lunes, 30 de junio de 2014

Sergio Manganelli - Naif



Naif               


                                                                                          A cierta desmesura de verbos clandestinos
                                                                                          que va y viene de Valencia a Buenos Aires
                                                                                          hasta que la vida los separe.

             
En el centro del parque hay una fuente, no es gran cosa, simplemente una fuente. En ciertas tardes una mujer espera, entre las mismas horas de sol o de ventisca, el paso del carruaje. Se encierra tras una muralla de palomas y aguarda, sembrando de cereales el contorno. Lleva un  libro en las manos que cada tanto lee con aire de dulzura. Todo en ella sugiere fragilidad y paz, remansos para el alma. Una especie de óleo a la inocencia. Ningún hombre sensible dudaría en cambiar su vida por la de las aves inquietas, para olvidar el vértigo de oscuros logaritmos. De engranajes frenéticos trillando la belleza. Por arruinar esa  secuencia infame de reglas mnemotécnicas, de pobre paranoia, de tomarse los días como si fueran sopa. De pánico a sentir. Abandonando el barco de los rotuladores, y dejar que se ahogue esa existencia enferma, ácida de sentencias, de frío emocional, de ínfimas conmociones atadas con alambre. De la mortaja en cuotas. Esa forma de prostituir el deseo que llamamos rutina. Para hurgar en penumbra la luz de su vertiente, indagando con ansias al reloj de su talle, descubriendo la arcilla que restaura los cuerpos. Ese feroz encuentro del instinto y la dicha. Escapar si es preciso al rigor de los siglos. Por cierto muchos ya lo han intentado, apelando a hechizos de toda magnitud, acudiendo a druidas y boticarios de cualquier rincón del tiempo, o ensayando por meses hábitos de plumífero. Porque en verdad nada cautiva más su ánimo que las palomas y el eco de su cauce interior. Nadie le habla. No hay quien se atreva a trasponer la estricta claridad que la rodea.
Según los monjes es un espíritu de sombras, encerrado en un cuerpo que el demonio torna bello y joven a la vista para tender su trampa - y al paso del cual desvían la mirada, espantando al hombre que subyace en la sangre- obra de la malicia que tuerce la virtud. A juicio de los nobles no es más que una bella cortesana, perdida en desvaríos de insatisfecho amor, o en rumores de guerras y sus nieblas. Cualquiera de ellos la tornaría una mujer respetada, incluso a condición de edificarle un palomar en la sala más sublime de  palacio.
Los campesinos la veneran, como si fuera la imagen misma de la madre de todos los mortales, y esconden el deseo, pueril y candoroso, tras el temor reverencial de profanarla. La ven como una de ellos, descendida del cielo para fecundidad de la próxima cosecha.
A la Inquisición, que cada tanto hace su siega oscurantista, su purga de pasiones y la quemazón salvaje de toda rebeldía, le resulta un dilema no saber bajo qué sordidez arrastrarla a la hoguera.
Los pastores le temen, porque su canto hace descarriar los rebaños, y no atienden las flautas que buscan congregarlos. Por supuesto la envidian.  El problema son los soldados que irrumpen en la plaza, con su tronar de hierros, arrastrando a su marcha remolinos de plumas, reclamando el tributo de los mercaderes, las dóciles nalgas de las lavanderas o el paradero de cualquier desdichado. Pero ante ella corrigen la postura y con marciales votos se alejan a la guerra, o a soñarla entre fiebres de batalla, tal cual la descubrieron la primera jornada.
Valdría la pena -dicen- quemar todas las naves por pagar el precio de volver a encontrarla, devorando el océano a brazadas, o morir como hereje reencarnando en paloma, y librarnos del cielo, de una vez y por siempre. Ella sigue inmutable, perfecta con su libro y su melancolía, manteniendo la ebullición del aire a granos y sonrisas. Los pordioseros que rondan su mendrugo tras la misericordia de las buenas gentes, jamás dejan de tenerla a la mira, u oírle recitar trémula lo que contiene el libro misterioso. Juran que en esas horas olvidan la desgracia, y el retintín de las  monedas les cuaja el corazón, en ese lapso prefieren no pedir, no esperar nada.  Solo admirar la vida desde lejos.
Para los mercaderes, los banqueros, los traficantes de carne de burdel, los dueños de los circos  y los alcahuetes reales, ella es simplemente mercadería negada, una prenda imposible, perla inalcanzable en las profundidades de algún trágico maleficio, culpa del cual se hundirían sus buques, quebrarían sus negocios de usura, se morirían de peste los ministros y cundiría en el reino la perfidia, el envenenamiento de príncipes y pajes, y toda suerte de desarreglos sensoriales entre los venerables señores del Consejo.
Los médicos sostienen que el mal está en  su sangre, en todos sus fluidos, tanto que  lo perciben en la tonalidad nefasta de su iris. Conviene mantener aséptica distancia. Las lavanderas son las únicas que le sonríen al paso, con sincera amistad.
Los niños devotos distraen la atención de sus institutrices para admirar la suave humanidad de sus rodillas, el juego de sus manos como alas, o el verde fulminante de su brisa. Las damas de buena familia suponen como siempre que lleva mala vida. Los contadores cuentan intereses de menos, y se odian a sí mismos al regresar a casa.
 Los verdugos no paran de matar por no poder matarla y se muerden los labios, enjugando el rencor en sus capuchas.  Los marinos la exhiben cual mascaron de proa de todas sus hazañas, y lloran a mares -valga la coincidencia- sobre todos los mares, ansiando entrar al puerto de Valencia.
En las tabernas beben a destajo piratas y embusteros, toda la buena gente de la tierra, y se cuentan mentiras sobre aquella sirena que enciende los delirios, con las mayores garantías de viril certeza.  En tanto ella prosigue, en su pequeño palmo de universo, inexpugnable al tic-tac de los sucesos. Saboreando la magia de su literatura, perdiendo la mirada en sus anhelos. Asaltada de besos  que no llegan. Los notarios sienten trastabillar sus oscuras vesículas, y narran su desdén a los sepultureros. Los herreros padecen, sofocados de calores inéditos. Hasta los cocineros descubren el sabor impensado.
Se funde en los lagares el mosto de la tierra y madura en los odres la luz de la alegría. El cielo calla  y pinta todos los arreboles, la víspera augural de la mañana. Es entonces que escucho el recitado tenue: “me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”.  Las palomas infieles huyeron a sus nidos y ella presiente que perdió el sortilegio.
Acaba de abordar el 168, desde la Plaza de los dos Congresos. Es febrero 28, a inicios de la vigésima primera centuria, sobre toda la América del Sur y otros destinos.  El pincel reposa en la paleta. Apenas una  muchacha luminosa recitando a  Neruda entre una ronda  de palomas, con los ojos en vuelo y un juego de ternura en la sonrisa. Una estampa romántica fugada de otro lienzo.
Sucede que sin duda estamos vivos, irremediablemente.
Apúntenlo en el diario del naufragio, escríbanlo a resguardo del olvido.  
En tanto el corazón se bebe una alegría, sobre el paréntesis tibio de sus pechos.


(c) Sergio Manganelli  
San Antonio de Padua
Provincia de Buenos Aires
República Argentina 


Sergio Manganelli, poeta y narrador argentino. Vive en San Antonio de Padua, Provincia de Buenos Aires. Ha publicado poemas y artículos en diferentes diarios y revistas de la Argentina y de otros países: La Prensa (Buenos Aires); La Capital (Mar del Plata); La Arena (Santa Rosa, La Pampa); El Día Latinoamericano México); El Diario de Villa María (Córdoba, Argentina); La Gaceta (Tucumán); El Patagónico (Comodoro Rivadavia) entre varios más.
También textos suyos han sido publicados en las revistas Letras de Buenos Aires, Alba de América, Hora de poesía, Nirvana Populi, El Grillo, La palabra y el hombre, Repertorio Latinoamericano, Agua, Norte, Horizonte de cultura, El Gran Dragón Rojo y la mujer, Vertientes, El Coloquio de los Perros, Letralia, El Dígoras, La Casa de Asterión, Everba, El escribidor, Casa de las Américas, Literaturas.com, Estación Quilmes  y otras.

texto enviado por Sergio Manganelli para su publicación en la revista Archivos del Sur.

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