domingo, 9 de junio de 2019

La Coqui - Cecilia Vetti




A la Coqui la fuimos a buscar una tarde de invierno. Hacía mucho frío. La abuela Eusebia me apretaba la mano con fuerza y su anillo se incrustaba en mis dedos. Su protección era un sufrimiento insoportable.
La Coqui era hija del tío Mauricio, hermano menor de la abuela. Como hermana mayor siempre lo había protegido. Era el más buen mozo de sus hermanos, y también el más zonzo. Cualquiera lo podía engatusar entre sus piernas, decía mi abuela. Mauricio estaba muy enfermo, según mi abuela le quedaba poco tiempo. ¡Todo por culpa del cigarrillo! “Está condenado”, repetía ella.
 Me quedé pensando por qué estaría condenado a una pena tan grande. Quizás era culpa del dios de los cigarrillos... no sé. Mi abuela decía que un monstruo le estaba destruyendo el hígado… ¡Manías de vieja!
Mi papá la retaba, porque esas no eran cosas de decir. A mi mamá no le importaba, nunca escuchaba a la abuela, siempre se hacía la distraída. Decía que mi abuela era una vieja más mala que el dolor. También lo pensaba yo, cuando tenía que aguantarme el anillo incrustado en mis dedos.
Tío Mauricio tenía cinco hijos, el mayor de catorce años y la más pequeña, de tres. Según la abuela, la madre era atrasada porque le había faltado oxígeno al nacer. Hasta recibía a los hijos sin ayuda. De puro ingenua, nomás. Era hija de una vecina del barrio. Tan bonita que el pobre Mauricio ni siquiera notó que era…
Sus hijos eran  los chicos más lindos que pude conocer. Ella no había envejecido. A través de sus cabellos roñosos se le podían encontrar dos ojos grandes como esmeraldas perdidas.
Su hijo mayor, Alberto, era alto y delgado, con los rasgos de la cara perfectos. La abuela decía que ya podía levantar bolsas en el puerto. Él trataba de vender golosinas en la puerta de la iglesia y ayudaba al monaguillo a vender las ofrendas: ramos de novia, placas de bronce y otras cosas. A la segunda, la llamaban Rubia, así nomás. Nunca me enteré de su verdadero nombre. Ahora su cabeza era una mezcla de oscuridad y abandono. Con sus doce años: ayudaba en las tareas de la casa, hacía las compras y cuidaba a tío Mauricio. El Rubén, tenía once años y era un chico pícaro y mal hablado. La cara pecosa, el pelo casi pelirrojo y los mismos ojos de la madre. Coquí tenía diez años. Sentada en una silla de madera, trataba de rascarse la cabeza con disimulo. Ni siquiera le habían avisado que la veníamos a buscar. Tenía la cabeza entre las piernas y trataba de no mirar a la abuela.
La menor era Merche, tan chiquita que parecía de chocolate y en cualquier momento podía derretirse. Jugaba con su chupete, perseguida por unas moscas busconas. Mi abuela trataba de espantarlas con un trapo y saltaba con su cuerpo robusto.
Vivían en el barrio de Pompeya, cerca del puente, en una calle de tierra. Era una casa antigua, propiedad del padre de mi abuela. Le hizo un legado al hijo menor. Era el que más la necesitaba. Mi abuela decía que ella para nada quería heredar una cueva.
La casa de la puerta verde, con los herrajes oxidados y la pintura descascarada. Las ventanas marcaban las huellas de manos de niños e infortunio. Casi no podía verse la calle. En realidad, no se perdían nada. Las casas de los alrededores eran tan pobres y abandonadas como esa.
La mujer de mi tío nos recibió con una sonrisa y besó a mi abuela con gran efusividad. Mi abuela se limpió la cara de inmediato. Después se quedó sentada en un sillón antiguo que parecía no pertenecer a ese lugar. “Heredado de mi madre”, aclaró la abuela. Ahora, la mujer miraba desde lejos a tío Mauricio, como temiendo acercarse.
Mi abuela sacó de su bolso un termo con sopa caliente y trató de que Mauricio la tomara, pero este se negó con energía. No podía tragar. Miraba a la abuela desde un mundo lejano e irreconocible.
La rubia dijo que por la mañana vino el doctor de la salita y le dio una inyección. Dijo que el padre toda la noche estuvo gritando y la madre se tapaba la cabeza para no oírlo.  Dijo que el mayor fue en busca del doctor a la madrugada. Una salita de emergencias les servía de ayuda.
La abuela trató de explicarle a la madre que se iba a llevar a la Coqui, porque en esa casa eran demasiados. La nena debía ir al colegio. Ella aceptó con la cabeza, sin mirarla.
La abuela calentó agua en la hornalla de la cocina y fue llenando un tacho de latón.  Bañó a la más chica, y por último, arrastró con fuerza a la Coqui y fue desnudándola sin piedad. Coqui trataba de taparse y sus hermanos se reían. Los secó a las dos con la misma toalla y luego la colgó en la soga del patio.
Por los costados del cuarto corría una especie de zanja con agua maloliente. Los chicos saltaban la zanja y reían. Yo también salté…
Tomamos el tranvía, la Coquí apretaba mi mano y se mordía los labios. Al sentarse, se apoyó en la ventanilla y cerró los ojos queriendo dormirse.
Todos los de la casa la recibieron con alegría. La Coqui era una casi huérfana a la que había que mimar.
-¡Primero hay que despiojarla! –afirmó la abuela. Sentó a la nena en una silla baja, justo al lado del brasero. En mi casa, el brasero siempre estaba prendido en un costado de la galería, con la pava latiendo, por si alguno quería cebarse un mate. La abuela lo tomaba a toda hora, con unos palos verdes nadando en agua hervida.
 Con una tijera del tamaño del miedo, comenzó a cortarle el pelo. Nunca estudió para peluquera, pero se daba maña. La Coquí encogía los hombros y tiritaba. No podía parar el temblor de sus piernas.
Mi mamá le acercó el peine fino y después se alejó sin decir nada. Los cabellos rojizos caían desperdigados por el patio. Miles, centenares de piojos sanguinarios cayeron de su cabeza.
– ¡Es para no creerlo!– repetía la abuela –Ya casi le habían agujereado el cuero cabelludo –protestó con desprecio. – ¡Esa retardada del demonio!...
Ahora el temblor de la Coqui sabía a llanto y a rencor.
Mi madre buscó una pollera que me quedaba chica y un pullover marrón. También zapatos y unas medias amarillas.
Cuando ella se miró en el espejo no pudo reconocerse. Encontró a un muchachito muy parecido a su hermano mayor. Se alisó la frente con un suspiro tan hondo que todavía me duele. Nunca volví a ver una cara tan bella y tan desconsolada… Nunca… Sus ojos, grandes y profundos parecían los de un gato furioso. ¡Tan verdes y resplandecientes!
– ¡El pelo crece! –dijo la abuela a modo de disculpa, mientras se cebaba un mate.
Mi mamá le colocó una hebilla en forma de corazón que hacía juego con su pelo rojizo.
La abuela explicó que las monjas la iban a educar muy bien, como lo hacían conmigo… ¡Dios libre y guarde!...
Al día siguiente comenzó las clases. Mamá guardaba uno de esos horribles guardapolvos grises con un escudo de la Virgen de la Misericordia. Parecíamos dos presas caminando detrás de la abuela. Entramos  al patio del colegio, y allí nos separamos. Mientras, la abuela trataba de conseguir una beca para la pobre chica con un padre moribundo.
Al volver de la escuela, no hizo ningún comentario. Me di cuenta que algunas compañeras comentaban su corte de pelo. La abracé queriendo reconfortarla… La abracé…
La Coqui hablaba poco y comía menos. Mi padre y mi hermano la mimaban con caramelos y chocolates. Ella los comía sin disfrute, pero no dejaba de agradecérselos con un beso rápido.
Yo solía leerle cuentos por las noches, hasta que se quedaba dormida.
Por la madrugada, podía escucharla rezar una especie de letanía que nunca modificaba. Nombraba a todos sus hermanos, uno por uno, y después a su mamá. Tío Mauricio ya había quedado en el olvido. ¡No te quedes sentada mamá, parecés una muñeca grande y eso no me gusta!… murmuraba.
La vida siguió unos meses recorriendo los pasos de esa prima caída del cielo a la que no lograba alegrar. Ni siquiera un lápiz regalado por la maestra, pudo vencer su indiferencia. Y eso que la maestra nunca regalaba lápices.
La abuela todos los días iba a cuidar al tío Mauricio. Murió en agosto, una tarde  de lluvia. Tan gris como lo había sido su vida.
A la Coqui le había crecido un poco el pelo. Estaba más alta y  delgada. Cuando la abuela le dijo que el padre había muerto, la miró en silencio. Su silencio era pesado, como una coraza para resguardarse de la ausencia. Entró en nuestro cuarto y con la misma tijera que daba miedo, cortó en tiras el guardapolvo gris. Luego tiró las tiras, una a una, al brasero. El patio se llenó de humo. Un olor a guardapolvo gris ganó las paredes y los cuartos.
Mamá tuvo que contener a la abuela… “¡Cría cuervos!”, gritaba. Decidieron  en familia, que la Coqui debía visitar a la madre.
La abuela le compró un abrigo rojo y un gorro de lana blanco. El abrigo le quedaba un poco grande. “Los chicos crecen tan pronto”… Mi mamá le regaló una gastada cartera azul y el portafolio de la escuela con los útiles escolares. La Coqui guardó sus cosas y también un jabón perfumado, el lápiz regalado por la maestra y un paquete de chocolates.
Nos animamos a caminar separadas de la abuela. La pobre venía cargada con una pesada bolsa: ropa, tallas, alimentos. Mi padre siempre contribuía para comprarlos. Sobre todo, para no sentirla protestar… eso creo.
Otra vez el tranvía y la iglesia de Pompeya. Caminar esas diez interminables cuadras de barro para llegar a la casa. El barro se arrimaba a los hogares, haciéndolos parecer más grises.
La puerta estaba entreabierta. Entramos al cuarto. Todo estaba igual, pero sin el tío Mauricio. Tan muerto en su antigua muerte.
La Coqui se sacó el tapado y el gorro. Los chicos, al ver a la Coqui gritaban y reían de su pelo corto. La madre, acostada en la cama grande, estaba como refugiada en su mundo. Un hombro le sobresalía de la blusa. Parecía más alto que el otro. Su cara pálida se hundía en una boca ahuecada, como si silbara. Solo sus ojos que  miraban con asombro, tenían una belleza verde y mansa.  La Coqui la abrazó, y se quedó un largo momento junto a ella.  Uno de esos momentos que siempre saben a vida. Caminó unos pasos, se paró justo en medio del cuarto y gritó: ¡Qué linda es mi casita!... Ante mi asombro,… eso gritó.
El mayor preparó el mate y se lo ofreció a la abuela, quien había traído un paquete de galletitas dulces. Las repartió entre todos, sin dejar de lado a Etelvina. Supe que la mujer tenía nombre: Etelvina
La abuela murmuraba: “Una vecina del barrio, muy bonita, quien había seducido al pobre Mauricio. Su hermano menor, tan hermoso que parecía un dios. ¡Mala hembra! ¡Mala cabeza!... No se cansaba de repetirlo. De enamorado que estaba, ni siquiera se dio cuenta de que era tarada. El pobre se ocupaba de todo. ¡Cómo no iba a enfermarse!”
Calentó agua para bañar a la más pequeña. La Coqui se adelantó y la tomó en sus brazos, comenzó a desvestir a su hermana despacio, con la ternura de una niña madre. La colocó en el tachón de agua tibia, sacó de su cartera el jabón perfumado y comenzó a lavarla. La pequeña golpeaba con sus manitos el agua y nos salpicaba sin reparo, mientras el piso de cemento se iba humedeciendo.
Mi abuela juntó un atado de ropa sucia y comenzó a lavarla en la pileta del patio. Última compra del tío Mauricio. La colgó en una cuerda larga sostenida por dos clavos. Último trabajo del tío Mauricio.
Las campanas de la iglesia alborotaban el aire como pájaros de acero. Cuando la abuela volvió a entrar, miró a Etelvina y dijo: ¡Hay que despiojarla! Coquí sacó de su cartera un peine fino y buscó una palangana y comenzó a peinarla. La madre la dejaba hacer, mientras nubes de piojos rojizos caían por su saco oscuro.
Casi sin quererlo comencé a rascarme, casi sin quererlo. Yo estaba libre de culpa. La abuela me despiojaba todos los sábados.

Salté la zanja y caí en el recuerdo: de abuelas crueles, pero constantes y cuidadosas. Tampoco nadie les había enseñado la virtud del afecto. Mostraban el cariño así: cuidándonos, despiojándonos, lavando ropa en la pileta del patio, con las manos frías y agrietadas. ¡Mi abuela!
Ella no besó a nadie al despedirse hasta el día siguiente. Al salir de la casa del tío Mauricio, acarició la puerta verde y volvió a apretarme la mano diciendo como para sí: ¡Ella pertenece a este lugar!... ¡Es su casa!...

(c) Cecilia Vetti
Banfield
Provincia de Buenos Aires


Cecilia Vettti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SAade de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.
Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.

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