sábado, 13 de julio de 2013

Noche sin maquillaje- Araceli Otamendi



Aprendí a maquillarme mirando a mi madre y a una de mis tías, cómo
se pintaban delante de un espejo. Era toda una ceremonia y yo las
imitaba. Primero fue en los juegos infantiles: sacar las pinturas de
una cajita y embadurnarme la cara con base, los ojos con sombra
verde, los labios pintados de rouge. También el rubor en las mejillas.
A los dieciseis años aprendí a ponerme pestañas postizas, era todo
un ritual. Los ojos me quedaban grandes como arañas además de
sombra plateada y azul en los párpados. Yo era feliz así, con esa
cantidad de pintura en la cara, me hacía sentir grande, me hacía sentir
que pertenecía a esa familia de tantas mujeres que competían entre
sí para ver cuál era la más linda, la mejor vestida, la más arreglada.
Por consejo de una profesora de matemáticas nunca quise salir con
ningún chico del club. Ella contó una vez que en los vestuarios el padre
había escuchado cosas aberrantes de la mayoría de las mujeres del
club, las decían los hombres y él no quería que su hija estuviera en la
boca de ninguno de esos tipos del club. Así que simplemente, aunque
algún compañero de deportes me gustara, salía indefectiblemente con
alguien de afuera. Mi deporte principal era la esgrima, pero
también practicaba otros como natación y gimnasia. La mayoría de los
que practicaban ese deporte eran chicos lindos, tenían buenos cuerpos
y también la cara. Generalmente, eran armoniosos. Pero yo había tomado
una decisión y no la  iba a cambiar. A la sala de esgrima iba tremendamente
maquillada, como si fuera a una sesión fotográfica.
Fue una noche cuando me encontré desnuda ante la cámara, podríamos
decir. La cámara eran los ojos de un médico que hacía la visita nocturna a los
enfermos de un sanatorio. Yo estaba ahí, cuidando a mi madre internada. Ella
salió de la sala de operaciones pálida, tenía las manos frías y cuando despertó
no hacía más que llamar a la madre:

- Mamáaaa, mamáaaa...

El pedido de auxilio creo que se escuchaba hasta dos o tres pisos más abajo.
Me quedé entonces a cuidarla. La madre, es decir mi abuela, hacía tiempo que
vivía en su mundo infantil. Cuando íbamos a verla hablaba de sus hermanos,
Leonel y Aldo como si hubieran estado jugando juntos hasta hace un rato.
Entonces mamá ya no tenía mamá en su función de madre pero en su desesperación
la llamaba igual.
Sábado a la noche, mi novio me deja en la puerta del sanatorio, nos despedimos
con un beso y se va en el auto. Mientras subo en el ascensor pienso ¿adónde va?
¿se irá con otra mujer o tal vez a jugar al bowling con los amigos? ¿los amigos
incluyen también amigas? ¿me quiere o no me quiere? Soy muy joven y él también
lo es. Y aquí estoy, en la habitación, voy a pasar la noche cuidando a mi madre. empiezo
a sacarme el maquillaje, me pongo un camisón y me acuesto, con un libro para entrete-
nerme antes de dormir. Mamá está tranquila porque alguien la cuida, ya se ha olvidado
de llamar a la madre, que por otra parte, sabe que no puede venir. Y entonces aparece,
uno de los hombres más lindos de esgrima, alto, rubio, de ojos celestes, vestido con el
guardapolvo blanco. Es médico y está haciendo la visita nocturna a los pacientes. Me
quiero morir. Me meto debajo de la cama ¿o de la tierra? La mira a mi madre, la revisa,
mientras pienso:¿dónde me meto? entonces lo miro y me río y me dice:

- Yo a vos te conozco
- Yo a vos también - digo

Ahí me reconoce y se ríe:

- ¿Qué hacés acá?
- La cuido a mamá
- Sos distinta, sin el maquillaje
- Y vos también, con ese guardapolvo - le digo.

Nos seguimos riendo durante un rato, mamá sin entender, le explicaré después quién
es ese médico con el que me siento tan cómplice esa noche. Él de guardia nocturna
en ese sanatorio, visitando pacientes, yo haciéndole compañía a una enferma. Y la
noche de sábado tan ahí afuera, tan llena de luces nocturnas y de estrellas.

(c) Araceli Otamendi

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