sábado, 19 de marzo de 2016

Recaló en Buenos Aires - Araceli Otamendi







                                  "Hay que ayudar al poeta"

                                        Armando Buscarini


La tarde de un bochornoso 12 de febrero, de un año del siglo XXI, entré a un bar de la Avenida Paseo Colón. Había un sol rojo en el cielo y nubes blancas con formas de animales, hacía demasiado calor para andar por la calle. Me senté cerca de una ventana, y puse los tres libros que traía, en la mesa. Uno de ellos, era de Armando Buscarini, el poeta bohemio y pobre que había sido concebido en Buenos Aires, hijo de una mujer española que había venido a buscar suerte a esta ciudad y un marinero italiano de apellido Buscarini, al que jamás había vuelto a ver.
La camarera que atendía las mesas, una mujer joven, bonita, de pelo y ojos oscuros, vestida con pantalones negros, remera y un delantal rojo y negro, se acercó a la mesa. Pedí un café cortado y una jarra de agua con hielo. Ella miró los libros y sonrió. Hablaba con acento castizo, venía de Madrid y hacía dos años que estaba trabajando en Buenos Aires.


- ¿Armando Buscarini? - preguntó señalando el libro

- Sí - dije. Es un libro de poemas ¿lo conoce?

- Claro, aseguró

Y luego se largó a contar una historia que parecía cierta, aunque no sé, me quedaron dudas. Ella, mejor dicho su madre era pariente de la madre de Armando Buscarini, el poeta bohemio, maldito y pobre que había muerto enfermo en un manicomio.

- ¿Ha leído sus poemas? - le pregunté

- Sí, por supuesto. El no ha tenido suerte cuando vivía y ahora es famoso.

La chica me dijo que había venido a probar suerte en Buenos Aires, que aquí había posibilidades y que vivía en una pensión.
Me imaginé a la madre de Armando Buscarini cuando llegó al puerto, luego a la ciudad, buscando trabajo y se encontró con el marinero, después padre del poeta.
Pero la chica tenía los ojos oscuros y brillantes como escarabajos, era alegre y atendía las mesas con rapidez. No me pareció que corriera la misma suerte que la madre del poeta.
La puerta del bar quedaba entreabierta cuando entraba o salía alguien, y el vaho caliente de la tarde entraba al lugar, no era suficiente con el ventilador de techo que apenas alcanzaba para refrescar el ambiente.
Mientras tomaba el café, pensaba en el poeta que vendía sus opúsculos poéticos por la calle, le escribía a Rafael Cansinos Assens, y amenazaba con quitarse la vida a los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, si no le ayudaban.
La camararera se acercó a mi mesa, quedaban solamente una o dos personas en el bar, y me comentó que ella era de Madrid y que su abuela había vivido en Rosario y en Buenos Aires en una época y que había vuelto a España y sabía que era pariente de la madre de Armando Buscarini. Luego le pregunté el apellido y me dijo, entonces me di cuenta que yo también podría tener un parentesco con ellas y con la madre del poeta, porque un tío de mi madre había vivido también durante la misma época en Rosario y en Buenos Aires y se había vuelto a España para no volver más. Y el apellido era el mismo ¿casualidad?
Cuando terminé de pensar en todo esto, la camarera estaba atendiendo otra mesa y yo me dedicaba a leer los libros de poesía que tenía, especialmente el de Buscarini.
El poeta tenía treinta y cuatro años cuando murió, enfermo de tuberculosis, en un manicomio.
Imaginé a Rafael Cansinos Assens cuando respondía las cartas de Armando Buscarini, y recordé las palabras de Jorge Luis Borges cuando hablaba de Cansinos Assens, un periodista y escritor notable y pobre materialmente, que convivía con cientos de libros apilados en su casa.
Le pagué el café a la chica de acento castizo y salí del bar. Eran casi las seis de la tarde.
Llevaba el libro de Armando Buscarini en la mano, junto a los otros dos. Caminé dos o tres cuadras hasta la avenida Brasil y crucé hasta el Parque Lezama. Algunos pájaros volaban entre los árboles y cantaban. Mientras seguía caminando la frase de Armando Buscarini resonaba en mis oídos:

"Hay que ayudar al poeta".

(c) Araceli Otamendi
Ciudad Autónoma de Buenos Aires



 

4 comentarios:

ANA MARÍA MANCEDA dijo...

MUY INTERESANTE. TRISTE VIDA Y MUY BIEN ESCRITO.CARIÑOS

Araceli Otamendi dijo...

¡gracias por el comentario! Ana María

Abel Espil dijo...

Es tan cierto. Los poetas parecen seres fuerte o débiles, pero con fortaleza de la mejor: la del espíritu.Es tan cierto. El poeta necesita siempre sentirse abrigado , protegido.Es tan cierto. El poeta camina por las calles en silencio. Es uno del pocos que lo respeta.Es tan cierto.El poeta camina dentro de otro poeta y la suma llega a miles.Es tan cierto , que hasta esto ignora.El vivir se genera en la ausencia del poeta.Estamos hoy de acuerdo, amiga Araceli.

Araceli Otamendi dijo...

¡gracias por el comentario! Abel