lunes, 12 de diciembre de 2011

Rubén Amaya



















Mafalda


Muy pocos conocían su nombre, para todos era simplemente Mafalda. Un querubín sonrosado: todo su rostro era una sonrisa, entre angelical y traviesa; Sus diecisiete años estaban invadidos de ternura, picardía, responsabilidad.
La responsabilidad se manifestaba en su preocupación por los estudios, su solidaridad y honestidad con sus amigos, y su constancia en la militancia.
Esta, la militancia, tenía para ella, formas particulares. Tenía absoluta conciencia de la atracción que producía entre los jóvenes, militantes o no. Más allá de su rostro, verdaderamente hermoso: de su cuerpo, armonioso, detonante, sin llegar a la exuberancia: toda ella, su manera de andar, su mirada franca y penetrante, su risa, (una catarata de sonidos); su modo de demostrar afecto, entre inocente y perverso; todo, era una tentación difícil de ignorar.
Usaba sus encantos, para sumar o asegurar militantes a su organización. En concreto, los enamoraba, los incorporaba y los dejaba. Eso sí, dulcemente, para que no produjera rencores ni alejamientos.
Militaba con alegría, con picardía, con desenfado. Siempre en el límite de la disciplina que obsesionaba a los ortodoxos. No era una simple inconsciencia de juventud. Mafalda tenía muy claro el porqué de su compromiso político. Lo que no sabía, lo intuía. Navegaba con aparente descuido, en la semiclandestinidad de los años 70.
En las reuniones, era el tábano molesto. Preguntaba el porqué de todo, discutía todo, cuestionaba todo. Después se reía del fastidio de los responsables, pero se aplicaba seriamente a la tarea que le fuera encomendada.

- Mafalda, el martes nos movilizamos en adhesión a la huelga de los obreros metalúrgicos. Tenés que organizar la participación de los jóvenes de tu sector.

- No hay problema. ¿A qué hora hay que estar?

Como siempre, la presencia de los jóvenes estaba asegurada. Mafalda se preocupaba de convocar y comprometer a cada uno.
Eran tiempos de continuas movilizaciones. Por el retorno de la democracia, por la solidaridad con trabajadores en huelga, por el boleto estudiantil, por la libertad de compañeros presos. Sobraban los motivos y la decisión de no dar tregua a las fuerzas de represión.
Se aproximó a mí, pidiéndome que la ayudara a preparar un examen del colegio. Quizás por el buen resultado de la experiencia, o quizás, simplemente porque nos sentimos amigos, nos acostumbramos a juntarnos por las tardes en mi casa, tres o cuatro veces por semana. Preparábamos alguna materia que tuviera pendiente, tomábamos mate, hablábamos de política, leíamos poesía; poco a poco me fue tomando de confidente. Me contaba de las cosas que soñaba: que esperaba de la vida; particularmente, en algún momento se atrevió a confiarme aspectos de su vida íntima. De algún modo, se había confundido en las redes de su propio juego. Por aquello de seducir ligeramente a los jóvenes que quería incorporar a la militancia, los chicos que la rodeaban, aquellos con quienes compartía la mayor parte de su tiempo, no se atrevían a intentar siquiera una relación amorosa con ella.
Los 60, y especialmente los 70, no fueron sólo años de violencia. Fueron tiempos de una fenomenal explosión de imaginación. De una juventud que despertaba de una largo letargo de prejuicios y de un orden y una disciplina acartonadas. De derribar mitos y verdades absolutas. Desde la canción, un sector se despegaba del folclore paisajista, para ser un testimonio de su tiempo; aparecía el rock, como lenguaje de los jóvenes. A pesar de los aparatos de censura, el cine se liberaba de ataduras moralistas. Cuba y Viet nam, nos decían que el poder imperialista no era invencible. En medio de la sucesión de dictadorzuelos militares y sus montañas de prohibiciones, un viento de libertad soplaba por las calles y los jóvenes lo respiraban a pulmón abierto.
Uno de esos mitos, era, desde la mirada de los muchachos, el de la novia virgen. Desde la mirada de ellas, el cuidado de su virginidad, como un tesoro que había que cuidar de los depredadores sexuales. Una de esas tardes de mate y confidencias, Mafalda me confiesa que a sus diecisiete años, seguía virgen, a pesar de ella. Que en las mínimas oportunidades en que pudo haber tenido su iniciación sexual, el conocer su estado de virginidad provocaba la huída estrepitosa del galán de turno.
Lo tomaba como una frustración. A veces se reía de la situación, en otros momentos se angustiaba. Me clavaba su mirada inundada de interrogantes, y me preguntaba (o se preguntaba) ¿Me moriré virgen?. En aquel momento mis dos hijas estaban entrando en la adolescencia, yo las veía reflejadas en ella, y no me atrevía a sugerirle nada.
La convocatoria era en el Congreso Nacional, para reclamar el cese del estado de sitio, instalado casi como una situación permanente. El despliegue policial y parapolicial, era abrumador, cosa que, especialmente a los jóvenes, no les impresionaba demasiado.
Desatada la represión, Mafalda se fue quedando atrás, cuidando a los compañeros a su cargo. Inevitablemente quedó dentro del cerco policial, y de allí a un celular rumbo a la comisaría más cercana.
Llegó convertida en un montoncito sonrosado cubierto de lágrimas. No era un llanto silencioso, sus lamentos se escuchaban desde el último rincón de la comisaría:

- ¡Yo vine al centro con mi amiguito Carlitos! ¡Mi mamá nos dio permiso para ir al cine! ¡Qué le voy a decir a mi papá! ¿Por qué me traen aquí si no hice nada?

Cuando se ponía en ese papel, incluso representaba menos edad de la que tenía. Realmente parecía una tierna niñita desconsolada.

Los llevaron a un patio, para luego hacerlos pasar a la guardia de a uno, y tomarles los datos. Cuando le tocó el turno, redobló sus lamentos y sus lágrimas, al preguntarle su nombre, dice:

- Mafalda, en mi casa me dicen Mafalda.

Aunque pueda ser difícil de creer, un policía se conduele y le ofrece un caramelo. Sus llantos y sus lamentos son de tal magnitud, que llaman la atención del comisario. La lleva a su oficina y la consuela. Se ocupa personalmente en llamar por teléfono a sus padres, para que la vengan a buscar. Mientras esperan, ordena que le hagan un té para que se calme. Llega el padre, y entre sonrisas, agradecimientos y apretones de mano, se la lleva.

Una hora después, Mafalda está de regreso en la comisaría, con un grupo de abogados y la lista completa de los chicos detenidos en esa seccional. Mientras se van retirando, el comisario, parado en la puerta de la comisaría, mirándola fijo, le dice:

-Nos vamos a volver a encontrar Mafalda, te lo aseguro. En algún momento te voy a buscar.
Pasan cuatro años, intensos, graves, dolorosos. No todos entendimos que apenas eran un anuncio de la tragedia que se avecinaba. Llega el año 76, y el golpe de Estado.

La alegría de vivir, el universo desenfadado, noble, solidario, que cobija a Mafalda, no logra coordinar con la realidad de un país asaltado por criminales, ladrones y torturadores. Ella continúa con sus estudios, sus enamorados y su militancia. No desconoce ni subestima que hay que adoptar medidas de seguridad, pero su vitalidad y su inalterable alegría la suelen desbordar. Hace un tiempo que dejamos de frecuentarnos. Tuve que llevar a mi familia a otro lugar, (poco tiempo después de abandonar nuestra casa, fue allanada). Voy muy poco al barrio, siempre por motivos concretos, no por paseo. Y en esas oportunidades, no siempre tenemos la fortuna de encontrarnos.

Llego una tarde al barrio, y la angustia reinante, crea un clima tan espeso que golpea la piel. No necesito preguntar. Apenas me ven, un compañero me pone al tanto.

- Se llevaron a Mafalda.

Algunos chicos fueron testigos. Dos coches estaban estacionados frente a la entrada del colegio, desde un rato antes de la hora de entrada. La dejaron llegar hasta la puerta. Se bajaron en patota, la rodearon, la llevaron hasta uno de los coches, prácticamente en el aire. Ella gritaba su nombre, hasta que, de alguna manera le taparon la boca, la subieron a empujones y partieron. Dos de los chicos reconocieron a uno de los secuestradores. Aquel comisario que había amenazado buscarla.

El pobre miserable, seguramente fue alimentando su rencor y su odio. Los tristes fundamentos que sostienen a un represor. La visión de su vida (de alguna manera hay que llamarla), está poblada de enemigos que ni siquiera conoce. ¿Cómo podría esa parodia de ser humano, saber del estallido de amor que significan tantas Mafaldas que iluminan el mundo?
Todos los intentos fueron inútiles, nunca más supimos de ella. La habrán torturado, seguramente la violaron. Pero, si acaso llegó virgen, como se lamentaba, a su calvario, se alejó de nuestro mundo, intacta, virgen. Porque estos gusanos, no tendrán jamás, ninguna posibilidad de violar su dignidad, el milagro cotidiano de su sonrisa militante.

(c) Rubén Amaya
San Miguel de Tucumán



Tucumán




rubenescritor@yahoo.com



Acerca del autor:

Rubén Amaya es escritor. Trayectoria: Autor de canciones, entre otros, con: Andrés Fernández, Ángel Crego, Lucho Hoyos, Rubén Cruz, Luis “Pato” Gentillini. Realizó espectáculos y recitales con:

Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, Héctor Negro, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Luis Enrique Mejía Godoy, Carlos Mejía Godoy, Norma Elena Gadea, Julio Lacarra, Teresa Parodi, Los Andariegos, Moncho Miérez, Andrea Torres, Ángel Crego, Andrés Fernández, Lucho Hoyos, Claudio Sosa, Rubén Cruz, Luis “Pato” Gentillini, Litto Nebbia David Lebon, Silvina Garré, y más.

Diversos premios municipales, provinciales, nacionales y en el exterior. Dos obras de teatro puestas en escena en Buenos Aires.

Ocupó cargos relevantes en diversos movimientos artísticos, como por ejemplo Co-Fundador del Movimiento “Tiempo Abierto”, en La Matanza (Bs.As.) Co-Fundador y Co-Presidente del Movimiento de la Nueva Canción, en su segunda etapa, (Presidencia colegiada, integrada por Mercedes Sosa, Armando Tejada Gómez, Mario Arnedo Gallo, Virgilio Expósito, Víctor Heredia, León Gieco y Rubén Amaya) tres veces Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores de Tucumán. Presidente del Primer Congreso Latinoamericano de Escritores, realizado en Tucumán.



Obra publicada: 1982: Simple como el pan Poesía).1985: Para no decir adiós (Poesía)-1986: Las palomas pueden ver más de cerca el corazón del hombre (Relatos y poemas).1986: El viejo compromiso y la mejor tristeza (Poemas).1987: El arte por la vida (Ensayo).1989: La calesita no se rinde (Cuentos y poemas).1992: Sur... el olvido ¿Y después? (Poemas).1994: Crónicas del regreso (Poemas).1996: Viaje en cuento (Cuentos).2002: ¿A cuánto se cotiza la cultura? Primera parte (Ensayo)- 2006: ¿A cuánto se cotiza la cultura? Segunda parte (Ensayo) - 2010: La calesita no se rinde (reedición)

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