Colonia griega - Diego Rodríguez Reis

 

 

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Diego Rodríguez Reis

 

 

Nos habíamos demorado en la sobremesa. Discutíamos, creo, sobre el orden de las bibliotecas, de la supuesta preeminencia de ciertos catálogos sobre otros. Y digo “creo”, porque en realidad conversábamos, no pretendíamos (al menos, al principio) convencer o derrotar con argumentos al otro. No era una verdadera discusión. Era una suerte de parodia.

Yo defendía la postura de que en el catálogo de las bibliotecas rurales predominaba el azar, la casualidad. Para ello, mentaba el caso (cierto, por cierto) de la biblioteca en el campo de unos amigos de la Facultad, en la cual convivían el Fedón con Las aventuras de Fantomas y aún con las Recetas de Doña Petrona.

Él argüía (para mí con ejemplos más arquetípicos que concretos) que lo que predominaba era el orden: no se salía de la Biblia y del Martín Fierro.

―Eso que vos, Leandrito, juzgás azar y desorden, no es otra cosa que desconocimiento del patrón.

―Bueno ―le digo―, yo digo que es altamente probable que a una biblioteca rural vayan a parar despojos, sobras, rarezas que va dejando la gente que pasa.

―Eso es tranquilamente un patrón. No veo azar ahí ―y se levantó a preparar el mate o la pipa. Algo iba a preparar, el modo pausado de levantarse me lo decía.

Fue, meditativo, preparando palabra tras palabra (yo sabía). Avanzó hacia la vieja vitrina de vidrio: era la pipa. Sacó la tabaquera.

―No hay que desdeñar el índice de un patrón ―dijo y largó una risita. Fue hacia la chimenea, donde solía dejar la pipa―: Ojo con el índice de un patrón ―agregó, levantando la voz―. Ha dejado sin trabajo a más de uno ―y volvió a reírse.

Uno de esos chistes clásicos suyos, así era su sentido del humor: parecía no precisar del otro. Nunca, en todo el pequeño trayecto, se detuvo a mirarme.

Eran las tres de la tarde. Afuera, los perros se revolvían del calor. Ni un pájaro se le animaba al aire.

Terminó de armar la pipa. Se sentó, aparentemente complacido.


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―Por ejemplo, la biblioteca de esta casa… ―empezó a declamar.

―No ―lo interrumpí, enseguida, no lo dejé seguir―. La biblioteca de esta casa no es indicador de nada. Es un ejemplo tendencioso ―me apuré a prender un cigarrillo, iba animándome―. Que yo sepa, no hay otra igual en toda la zona ―hice una pausa sonora―. Eso, a no ser por la de los Radamantis…

Me había anotado un punto. A las claras, era una discusión de hombres. Faltaba el mate. Me levanté, lo más tranquilo, a  calentar la pava.

―Los Radamantis… ―repitió.

Era uno de sus puntos débiles. La biblioteca de los Radamantis.

Fui armando el mate despacito, ladeándolo, haciendo el huequito para el agua, esperando a que la pava comenzara a hacer un mínimo chillido para humedecer la yerba.

Miré para afuera otra vez. Atestigüé por milésima vez en esa temporada los dos eucaliptos, la fila de tamariscos, el zanjón allá al fondo. La chacra.

Era fama que los Radamantis tenían una gran biblioteca, pero era una fama sólo de oídas. Y era sabido que para la gente del lugar, diez libros ya eran una Biblioteca de Alejandría. Habría que ver de cuántos libros se estaba hablando en realidad. Y de qué libros, claro estaba.

Era, más o menos, el quid de nuestra conversación.

La pava empezó a silbar, fui cebando el mate y dejé que el agua se calentara un poco más. Después apagué la hornalla. Durante toda la operación, sentía el crepitar del ascua de la pipa.

Me fui a sentar como antes, justo enfrente suyo, mesa mediante.

―Recordarás, Leandrito querido ―empezó de nuevo a discursear―, que en latín no existe una palabra para diálogo.

Lo dijo así, absolutamente fuera de lugar, de contexto.

―Para dialogar, hay que remitirse a los griegos, entonces.

Los griegos no éramos nosotros: los griegos eran los contemporáneos de Platón, griegos arquetípicos.

Lo dejé seguir, quería ver para dónde iba. Le alcancé el segundo mate.

―En la Biblioteca griega (platónica, digamos mejor), ¿qué libros habría? ―hizo una pausa para tomar el mate―. ¿Habría libros?

Se quedó como pensando. Tomó el mate con pereza y después me lo devolvió.

Creía adivinar por dónde venía la mano. Siempre fue uno de sus temas favoritos. De la preeminencia de esa Biblioteca virtual, en la cual no podía haber libros (ya que él diría que ninguna biblioteca tiene libros, sino ejemplares de libros), se serviría para afirmar que los libros eran intocables, que no existían los libros. De ahí, sólo habría un pequeño paso para anular la existencia de todas las bibliotecas. Sólo quedaría flotando, en el pensamiento, esa Biblioteca virtual. A la cual, claro, él podría acudir una y otra vez, para terminar siempre teniendo la razón.

Me daba casi ternura. Recordé, mientras paladeaba lerdo el mate espumoso, escurridizo, las infinitas lecciones gratuitas sobre las versiones de la palabra amor de los griegos: el amor eros de la pasión, el amor agape de la caridad, el amor fileo de la amistad, el amor stergo de la familia.

Por todo eso, no podía dejarlo seguir.

―Mirá ―le dije― No hay que darle muchas vueltas ―terminé el mate con un sorbo violento―. Vamos y vemos…

Dejé que quedaran esas últimas tres palabras flotando en el ambiente, entre nosotros, que le llegaran y lo invadieran.

Al rato cayó.

―¿Vos decís ir a lo de los Radamantis?

Le cebé un mate y se lo alcancé, lento, lustroso.

―Claro, ¿a dónde más?

Fue tomando el mate, ceremonioso. Todo parecía (era) ya una ceremonia entre nosotros.

―Es riesgoso ―dijo al fin―. Cuanto menos, atrevido.

Sonrió, con esa sonrisa tan suya, durante la cual sólo se le veían los dientes superiores, blanquísimos bajo el bigote.

―Digo, tomar por costumbre este método como resolución de un problema.

Me devolvió el mate. Me cebé el último y lo tomé despacito, mirándolo de soslayo.

―La razón es del que la trabaja ―dije, sonriéndole, citándolo.

Se rascó la nuca con la mano derecha, clásico suyo. Sonrió también. Estaba vencido. Se había dejado (aparentemente) vencer, creo que por primera vez. Se fue levantando, como si le costara mucho. Yo sé que, íntimamente, resolvió tomar la caminata como una pequeña aventura.

La chacra de los Radamantis estaba a kilómetro y medio: unos ochocientos metros derecho y después casi la misma distancia hacia la izquierda.

Dejé la pava y el mate sobre la cocina y fui yendo hacia la puerta.

―Vamos saliendo ―le dije.

Él se puso su gorra de grafa azul (todavía la tengo en el placard) y, antes de salir, hizo ese chasquido con la lengua, otro gesto tan clásico suyo.

―Esto es empirismo puro ―sentenció.

Afuera hacía un sol africano, el calor era una presencia enorme, aplanadora.

Aquél fue el último verano juntos con Papá.

 (c) Diego Rodríguez Reis

Villa La Angostura

República Argentina

DIEGO RODRÍGUEZ REIS . Escritor, Profesor en Lengua y Literatura, Especialista en Ciencias Sociales con Mención en Lectura, Escritura y Educación. Desde 2010, eligió como lugar de residencia la ciudad de Villa La Angostura. Ha publicado diez libros de narrativa y poesía. Textos suyos han integrado publicaciones de Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, Estados Unidos, España y Alemania. Ha participado, como autor, co–autor, corrector o editor, en la publicación de más de setenta obras de ficción y no ficción. Se ha desempeñado como jurado en diversos concursos, tales como las convocatorias del Fondo Editorial Rionegrino, la Editora Municipal Bariloche, la Editora Cultural Tierra del Fuego y el Premio Internacional Itaú de Cuento Digital. Formó parte del Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes e integró el Consejo Directivo del Fondo Editorial Neuquino. Dicta Talleres de Escritura Creativa. Co-dirige el sitio La zona (crítica y ficción).

 

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