motivaba el leve temblor de los labios—. Tú te dedicas a investigar cosas, ¿no es cierto?
Tan pronto como la Detective asintió, volvió a tomarla del codo y a dirigirla entre el gentío y bajo los techos de los tendajos hacia otros vericuetos aún más estrechos. Finalmente abrió una puerta de madera roja y, como si se encontraran ya a salvo después de una larga persecución, se echaron sobre unos sillones de piel abullonados. Un hombrecillo frágil les ofreció agua. Alguien más encendió la música de fondo. La mujer apagó su teléfono.
-A final de cuentas la casualidad no es una cosa tan tremenda ¿verdad? -preguntó La Detective con su altanería usual, tratando de enterar cuanto antes en el tema.
-En todo caso no es un asunto original -le contestó con una altanería si no similar, por lo menos de la misma contundencia.
-Quieres hablarme de un hombre decapitado del que nadie sabe nada. Quieres contarme del otro anillo -la Detective se cubría la boca con el vaso de agua mientras la veía y veía, al mismo tiempo, el cuarto donde se encontraban. Las ventanas cubiertas por gruesas cortinas de terciopelo. El piso de silenciosa madera. Las telarañas en las esquinas. Igual ahí se acababa todo. Igual y no había nada más.
-¿Siempre eres tan apresurada? -le preguntó. Los ojos entornados. La molestia. Los gestos de la buena educación.
-Supongo que sí. Esto -se interrumpió para beber otro trago de agua- es mi trabajo. Así me gano la vida. No es un hobby, por si te interesa saberlo.
-Puedo pagarte dos o tres veces más de lo que ganas.
-Que sean cuatro -respondió de inmediato. Luego sonrió. Entonces empezaron a hablar.


El dinero. El dinero siempre hacía de las suyas con ella. El dinero y el conocimiento—dos monedas de cambio. Estaba segura de que al final de todo, cuando recibiera la cantidad pactada, volvería a reírse frente al espejo del baño con la misma incredulidad y la misma agudeza. ¿De verdad lo necesitaba? El agua. Las gotas de agua sobre el rostro. Se respondería entonces lo que se respondía ahora mismo: no, en sentido estricto, no lo necesitaba. Añadiría: quien lo necesita, quien necesita darlo a cambio de lo que yo sabré, es ella. Y entonces volvería a ver el anillo como lo vio la primera vez: una argolla, una trampa, el último eslabón de la cadena que todavía ataba al decapitado a la vida. Una seña. El hallazgo y el dinero. La cadena del mundo natural. Cuando se metió bajo las sábanas pensó que no le molestaría en lo más mínimo que fueran de seda.


Le dijo que el anillo era una promesa. Una promesa que había dado y una promesa que había recibido. Un pacto.
—¿De sangre? —la interrumpió sin poder ocultar la burla.
—Algo así —contestó ella, sin inmutarse, viéndola al centro mismo de los ojos.
Le dijo que ella también lo había visto sobre la carretera. Lo había visto, aclaró, sin saber que era él. Sin imaginarlo siquiera. Dijo que su auto también había bajado la velocidad y que, al no ver el accidente, se había preguntado por la causa de la demora. Tenía que llegar a tiempo. Dijo que llevaba entre las manos el boleto para emprender un largo viaje, un viaje al oriente. Y se lo mostró en ese instante. Le mostró el boleto. Un boleto sin usar. Cuando él no llegó, eso también se lo dijo, cuando comprobó que no llegaba, que ya no llegaría más, se dio la media vuelta y regresó a su casa. No había llorado, le dijo.
También le dijo que era cursi, muy cursi, cursi de una manera extrema. Que se tomaba las cosas literalmente. Que tenía otros defectos de los que no podía hablar. Le dijo que no había tratado de averiguar nada. La curiosidad sólo llegó después. Le dijo que al inicio se contentó con escuchar los rumores que intercambiaban los chóferes. Captaba una que otra palabra de sus conversaciones en voz baja: cuerpo, tortura, cabeza, mano. Luego oyó las palabras que se referían al sitio: la carretera, el segundo carril, el aeropuerto. Dijo que poco a poco, sin quererlo en realidad, había formado un rompecabezas de ecos, susurros, secretos. Nada más le hacía falta la cabeza, le dijo. Porque hay una ciudad ahí. Una película. Una vida entera ahí. En la cabeza.

El anillo de jade era una joya preciada. Si se trataba en realidad de ese anillo, del anillo que aparecía en las fotografías que había conseguido por internet, entonces estaban frente a una alhaja de gran valor. Venía de oriente, en efecto, pero el diseñador le pertenecía a dos mundos: un habitante de la metrópoli central ya por años. Las serpientes entrelazadas, sin embargo, venían de más atrás. De todo el tiempo. El motivo que desde lejos parecía únicamente amoroso era también, cuando visto de cerca, letal. Una serpiente abría las fauces. La otra también. Frente a frente, en estado de estupor o de alerta, la circunferencia del anillo parecía tener el tamaño exacto para que los dientes, aunque mostrándose, no se tocaran. Se trataba de un círculo hecho para prevenir un daño. Para exorcizarlo.


Una serpiente frente a otra. Las bocas abiertas. Los cuerpos entrelazados. Un lecho circular bajo sus cuerpos. El inicio de una película. El inicio de una ciudad. La Detective abrió los ojos desmesuradamente frente al parabrisas. Las luces intermitentes del semáforo sobre el hombre, sobre la mujer, que yacían ajenos de todo, en otro lado. La redondez de los hombros. La apertura de los labios. El aroma a té de jazmín por entre todo eso. Uno respiraba dentro del otro. Las palabras: para siempre. Las palabras: una isla de terciopelo. Las palabras: aquí adentro todo es mío. Uno respiraba fuera del otro.


Había ido a la Lejana Ciudad Oriental para continuar con la investigación del tráfico de estupefacientes. Días antes, por un golpe de suerte, habían dado con un nombre que, de inmediato, les pareció de importancia en el caso. Cuando hubo que decidir quién emprendería el viaje, los detectives casados y los de recién contratación la señalaron a ella como si le selección fuera obvia y natural. No tuvo alternativa. En el momento del despegue, todavía con el desasosiego que le producía el viaje y la visión del cuerpo decapitado, pensó en las muchas cosas a las que la obligaba su soltería. Viajar por el mundo, por ejemplo. Detenerse frente a cadáveres frescos. Preguntarse por la ubicación de una cabeza.
-¿Viaje de placer? -le había preguntado su compañero de asiento tratando de hacer plática.
Por toda respuesta la Detective meneó la cabeza y cerró los ojos. Placer. Hacía mucho tiempo que no hacía cosas por placer. Simple placer. Puro placer.


Hay un avión que vuela dentro de una cabeza.


-El carpetazo al asunto vino desde arriba -le susurró el Asistente mientras caminaban a su auto. Y se lo había repetido después, ya en la mesa del restaurante donde habían elegido comer ese día.
-Falta de indicios —continuó—. Ya sabes. Una ejecución más. Una de tantas.
El hueso de un pollo saliendo de su boca. Los dedos llenos de grasa. Las palabras rápidas.
-¿Y nunca encontraron ni el arma ni la cabeza?
-Nunca.


Hay un cuerpo dentro de una cabeza. Una mano de alabastro. Un anillo.


Abrió la puerta de su casa. Se quitó los zapatos. Puso agua para preparar té. Cuando finalmente se echó sobre el sillón de la sala se dio cuenta de que no sólo estaba exhausta sino también triste. Algo sobre el homicidio no atendido. Una ejecución más. Una de tantas. Algo sobre tener que emprender un viaje a una lejana ciudad del oriente. Algo sobre estatuas de tamaño natural destruidas por el tiempo. Miembros rotos alrededor. Algo sobre una mujer que usa dinero para comprar una cabeza dentro de la cual hay una ciudad con muchas luces y una película de dos cuerpos juntos, una respiración adversa, y un avión que despega. Algo sobre abrir la puerta y quitarse los zapatos y preparar té dentro de una casa donde una cabeza flota dentro de una cabeza.

Regresó al lugar de los hechos. Le ordenó al taxista que la esperara mientras husmeaba por entre la maleza que bordeaba el lado derecho de la carretera. El pensamiento llegó entero a su mente: busco una cabeza. Se detuvo en seco. Elevó el rostro hacia la claridad arrebatadora del cielo. Respiró profundamente. No creyó que ella fuera una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de la carretera que iba al aeropuerto. Luego, pasados unos segundos apenas, volvió a mirar el suelo. Piedrecillas. Huellas. Desechos. Un pedazo de tela. Una lata oxidada. Una etiqueta. Plásticos. Colillas de cigarro. Tocó algunas cosas. A la mayoría sólo las vio de lejos. Se trataba, efectivamente, de una mujer que buscaba una cabeza a la orilla de una carretera. Pronto se convenció de que el crimen no había ocurrido ahí. Aquí. Pronto supo que esto sólo era una escena que reflejaba lo ocurrido en otro sitio. Un sitio lejano. Un sitio tan lejano como el oriente.


Perder la cabeza. El hombre lo había hecho. Perder todo lo que tenía dentro de la cabeza: una ciudad, una película, una vida, un anillo. Lo que él había perdido, ahora lo ganaba ella: la conexión que iba entre las luces de la ciudad y las luces de la película y las luces de la vida y las luces del anillo. Toda esa luminosidad sobre un lecho circular. La Detective lo vio todo de súbito otra vez, cegada por el momento. Acaso un sueño; con toda seguridad una alucinación. Ahí estaba de nueva cuenta la imbricación de los cuerpos. La malsana lentitud con que la yema del dedo índice resbalaba por la piel del vientre, el enramaje del pubis, la punta de los labios. El espasmo posterior. Ahí estaba ahora la mano que empuñaba, con toda decisión, el largo cabello femenino. Una brida. Los gemidos de dolor. Los gemidos de placer. Puro placer. Simple placer. La Detective se preguntó, muchas veces, si habría valido la pena eso. Esto: el estallido de la respiración, los ojos en blanco, el crujir del esqueleto. La Detective no pudo saber si el hombre, de estar vivo ahora, correría el riesgo de nuevo.


Hay placer, puro placer, simple placer, dentro de una cabeza.


La mujer no era hermosa, pero sí elegante. Había un velo entre ella y el mundo que producía tensión alrededor. Algo duro. Su manera de caminar. La forma en que levantaba la mano para mostrar, con indolencia, con algo parecido al inicio del aburrimiento, ese anillo. Una promesa. Eso había dicho: una promesa. Una promesa dada y ofrecida. La Detective la visitaba para darle malas noticias: ningún dato, ningún hallazgo, ninguna información. El hombre, cuyo nombre no se atrevía a pronunciar, había desaparecido sin dejar rastro alguno. Ya no podía más. No podía seguir manoseando periódicos viejos ni archivos ni documentos. No podía merodear por más días la escena de la escena de un crimen cometido lejos. No aguantaba más. Se lo decía todo así, de golpe, atropelladamente. No puedo seguir investigando su caso.
La Mujer del Anillo de Jade sonrió apenas. Le ofreció un té helado. La invitó a sentarse sobre el mullido sillón de su sala de estar. Luego abrió una puerta por la que entró una mujer muy pequeña que se hincó frente a ella y, sin verla a los ojos, le quitó los zapatos con iguales dosis de destreza y suavidad. Desapareció entonces y volvió a aparecer con un pequeño taburete forrado de terciopelo rojo y una palangana blanca, llena de agua caliente, de la que brotaban aromas a hierbas. Con movimientos delicados le ayudó a introducir sus pies desnudos en ella. El placer más básico. Simple placer. Puro placer. Un gemido apenas. El espasmo. La Mujer Pequeña colocó entonces una de sus extremidades sobre el taburete, entre sus propias piernas semiabiertas. Mientras masajeaba la planta de sus pies, la yema del dedo pulgar sobre la cabeza de los metatarsianos, el resto de los dedos sobre el empeine, la Mujer del Anillo de Jade guardó silencio. Y así se mantuvo cuando las diminutas manos de la masajista trabajaban los costados del pie en forma ascendente y cuando, minutos después, cogía el tendón de Aquiles con los dedos pulgar e índice y lo masajeaba en la misma dirección, firmemente. La mano abierta sobre el empeine, luego. Y, más tarde, en un tiempo que empezaba a no reconocer más, mientras la mujer sujetaba con la mano izquierda su rodilla, doblando suavemente la pierna sobre el muslo, La Detective tuvo unos deseos inmensos de gritar. El dolor la obligó a abrir los ojos que, hasta ese momento, había mantenido cerrados. Abrió los labios. Exhaló. Ahí, frente a ella, suspendida en el aire, estaba la mano de La Mujer del Anillo de Jade que le extendía, justo en ese instante, los billetes prometidos.
-Buen trabajo —la felicitó.
La Detective agachó la cabeza pero elevó la mirada. Los codos sobre las rodillas, los billetes en la mano, y los pies en el agua tibia, aromática. Una imagen extraña. Una imagen fuera de lugar. La corrupción de los sentidos.


Siempre quise un anillo así. Todavía lo quiero.

(c) Cristina Rivera Garza

México

El cuento Simple placer, puro placer fue publicado originalmente en el espacio de autor de la Revista Archivos del Sur en el año 2006, autorizado por la autora.

Acerca de la autora:

Cristina Rivera Garza

Nació en Matamoros, Tamaulipas, México en 1964.
Se doctoró en Historia latinoamericana por la Universidad de Houston.
Ha desarrollado una amplica carrera académica.
Es Co-Directora de Cátedra de Humanidades y Profesora del Departamento de Comunicación y Humanidades del ITESM-Campus Toluca
Actualmente es Directora Académica del Laboratorio Fronterizo de Escritores/Writing Lab on the Border. Financiado por el Fondo de Cultura Económica.
Ha publicado entre otros: las novelas Nadie me verá llorar y La cresta de Illión, el libro Ningún reloj cuenta eso y el libro de poesía La más mía. Recibió por La Guerra no importa. el Premio nacional de cuento del año 1987.
También ha publicado en diversas antologías. Ha recibido diversos premios, entre ellos:
En 2005 recibió el Premio Internacional Anna Seghers por su trayectoria.
En el mismo año su obra Nadie me verá llorar resultó Finalista del Premio Internacional IMPAC .
En 2003, Su libro La Cresta de Illión resultó Finalista del XII Premio Hispanoamericano Rómulo Gallegos.
En 2001 Sor Juana Inés de la Cruz para el mejor libro publicado a Nadie me verá llorar [No one Will See me Cry], Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Jalisco.
Es también conferencista y ha participado y participa como jurado en diversos concursos literarios nacionales e internacionales. También ha organizado diferentes eventos multidisciplinarios en universidades mexicanas y de otros países.
Blog: No hay tal lugar
http://cristinariveragarza.blogspot.com/

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