viernes, 4 de mayo de 2012

Cecilia Vetti






Un tío viejo



Alguien se había pegado al timbre y estaba dispuesto a no soltarlo. A la hora de
la siesta no acostumbraban a pedir limosna, aparte de que ahora había pocos
pordioseros recorriendo las calles, y mucho menos un domingo. Tampoco esperaba
visitas. Nora dormía la siesta como si nunca fuera a despertar. Se levantó con desgano
y se calzó las chinelas. Observó por la mirilla de quien se trataba. Era el tío Eugenio,
por más  que hacía años que no lo veía, lo hubiera reconocido en cualquier lugar.
- ¡La puta que te parió!... ¡De que cajón resucitaste!
Estaba más viejo, más flaco, más vencido. Tenía el mismo gesto de capitán de barco.
Siempre discutía con el viejo, podía recordar los gestos y las palabras. Para ellos,
la tierra y el campo era lo principal.

Dio vuelta la llave y abrió. El tío se quedó mirándolo como si lo hubiera visto ayer.
Hacía más de diez años que él no aparecía por el pueblo. Un pueblo chato y sin
ambiciones.

– ¿Tío Eugenio, cómo llegó hasta aquí? ¿Lo trajeron o vino solo? ¿Lo acompañó
mi vieja?– le preguntó sin franquearle la entrada.

–Me trajeron los pies, uno delante del otro. – murmuró con su típica tonada pueblerina.
Últimamente los pies me llevan a cualquier parte. – dijo recostándose en el muro.

–Pero mi vieja sabe que usted se fue del pueblo. Sabe que se tomó el tren del espiante.
 ¿No lo estarán buscando?

–Tu vieja hace meses que no me viene a ver, y desde que no frecuento el boliche
 no veo a nadie. ¿Quién puede querer hablar con un viejo?, además todos mis amigos
han muerto o se fueron del pueblo. Qué puedo decirte. Tu vieja anda enredada
con un fulano, cuando más vieja más loca. Seguro que le está sacando la plata. –afirmó

– Bueno tío, tampoco es cosa de ofender. Usted nunca la tragó a mi vieja. Siempre les
 tuvo bronca a las mujeres. ¡Qué joder!... Tampoco hay que ser tan rencoroso porque
una mina lo dejó cuando noviaban.

–No me importa, ella es la viuda de mi hermano, vos sos lo único de mi sangre que me queda.
 – suspiró el viejo casi como si lo lamentara.

Andrés observó la valija atada con una soga. Olía casi tan mal como el viejo. Su
tío Eugenio tenía toda su humanidad, incluso la ropa, marcada por el tiempo.

–Pero tío, aparecerse así, de improviso. Usted no sabe como es Nora, un poco
fastidiosa. Ni siquiera aguanta a la madre. No le va gustar nada su llegada, además
está en una edad difícil. – dijo impacientándose.

–Sé por tu madre que tu mujer es menos humana que mi perra. Una vez ella me
 lo dijo, pero no me importa, igual me vine.

–Bueno, entre tío. No se va a quedar toda la tarde parado a la puerta. Ella está
durmiendo, los días de semana trabaja. Justo un domingo se aparece sin avisar.
Tenga cuidado, no me manche la alfombra porque la otra es capaz de hacer un
escándalo. Pase a la cocina que le voy a cebar unos mates, también tengo unos
 bizcochos dulces. ¿A qué hora tiene el tren de vuelta?

El otro lo miró con una mirada larga e hizo una mueca.

–Pase tío, no haga mucho ruido, ella es capaz de dormir toda la tarde. Creo que
ni siquiera se va a enterar que usted estuvo aquí. ¿Tiene hambre?

– Los viejos no tenemos hambre, lo perdemos en el camino, pero me duelen tanto
 las piernas. Tengo la osamenta como gastada, sabés. ¿Puedo sentarme?– preguntó
queriéndose agachar.

– Siéntese en esa silla baja, las otras están recién tapizadas. Al menor roce se arruinan
– casi le rogó.

El tío dejó caer su flaca humanidad en la silla baja como si en ello le fuera la vida.
 Suspiró, teniendo cuidado de tener cerca su pequeña valija, al alcance de sus ganas.


Viejo desconfiado, pensó Andrés. Todos los de la familia son iguales, amarretes y desconfiados. No les sacás una moneda ni apuntándolo con la escopeta. Y más éste, un solterón amargado, y por si fuera poco con olor a roña. ¿Cuánto hace que no se bañará el viejo este?–se dijo mientras buscaba la yerba.

Por suerte el mate le salió espumoso, le sirvió unos bizcochos, pero el tío solo aceptó el mate.

Como un viento tempestuoso se abrió la puerta de la cocina y apareció Nora, con el pelo alborotado y el vestido arriba de las rodillas. Supo por su gesto que no debió dejarlo entrar.

– Tu familia es un castigo, che. ¿Me querés decir de dónde salió este viejo roñoso?

– dijo por lo bajo.

El tío sorbía el mate con ganas, ni siquiera levantó la cabeza para mirarla. El líquido
verdoso bajaba por su garganta seca. Al levantar la cabeza, se encontró con la mujer.

– ¿Y a usted quién lo trajo?, seguro lo mandó mi suegra para molestarme.

–Ya le dije a mi sobrino que me trajeron los pies, son muy caprichosos, les gusta
hacer travesuras. Para jorobar, nomás. – rió por lo bajo.

–No se da cuenta que le pudo pasar algo. Un viejo solo en la ciudad. ¡Lo que hay que
ver! –gritó con los labios fruncidos.

– No se preocupe, si me pasara algo nadie se daría cuenta. –le aclaró

–Sacátelo de encima pronto porque no lo aguanto. –gritó Nora. Tu familia es pura
roña.

Me parece que me va a dar un ataque. –murmuró casi llorando. Dentro de un rato va a
venir el nene con los amigos… ¡No quiero que lo encuentren aquí!

–Voy a tener que quedarme unos días, tengo que arreglar unos papeles. Hay cosas
 que no se pueden hacer en el pueblo. No quiero que se entere tu madre, de la
 bronca es capaz de matarme a la perra.

–No te dije, este viejo está enfermo y quiere que lo cuidemos. –dijo Nora guardando
los bizcochos.

El tío se inclinó, estiró el brazo y desató la soga que cerraba la valija. Al momento
salieron disparados un pantalón descolorido y una camisa a cuadros.

– No te dije, hasta se trajo la ropa. Te doy unos minutos para que lo rajes de aquí.

–Tío, se le abrió la valija, va a perder la ropa, por qué no la cierra.

–La ropa es para ocultar la plata, dijo mostrando diversos fajos de billetes p
erfectamente alineados.

–Los dos se acercaron para mirar esa fortuna que se asomaba de la vieja valija.
¡Eran dólares!... Pero tío, esto es mucha plata… ¿Acaso usted asaltó el banco y
 se está escapando? Una vez vi una película en la que unos viejos robaban un banco.
 No me asuste, tío. ¡Son dólares! ¿Me entiende, viejo? ¡Dólares…!

–No tuve necesidad de robar un Banco, los Almeida no hacemos esas cosas.
Solo tuve que plantar soja. Esa hierba que corre tan rápido como una liebre y crece
en cualquier parte. Mis campos están cubiertos de soja. En todos estos años gané mucha
plata, sobrino– respondió suspirando.

–Tío, siéntese en el sillón tapizado, va a estar más cómodo. –le ofreció Nora
alcanzándole un almohadón.

– Así estoy bien, no me gusta estar más alto que los demás. No es de buena gente. Dame otro mate, Adrián.

Su nombre en la boca del viejo sonó distinto. Las manos le temblaban y el agua
cayó de los costados del mate como una cascada verde. Nora se apuró en limpiarlo.
 ¿Tío, usted no se estará por casar? –le preguntó intrigado. ¿Lo va a depositar en
un banco de la ciudad?

–Sabés Adrián, últimamente me estuvo doliendo mucho el pecho. No quiero que
tu madre le regale a un extraño mi plata.

– ¡Tiene mucha razón!–opinó Nora.

– Vos sos muy parecido a mi hermano y tenés los mismos ojos de mi madre. Cuando
 eras chico me gustaba que me miraras. Me hacía la ilusión que ella me estaba mirando.
Son cosas mías. Toda esta plata es tuya…–dijo sorbiendo el mate con placer. Yo ya
 tengo para mis males. No necesito nada más que un buen cajón y un poco de paz.
¡Todo es tuyo!... ¡Tuyo!...

– Está seguro, tío. Mire que yo no le exijo nada. Hace tanto que no nos veíamos.
Ni siquiera conoce a mi pibe. Debe estar por llegar. Le va a dar mucho gusto conocerlo.
 ¿No es verdad, Nora?

Ella se calla, está como hipnotizada mirando los billetes. –Tío, mire que son dólares,
después no diga que se lo robamos. – murmuró temblando.

–Solo es moneda extranjera, no entiendo el idioma. Todo me lo administró el gerente
del Banco. El viejo ríe, desparrama los billetes y ríe con una risa ronca. ¡La soja!...
 ¡Qué cosa!...Casi todos en el pueblo son ricos. Justo ahora que nos queda poco
tiempo. Yo nunca quise nada más que mi casa, mis plantas y mi perra. Mañana mismo
quiero que vayamos al notario para poner a tu nombre la casa y el campo. Tengo
una dirección que me dio el gerente. Es un buen hombre, se ocupa de todo. Después
tenemos que hablarle para que no se preocupe.

Apoyada en la mesa, Nora ha vuelto a destapar la lata de bizcochos. Los bizcochos
crocantes brillan con la última luz de la tarde.

–Che, mi tío está cansado, preparale el baño y un pijama. Ése azul con rayas blancas, ése
 que parece de seda.

Ella pareció salir de un trance y desapareció. Al momento solo se oía el ruido del
agua al caer en la bañadera.

–Yo no me baño ni loco, querés que se me seque el cuerpo. ¡No faltaba más, uno
anda con tan buena intención y le vienen con el baño! Solo quiero un catre o un sillón

para dormir un poco. El viaje me dejó medio desarmado.

– ¡Mi cama, tío! ¡Mi cama!... Acaso no soy su único pariente. Mañana falto al trabajo y lo acompaño a lo del notario. Los tíos viejos tiene que tener donde apoyarse. Si uno no le hace un
favor a un pariente. ¿A quién?... ¿No quiere un bizcocho?

El viejo se levanta y acercándose a la ventana mira la calle. –¡Linda tarde!, dice
como para sí. Pero en el campo son más lindas, podés ver recostarse el sol a los
 lejos como si se despidiera. A veces te dan ganas de llorar.

–Y llore, tío, para qué tiene mi hombro. Pase al dormitorio, acuéstese, se lo ve cansado…
La Nora y yo lo vamos a cuidar.

El viejo se pierde en un dormitorio ajeno, con las cortinas floreadas y una cama tan
 grande como su cansancio. La cama está tibia y tiene olor a lavanda. Se deja estar mirando el cielorraso hasta que se queda dormido.

Andrés y Nora se sientan sobre la alfombra, ni siquiera se atreven a tocar los billetes.
– ¡Que te parió, el viejo!, –dice él. – ¡Qué te parió, el viejo!, –repite ella con los
ojos llenos de lágrimas. A tu vieja le va a dar una bronca… Suerte que lo dejaste
 entrar…



© Cecilia Vetti

Banfield

Provincia de Buenos Aires

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