Como la naranja - Araceli Otamendi
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ilustración creada con IA |
Introducción: En Como la naranja, Araceli Otamendi nos sumerge en un relato donde la nostalgia y el suspense se entrelazan en el deambular de una mujer por su hogar. Como la fruta del cancionero tradicional argentino, la protagonista transita entre la memoria de un pasado perdido y las sombras inquietantes de su presente. Publicado originalmente en Brasil en 2022, este cuento llega ahora a Archivos del Sur para cautivar a los lectores con su atmósfera íntima y perturbadora, anclada en la sensibilidad de la literatura argentina contemporánea
Se pasea como en la canción, de la sala al comedor.*
Sabía que en cualquier momento el tenedor o el
cuchillo o los dos a la vez le iban a caer encima y se paseaba como la naranja.
Sobre todo los sábados por la noche, cuando empezaba
a notar las ausencias, a pasar revista por el pasado.
En cualquier momento abriría una lata de paté de
foie para untar una a una las galletitas guardadas en la lata del armario. La
lata decorada de cuando recién se casó.
Tenía la ilusión de la duración de las cosas, del
renacimiento de las amistades, como las plantas y los árboles del jardín, se le
ocurría a veces que todo podia renacer, renovarse como ocurría en la
naturaleza. La higuera parecía ser la excepción: le habían arrancado muchas
veces los frutos, le faltaba riego, el
maltrato la había secado en parte. Pensar en el renacimiento del amor era
demasiada ambición, lo descartaba.
Pensaba llamar a una amiga o a dos para conversar, o
tal vez para jugar a las cartas. Hacía tiempo que no se reunían para jugar al
Chinchón. Después de todo no era algo tan aburrido como mirar televisión.
Siempre se podía hablar, comer algo, tomar algo, enterarse de las novedades que
cada una tenía.
Tal vez empezar a tejer algo, alguna cosa, un
proyecto, aunque solo fuera una bufanda o un almohadón.
O en hacer un viaje con esas amigas, subirse a un
barco o a un avión, aunque la experiencia del crucero había sido más mala que
buena.
Empezó a anotar en un cuaderno los proyectos, los
pro y contra de todo lo que se iba ocurriendo.
Puso crucero. Pero eso era algo del pasado, ya había
hecho un crucero de la línea "C"que le había resultado un fiasco,
caro e inútil. Con esas amigas Marisa y Martha, las dos empezaban con
"m". A veces no quería pensar. Todas profesionales, pero no con la
vocación cumplida. Ahora una tiraba las cartas, el tarot para los amigos y la
otra no paraba de escribir haikus.
La última vez que estuvo con ellas tenía ganas de
tirarle el mazo de cartas y el libro de haikus traducido al inglés y al francés
por la cabeza. Le gustaba más la conversación, las historias, la improvisación.
Las sombras de las hojas del jardín se agigantaban,
hacían ruido, el viento se filtraba por las rendijas y deseaba, por momentos
estar en otro lugar, ,pero ¿dónde?
El crucero con destino último a una isla había sido
un desastre. Primero, al salir el barco chocó contra un muelle. Vuelta al
puerto, sin moverse nadie, esperando la nueva salida, vistiéndose de gala para
comer a la noche. Y bailar con el capitán con suerte.
¿Eso era un viaje?
Después de una travesía de varios días, bastante
monótona, el crucero amarró en una islita, no la de destino final. Fueron pocas
horas, las necesarias para bajar a tierra y recorrer un poco. Todo lo que veía
eran necesidades, pobreza. Compró algunas cosas como para no volver con las
manos vacías. Se aburrió mucho, Marisa se enfermó, ella debió cuidarla,
compartían el camarote. El capitán hacía cada noche una celebración distinta en
el restaurante del barco. Hasta cantaron el feliz cumpleaños a no se sabe
quién. Ella no tenía la nacionalidad de ese barco ni su bandera, poco le importaban los cantos que
a veces se veía obligada a acompañar.
Lo peor fue el regreso, se desató una epidemia en el
barco, todos confinados sin bajar a puerto. El día que salió de ahí, le pareció
una liberación de la cárcel. Llegó a su casa y se sintió feliz como nunca.
Cruzó una línea sobre crucero, descartado, el rumbo
tenía que ser otro. Si llamaba a Marisa escucharía su voz diciéndole que quería
ir a un pub, a ver el show de la hija de una amiga, cantaba y ella no tenía
ganas de salir. Se asomó a la ventana, las sombras en el jardín formaban
figuras, el viento susurraba, se filtraba por las ventanas. El agua de la
piscina reflejaba algo. Iría a ver, o mejor no, esperaría el día. La piscina
estaba rodeada por un cerco, para que nadie entrara si ella no quería. Se había
cansado de las visitas inoportunas, de los vecinos que llegaban a invadir el
jardín, traían termos, mate y medialunas, dejaban las toallas por ahí, después
había que limpiar, ordenar, poner más cloro. Todo eso porque era una mujer
sola, ¿acaso no se podía ser feliz estando sola? Parecía que los vecinos no lo
toleraban, Tuvo que poner doble candado e inventar, cuando a alguno se
presentaba con cualquier excusa para meterse en el agua.
Esos vecinos que habían llegado últimamente la
inquietaban, gritaban mucho, se peleaban. A veces los veía asomados a su
jardín, tal vez querían saber acerca de ella. Se le ocurrió que uno podía ser
un asesino. No le gustaba el aspecto, por la calle apenas saludaba. La próxima
vez cruzaría si llegaba a encontrarlo por ahí.
Descartado entonces llamar a una amiga, ninguna de
las dos en las que había pensado. No tenía ánimo para escuchar haikus en inglés
ni en francés ni predicciones de cartas de tarot. Su amiga inventaba,
seguramente. Menos ganas tenía de ir a un pub a escuchar cantar a alguien.
Entonces ¿qué haría?
Leer una buena novela, tal vez. Una novela de
misterio con un personaje como el vecino, con el pelo pintado de rojo fuego y
un aro atravesándole la nariz. Un asesino del que nadie sospechaba y el móvil
fuera lejano, inverosímil, se descubriría después. Un crimen donde tres amigas
se reúnen una noche para comer y una de ellas termina envenenada.
Una buena novela para disfrutar y pasar una noche
llena de sombras en el jardín, de ruidos sospechosos, inquietantes como los que
se escuchaban ahora. Voces desconocidas parecían aproximarse lentamente, tal
vez la mano de alguien empuñando un cuchillo, la hoja de acero afilada como la
que se hundiría en su espalda unos minutos después.
© Araceli Otamendi
Ciudad de Buenos Aires
*La naranja, canción, Cancionero tradicional
argentino, Recopilación, Estudio Preliminar, Notas y Bibliografía de Horacio
Jorge Becco
Librería Hachette S.A., Buenos Aires
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