viernes, 1 de noviembre de 2019

Encuentro - Araceli Otamendi



"Todos vivimos lejanos y anónimos; disfrazados, sufrimos desconocidos. A algunos, sin embargo, esta distancia entre uno y sí mismo jamás se les revela; para otros, ella es de vez en cuando iluminada, ya sea por el horror o la pena, por un relámpago sin límites; y hay otros todavía para quienes ésa es la dolorosa constante y cotidianidad de la vida."

                                                                                   Fernando Pessoa
                                                                                Libro del desasosiego

Me reciben los muertos, parecen tan serenos y plácidos.
No hago más que callarme – con todas las palabras que he traído para decir mientras viajaba hasta aquí -. Ha sido un viaje largo, lleno de tiempo para los recuerdos. De música, palabras y flores. Pero llego y me callo de inmediato. Entre ellos y yo se instala un silencio que dice mucho más.
¿Qué iba a decirles yo que no hubiera dicho antes, cuando las palabras significaban algo?
Ahora, sólo me queda el gesto, de estar ahí, frente a ellos, a los despojos, cuando el sol da en las piedras y el suelo frío no lo es tanto. El rumor que me acompañaba durante el viaje se ha ido. Una alegría rara se asienta, de estar ahí, en ese solitario encuentro, donde sólo uno o dos perros en el portón grande, de rejas, parece esperarme. Les he traído flores que dejaré en la puerta. No quiero molestarlos. Seguiremos el diálogo de años cuando me vaya de ahí caminando mientras los perros me sigan, mientras me miran poner agua en el cuenco para las flores. 
Ya no se ve el unicornio azul de Julio ni las diademas de oro, ni los ángeles haciendo sonar las trompetas. La corte del Rey Arturo, la Tabla Redonda y el Santo Grial, Alicia detrás del espejo huyó en el submarino amarillo, John Lennon duerme su siesta de música mientras Yoko prepara una nueva exposición. Borges y Arlt, Bioy y Julio danzan con los tambores inaudibles que sólo ellos escuchan. 
Los muertos, otros muertos … ¿Qué pájaro emitirá el sonido que los despierte de una vez? Bailamos esta danza invisible, sabemos que es difícil el despertar. No nos escuchan. El ruido de las radios y de la tevé se suman a los millones de cedé que dan vueltas y hacen inaudibles a las palabras. Mil años no bastan, están cristalizados en su música y en su ritual, en la belleza de los cuerpos, mil años no bastan para despertar. 
Me dirijo a un solo par de ojos que me mira distante, a los oídos de esa cara de los ojos que me miran y les hablo. No dejes pasar el tiempo: despierta.
Ahora, de nuevo, los muertos, ellos convertidos en arcilla y el polvo circula por ahí, en los senderos, dando vueltas. Seguiremos en diálogo como estuvimos siempre. Ellos me dirán sus cosas, yo les diré las mías. Seguramente intercambiaremos algunos reproches. De tiempos inmemoriales. No estarás de acuerdo con algunas elecciones mías ¿quién podría estarlo? Es tarde para volver atrás. Aflorará también algún reproche de mi parte. También es tarde para hacértelo. No hay vuelta. No hay vuelta para nadie. Ni para ustedes ni para mí. Sólo queda mirar hacia adelante. Y sin embargo…Siento que vienen a buscarme y quieren conversar. Vamos a recordar entonces viejas palabras, vamos a recordar risas y buenos momentos. Vamos a bañarnos al río y a reír y a echarnos agua mientras nadamos y me van enseñando cómo se nada. Quiero atrapar un pez, hay muchos y muchos peces que nadan ahí, debajo del agua. ¿Por qué no puedo atraparlos en mis manos? Vamos a correr sobre la arena dura, oscura y húmeda y a escribir letras y nombres para grabarlos durante la tarde hasta que llegue el agua. Vamos a cortar flores coloridas para poner en los jarrones de la casa. Flores que gritan su color y se dibujan en el aire como una estampa. Vamos a la calesita: eso sí que no, te lo dije antes, ya soy grande para andar dando vueltas en esos autos.
Entonces vamos a tomar algo, entonces sí, vamos, nos sentamos cerca de una ventana y pedimos algo, una gaseosa, como siempre y el diario, para vos.
Todavía no aprendí a leer y miro cómo lees, quiero que me cuentes, con tus palabras qué mundo es ése de las letras. Y vos me lo contás, con tu serenidad para explicar las cosas de este mundo. ¿Y qué más? ¿Y qué más? ¿Ya es hora de irnos, no es cierto?
Son las dos, no quiero que la tarde acabe aquí. Ellos seguirán durmiendo el sueño, yo seguiré con el mío mientras camino y los perros me siguen y me acompañan. Traía tantas cosas para contarles…como siempre ocurre, ésas quedaron para otro momento. Porque ésas son de ahora, de lo inmediato, y con ustedes, dialogamos acerca de cosas sin tiempo, ya no urgen, han tomado forma en la memoria pero nunca acaban. Son silenciosas, dan vueltas y acaban por saltar cuando menos se lo espera. Y saltan, como trapecistas cuando estoy aquí frente a ustedes, porque a ustedes también quieren hablar de estas cosas, tan olvidadas. 
Mientras camino hacia la salida, pienso en este silencio que me acompaña. Me voy llena de recuerdos y de palabras, palabras no dichas, jamás expresadas. Me voy al río, a caminar por la arena descalza, o a sentarme en una mesa frente al agua a escuchar los pájaros que trinan porque ya la tarde se acerca y las sombras van a cubrirlo todo, aunque las flores gritan su color y un chico juega a la pelota en la calle. 
© Araceli Otamendi
Buenos Aires, mayo de 2010


No hay comentarios: