domingo, 7 de octubre de 2018

La hermana - Araceli Otamendi



Mientras camina rumbo a Florida ¡cuánta gente a esa hora! como siempre, piensa en la
hermana. Hoy a las tres la operan, a corazón abierto. Estará pendiente de la operación.
Y mientras toma un café parado en el mostrador  de la London, piensa en la hermana.
¿Cómo sacarse esa obsesión? Juana estaba muy gorda, piensa mientras degusta el café,
está bien cargado, hoy lo pidió así, otras veces lo pide cortado.
Si no fuera por  las responsabilidades del cargo hoy hubiera faltado, no tenía ganas de ir
a la oficina, firmar, decidir, y sobre todo eso, decidir.
A veces nota que le molestan los empleados, vienen con preguntas que ni él mismo sabe
resolver. ¿Y qué sé yo? responde a veces. Y otras ¿venís con un problema? ¿y esta vez qué?
Como ahora, cuando esa chica, tan inteligente golpea la puerta y él dice ¿quién es? Y ella,
con la pollera a la rodilla y bien peinada, como lo exige la empresa, se sienta frente al escritorio
abre una carpeta y le explica. Y habla y habla, pero él realmente no la escucha. Esa chica, a
veces piensa en ella, se la ve tan formal, sin embargo, llega vestida de pantalones, distinta,
y se cambia para trabajar.
Se ve que después de la guerra, las cosas se aflojaron. Las mujeres parecen distintas, como ella.
- No puedo contestarte ahora, no sé, tengo que pensar en el proyecto, dejámelo - dice
Y la chica se retira rumbo al escritorio. A la chica  le gusta mirar las palomas que aparecen a la tarde
en la ventana. Abre paquetes de galletitas y les da migas. Las palomas de plumaje azul grisáceo,
o plateadas como peltre se acercan. Es una nota de alegría en esa oficina tan gris.
Tal vez hubiera sido mejor haber ido a la clínica, mientras operaban a Juana. Y sin saber cómo,
por momentos, aparecen como ráfagas de recuerdos, como flashes, como iluminaciones cuando
Juana, la hermana menor, siempre desplazada en esa familia jugaba con él.
Era en la casa , de Flores, donde los vecinos árabes se asomaban por la terraza y él y Juana
se asomaban también a ver qué hacían los otros. Después de todo no era tan aburrido el barrio
ni la casa. Aunque era una casa modesta. Algo a lo que él no toleraría volver. A una casa modesta.
A un barrio modesto, como donde vive su hermana. Eso sí que no. Antes muerto. Ahora sí disfrutaba
de su piso en Caballito, de la quinta en Paso del Rey. Eso sí que era vida, la quinta los fines de semana.
Ahí podía dar curso a la destreza y a la imaginación para el jardín: había plantado árboles frutales,  plantas con flores, sembrado pasto inglés y gramilla. Combinar flores de distintos colores, las azules
con las violeta,  las rojas con las amarillas y naranja,  almácigos con arbustos, siempre había que usar
 la creatividad para algo.  Y lo que más le gustaba: tender la hamaca paraguaya entre dos árboles y dormir la siesta ahí, mientras, Negra, su mujer, se dedicaba a lavar los platos, o los hijos se entretenían al borde de la pileta, cuando era verano.
Eran las doce y lo llamó a Roberto por el intercomunicador para ir a comer. Afuera, como siempre.
Se miró los zapatos, estaban lustrados, brillantes, como correspondía al cargo de un hombre con poder.
Salió dando un portazo del despacho, tenían que entender, que él hoy no podía atender a nadie, ni
responder a nadie.
A Roberto no podía decirle lo que pensaba ni lo que le pasaba ese día. Prefería hablar de otra cosa,
a Roberto lo veía sobrecargado, mucho trabajo, muchas decisiones, eso que a él no le gustaba hacer.
Pidieron un bife con ensalada sin postre y café. Hablaron de las tasas de interés, parecía que las Líbor
estaban subiendo. Y a lo mejor era eso lo que lo tenía mal a Roberto, con esa cara de preocupación.
En el restaurante, como siempre, entraba la chica a comer. Se sentaba lejos, con un libro y comía y
leía. ¿Qué pensaría ella? ¿Y a quién podía importarle lo que pensaba esa chica? Si no tenía ningún
poder. Era una empleada, nada más. A él le hubiera gustado saber qué era lo que ella leía, pero jamás
hacía ningún comentario, ni siquiera cuando él intentaba tirarle de la lengua, cuando ella le llevaba
algún proyecto y él le hablaba de cine. Ella lo escuchaba y enseguida cambiaba de tema y volvía al
del trabajo.
Las dos de la tarde y el hombre a la expectativa: dentro de una hora iban a operar a la hermana.
En los últimos años se veían poco, no se frecuentaban, salvo cuando Juana, a principio de mes
iba a la oficina y él le daba algunos pesos, porque los necesitaba.
Ahora, casi, casi, estaba arrepentido de no haber visto más a la hermana. Podía haberla invitado
alguna vez a comer afuera, al mediodía, o a la quinta, en verano. Negra y Juana no se llevaban bien,
acaso se detestaban. Pero Juana era su hermana, el único vínculo de sangre que le quedaba, y
tal vez podría haber hecho por ella algo más.
Alguien golpeaba la puerta y no tenía ganas de decir: ¡adelante! Tal vez fuera mejor sacar de uno
de los cajones del escritorio el crucigrama que venía haciendo desde hace varios días. Eso, para
no pensar.
Dentro de un rato saldría  de la oficina, tomaría un café por Florida, en algún bar donde
nadie pudiera verlo o al menos, fuera más difícil.
Tenía que caminar, tenía que pensar, y el único pensamiento volvía una y otra vez a su mente:
Juana. La vio corriendo por el patio, después por la vereda, tenía el pelo suelto y él le había
pedido que le comprara cigarrillos:
- Si se entera mamá te mato - dijo, mientras le daba algunas monedas.
Después la vio saltando a la soga, jugando rayuela en la calle con las amigas...
Ya en Florida, mirar las vidrieras rebosantes de artículos importados lo entretenían.
Le gustaría comprarse una pipa, si fumara. Pero era un hombre metódico. Tal
vez un disco nuevo, para escuchar los fines de semana. Pidió un café sin azúcar, lo bebió
y  se entretuvo mirando a las chicas que caminaban.  Poco después  entró a un negocio
de productos importados, no importa qué, para ver qué podía comprar.
Eran las tres de la tarde cuando volvió al escritorio, cerró la puerta y se sentó.
Antes, le pidió a la secretaria que no le pasara llamados, salvo si era por su hermana. ¡Qué
momentos! ¡Qué día más triste! pensaba. Su hermana en el quirófano y él, ahí, sin
poder hacer nada. Era por su cargo, por su responsabilidad. No podía tirar todo por
la borda y mandarse a mudar, hacer lo que hubiera querido. ¿Y no sería mejor pensar
en el cine, en las películas que le habían gustado más? La amante del teniente francés
era buena. O alguna con Ornella Mutti, esas sí eran buenas.
Eran las cinco de la tarde cuando la secretaria por el intercomunicador, dijo:
- Tiene un llamado, señor R.
- ¿Quién es?
- Su sobrino, el hijo de su hermana

(c) Araceli Otamendi

Ciudad Autónoma de Buenos Aires


sábado, 1 de septiembre de 2018

La profundidad de mi abismo - Magnolia Stella Correa Martínez



No tengo la menor idea de dónde o cómo o en qué momento inicié este camino; no tengo el más remoto recuerdo de cómo o cuál fue el primer paso que di para adentrarme en este cruel e inhumano recorrido.  Sin embargo, y muy a pesar de su despiadada sevicia para conmigo, hoy en día tan solo puedo agradecer todos y cada uno de los pasos que me han llevado por este fantástico y enriquecedor sendero. 
Son cerca de las 5:40 de la mañana; ya está empezando a despertar el día, ya se dejan ver los primeros rayos amarillos dibujando algunos ilegibles trazos en el horizonte por detrás de la montaña, anunciando la milagrosa y generosa llegada del astro rey que poco a poquito se asoma para iluminar y calentar esta cara del planeta.  Yo voy caminando sin darme cuenta, voy charlando con una maestra sin saber conscientemente  desde dónde venimos juntas y mucho menos sé en qué momento nos encontramos; solo soy consciente de que voy por mi camino con esta agradable ilustrada. 
Esta maestra amiga se me hace particularmente simpática porque no es terca ni impositiva, más bien me parece humilde y sumisa, simula entender mis argumentos porque los atiende sin mayores reparos como si se regocijara en complacer todos mis caprichos.
De las muchas vueltas que doy al lado de esta sabia,  inmersa en ella o absorbida por ella no sé, recuerdo nítidamente cuatro o cinco que de la misma manera que me ocasionaron una enorme frustración, también son fuente de una fantástica liberación…  claro está que esto tan solo lo puedo deducir después, mucho después de haberlas superado al ser consciente de ellas.
Durante nuestro recorrido, que yo misma iba dirigiendo, desprevenidamente llegamos a un punto por donde yo no quise pasar y entonces yo decidí que diéramos la vuelta buscando llegar por otro camino al mismo lugar. Aunque sorprendida, la  ilustrada obedientemente  sigue mis pasos  al tiempo que me pregunta: “por qué no podemos pasar por ahí?”, inquiere con curiosidad y sin reproches. Me impresionó el cuestionamiento y no sé si arrepentida o avergonzada, el hecho es que yo empecé a justificar mi actitud con estúpidas explicaciones en una muy clara muestra de que yo sabía que se trataba de un error, de mi error sin fundamento creíble: “es que esa gente que vive por ahí es muy habladora, criticona y burlona…”.  Y así, sucesivamente, una y otra vez la misma actitud, yo evitaba lugares, personas y circunstancias mientras la sabia me seguía simplemente; ya no volvió a preguntar “por qué”… pero yo sí presumía y asumía la curiosidad de la maestra y, a la sazón, daba explicaciones para justificar mi mentecata confusión con todo tipo de razonamientos, fiel reflejo de dudas, temores y complejos de cuánta confusión se pueda calcular:  “que porque estos son muy orgullosos, tienen dinero y fama…”, “que porque la Universidad no es buena y tengo deficiencias en mi formación profesional…”, ”que porque yo soy gorda, fea, pobre, no tengo amigos…”, y así  repetidamente yo expresaba con un razonamiento debidamente justificado todas y cada una de mis innumerables “frustraciones ”. 
Yo ya estaba muy cansada, pues era demasiado el peso que  había cargado durante todo el tiempo, además ya también era excesivo el camino recorrido en compañía de esta sabia y  ya me estaba aburriendo su pasividad; ya la sabia me estaba resultando muy inútil, pues como que no lograba entenderla ni amoldarme a ella.  Solo fue hasta entonces que empecé a quedarme muy callada y seria, era mi manera de sacar a la maestra de mi camino y seguir yo sola sin renunciar a la sabia directamente porque me daba un extraño miedo…, y así en el momento menos pensado, de una forma totalmente inconsciente, intempestivamente me di cuenta de algo aterrador…
Sorpresivamente me vi en el fondo de un profundísimo abismo, oscuro y recóndito, desde donde no alcanzaba a visualizar  claramente la salida a la superficie, no veía un camino, un sendero, una guía, una luz, algo que me produjera alguna esperanza… desesperada, angustiada al verme tan sola en un sitio tan terrorífico, en una circunstancia tan extremadamente cruel que me hacía ser una víctima sin un victimario a quien maldecir, en un extenso desierto sin caminos, sin puentes, sin escaleras; de repente me vi en un extenso desierto plagado de punzantes espinas y cortantes piedras que me acorralaron en un solo punto, sin posibilidad de movimiento alguno; sin una sola persona a quien clamar auxilio cerré los ojos a mi monstruosa realidad.  Sin embargo, reaccioné luego de un rato y me dispuse a inventarme la forma de salir de este antro,  cuando caí en cuenta que únicamente tenía que deshacer todos y cada uno de los pasos que me habían traído hasta aquí, porque yo y tan solo yo me había traído hasta aquí; la sabia prácticamente había desaparecido, o al menos yo no la percibía; no la culpé por abandonarme cuando más la necesitaba, más bien la comprendí, no tendría por qué arrojarse al abismo conmigo.  Fue entonces cuando de la manera más genial e ingenua, traté de armar una escalera, inicialmente con palos, pero no resistió mi peso, luego pretendí hacerla con piedras, una sobre otra, pero tampoco lo hubiera logrado porque no era posible alcanzar el borde del abismo.
Todo el mundo pasaba por la otra orilla del borde del abismo y nadie se daba cuenta de mi acerba situación; a los muchos días pasó ella, me vio allí y se detuvo a brindarme su ayuda a su manera y a su estilo.  Sí, tenía que ser ella, justamente esa mujer con la cual siempre he tenido una abismal diferencia y la misma mujer que jamás pudo ganarse mi cariño a pesar de su esfuerzo para ello.  Sin embargo, hoy fue la única persona que, sin saberlo y tal vez sin proponérselo, me ayudó a sobrellevar mis días en este precipicio. 
Después de casi maldecir a mi sabia compañera por su abandono, luego de renegar de todos  y cada uno de los fatídicos pasos que me habían conducido a este tenebroso lugar en el cual me encuentro atrapada y sin posibilidad alguna de salida, completamente absorta en mi desgracia, no quería ver, ni oír, ni pensar; la consciencia de mi feroz situación apenas me permitía confiar en el auxilio Divino y así me quedé dormida, con la esperanza o más bien con la ilusión de que Dios viniera y me sacara de este infierno.  Pero nada, entre más pasaban los días,  me daba la impresión de que el abismo se hacía cada vez más hondo; quizás no era mera percepción mía, en realidad a medida que el tiempo transcurría el piso del abismo era cada vez más profundo, lo que hacía más distante, por tanto, menos visible su parte superior, es decir, alcanzar el borde del abismo y poder salir de ahí se me hacía prácticamente imposible.
Cansada y convencida de mi fratricida lucha, me rendí  ante mis crudas y crueles circunstancias que la sabia y pervertida vida me planteaba, me entregué a mi desgracia y desistí de mi inútil batallar.  Doblegada ante mi perentorio fracaso, me senté a reflexionar sobre cómo o de qué manera iba a pasar el resto de mis días en este inhóspito y agreste lugar, en este desamparo tan drástico e inhumano.  Repentinamente vuelve a mi pensamiento la idea de disolver todos y cada uno de los pasos que me trajeron hasta aquí y empiezo a recapitularlos uno a uno sin cesar, como si me recreara al recordarlos tan minuciosa y detalladamente.
Repasando todo el camino recorrido junto a mi sabia, estaba recordando cómo yo evadía unas personas, evitaba algunos lugares, rechazaba muchas situaciones, etc. todo ello con un  fundamento en común: dudas, miedos, complejos que he albergado en mi más íntimo Ser y que me han ocasionado todo tipo de confusiones y frustraciones durante toda mi existencia…   el silencio y el frío de la noche parecen hacer gavilla con la impenetrable oscuridad que reina en el ambiente, para aniquilarme radicalmente y entonces cierro los ojos con la finalidad de quedarme profundamente dormida… pero en el instante de máxima soledad, oscuridad y frío, sucedió algo tan sencillo y simple como extraordinario y magnánimo.
De pronto desde aquí, desde el fondo de esta cavidad, empieza a surgir una asombrosa luz que invade todo el abismo y que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, incluida yo.  Sí, una desconocida luz con una extraña e inusitada fuerza me levantó del suelo y me llevó, no sé cómo, ni en qué, hasta la salida del terrorífico lugar donde yo había pasado muchos, muchos años de mi vida.  ¡oh!, no lo podía creer, ya estaba afuera…; yo me sacudía, me tocaba, inspeccionaba a mi alrededor… vida, oportunidades, progreso, prosperidad era lo único que yo podía captar con todos mis sentidos.  Dispuesta a retirarme de aquel espantoso  paraje, envalentonada ante mi nueva circunstancia, di unos pocos pasos adelante… pero… sentí curiosidad por ver desde arriba el fondo del precipicio y me devolví con el serio propósito de burlarme con desdén porque pude superar al monstruo y de humillarlo con sevicia porque él no me pudo derrotar, sin embargo, ¡oh sorpresa!...
Con los ojos desparramados por el más descomunal asombro y sin poder creer lo que estaba viendo, me tuve que agachar para corroborar aquello que era perfectamente visible, para comprobar que no estaba loca ni estaba padeciendo de  alguna alucinación.  Me incliné y me acosté en el suelo, boca abajo, metí mi mano derecha totalmente abierta para medir o calcular la dimensión de este despeñadero que me tuvo atrapada durante tanto, tantísimo tiempo.  Casi desconfiando de mi cordura mental pude confirmar que con mi dedo meñique derecho tocaba el fondo del abismo mientras que con mi dedo pulgar derecho alcanzaba el borde o la salida del abismo…  Sí… increíblemente el tal abismo escasamente medía una cuarta de profundidad…   la profundidad del abismo era del tamaño de mi mano derecha abierta…

(c) Magnolia Stella Correa Martínez
El Cerrito, Valle del Cauca
Colombia

Magnolia Stella Correa Martínez (El Cerrito, Valle del Cauca, Colombia) , vive en la misma ciudad. Es contadora pública y escritora.
Ha publicado cuentos, relatos y artículos en sitios web como Rincón de los Escritores, Unión Hispanomundial de escritores.
La profundidad de mi abismo (c) Magnolia Stella Correa Martínez enviado por la autora para su publicación en la revista Archivos del Sur


viernes, 22 de junio de 2018

Una estampida familiar (y una historia extraordinaria) - José Respaldiza Rojas


                                   
Elevo el rostro y diviso entre los anaqueles de mi biblioteca, una especie cofre pequeño, con la curiosidad a flor de piel avanzo hasta llegar a él, lo abro y lo encuentro repleto de fotografías antiguas, papeles con anotaciones y de pronto veo un sobre filatélico, fechado en 1947, donde aparece la dirección de la vivienda de María Santitos Chirinos, mi bisabuela materna, que radicaba en Buenos Aires.
Cierro los ojos, me meto en el túnel de tiempo y me transporto a esa fecha. Nosotros vivíamos en el jirón Manuel Segura, en la Quinta Zelmi, en Lince. Un buen día mi madre acicaló a mis dos hermanos y a mí,  para ir a casa de mi abuela materna, en el jirón Guzmán Blanco N° 140  y no era para menos había llegado de la Argentina, mi tío abuelo Huberto Rojas Chirinos.
El comedor muy amplio contenía una mesa larga que daba cabida a unas treinta personas. Presidía la mesa precisamente mi tío abuelo, era un varón de mediana estatura, piel cobriza clara, abundante cabellera negra, con rostro algo serio sin llegar a ser adusto, lampiño para más señas. Lucía un terno de gabardina inglesa, de color gris claro, un chaleco de pelo de camello, una camisa almidonada con puños de gemelos y una corbata delgada gris oscuro, zapatos negros lustrados al duco.
Acomodó la servilleta cubriendo todo su pecho, juntó las manos y rezó un Padre Nuestro para bendecir la comida a recibir, luego del primer bocado da la voz de:

Servido.

Los demás familiares hicieron lo mismo, mientras unos masticaban, otros hablaban. Los menores estábamos en una mesa aparte dentro del mismo comedor. El tío Eduardo prende el tocadiscos, procede a cambiar la aguja, coloca un disco de Gardel y se escucha:

Mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá penas ni tristezas
el  farolito de la calle donde nací


Esa noche, como gozábamos del verano y aun se practicaba la tertulia, me escabullí entre las cortinas para no perderme lo que habrían de contar. Sentados alrededor del amplio patio mi tío abuelo Huberto, con su mate en la mano derecha, era el narrador principal. Sólo podía oír, no debía hacer ruido, pero de pronto escucho un nombre: Perón y en mi mente infantil se dibujó una pera gigante, se me escapa una risa delatora y me descubren. Son las once de la noche, vaya a acostarse.
Pero partamos por donde debimos empezar. Mi familia residía en la provincia de Chiclayo, capital del Departamento de  Lambayeque, ya no queda ningún pariente vivo que pueda explicar esa fuga masiva, pues de Chepén a Chiclayo no hay más que un paso.  Hay una antigua marinera norteña, que se  escucha de vez en cuando, que entre su letra dice:

La gripe llegó a Chepén
                hay ya llegó,
                y está matando tanta gente,
                pero no muere la decente
                por qué será


Aquí debemos aclarar que se confunde resfriado con gripe. El resfriado es una enfermedad viral, muy incómoda, pero a los seis días pasa, mientras que la gripe es de necesidad mortal. Por eso, un pariente partió para Costa Rica donde trabajó en una oficina de envíos por cable. Otro se internó en Omas, en la serranía de Lima, mis abuelos maternos Ruperto Rojas Chirinos y Rosa Amelia Zorrilla, fueron a dar a Tarapacá cuando aún era territorio peruano y mi bisabuela María Santitos Chirinos y sus hijos Huberto, Margarita, Isabel y Ofelia, llegaron a Buenos Aires.
Alfredo Ponce Chirinos, natural de Omas me contó una historia, que escuché
escondido tras unas cortinas. Debemos indicar que la familia Cisneros Vizquerra fue deportada, por razones políticas, a la Argentina, por esa razón el peruano Luis Federico Cisneros Vizquerra, apodado el Gaucho, inició sus estudios castrenses en el Liceo Militar General San Martín y en el Colegio Militar de la Nación. En las reuniones de la Colonia Peruana se conocieron mi tío abuelo Huberto Rojas Chirinos con el Gaucho Cisneros, y así entra en contacto con los militares argentinos,
El coronel Juan Domingo Perón es Secretario del Departamento Nacional del Trabajo y desde allí se vincula con diversos organismos sindicales, bajo la premisa que los conflictos laborales no deben ser resueltos a la fuerza sino mediante el diálogo. Este esfuerzo de mejoramiento del clima con los trabajadores no es bien visto por algunos sectores dominantes y por el Embajador USA Spruille Braden. Es aquí donde entra a tallar mi tío abuelo Huberto Rojas, distribuidor de películas, pues entre las cajas de lata con películas comerciales se enviaban mensajes a los diversos sindicatos de todo el país, coordinando acciones,
Luego de un golpe palaciego, el 9 de octubre 1945, el coronel Juan Domingo Perón es encarcelado en la Isla Martín García. La maquinaria de vinculación usando las cajas de películas entra en acción y se produce todo un levantamiento de solidaridad en Buenos Aires, Rosario, Tucumán, los trabajadores de toda Argentina paralizan el país en su apoyo y se logra que sea liberado el 17 de octubre.


                              Perón   Perón   Perón    Perón

                        Perón Perón    Perón     Perón   Perón
                           
                           Perón     Perón  Perón   Perón     Perón     


La inmensa cantidad de obreros corean su nombre. Es un rotundo y contundente triunfo.  La alegría popular se desborda. Ese año el coronel Juan Domingo Perón logra que lo elijan presidente. Mi tío abuelo cobra un relieve inusitado, se compra una gran casa en Mar de Plata, se le suben los humos, gasta más de lo que le entra, no importa porque al día siguiente volverá a ganar mucho. En eso cae Perón, mi tío abuelo se ve en apuros económicos, empieza por vender sus bienes inmuebles, los años no pasan en vano, va perdiendo la vista, se aferra a su tesoro mejor guardado, su colección de discos de Gardel.
Flaca, dos cuartos de cogote,
              una percha en el escote
              y un bandoneón,
             parecía un gallo despluplu,
            mostrando al compapa, s
            u cuero picoco.


Cambien de aguja, se está rayando el disco.
Mis tías abuelas, que vivían de bordar y tejer, al perder la vista y tener arteroesclerosis no pueden seguir produciendo productos para su venta, pronto entran en la indigencia, ninguna tiene hijos y permanecen solteras, son los vecinos quienes las ayudan.

Ahora, cuesta abajo en mi rodada
               las ilusiones pasadas
               no las puedo retomar
               sueño con el pasado que añoro
               y el tiempo viejo que lloro
               eso nunca volverá

Tío Huberto, el destino te deparó esta increíble historia, con sentido inverso, guardo en la retina ese día de 1947 cuando me obsequiaste un sol y vi cómo le entregabas a la tía Georgina ese sobre filatélico que ahora reencontré.

(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú

 José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.

sábado, 31 de marzo de 2018

Y le llamaban Gardel- Dolores González Opazo



Corría el mes marzo, un aire suave y dulzón con sabor a viña y uvas maduras invade las calles del viejo pueblo de naranjos y viñedos, y un viejo caminante de esos que aparecen de vez en cuando en tiempo de vendimia, aparece un día cualquiera con su bolsa quintalera colgada de su hombro en las polvorientas calles del pueblo. Son los días en que mucha gente afuerina aparece por el lugar, pero él era diferente el era... Gardel. Su vestimenta era impecablemente limpia, si hasta parecía que antes de entrar al pueblo, él se había acicalado finamente como para una buena presentación. Solo su vieja y gastada bolsa en el hombro indicaba que era desde hace mucho tiempo un caminante. Con una particular y extraña forma de caminar, que parecía invadir todo el espacio para él solo, abriendo los brazos a cada paso lento que daba, y un marcado acento argentino, pidió en el fundo cercano trabajo como gamelero. Nadie sabía su nombre solo se hizo conocido tiempo después como Gardel. En poco tiempo se hizo popular entre sus compañeros y la gente del pequeño pueblo, ya que en las tardes al final de la dura faena cuando anochecía, cebaba su mate junto a la fogata y luego de un par de tragos, su voz argentinada se hacía oír con sus sentidos tangos arrabaleros y que el viento llevaba hasta muy lejos. Era agradable escucharlo cantar, su voz profunda y clara era oída por todos, una verdadera historia de vida en tangos, uno tras otro llegaban a nuestros oidos, mientras sus compañeros guardaban profundo silencio para escucharlo atentamente, él nostálgicamente emocionaba a sus oyentes, y luego de unos cuantos tangos y un par de cigarrillos callaba y en medio del silencio …los aplausos y a dormir. Al término de la temporada de vendimia, Gardel no partió en su caminar como todos los demás , se quedó en la misma viña que lo había acogido durante toda la temporada de vendimia. Y para alegria de nosotros, lo veíamos pasar cada tarde después del campanazo de salida de la jornada diaria, con su galletón bajo el brazo, su rojo pañuelo al cuello y su particular forma de caminar camino al centro del pueblo saludando como un gran personaje a cada habitante que encontraba en el camino, alli lo esperábamos cada dia y corriamos a su encuentro, sonreía y nos hablaba con su voz especial, y así seguía camino al centro del pueblo donde entre risas y conversaciones fumaba su cigarrillo con elegancia, era amistoso y amigos no le faltaban. Más tarde era común verlo venir de regreso a paso lento y muy erguido , con unos tragos de más sonriéndole a la vida, murmurando palabras que solo él sabia a quién y saludando con estilo. Me gustaba verlo con su chaquetón de twist café , muy acicalado y una pequeña flor silvestre que recogía en su pasar, puesta ahí en el ojal. Lo veíamos desde lejos y entonces a viva voz le llamábamos…..

-¡!! Gardel , Gardel cántanos un tango Che ¡¡¡- Y el se acercaba , sacaba su peineta y repasando su peinado a la gomina nos cantaba con potente voz , aquel hermoso tango dedicado a la rubia Mireya.-

-…Te acordás hermano los tiempos aquellos……-.

Y nosotros en total silencio buscábamos un lugar para escucharlo, casi emocionados. Esperábamos ansiosos y con las manos apretadas aquella parte de la estrofa ….

- Te acordás hermano lo linda que era, se formaba rueda pa´ verla bailar y cuando por las calles la veo tan vieja ….

Y allí entristecíamos nuestro pequeño corazón, al ver que por su viejo rostro, corrían transparentes lagrimones de perlas húmedas. Cantaba bien el Gardel y nosotros sufríamos con él y con su rubia Mireya. Luego saludaba correctamente a su público infantil y seguia su camino. Ahi luego de un corto silencio siempre nos preguntábamos lo mismo ¿será verdad eso  para luego seguir con nuestros juegos. El Gardel, mi cantante preferido en aquella dulce e inolvidable niñez, nunca supimos su nombre real, ni tampoco si aquella bella rubia era el motivo de sus lágrimas, o si quizás había en sus recuerdos de años de juventud, algo que cambio su vida y que lo hizo caminante. Crecimos escuchando sus lamentos en letras de tango entremezclados con nuestros juegos infantiles y se hizo parte importante del paisaje y de nuestra vida. Pero un día, no sé cuando así tal cómo llegó, desapareció sin aviso y para siempre. Solo un dia no estuvo más, nadie lo vio partir,  tomó sus cosas y partió  sin despedidas, sin abrazos, sin un adiós. Una mañana ya no estuviste Gardel y así tal cual como llegaste te alejaste sin ruido. Nadie supo qué fue de ti, un día desapareciste de mi calle, de mi vida, de mi viejo pueblo pero no de mis recuerdos. En silencio desapareciste para siempre y te fuiste quizás por entre las sombras de los álamos del largo y pedregoso camino, cantando bajito tus tangos doloridos.
Y yo aquí a pesar de los años que han pasado desde aquella mi hermosa infancia pueblerina , de vez en cuando al escuchar viejos tangos y entre ellos tu preferido te traigo a mi memoria …

…..te acordás hermano lo linda que era…..

Y allí entre mis recuerdos llenos de melancolía, en un lugar de privilegio de esta pequeña caja llamada corazón , oigo tu voz argentinada cantando otra vez a lo  .... Gardel.

(c) Dolores Gonzalez Opazo
Santiago de Chile 

Dolores González Opazo es chilena nacida en Villa Alegre, pintoresco pueblo de la séptima región, lugar donde conviven estrechamente viñedos y naranjos. Tierra linda , que impregnó en ella el amor por el campo y sus costumbres. Aunque su gusto por la escritura es desde siempre y escribe sobre las costumbres, tradiciones , cuentos y leyendas de su tierra, es desde hace pocos años cuando se decidió a entregar y publicar cada una de sus letras .
En el 2007 gana el segundo lugar en su primer concurso con el cuento " El hijo profesor ".
En el año 2012 fue publicada en la antologia llamada "Cuentos en movimiento" con su cuento " El tren de la medianoche".
En el año 2013 su cuento "Miseria de vida " recibe el maximo galardón en Letras de Chile.
En el año 2015 la revista de narrativa argentina, Archivos del sur publica su cuento " Chicha de manzana " y en el mismo año gana el concurso "Lineas de vida " con el cuento "Natalia historia de una solitaria " cuento publicado en la antologia "Desde la mañana al atardecer".
La Revista Archivos del Sur nuevamente la publica en el año 2015 con " Velorio del angelito" y en el 2016 " Espejo del alma" y " Zapatitos de charol". En el 2017 lineas de vida premia a "El velorio del angelito " y lo publica en la antologia " Recordar soñar y crear ".
Casada con 2 hijos y una nieta a quienes a inculcado el amor por su tierra, las letras, el cuento y la poesía. Actualmente radicada en Santiago de Chile dedica su tiempo a dictar charlas literarias ,sus escritos, cuentos y poemas recordando en cada una de sus publicaciones a la tierra que la vio nue la vio nacer y a quien dedica cada uno de sus logros.