domingo, 11 de diciembre de 2011

Nilza Amaral













































Nilza Amaral










En la tienda del viejo inmigrante

Cada sábado por la tarde el espectáculo acontece. El hombre monta un caballo al revés, aferrándose a la cola del animal, sale por las calles de la aldea, en una demostración gratuita para unos pocos transeúntes que se detienen para reírse un momento. Sin embargo, absortos en sus quehaceres retoman su camino, sin saber por qué aquel aldeano de alpargatas, bombacha de campo, y sobrero de paja atraviesa el pueblo todos los sábados por la tarde haciendo payasadas encima de esa yegua flaca.
El punto de partida y de llegada de ese jinete es la tienda del viejo inmigrante lleno de nostalgia por su Venecia, las góndolas y el olor del mar de su tierra natal, de la cual se fuera debido a las inundaciones que casi se tragan a la isla en el año dieciocho. El viejo cobra caro los tragos de aguardiente que ofrece a los clientes del fin de semana, a los agricultores que compran mercaderías para abastecer sus lugares.
El precio caro es por la satisfacción no por el dinero. Es por la felicidad que estas personas humildes tienen de poder permanecer en su país, ignorantes de amenazas políticas o desastres naturales.
Después de la cuarta o quinta copa de fernet, o tercer vaso de ron, el agricultor hace la voluntad del dueño de la tienda, y desvia su mente de los pensamientos de su tierra de origen , jugando a ser un payaso de circo, mientras su mujer de piel curtida por las plantaciones a pleno sol, con ropa de domingo, sandalias con medias agujereadas, espera el final del espectáculo con la cabeza inclinada y los ojos bajos. Cada vez que el marido pasa agarrado a la cola del caballo, imitando a los jinetes de rodeo, tirando de las riendas, levantando las nalgas del animal que relincha de dolor con cada tirón del freno, tirando patadas en todas direcciones, se dibuja en la cara de la mujer una risa amarilla y opaca. No es una risa de vergüenza o de opresión. Tal vez una mueca de humildad.
El agricultor, consciente de su responsabilidad de borracho, con una mano agarrando la cola del animal y la crin en la otra, al llegar a la puerta de la tienda hace movimientos arriesgados e invariablemente, termina el show con una espectacular caída. Los movimientos despiertan la risa del viejo tendero dormido, y todo siempre termina con la entrada del agricultor en el lugar santo, el hospital disponible. Entonces, dándose por satisfecho, el tendero ahuyenta a la mujer con sus mercancías, ¨ xo, xo, xo, a través de Vada, vada a través de ¨. Ella ata el viejo caballo al carro de las compras y va a buscar atención médica para su marido. El tendero descarga su descontento con los agricultores y éstos disfrutan las copas que aquél les ofrece. Puede ordenar esta relación como una relación política amistosa entre dos razas. Después de la presentación inusual, el viejo y el cónsul, italiano también, se sientan en los sacos de papas en la puerta de la tienda a recordar paisajes de la patria, llenos de emoción, sentimiento y nostalgia. - Ahora soy un viejo, no vuelvo más, se lamenta el tendero. - Somos viejos, mi amigo, jamás volveremos - afirma el cónsul.
A menudo, las palabras se sustituyen por largos silencios y profundos suspiros, pronto suplantados por los comentarios sobre los compatriotas recién llegados, por las distantes riquezas de los más antiguos de la capital allí. - Tenemos hasta políticos, los museos del paisano, y la conversación siempre termina con la alabanza del cónsul al dueño de la tienda indicando que este amigo había logrado algo de poder en el pueblo, porque después de todo es dueño de predios en el ayuntamiento, en la iglesia, y la parcela en el cementerio. - Pero falta el reconocimiento, dice el propietario, el reconocimiento. -Reconocimiento y el olor del mar, completa el cónsul.
Más tarde, cuando cae la noche y se retira el cónsul, él recoge las bolsas de la puerta y entonces sí, siente una pizca de arrepentimiento por la humillación impuesta a los clientes, una puntada en el corazón, pero sólo durante unos segundos, luego de nuevo vuelve a sentir toda la envidia por los nativos de esta tierra y sonríe feliz pensando en las payasadas que hacen por un vaso de aguardiente. Así que toma su fernet, pone en su viejo tocadiscos sus viejas óperas italianas, en especial, Tosca, tarde y noche, y noche por medio toma su baño caliente.

Giulia, la mujer del posadero, mira a su patria todos los días por las calles de la ciudadela, no sabe quién es o quién era. El espejo le muestra una imagen que no conocía: una bruja gorda de pelo blanco. Ella busca a su vieja imagen: la bella italiana de piernas gruesas y cintura fina. Cada mañana, después del desayuno que le sirve la empleada , viaja kilómetros en busca de la casa de sus padres y de su identidad. Durante horas, frente al arroyo que divide el lugar, pensando que la suya es la Roma del Tíber, sentada bajo un árbol habla mucho con las hormigas, ratas, mariposas, les cuenta los acontecimientos pasados, de cómo siente la falta de su verdadera vida que ya no sabe dónde. Siempre se vuelve de forma segura de la mano de algún vecino, ya es consciente de sus viajes infructuosos, para la mirada de su viejo marido. Éste la mira tiernamente, acariciándole el pelo largo y blanco y envuelto en un moño grande, y la guía con cuidado a la silla de respaldo alto. -El trono de mi reina, dice. Ignora la sonrisa tonta de la mujer que lo contempla insegura. Pasa la noche escuchando sus óperas con el sonido bastante fuerte. Por lo que el anciano lleva a la mujer a su habitación y pone el rosario entre sus dedos temblorosos. Y ella está allí, tratando de recordar qué hacer con esa sarta de cuentas que todas las noches el hombre que se dice su marido envuelve sus manos, diciendo: - Reza, reza, para recuperar la memoria. De rodillas ante la imagen del santo, se pasa horas sin saber si es de noche o de día hasta que el dolor en las piernas, la hace acostar en la cama.
Sin embargo, un toque de magia se instala en esta noche sorprendente. Ella no se arroja en la cama cuando está cansada. Ella está allí, agotada, las piernas doloridas, con ardor en los ojos, apretando las cuentas, tratando de extraer de ellas su significado.
Él tiene todo listo para el ritual del baño, ha calentado la ropa y una toalla en la estufa eléctrica, ha preparado una copa de fernet doble, aprovechando al máximo el agua de la canilla de la bañera, amarilla y vieja, hasta que el humo del agua caliente inunda el cuarto de baño y la cocina contigua. Luego sumerge su cuerpo viejo y dolorido relajándose en el agua y se sumerge horas, bebiendo fernet, perdido en la memoria en medio del humo abundante, pidiendo a Dios que le diera una muerte sin dolor.
Esa noche, a diferencia de los otras, un aroma de mar invade la habitación. Enciende la radio a galena, una reliquia traída de la patria y que funciona cuando la suerte ayuda. Entre silbidos e interrupciones escucha al locutor decir: ¨ la escoria de los países extranjeros está invadiendo el país, los inmigrantes han sido expulsados de su patria, ellos llegan a nuestra tierra a traer crímenes impunes y costumbres inferiores¨.
El viejo inmigrante que no era un criminal en su país, y creció escuchando a su padre cantar ópera, golpea la radio que por suerte para él, en lugar de caer en la bañera cae en la puerta del baño, haciendo un ruido infernal en la sala silenciosa y cerrada .
Desgraciadamente, el viejo se duplica la dosis de fernet. Y se zambulle de cabeza en el agua caliente, se inunda de un extraño olor de mar y permanece ahí un largo tiempo. Tiempo suficiente para percibir extraños ruidos de carretas, voces que gritan, el ruido sordo de las grúas, gente instalándose. .. ante sus ojos se abren imágenes futuristas de calles en formación, ciudades cada vez más grandes, las grandes fincas que las componen, el dinero que entra. Aún sumergido en el agua va viendo las imágenes que se superponen, la prosperidad que viene, los banqueros que se radican. Las escenas persisten, y reconoce a sus compatriotas que contribuyen al crecimiento de la ciudad, que incluso fundaron museos, exposiciones traídas de todas partes del mundo para este país que los recibió como escoria, nada diferente a cómo recibieron a los esclavos del África. El agua calienta su cuerpo, relaja los sentidos, y pasa revista a los jóvenes, la esperanza, se casó con su Giulia, aumentado a su familia, doce hijos brasileros, que son carpinteros, sastres, comerciantes, y contribuyen con sus esfuerzos a la riqueza de la nación. La película de su vida pasa ante sus ojos hasta el momento en que siente un dolor agudo en el pecho y se cierra para siempre.
En su dormitorio Giulia todavía trata de averiguar para qué sirven las cuentas del rosario. Entonces, sin más ni menos palabras de la oración brotan de su cerebro y salen por sus labios, recita el Ave María con devoción, siente humedecer los ojos y los de la imagen de Nuestra Señora, y de pronto esta humedad que se convirtió en lágrimas de felicidad, empapa el suelo de baldosas rojas. De repente, las palabras olvidadas en el fondo de la memoria aparecen a borbotones, lo que provoca el recuerdo de su patria, el barco que la llevó a un país extranjero, el esposo que tanto ama, sus hijos. No cree en la gracia recibida, orando fervientemente todas las oraciones que su familia italiana oró unida. Y entonces sí, la ansiedad de tantos recuerdos es demasiado para su corazón. Abrazada a la imagen, permanece estática hasta que el olor predominante en el aire del agua de su río italiano, cesa por completo.
El estallido de la radio que se rompió contra la puerta de atrás en el tiempo de esa noche mágica ahora y el ensordecedor ruido, sacude la casa, se derrama en el agua del baño, que se une a las lágrimas de Giulia y la santa, inunda la casa, lleva a la bañera toda la sala, se detiene en el cuarto Giulia, la recoge y la imagen de la santa, a su paso, junto con el cuerpo quieto de Giuseppe. El improvisado bote de vela navega en el agua salada de las lágrimas mezcladas con el agua dulce de la bañera, le sirven como cauce.
Al amanecer los hijos llegan con una sorpresa para los padres. Y encuentran a la pareja inerte, con una sonrisa de felicidad en las caras, además de la imagen de la santa llorando, flotando en la bañera antigua en la casa inundada. No es extraño lo que sucedió, después de todo, la magia aún persiste en el tiempo. Están enterrados en un ataúd grande, digno de un inmigrante al que le gusta la ópera. La imagen de la santa se encuentra llorando sobre la tumba. Como un tributo al propietario, los lugareños llegan, se emborrachan con aguardiente, y dejan el féretro haciendo las payasadas habituales en sus caballos, ante los ojos de las mujeres de piel bronceada por el trabajo al sol, orgullosos de poder contribuir a la alegría del evento . Esta vez los transeúntes se detienen a presentar sus últimos respetos a la pareja que se fue, y a arrodillarse a los pies de la imagen de la santa que llora.
La piedra de mármol, una sorpresa que no llegó a tiempo, sirve como lápida, y en ella se lee: ¨ El Ayuntamiento de honor el Sr. Giuseppe Ancona y la familia, y los considera ciudadanos brasileños en reconocimiento por haber contribuido al progreso de la ciudad. ¨
El último en salir es el cónsul italiano, abatido y desilusionado. Después de la petición al Ayuntamiento que éste no había cumplido a tiempo.
Acariciando la piedra con nostalgia, el olor del aire salado penetra en la nariz, los capullos de rosa recién plantados se abren en flor, mientras que una gran paz calma el corazón.
Al pasar por la puerta de hierro, no puede resistir el deseo y se da vuelta para mirar por última vez. Y pasado este tiempo Giuseppe y Giulia se abrazan en la lápida de la tumba. Agitando esa distancia, se ve una pareja muy joven. Sigue siendo el toque extraño de la magia.

Nunca la nostalgia por la patria duele tanto en el corazón de un cónsul.

(c) Nilza Amaral

San Pablo

Brasil

(c) de la Traducción al castellano (c)Araceli Otamendi

El cuento En la tienda del viejo inmigrante recibió recientemente el Premio Talentos de la madurez que otorga el Banco Santander, en San Pablo, Brasil.

















Acerca de la autora:


Nilza Amaral, Vicepresidente da UBE - União Brasileira de Escritores, Profesora de Literaturas Brasileña y Portuguesa y Lengua Inglesa que forma parte del grupo de escritores Góticos de São Paulo.

imagen: fotografía del libro Pulperías y boliches de la Provincia de Buenos Aires

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