miércoles, 22 de mayo de 2013

Cecilia Prada - Noches de años dorados*




Cecilia Prada



Noches de años dorados



          Doménico tenía rastas y olía mal.

Con el cabello graso y tirante hacia los lados de la cabeza él trenzaba sus rastas que ataba atrás. Ella nunca había visto un hombre con rastas. Empujó  a su madre y comenzó a reír. Su madre dijo que él era napolitano y que en su  tierra los hombres llevaban el pelo así. Y que  ella dejara de reír, porque era feo que una  muchacha estuviera riendo en la iglesia.
Doménico era uno de los hombres más importantes que iba a cantar la Novena de Navidad en el Santuario del Corazón de Jesús. Todos hombres parecidos a su padre, medio gordos, medio viejos, se saludaban levantando el sombrero en la puerta de la iglesia. Algunos sólo hablaban en italiano, y fue así que ella aprendió que   buona sera quería decir buenas noches y no tenía nada que ver con la cera Parquetina que pasaban en el suelo.
Importantes, separados de las mujeres como si no las conociesen, ellos avanzaban por  la nave central de la iglesia, que en aquellos días de años dorados estaba toda iluminada, y se dirigían  a los asientos delanteros. Pero ella, la única hija, la única niña iba con ellos los hombres importantes, iba de la mano del padre.
Descubría risitas en los ojos suspirantes de las señoras que estaban envueltas en sus velos, de rodillas, con la cabeza baja mientras que el grupo de ganadores caminaba con la cabeza erguida por la nave central de la iglesia, dirigiéndose directamente a la divinidad, los hombres de la Cofradía del Santísimo Sacramento.
El mundo todo dividido como una torta. Mujeres para acá, hombres para allá. En tajadas coloridas, las personas, el mundo. Las muchachas solteras eran Hijas de María, usaban un  vestido blanco de manga larga y una cinta en forma de V con una medalla verde y cadena corta para las aspirantes, azul y cadena larga para las que habían sido aceptadas. Cuando la bendición terminaba, ellas tiraban de la cinta, besaban la medalla y mantenían la cinta doblada en una bolsa. Ella estaba celosa. No podía esperar para crecer. Pero cuando ellas se casaban, ya no podían vestir de blanco. No podían ser más Hijas de María. Blanco y azul eran los colores de Nuestra Señora y de las muchachas vírgenes, porque Nuestra Señora había sido virgen, antes, durante y después del parto, y quien sabe aquello qué es lo que quería decir.
Las mujeres casadas vestían de negro o colores  oscuros y  usaban una cinta roja, del Santísimo, decían. Eran todas medio gordas y tristes. Y un día ella oyó una discusión entre la madre y la tía Eduarda hermana del padre, que nunca se había casado pero vestía de negro porque tenía más de 44 años. Y la tía le dijo a la madre que una mujer casada no podía usar una pollera rosa, dónde se vio, no quedaba bien. Y que ella se cuidase más, al final ya tenía veinticinco años y debía comportarse como una señora.
       Los hombres solteros ¿son Hijos de María?
Todo el mundo se reía mucho. Las personas estaban siempre riéndose de sus preguntas.
       Congregación Mariana, se dice así, había corregido
su  tío, que también usaba una cinta azul en el traje gris.
                    Pero lo más hermoso e importante eran los hombres de la Hermandad  del Santísimo que usaban una capa roja como Papá Noel, llamada opa(1) y tenían privilegios, llevar antorchas, cargar el palio, que era un pano rojo como una choza en la playa extendida sobre cuatro bastones dorados y que cubría el Santísimo Sacramento en la procesión – ella pensaba que era para que él se cubriera  de la lluvia.
Los hombres, sólo ellos podían llevar el palio  y acercarse al Santísimo Sacramento, los hombres más viejos, serios, casados, gordos. ¿Sería que ellos  no tenían miedo del Santísimo? Ella tenía mucho miedo, por el Santísimo, porque  hasta el Padre sólo podía entrar en esa caja dorada llamada sagrario y celebrar  con una toalla dorada ¿sino se quemaba?
Porque el Santísimo , ah, el Santísimo , la gente no debía  ni siquiera mirar  cuando el sacerdote eleva la hostia consagrada en la misa
      - Baja la cabeza, chica.
               –¿Si veía, se quedaba ciega?
El Santísimo Sacramento se asocia siempre con  rayos. El sagrario tenía rayos de oro que rodean el cuerpo de Nuestro Señor y a quien tomara la Hostia consagrada, que era el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, vendría un rayo caído del cielo y lo fulminaría. Se llama sacrilegio. Era un pecado que no tenía perdón. El peor de los pecados.
       Pero el padre tomaba la hostia. El se lavaba las manos antes, una palangana de oro, mientras que en el altar cubierto de rojo  solo el coroínha(2), el chico que lo ayudaba, podría estar cerca de él, porque era un niño. Pero sólo el padre, porque era Padre y porque era un hombre, podía tocar la hostia. Las mujeres no podían tocarla, nunca podían tocarla.
–¿Si me lavo las manos antes?
       No.

     Y más tarde, cuando, cinco años después, diez días después de cumplir los diez años, tuvo su menstruación, estuvo ayudando a su madre a  hornear masa de pan y la masa se agrió por su culpa. La madre dijo que cuando la mujer estaba indispuesta las cosas salían amargas. Y entonces comprendió por qué las mujeres no podían conseguir tocar la hostia  - agriaban el cuerpo de Nuestro Señor. Se sentía sucia y humillada. Y se puso a llorar.
La sangre menstrual .... tenía un olor medio ácido, ser una mujer era entonces eso, la humillación, el secreto, mantenerse  siempre en los rincones, a la sombra, de rodillas en los bancos de la iglesia mientras los hombres iban con la cabeza erguida buscando  los asientos delanteros, el lugar les pertenecía  por derecho divino.
Pero ella – sería diferente de todos, de las mujeres, de los otros niños – ella porque solamente ella admitida, con abrazos en sus cinco años de rizos color avellana, en el coro de hombres en la Novena de Navidad que era la cosa más hermosa del mundo. Y si tenía suerte podía tironear del padre hacia un banco bien lejos de Domenico, que tenía rastas y olía mal.
   El coro de hombres cerca del órgano cantaba en latín. En aquellos días, la organista, doña Francisca, descansaba. Venía  un organista de afuera, un hombre, porque las mujeres sólo servían para hacer las cosas de todos los días, decía el Padre. Incluso los grandes cocineros son hombres.

Los sacerdotes cantaban y el coro de Hermanos del Santísimo respondían a coro:
         Regem venturum Domine
         Venite adoremus

A la salida de la iglesia su madre y su tía decían que habían escuchado una vocecita  desafinada cantando:
                    Legem ventulum Domine
           Venite adolemus 

       Pero a ella no le importaba. Ella sabía latín. Ella cantaba en el coro de hombres. Ella era diferente.
       Se había ganado el derecho a hablar.

(1) opa, en portugués en el original, especie de capa sin mangas de color violeta como
 vestimenta de los obispos, que vestían   los hombres que rodeaban el Santísimo

(2)coroínha, en portugués en el original, monaguillo. 


(c) Cecilia Prada
San Pablo
Brasil

Título original:   Noites de anjos dourados  -traducido del portugués al español: (c) Araceli Otamendi, versión autorizada por Cecilia Prada para su publicación en la revista Archivos del Sur 

Cecilia Prada es una periodista y escritora brasileña. Ha publicado trece libros y ha recibido cuatro premios literarios, y el "Premio de ESSO Reportagem/1980" Folha de São Paulo. También fue diplomática de carrera. Este cuento  pertenece al libro ESTUDOS DE INTERIORES PARA UMA ARQUITETURA DA SOLIDÃO (Editora DBA-SP-2004). También tiene cuentos publicados en antologías, en Brasil y en el extranjero: en Alemania, Suiza, Italia, Estados Unidos, los países escandinavos y en Portugal.



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