sábado, 23 de junio de 2012

Gabriela Aguilera Valdivia




Ecuación Lógica


Al Zorro, cuyo tremendismo barroco enlaza tan bien con el mío



Si

un grupo de hombres estuviera en un bar una noche de viernes, después del trabajo, bebiendo cerveza, jugando unas partidas de cacho, mirando el televisor que está suspendido en la pared, levantándose por turnos para ir al baño y el garzón hubiera retirado vasos y ceniceros vacíos en mas de tres oportunidades.

Si

cerca de la medianoche entrara una mujer sola y se instalara en una mesa próxima a la del grupo de hombres. Ellos mirarían sus piernas largas, el vestido blanco ceñido, los pechos grandes y enmudecerían volteando la cabeza hasta constatar que pide algo al garzón y saca sus cigarrillos. “Puta”, dictaminaría uno y los otros asentirían, sopesando con los ojos a la mujer, que movería la cabeza para sacudirse el deseo que la agrede.

Si

esta mujer oliera el aroma bestial que emanan los hombres de la mesa y fingiera que no le importa, actuando como si estuviera acostumbrada a provocar esas reacciones cuando entra a un lugar como ése, escuchando sin oír lo que los hombres gritan, fumando y bebiendo la cerveza que ha pedido, en compañía de su propia imagen en el espejo de la pared.

Si

los hombres apostaran acerca de cuál de ellos podrá levantarse a la chica de blanco, garantizado el silencio del grupo para proteger al ganador y que durante una semana lo elevará por sobre sus compañeros. Ejercitarían sus dotes de seductores, haciendo propuestas a la mujer, alabando su cuerpo, destazándola en medio del bar lleno de humo.

Si

se abriera la puerta del boliche y entrara alguien que viste pantalón oscuro y chaqueta de cuero, alguien que los hombres confunden a primera vista con un congénere, que pasa junto a ellos y se sienta en la mesa de atrás, de espalda a la suya y luego cayeran en la cuenta de que es una mujer. “Tortillera”, dictaminaría uno de los hombres y los otros se reirían. La recién llegada repararía en la otra, mirándola como los hombres, que no dejan de hacerle proposiciones y bromas de doble sentido, provocándola sin que ella haga ni un solo gesto que delate siquiera si los oye.

Si

la mujer de la chaqueta de cuero mirara a los hombres con una sonrisa burlona, echándose hacia atrás en el asiento rojo plastificado, sorprendiéndolos al decir “Apuesto. Soy más macho que ustedes. La mina es mía”. Uno de los hombres se levantaría amenazador y los otros lo calmarían, obligándolo a sentarse. Concluirían que la del vestido blanco se ve muy hembra y con toda seguridad no los ha considerado porque está tomando un descanso entre cliente y cliente. Que jamás una mujer así iba a irse con una marimacho por algo que no fuera plata.

Si

los hombres vieran que la recién llegada sonríe a la otra, le hace gestos con la boca, invitándola sin hablar, pensarían que es divertido verla comportándose igual que ellos, tratando de asemejarse a ellos. “Le falta uno de éstos”, diría uno de los hombres, tocándose la entrepierna y los otros reirían a carcajadas. Y dejarían de jugar al cacho, porque sentirían que están en un juego diferente ahora, en el que los contrincantes son ellos y la otra. Macho, machito, machote, quién se levantará a la mina del vestido blanco ceñido.

Si

la del vestido blanco ceñido reparara en la otra, que no deja de insinuársele y modular palabras que los hombres no logran captar en su totalidad. Las dos mujeres se mirarían a través del humo que las envuelve, el reflejo de ambas sonriendo en el espejo de la pared. Los hombres enmudecerían al contemplar ese ir y venir de miradas y sonrisas y verían a la mujer de chaqueta de cuero levantarse para ir hasta la blanco, pidiendo dos schop al garzón.

Si

los hombres las vieran, la del vestido blanco echándose el pelo hacia atrás y la de chaqueta de cuero aproximándose a ella como para besarla pero no lo hace. Ninguno diría nada y volverían a concentrarse en tirar los dados sobre la mesa. Diez minutos más tarde verían pasar a las dos mujeres, escucharían sus risas y la de la chaqueta de cuero abriría la puerta del bar para dejar pasar a la del vestido blanco. La puerta se cerrará tras ellas, con lentitud.

Si

ya fuera imposible mantener la pantomima del juego de dados y los clientes de las otras mesas se rieran y bromearan con lo que acaba de ocurrir. El garzón les preguntaría si quieren algo más porque van a cerrar en un rato y ellos percibirían la burla, el cosquilleo de la alegría que le causa al tipo el fracaso del grupo de perdedores que ya no jugarán más al cacho, sino que pagarán la cuenta y se dirigirán hacia la puerta con rapidez, viendo desde la vereda a las mujeres que atraviesan hacia el parque de Los Reyes, abrazadas.

Entonces

correrán hasta donde están ellas, las agarrarán de los brazos, las golpearán en la cara y el estómago y la del vestido blanco huirá entre gritos, buscando refugio en la oscuridad del parque. Los hombres le darán duro a la mujer de chaqueta de cuero, que se encogerá en el suelo, gritando, con el rostro hecho pedazos por las patadas, la mujer que será sangre y huesos rotos, con las puntas de los zapatos de esos hombres clavadas en el cuerpo como hojas de cuchillos que han esperado toda la noche para sacrificarla.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia

Santiago de Chile
































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