sábado, 28 de mayo de 2022

Volando - Cecilia Vetti




Por un momento el desasosiego se apoyó en mi hombro y lentamente fue haciéndose recuerdo. Tal vez esperaba que esa sensación no me dejara, tanto de alborotados estaban mis sentimientos.

Si los sentimientos se pierden sin que podamos grabarlos, en un tiempo son todo y después una nada. Los sentimientos vuelan a cualquier lugar y ya nunca más serán nuestros.

Había perdido en una espesa bruma, el sudor que me cubría al llegar a la escuela, con ese olor a tiza y desesperanza que tanto aborrecía. La tiza siempre molestó la sequedad de mis manos y mi olfato, con ese polvo inútil que me sabía a exigencia, a encierro, a números esquivos que se escapaban de mis maltrechas neuronas. Ahora ni siquiera puedo comprender ese malestar que me llevaba a la náusea, tan solo por la presencia de la profesora de matemáticas. Una mujer flaca como una vara de mimbre, apoyándose en nuestros miedos para alagar su vanidad de docente intachable. ¡Fidelidad a los números!

¿Cómo se puede tener fidelidad al número 3 o al número 5. Nunca me gustaron los impares, en realidad no me gustan los números. Están hechos para marcar la vida en un tiempo preciso, tan exacto como la propia muerte. Realmente la profesora era una tía fea, con las manos largas y las uñas comidas por su ansiedad. Una lagartija de ojos penetrantes asomadas detrás de los gruesos anteojos.

Siempre había alguna sabionda que se acomodaba a los números, contestando sobre teoremas, raíz cuadrada y cuanto destino caminara por el aula.

Creo que fue por culpa de esa profesora que me incliné a las letras. En todas sus clases, escondida en el banco de atrás, leía las poesías de Alfonsina, quien era uno de mis ídolos. Me incliné tanto a las letras, que toda mi vida pende del abismo de la literatura. Hubo veces en que acomodada al silencio creí entrever algún personaje de Arlt o de Onetti, tomando una vida que amenazaba a la mía. Los personajes nacen y a veces se hacen tan fuertes, tienen tanta personalidad, que nos llevan de las narices a su antojo.

Estoy terminando un cuento sobre una mujer especial, temerosa e imaginativa. Una mujer que tiene la felicidad acodada en su hombro cuando se asoma a la página en blanco, creando imágenes y personajes. Una mujer que nunca ha viajado y se ha refugiado en una confortable casa para poder viajar con su imaginación.

Una mujer que cuando piensa en España, casi toca a Antonio Gala. Cuando llega a Portugal, conversa con Pessoa, se involucra con Thomas Mann y conoce Venecia, Kundera la lleva por las calles de Praga, Hemingway la pasea por las plazas de toros y Margaret Yourcenar le hace conocer Grecia con un encanto especial.

Una mujer que piensa debe plasmar su pensamiento, antes de que vuele y se vuelva una nada, un desvarío, aún a costa del disgusto de los lectores. Llega un punto, en que ya no nos importa nada…

(c) Cecilia Vetti

Banfield

Provincia de Buenos Aires

Cecilia Vetti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SADE de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield,


Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo, Caminando el después y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. 

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