lunes, 1 de diciembre de 2014

Aldo Rosales Velázquez - Los bares en Málaga

Aldo Rosales Velázquez
El cuento Los bares en Málaga, de Aldo Rosales Velázquez resultó finalista en el Segundo Concurso de Cuentos de tema libre  Revista Archivos del Sur.

 
Los bares en Málaga

 

 
-Piensa en un lugar, digamos… Málaga, ¿cómo son los bares ahí?

Ernesto tiembla al escuchar la pregunta. Cierra los ojos, respira hondo, comienza a imaginar ese lugar, aunque nunca había oído hablar de él. Las calles son rústicas, forradas de piedras lisas y brillantes, color miel, como panecillos duros. Toca la puerta de un edificio que cree reconocer como un bar, aunque no sabría decir por qué.

-Tocaste la puerta, eso es raro. Bien. ¿Y te han abierto?

Abre un hombre entrado en años, de pelo lacio y escaso, como cabellera de bebé. Contesta el buenas tardes con un español raro, ahuyenta las moscas sobre un trozo de queso en un pequeño plato de bordes desportillados sobre la única mesa. Regresa a su lugar tras la barra y recarga los brazos sobre ella.

-¿Es la única mesa?

Más al fondo, apenas iluminada por un foco en la pared, hay otra: frente a ella un hombre inmóvil; parece dormido. Entre sus manos, un vaso de líquido ámbar y, sobre sus piernas, como si fuera una cobija, un diario donde se lee: torero perdió la vida en la faena. El hombre tras la barra sirve cerveza en un vaso largo, delgado; lo coloca frente a Ernesto, espera.

-Vas a beber, supongo. En los bares, así como en las fiestas, se bebe, ¿no?; es algo inevitable. Digamos que en Málaga es de mala educación rechazar el primer vaso que, por cierto, es gratis; al menos eso te harán creer, porque al fin y al cabo te lo cobrarán discretamente. Así se estila allá.

Ernesto toma el vaso, inclina la cabeza en señal de saludo y bebe. Mira tras el hombre un calendario de 1986: los Alpes Suizos lucen esplendorosos, irreales. El techo es de vigas de madera y ladrillos rojos, como la casa de sus abuelos.

-¿De veras? ¿Como la casa de tus abuelos? Bien.

Quiere platicar algo con el hombre tras la barra. Habla del clima en Málaga: templado con posibilidades de lluvia, raro en esa época del año ¿no? Bueno, cómo saber. El hombre de cabellera de bebé sonríe: extranjeros, quizás se esté diciendo por lo bajo, cómo saber eso también. Bebe otro poco y mira alrededor: el bar está demasiado vacío para esas horas de la tarde, ¿no? Claro, cómo saberlo. El queso vuelve a llenarse de moscas que toman su tiempo para hacer lo que sea que hagan las moscas en Málaga.

-¿Sigues bebiendo…? No, está bien, tú dime.

Ernesto pide otro vaso antes de acabar el primero. Vuelve a mirar el calendario: no recuerda si había visto el año 1986 o 1996 la primera vez, pero ahora ha cambiado. El hombre de la mesa del fondo también ha cambiado: ahora es una mujer. El queso lleno de moscas ha desaparecido, así como la mesa donde estaba. Ernesto mira el vaso, como si ahí estuvieran las respuestas o las cosas que ya no encuentra. Nada. Un líquido violáceo que dice bien poco, casi nada. ¿Será normal el calor así de húmedo en Málaga?

-Sí, dicen que Málaga es como una lágrima: húmedo, salino, doloroso. Eso dicen, ¿tú lo crees? Bueno, ¿y la mujer?

Ernesto se acerca a la mesa y mira a la mujer que lee un periódico donde se anuncia que al día siguiente picará "Manos" para Manuel García. Se sienta sin preguntar si puede. Conversan. El ventilador hace el sonido de un moscardón, descuartiza el techo de tabique rojo y tablas apolilladas. La mujer huele a cigarro y a perfume dulzón, una combinación de mujer fuerte.

-¿Así son las mujeres fuertes? ¿Qué más?

Hablan de las corridas de toros. Ella dice que son muy, cómo decirlo, ¿españolas? Un adjetivo que nada dice a Ernesto: no sabe si es bueno o malo. La mujer agita el vaso sobre la cabeza, en dirección al hombre de la barra, y se lleva un cigarro a la boca. Enciende ambos, el de ella y el de Ernesto, aunque él no recuerda haberse llevado uno a la boca, ni siquiera sabía que fumaba: debe ser Málaga.

-¿Una mujer que bebe y fuma? Sígueme diciendo cómo es Málaga.
Málaga es de calles fuertes. Sí, así las describiría Ernesto: calles fuertes, veredas de viejos panecillos de miel. Avanza del brazo de la mujer. En una esquina, bajo una farola inútil como todas las farolas durante el día- unos viejos hablan a gritos, pero no riñen: celebran que el sábado entrante pelea el hijo de uno de ellos. Es mecánico durante el día, boxeador durante las noches. Debe oler a grasa, porque el aroma que uno carga denuncia lo que uno es. La mujer sigue amarrada al brazo de Ernesto.


-¿Cómo es ella?

Ernesto la mira: no sabría describirla. Es bella, de eso no hay duda, pero quizás de una belleza muy, ¿malagueña?; lo de los adjetivos ambiguos se contagia, piensa Ernesto. Ella le dice que está ahí para escribir un libro sobre psicología infantil, que al otro día buscará un fotógrafo que le dé imágenes para ilustrarlo. Bien, es una buena idea. Caminan lentamente, como si cada paso los acercara a un lugar que los ha de separar para siempre; no saben. La noche les empieza a llover encima, tan a prisa que sienten como si pesara, como si las sombras tuvieran cuerpo.

-Te gusta Málaga, ¿no es cierto? Ahí no hay carros. Bueno, en tu Málaga. A mí me suena como Portugal, o tal vez es aquí, nuestra ciudad, sólo que con tantas cosas tuyas que ya ni la reconoces. ¿Van a viajar en carro?

Ernesto avanza con la mujer al lado. Ella le dice que tiene un auto, que mejor vayan en él, que ella conduce porque lo nota cansado, un poco ebrio; él sabe que eso sería lo correcto, pero no puede contestar. En un café, un hombre escribe en una libreta: parece esperar a alguien; voltea a cada momento hacia la entrada. Una fuente en medio de la plaza, como un recuerdo de otros tiempos: bordes húmedos y resbalosos, diseño antiguo, hecha de piedras redondas y grises como vientre de pez. Él y la mujer se acercan, se inclinan sobre el agua y lanzan una moneda a la que va amarrada un deseo. El choque del metal contra el agua le destroza el rostro a la mujer, y no se le reconstruye por más tiempo que pase, como si hubiera tenido un accidente… Ernesto no puede más, abre los ojos, mira al terapeuta apagar su cigarrillo. Sobre el escritorio hay una revista de psicología, "La convención de Málaga". La calle, a través de la ventana, es una película muda. La voz de la secretaria se escucha detrás de la puerta, de donde también llega su perfume: habla con otros pacientes.

-Fue un buen ejercicio, ¿no lo crees?

-Creo…

-¿Por qué no hay carros en Málaga? ¿Por qué ahí sí beberías otra vez?

-No sé, yo sólo…

-Está bien, sólo preguntaba. Así lo dejamos, ¿te parece? Ahora sí, ¿hablamos de lo que quedó inconcluso la sesión pasada?

Ernesto calla, se lleva a los labios un vaso de agua. Respira hondo. Tiembla.

-Sí… hablábamos sobre el día que la conocí… me duele pensar que se parece a ese otro día.

-¿Qué día? Dilo, anda.

-Ese día….ese otro día.

Ernesto mira los autos pasar: aprieta los ojos. Recuerda la calle de ese día, resbalosa como las piedras de la fuente. El doctor se acaricia la cabeza casi calva, brillosa, luego apunta algo en una hoja amarillenta, maltratada, donde aparece, en la parte superior, el nombre completo de Ernesto. A un lado, en letras subrayadas, viudo.




(c) Aldo Rosales Velázquez
Ciudad de México
México


 

 

Aldo Rosales Velazquez, ciudad de México, 1986. Autor de los libros de cuentos Luego, tal vez, seguir andando, Río arriba ,2012, y Entre cuatro esquinas, Fondo editorial Tierra adentro, 2013. Coordinador del taller de creación literaria del Faro indios verdes.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

El cuento de Aldo, es original y discurre en una sintaxis particular.Ademas contiene un sorpresivo y creativo final.
Abel Espil

Araceli Otamendi dijo...

¡gracias! por el comentario Abel Espil

Anónimo dijo...

Gracias por la publicación y los comentarios, agradezco el tiempo que se han tomado.

Aldo Rosales Velázquez

Araceli Otamendi dijo...

¡gracias! por participar en el concurso Aldo