sábado, 23 de junio de 2012

Gabriela Aguilera Valdivia




Vine a cobrar lo que me debes


Te he seguido y sé con quién sales, a qué hora vuelves. Escuché cuando detuviste el auto, el sonido de la puerta al abrirse, las llaves que dejaste caer en el pocillo rojo que está sobre el arrimo de la entrada. Después, tarareando, te metiste a la ducha.
Creíste que firmando los papeles del divorcio todo se había acabado. Tienes que saber que no es así. Hay cuentas pendientes. Tú me debes demasiado. Estás obligada a pagarme y yo vine a cobrar esa deuda. Con ayuda de la pistola que descansa en el bolsillo de mi chaqueta.
A pesar de que cambiaste las cerraduras, pude entrar. Yo entro a donde quiera. No me creíste cuando te dije que no importaba dónde te escondieras, que no importaba cuántas denuncias pusieras, cuántas órdenes de restricción llevaran mi nombre. Yo te iba a encontrar, te iba a tener frente a mí. Porque así quiero que sea.
Abrí el mueble bar, me serví un trago y me senté a esperarte en el sofá blanco, recostado en los cojines. Tengo derecho. Esta es mi casa aunque me hayas sacado de aquí. Te quedaste con los hijos, con los amigos, con parte del dinero y con este sofá, que compramos juntos.
Fueron buenos tiempos… Te dedicabas a cuidar de la casa y a criar a los hijos y yo pensaba que eras feliz. La vida era simple y fácil entonces. Pero te dio por volver a aficiones que tenías antes de que nos conociéramos, incluso retomaste amistades que eran sólo tuyas. Me dejaste fuera. Volviste a hablar de temas que yo no entendía, dejando en evidencia que intelectualmente, yo era inferior a ti. Te reías de lo que hablaba, descalificabas cualquier cosa que yo hiciera. Te alejaste, tomaste aires de reina, me abandonaste.
Me sacaba de quicio que protagonizaras las películas, dejándome eternamente los roles secundarios. Recuerdo las veces que monopolizaste las conversaciones con tus ocurrencias y tu risa.
Nunca entendí de qué te quejabas. Te lo di todo, incluso adelantándome a tus deseos, porque era capaz de adivinar lo que pensabas, lo que querías. Estuve a tus órdenes durante treinta años, dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier sacrificio para que estuvieras contenta y me amaras, a veces pidiéndote que me lo dijeras, aunque no fuera cierto. Te mostré el mundo. Fuimos a lugares que los perdedores que te rodean ahora no conocerán nunca. Pero para las mujeres nada es suficiente, siempre quieren más.
Y una noche de septiembre me comunicaste que ibas a separarte y hablaste de la libertad, de tu necesidad de crear, una sarta de tonterías que no tenían sentido para mí. Te abofeteé, claro que sí. Estúpida. Creíste que era fácil terminar conmigo. Por formulismo te pregunté si había alguien más y contestaste que no. >Supe que decías la verdad y entonces traté de convencerte para que reconstruyéramos el matrimonio, apelando a eso de que lo más importante es la familia. Estaba dispuesto a aceptar las migajas de cariño que quisieras darme, con tal de seguir a tus pies, admirándote, igual que un perro, conformándome con unas cuantas caricias que me entregabas de limosna.
Qué te has imaginado, imbécil. La gente me felicitaba por estar casado con una mujer como tú. Muchos de mis amigos te deseaban, podía verlo en la manera en que te observaban y sé que algunos de ellos se acercaron a ti después de que nos separamos. Te perseguí durante meses, manteniendo amantes, claro, qué te crees, desgraciada... No iba a dejar que nadie me viera en el suelo, derrotado, vaciando botella tras botella. Cuestión de dignidad. Sin embargo, tú sabes que eres la primera y la única. Siempre lo serás. Mi mujer. Mi esposa.
Me sirvo otro whisky y me digo que no vas a tener la última palabra, no te vas a salir con la tuya, no te quedarás riéndote de mí. Piensas que me has vencido, que porque estamos divorciados y pusiste distancia entre los dos, ganaste la guerra.
Te oigo cantar bajo el agua y tarareo contigo. Cierras la ducha y preguntas quién anda ahí. Esa es una de tus preguntas clásicas. “Quién anda ahí”, decías, pesquisándome en mi propia casa. Debo reconocerlo…tienes buen oído.
Sales del baño y entras al living con cautela, envuelta en una toalla. Me ves y das la vuelta, gritando. Te agarro del brazo y te obligo a sentarte en el sofá blanco. “Vas a escucharme, maldita infeliz”, te digo, “ ahora vas a escucharme.
Tienes miedo, lo veo en tus ojos, en la forma en que tiembla tu mano sujetando la toalla que te cubre. “¡Tú eres la culpable!”, te grito, “Me provocaste, me acorralaste, me robaste lo que es mío, asesorada por esa abogadilla, otra perra igual a ti”. Lloras, murmurando, “Por favor, por favor”. No me conmueves con tus lágrimas. Arruinaste mi vida. No quisiste obedecerme, no me hiciste caso. Y yo te lo advertí más de una vez.
Tratas de huir de nuevo, aprovechando el momento en que estoy tomando el último trago de whisky. Te alcanzo, te tomo del cuello, apretando tu garganta con mis manos, inmovilizándote contra la pared. Cómo te cuesta respirar, maldita. Quiero que sientas lo que es que le falte el aire a uno. Intentas rasguñarme y entonces te suelto y te golpeo en el estómago. Caes sobre la alfombra, la misma alfombra sobre la que me arrastré hace unos meses, suplicándote que me dejaras volver. Estás doblada en dos, afirmándote en el sofá blanco. Me enfurece verte llorar así, debilitada en tu desnudez, hecha un ovillo en el suelo. Te golpeo en la cara con el puño cerrado y te sangra la boca y la nariz. “¡No tienes derecho a jugar a la víctima!”, grito, “¡El único perjudicado aquí soy yo!”.
Estás a mis pies ahora, en el lugar que he deseado tenerte desde que empezó todo esto. Levantas la mano y te agarras de mi pantalón. Acabas de ensuciarme con tu sangre. Saco la pistola, la levanto, la acerco a tu cabeza y aprieto el gatillo. La bala estalla en sangre que mancha el tapiz blanco del sofá.

Ahora sí estamos a mano. Las cuentas están saldadas.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia

Santiago de Chile

Acerca de la autora:

Gabriela Aguilera Valdivia


Es escritora, narradora y antropóloga, formada en estudios mexicanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Es profesora suplente en los cursos de la escritora Pía Barros, miembro del comité editorial de Asterión Ediciones y actual Presidente de la Corporación de Letras de Chile. Publicó tres libros de cuentos y tres de microcuentos, y también en antologías de Cuba, Argentina, Estados Unidos, Venezuela y España. Su publicación más reciente es la novela Saint Michel.












2 comentarios:

Anónimo dijo...

El cuento no esta alejado de lo que sucede en la realidad. Los problemas conyugales, la rutina, el hartazgo mata la pasión, el amor.

flavio dijo...

Me gusto el relato, lo seguí hasta el final. Felicitaciones.